Cuento para Leire

Bueno, hoy tengo poco trabajo así que puedo colgar algo más fuera de la normal. Esto es un cuento que escribí hace tiempo para mi hermana pequeña. La muy traidora no se lo terminó de leer…

Sinnombre. La historia de una niña que fue en busca de su nombre.

Era un día lluvioso, el cielo estaba encapotado y los truenos le hacían daño en las orejas. Ella era pequeña, bajita para su edad y muy delgada. Tanto, que la llamaban “La Fideo”. Nadie parecía saber cual era su nombre verdadero, ni siquiera ella. Sus padres no se lo habían dicho jamás; ellos sólo la llamaban cosas como cariño, amor mío, sol de mi corazón, cielo… Su hermano era todavía un bebé, apenas balbuceaba palabras como agua o mamá.

En el colegio tenía sólo un amigo, un chico esbelto y hermoso, de cara redondeada y ojos verde esmeralda. Parecían dos joyas preciosas que alumbraban el camino hacia su alma. Su pelo era negro como el azabache, brillaba azul en los días soleados. Él tenía muchos más amigos que ella, tantos que no llegaba a contarlos con sus dos manos. Eso la hacía sentir desdichada, apartada de los demás.

Vivía a las afueras de la ciudad, desde su ventana se veía un bosque infinito de pinos que no acababa jamás, interrumpido solamente por un enorme lago negro en el que las gotitas de lluvia dibujaban ondas que se extendían, mezclándose con las demás. Pensó, los ángeles lloran por ti, Sinnombre. Dos lágrimas saladas le corrieron por las mejillas y decidió que ese día no iría al colegio. Estaba en tercero de primaria, podía permitírselo.

Su amigo Bruno, como se llamaba (él sí que tenía nombre) había acudido a su casa todos los días que ella había faltado al colegio para ver si estaba enferma. Sinnombre esperaba que ese día no fuera la excepción.

El sol se ocultó bajo la inmensidad del bosque la quinta vez que su madre llamó a la puerta. Ella estaba tumbada en su cama de sábanas verde esmeralda (el color de ojos de su único amigo) llorando a moco tendido con la cara contra la almohada, húmeda y fría. Se limpió la cara a toda velocidad y corrió a abrir la puerta, rezando para que su amigo hubiera venido al fin.

“Hora de cenar, amor.” le dijo su madre.

Sinnombre no pudo evitar que las lágrimas volvieran a correr por sus mejillas al oír la última palabra. El enfado por su abandono y el olvido de su nombre se juntaron. Se echó a correr, apartando a su madre del camino y gritó desde la puerta, mientras cogía su chubasquero:

“¡Me marcho a buscar mi nombre!”

Desde el alto techo se oyó el eco de su voz. En la cocina, su padre le dijo algo a su hermano, pero desde donde estaba Sinnombre no le entendió. Su madre contestaba desde el piso superior cuando ella cerró la puerta y echó a correr debajo de la lluvia:

“¡Vuelve antes de…!” la voz de su madre se fue apagando cada vez más.

Cuando al fin llegó al comienzo del bosque paró de correr y tomó aire. Estaba muy cansada, la cara le escocía por las lágrimas.

“¡Voy a encontrar mi nombre te guste como si no!” gritó al cielo. En el colegio todos se reían de ella porque no tenía nombre.

El bosque estaba oscuro y húmedo a causa de la lluvia. Las nubes tapaban a la Luna, por lo que la oscuridad era casi total. Bruno era un chico muy valiente, pero por una vez tenía miedo. Oh, sí, mucho miedo. Le habían castigado en el colegio y no había salido hasta muy tarde, por lo que no había podido ir a ver a su amiga hasta tarde. Cuando al fin llegó a la casa la madre de Sinnombre le había dicho que había ido al bosque en busca de su nombre, y Bruno no la había entendido. Aún así, había ido en busca de su amiga al bosque, rezando para que no se la hubieran comido los lobos o se hubiera perdido.

Llegó al lago mucho tiempo después de haber entrado en el bosque. Era gigantesco, la lluvia caía sobre el agua destruyendo la calma que momentos antes había reinado. Bruno estaba muy preocupado, rodeó el lago en busca de su amiga, mirando dentro de éste. Le suplicó al cielo que ella no se hubiera caído dentro. ¿Qué haría entonces? Echar a correr en busca de ayuda o tirarse dentro. Pero ya sería demasiado tarde.

Sinnombre miraba su reflejo en el borde del lago, reteniendo las lágrimas por una única razón: no le quedaban más. Era una niña muy guapa, con la cara redonda por la infancia y unos ojos enormes de color verde oscuro que la hacían muy atractiva. Su cabello estaba formado a base de largos tirabuzones de color castaño oscuro, casi negro. La capucha impedía que la lluvia la empapara y sus botas de agua eran tan largas que podría haberse metido a la orilla del lago y no se habría mojado.

“¡Sinnombre!” oyó una voz aguda y melodiosa, perdida en la espesa niebla que ahora cubría el bosque.

“¡Bruno!” contestó ella. Al chico le llegó su nombre desde la lejanía y anduvo con cuidado hasta donde ella estaba, tratando de no tropezar o caer al agua.

“¿Qué haces aquí?” le riñó.

“Buscar mi nombre.” le contestó ella.

“¿Y para qué lo quieres?” preguntó él. “Las personas no se fijan en tu nombre, sino en tu interior. Lo que importa de verdad eres tú” le tocó el pecho con el dedo índice para remarcarlo. “; tu forma de ser. Un nombre sólo da falsas esperanzas o provoca confusiones. La gente piensa demasiado en el aspecto y muy poco en el interior.”

Ella se quedó anonadada, sorprendida por lo que le acababa de decir.

“¡Qué listo eres, Bruno!” hizo una pequeña pausa pensativa. “¿Así que el nombre forma parte del aspecto?” le preguntó al final.

“Exacto, veo que me entiendes.” afirmó él, orgulloso.

“Pero, ¿y qué pasa con los demás niños? Ellos se meten conmigo porque no tengo nombre.” se quejó, deprimida de nuevo.

“Eso es porque son todos tontos. No se fijan en lo que importa de verdad.” le explicó, mientras le tendía la mano.

Ella se la cogió y se levantó con su ayuda. Caminaron un largo trecho así, cogidos de la mano, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

“Tú eres la que importa, tengas el nombre que tengas. Por eso me gustas tanto.” le confesó, cuando ya estaban llegando a su casa. “Estoy seguro de que si los demás te conocieran también te querrían.”

“Muchas gracias por hacérmelo ver, Bruno. Eres el mejor.” le agradeció ella.

Volvieron a su casa cogidos de la mano, para sorpresa de sus padres. Sinnombre invitó a Bruno a cenar, y ya más adelante, en el colegio, éste se la presentó a sus colegas. Una vez la conocieron de verdad todos se hicieron amigos suyos, la quisieron y le dieron lo que tanto había añorado: amor, cariño y amistad. Años después se casó con Bruno, tuvo hijos y murió, siendo conocida por todo el mundo como la niña sin nombre, que vivió feliz.

Fin

Lo sé, termina un poco de sopetón. Tenía que ocupar muy poco (menos de una página) y yo ya llevaba cuatro… Acorté como pude, jejeje.

Regalo de Reyes

Bueno, aquí va el tercer capítulo. ¡Que lo disfrutéis!

Regalo de Reyes

Mikheil y Maia

5 de Enero de 1986

Tbilisi (Georgia, Asia)

Se despertó al ponerse el sol, cubierta por una gran masa de nieve. Su hermano la llevaba duramente a cuestas, además de una pesada mochila que se había colgado a la espalda. A esas horas hacía un frío espeluznante, simplemente insoportable. La nieve caía lentamente, pintando de blanco todo lo que estuviera a su alcance. Ella tiritaba violentamente aun estando contra el cálido cuerpo de su hermano. Este, preocupado por sus temblores, aceleró un poco el paso. Ambos vestían enormes abrigos de plumas además de capas de jerséis y camisas de manga larga. Los labios de la chica, que se mostraban morados a causa del frío, conjuntaban con sus ropas oscuras. Él, por su parte, vestía tonos marrones parecidos a la madera de un roble. Sus cuerpos, cubiertos al completo, contrastaban con el blanco paisaje.

Mikheil estaba desesperado. Llevaba a su hermana pequeña en brazos y eso no le ayudaba a caminar. Con el peso incluido de la mochila, las botas impermeables del chico se hundían debajo de la nieve, llegando a cubrirlo por las rodillas. Si seguían así acabarían congelándose y jamás llegarían al helipuerto.

Nápoles (Italia, Europa)

Extraído de Wikipedia, la enciclopedia libre: Los Reyes Magos (también conocidos como los Magos de Oriente) es el nombre por el que tradicionalmente se denomina a los tres visitantes que, tras el nacimiento del Niño Jesús, habrían acudido desde países extranjeros para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica: oro, incienso y mirra. En algunos países (normalmente hispanohablantes) existe la tradición de representar a los Reyes trayendo los regalos que los niños les han pedido en sus cartas durante la noche anterior a la Epifanía (6 de Enero).

Aquel día, el 5 de Enero, llegaban los muy esperados Reyes Magos. Todos los niños de la ciudad, que habían salido a la calle por la mañana vestidos con gorros, bufandas y abrigos, se cobijaban ahora en sus casas, esperando ansiosamente la hora de irse a dormir. Eran las seis de la tarde pasadas y ya había caído la noche. En consecuencia, las farolas alumbraban toda la ciudad. No hacía mucho frío, pero apenas había gente por la calle.

Miraba por la ventana, impaciente y tenso, esperando ver pasar a aquellos que me dejaban regalos todos los años, además de los que traían todos con los que celebrábamos el día.

Mis padres habían invitado a tíos, abuelos, primos y amigos. Todos ellos habían traído algún regalo, por lo que un montón uniforme de cajas envueltas con lazos dorados se iba formando en una esquina del gran salón-comedor. Todos se sentaban en la gran mesa, que estaba decorada con varios jarrones llenos de tulipanes, rosas, anturium, lilium y gerberas, además de helecho y paniculata. Una enorme orquídea de tonos violeta decoraba la cómoda junto a varias fotos nuestras y algunas de amigos y familiares.

“Marco, ven a sentarte con los demás.” me pidió mi padre.

Pausada y cansadamente me acerqué hacia otra mesa, paralela a la más grande, en la que se sentaban los niños. La mesa de los adultos, a poco pasos de la nuestra, ya estaba llena. Todos, a excepción de mi padre, se habían sentado.

Nuestra mesa era bastante más pequeña ya que había muchos adultos pero pocos niños. Contábamos diez niños contra el triple de adultos, incluyendo a los mayores de 15 años como niños. Sólo un jarrón de rosas blancas y paniculata decoraba la mesa, además de toda la vasija, cubertería y servilletas.

Entre todos aquellos desconocidos se encontraba aquella chica, esa prima lejana mía que iba a cambiarme la vida. Si hubiera sido capaz de ver el futuro habría huido de la casa y volado hasta Francia nada más verla entrar por la puerta.

O igual hubiera corrido hacia ella y la hubiera abrazado como un adulto haría a un montón de oro.

Ella se llama Victoria y ha nacido en esta casa, dos años antes que yo, exactamente en la cama donde yo duermo. A su lado estaba mi hermana pequeña, Alba, que dentro de dos meses y un día cumpliría cinco años. Enfrente de Victoria se sentaban dos chicos idénticos, hijos de unos amigos de mis padres. Al otro lado de Alba se sentaba una chica tan grande que casi no cabía en la silla, llamada Lorena. Su hermano mayor, de diecisiete años, se sentaba con nosotros, a la izquierda de los gemelos. A la derecha de estos se sentaba otra niña, de apenas siete años, que iba al mismo colegio que yo y mi hermana. Un último chico de piel color carbón se sentaba al lado de Lorena.

En el momento en que mire a mi padre a los ojos (aquellos ojos azul marino que compartimos) supe que pretendía que me hiciera amigo de todos esos chicos.

Mi hermano mayor, de dieciséis años, conversaba con Leandro, el hermano mayor de Lorena. Él se sentaba presidiendo la mesa y a mí sólo me quedaba un asiento libre; enfrente de mi hermano, con Lynn, la niña de cinco años, a la izquierda y Jacques, el chico de piel oscura, a la derecha. Iba a ser una velada interesante.

Me acerqué a la silla, la arrastré ruidosamente y me senté. Para mi desgracia nadie pareció darse cuenta de mi llegada. Me encantaba llamar la atención. Mientras tanto, mi padre, que acababa de volver del coche con el bolso que mi madre se había olvidado, subió las escaleras para dejarlo a buen recaudo y volvió a bajar minutos después. No aparté la vista de él hasta que desapareció dentro de la cocina.

Lynn y Jacques conversaban sobre la Primera Guerra Mundial, para mi sorpresa. Lynn, como deja ver su nombre, es hija de padres ingleses. Por esto, aunque ha nacido en Italia, habla fluidamente inglés. Por su parte, Jacques tiene un padre francés y una madre africana, por lo que habla francés, inglés e italiano, ya que él también ha nacido en Italia. Probablemente porque les resultaba más cómodo (los dos lo hacían en su casa, según me había contado mi madre) hablaban en inglés. Me aburría tanto que, en contra del plan que sigo en estas ocasiones, basado en ignorarlos a todos, decidí intervenir. Mi voz sonaba bastante arrogante.

“¿Por qué habláis sobre eso?” les pregunté.

“Ella me ha preguntado.” repuso Jacques, incómodo porque me hubiera metido en medio de su conversación. Me miraba con sus ojos verde esmeralda, heredados de su padre, molesto por mi arrogancia. Ambos parecían muy sorprendidos de que hablara inglés.

“¡Hablas inglés!” se sorprendió Lynn. Estaba más que contenta, casi eufórica. Me miraba con una mezcla de agradecimiento y compasión. Pensaba que era un chico solitario y caprichoso ya que, de todas las veces que nos habíamos visto, esa era la primera que le hablaba. Creía que yo estaba, en una sola palabra, amargado.

“Sí. Nos enseñan en el cole.” le expliqué, fanfarroneándome. Mis padres eran ricos por lo que podían permitirse que fuéramos a un buen colegio. Se me olvidaba que ellos no eran pobres, ni mucho menos que yo. De hecho, como averiguaría más adelante, Jacques tenía una herencia de kilómetros de tierra explotada con litros de petróleo, pertenecientes a su abuelo materno.

Mi madre, junto a mi padre, empezó a sacar los platos de cada uno de los ahí presentes, mientras dos de mis tíos repartían las botellas de vino, agua, naranjada, limonada y Cocacola por las mesas.

Mi padre nos fue colocando a cada uno un plato de humeantes macarrones enfrente y cuando terminó fue a ayudar a mi madre. Me rellené el vaso con agua mineral en cuanto la trajo una de mis tías, hermana de mi padre y madre de Lorena y Leandro.

“Eh, ¿y ellos porque no?” me preguntó Lynn. Había acortado mucho la frase, claro que yo pude entenderla a la perfección. Y Jacques también, aunque, arrogante como era, lo dude.

“¿Quieres decir por qué sus hermanos no parecen entendernos?” inquirió Jacques. Su pelo, negro como su piel y muy rizado, se movió cuando se giró para mirar a mis hermanos. Jacques tenía ocho años, aunque iba a cumplir nueve ese mismo verano.

Por su parte, Lynn me miró directamente a los ojos. Azules como un zafiro, sentí como me atravesaban. Su palidez extrema me hizo estremecer. Siento como si ella fuera superior a mí, y eso consiguió no sólo asustarme, sino que me sentí raro, muy inútil. Su pelo es rubio plateado, casi blanco, y muy liso. Lo llevaba suelto casi hasta los hombros, recogido el flequillo detrás de su oreja izquierda. La chica me recordaba a un muñeco de nieve, con dos enormes piedras azules como ojos. Sus labios, rojos y rellenos, que destacaban mucho en su cara, se movieron coordinados con su voz.

“Quiero decir por qué no hablan inglés.” se explicó Lynn, mostrándose confundida. Todos esperábamos a que nuestros macarrones se enfriaran lo suficiente como para que no nos quemaran la lengua.

“Carlo estudia en otro colegio y Alba es demasiado pequeña.” les dije. Mi hermano mayor, Carlo, es exactamente igual que yo. Los mismos ojos, la misma cara. La única diferencia es que su tono de pelo es mucho más claro, igual que el de mi madre. Mi pelo es castaño oscuro, casi negro, una mezcla del castaño claro de mi madre y el negro azulado de mi padre, heredado por mi hermana. Los dos somos bastante delgados, aunque Carlo es muy fuerte.

“¿Por qué?” me preguntó Lynn.

“¿Por qué, qué?” repuse, molesto por mi propia incomprensión.

“Vosotros, chicos ignorantes, nunca me entendéis. Quiero decir por qué Carlo estudia en otro colegio.” nos explicó Lynn. Jacques estaba ensimismado, sumido en sus propios pensamientos. No creo que estuviera escuchándola. Lynn no pareció darse cuenta de esto.

“Porque quería estudiar en el mismo que su novia. Ella estudio en mi colegio hace diez años. Cuando tenía ocho años se cambió, y mi hermano se cambió con ella. Por eso no habla mucho inglés. Sólo “hola” y “adiós”.” les conté.

“Oh, lo cojo.” dijo Lynn. Cuando vio que Jacques estaba a punto de protestar se corrigió. “Quiero decir, que ahora lo comprendo. Ahora entiendo por qué.”

“Te he entendido.” contestó Jacques en tono grosero. “Iba a preguntaros con quién nos estamos sentando. ¡Ni siquiera sé como os llamáis!” dijo Jacques, un poco confundido. Aunque nos habíamos visto más de una vez, apenas nos habíamos saludado. Contra todo pronóstico había conseguido lo que mi padre deseaba. Empezaba a hacerme amigo de todos esos chicos.

“No hay problema. Bien, escuchar. En orden. ¿Veis a aquel chico de ojos azules?”

“Ese es tu hermano, Carlo, ¿no? Se te parece mucho.” dijo Lynn.

“Sí, él es Carlo. Bien, ¿veis al chico de al lado, el del pelo castaño? Él es el hermano de Lorena, Leandro. Lorena es la chica grande de al lado de mi hermana.”

Lorena se sentaba a la derecha de mi hermana pequeña. Sus ojos son negros como el azabache y su pelo color canela. Su cara, redonda como una pelota, se mostraba alegre. Tenía diez años, dos menos que yo (uno menos por esas fechas, aunque le sacaría dos pasado el 10 de diciembre), y uno más que Jacques. Su hermano Leandro es exactamente igual que ella, sólo que bastante más delgado. Sus ojos son marrón claro, parecidos a su pelo.

“¿Tu hermana es la chica pequeña, entonces? ¿Alba?” preguntó Jacques. Señalaba a una niña de ojos azul cielo y pelo negro como el azabache, casi azul oscuro. Es igual que mi madre, muy delicada, agradable y cariñosa.

“¿Y la otra chica? ¿Cuántos años tiene?” preguntó a su vez Lynn. Ella señalaba a una muchacha de ojos verde hierba, morena y esbelta. Su pelo, de tonos rubios y rojos, se formaba a base de tirabuzones que crecían hasta más allá de sus hombros. Hablaba con Alba tranquilamente, haciéndola reír cada poco tiempo.

“Vale. Sí, la pequeña es Alba y Victoria es la otra chica. Tiene catorce años.” les expliqué.

“¿catorce? Jo, ¡sois un montón de viejos!” dijo Lynn, molesta. “Vale, ¿y los gemelos?”

“Ellos son…”

Maximilian, uno de los gemelos, se sentaba a la izquierda de Lynn. Había estado escuchando toda la conversación y nos tendió la mano.

“Mi nombre es Max y él es Matt. Oh, y tenemos once años.” me interrumpió, sonriendo a Lynn. Como respuesta le dirigí una mirada llena de desprecio que él ignoró.

Los gemelos, de padres alemanes, habían nacido en Italia. Hablaban alemán en su casa e italiano por la calle. Además, los dos iban a un colegio parecido al mío, por lo que también hablaban inglés fluidamente. Ellos son pelirrojos y un poco pálidos. Tienen la cara manchada de pecas y los ojos grises rayando el azul claro. Al igual que Lynn, sentía que sus miradas me atravesaban. Los dos vestían exactamente igual y llevaban el pelo cortado hasta las orejas. Sus nombres completos son Maximilian y Matthias. Más adelante tomarían el mote de “Doble M”.

“¡Vosotros también habláis inglés!” dijo Lynn, sin salir de su asombro.

“Cuando eres alemán y vives en otro país te gusta saber más idiomas. No sólo italiano sino también inglés. Es muy útil.” dijo Matthias.

“Bien, ¿y vosotros como os llamáis? Yo soy Jacques.” nos preguntó a Lynn y a mí.

“Encantada” le contestó Lynn. “.Yo soy Lynn.”

“Y yo Marco.” me presenté.

“Mola.” Dijo Jacques en respuesta. Parecía asombrado de que no tuviera el nombre raro de algún rey o duque.

En ese momento vi que todos nos prestaban atención. Leandro y Carlo ya no mantenían ninguna conversación y Victoria, Alba y Lorena nos miraban extrañadas. Supuse que ninguno entendía lo que estábamos diciendo.

“Creo que no nos entienden.” les dije, viendo que todos se habían dado cuenta de que nuestra conversación ya no era nuestra. Giré la cabeza hacia un lado para señalar a los demás.

“Tendremos que hablar en italiano, pues.” se lastimó Lynn. Toda su alegría se desvaneció, aunque siguió pareciendo agradecida y muy complacida.

“Vamos, no es tan malo. A fin de cuentas, naciste aquí” le dijo Jacques. “.Igual que yo, de hecho.”

“Lean, ¿sabes en que idioma están hablando esos niños?” le preguntó Lorena a su hermano sin disimular. Parecía creer que no entendíamos italiano. Es más tonta de lo que yo pensaba.

Leandro se volvió hacia ella pero no le contestó.

“Están hablando en inglés, ¿no?” dedujo Victoria, indecisa. Me miraba fijamente a los ojos. Otra vez, sentí como si me atravesaran. ¿Qué me está pasando? pensé.

Leandro y Carlo decidieron ignorarnos y reanudaron su antigua conversación. La forma en que nos miraban dejaba muy claro que se creían más listos y superiores a nosotros.

“Marco, ¿has visto cuantos regalos nos han traído?” me dijo Alba, emocionada y hablándome ahora que Victoria no la hacía reír. “¡Y todavía faltan los de papá y mamá!” exclamó. Los regalos de nuestros padres siempre eran los más grandes y los que más nos gustaban.

Victoria sonrió.

“Seguro que son todos para ti.” le dije, sonriendo yo también. Alba era la única persona que me importaba lo suficiente como para ir a su cuarto todas las noches, leerle un cuento y acostarla, exactamente como deberían hacer mis muy atareados padres.

“Bueno, ¡va siendo hora de empezar a comer!” exclamó Lorena, inesperadamente. Parecía avergonzada y a la vez sorprendida de que habláramos italiano. Deduje que nuestros platos ya se habían enfriados lo suficiente.

Costa Suroeste de Montenegro (Europa)

Sobrevolaba un mar de nubes, blancas y esponjosas, que se extendía por todo el valle, cubriendo pueblos y bosques. Todo el paisaje, pintado de blanco por la niebla, le recordaba aquellos campos nevados que ya habían dejado atrás. La respiración regular de su hermana, que había caído rendida tras muchas horas de vuelo, le tranquilizaba y relajaba. No tenían agua ni comida pero sí tres paracaídas y una mochila con un par de camisetas, pantalones y chaquetas, además de dos pares de calcetines y zapatos. Mikheil había pensando en meter también dos abrigos, pero la capacidad de la mochila no se lo permitió. Así pues, debían dirigirse hacia el sur, todo lo lejos que les permitiera la desgastada avioneta y el escaso combustible, hacia una ciudad soleada y de temperaturas altas. Mikheil no tenía ni idea de geografía gracias a su mala educación, pero sí que sabía un poco acerca del clima sureño y manejaba todo tipo de avionetas a la perfección. Con su edad jamás le habrían dejado conducir avión alguno en su país, pero Mikheil quería creer que se lo permitirían allá adonde iba.

Su hermana susurró algo en sueños y cambio de postura. Mikheil creyó oír su nombre, pero no le dio importancia alguna. Maia acostumbraba a soñar con él.

La muchacha descansaba sobre los paracaídas, usando la mochila como almohada. Mikheil había aprendido con el tiempo que no debía apartar la vista del cielo y trató de concentrarse en el mar azul, que ya asomaba de entre las últimas montañas que rodeaban el valle. Aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía evitar girarse de vez en cuando para ver a su hermana pequeña, dormida contra la pared de la avioneta, abrazando su abrigo de plumas. Dentro la temperatura era templada, por lo que Maia usaba su propio abrigo como manta. Se habían ido quitando capas desde que el sol apareció y no lo habían perdido de vista hasta hacía unas horas, cuando oscureció. Los jerséis se acumulaban en una esquina de la avioneta, contra la puerta del baño.

Mikheil estaba impresionado de que hubiera podido robar una avioneta tan avanzada. Dos asientos sin estrenar, tres paracaídas, dos mantas de lana que olían a nuevo y un cuarto de baño. Desgraciadamente, la avioneta no tenía agua potable, ya que el retrete era, básicamente, un agujero que daba al exterior, parecido al de los trenes. Mikheil prefería usarlo cuando volaban sobre agua (un lago, el mar). No quería pensar en las personas que vivían debajo.

Su hermana volvió a cambiar de postura y Mikheil se dio cuenta de que había apartado la vista del cielo. Otra vez. Nervioso y temiéndose lo peor se volvió. Por suerte no había pasado nada. No había pasado más de medio segundo con la vista apartada y la avioneta continuaba sobrevolando aquel inmenso mar de nubes. Pronto llegaría al mar y en cuanto divisara tierra Mikheil tendría que aterrizar. No quería seguir porque apenas les quedaba combustible y no sabía cuan larga era aquella masa de agua, pero no tenía mas remedio. Mikheil sólo sabía que algo lo empujaba a cruzar el mar y aterrizar más allá, en la tierra prometida. No era la primera vez que se dejaba llevar por una corazonada y recordaba perfectamente las consecuencias catastróficas que había tenido aquella primera: No volverían a ver a sus padres.

6 de Enero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Ya pasada la medianoche salió el último invitado por la gran puerta doble. Mis padres, que se habían puesto como meta no acabar borrachos, se tambaleaban mientras trataban de subir las escaleras, Carlo detrás acompañándolos para evitar alguna desgracia. Entretanto, Alba y yo comenzamos a despejar las mesas: todos los platos, vasos y cubiertos al lavavajillas, todas las servilletas de tela fina a la lavadora, todos los restos de comida a la basura y las bebidas sobrantes por el fregadero. Alba me ayudaba servicialmente, aún sabiendo que Carlo me lo había ordenado solamente a mí. Se le cerraban los ojos cada dos por tres y casi no podía tenerse en pie, por lo que tampoco me sirvió de mucho. De todas formas, aprecié su ayuda y le recompensé dándole un beso en la mejilla.

“Muchas gracias por tu ayuda, Alba.” le dije.

Ella me sonrió con ojos somnolientos y se propuso subir las escaleras hasta su cuarto, detrás de mí. De improvisto me la subí a los hombros y ella rió.

Oí como mi hermano cerraba su puerta estrepitosamente mientras acostaba a Alba, que ya se había aseado y puesto el pijama. Esta vez, como todos los días que nos acostábamos muy tarde, me miraba con ojos suplicantes. El sueño la había abandonado temporalmente.

“Marco, ¡porfi!” me pidió. “Uno cortito.”

Yo suspiré. Todas las noches, sin excepción alguna y desde que había cumplido dos años, le leía algún libro. De hecho, ya se los conocía todos al dedillo, pero no le importaba que se los repitiera.

“El más corto que tengamos.” me rendí.

Ella sonrió ampliamente. Se acercó a la estantería y trajo un libro. La portada mostraba a una niña de pelo rubio y ojos azules, que miraba asombrada la cerilla que acababa de encender. El título decía así: “La Vendedora de Fósforos” de Hans Christian Andersen. Era uno de sus favoritos, se lo había leído unas veinte veces. Si aguantaba hasta el final, cosa que no solía pasar, siempre se echaba a llorar. Por suerte, el llanto parecía adormecerla más aún.

Se acomodó en la cama, me tendió el libro y cuando lo cogí se tapó hasta la barbilla. Yo me senté a su lado, destapado y con el libro en el regazo.

“Era la noche de fin de año…” comencé.

Bari (Italia, Europa)

Mikheil vio tierra y agradeció al cielo que no se hubieran quedado sin combustible en mitad del mar. Continuaba guiado por aquella traicionera corazonada, nervioso por lo que pudiera encontrar allá adonde iba, pero feliz de que el mar hubiera terminado. Rezó para que no estuvieran sobrevolando alguna de aquellas pequeñas islas, de apenas diez kilómetros cuadrados.

Maia se despertó de repente, muy asustada y respirando con fuerza. Mikheil se sobresaltó y estuvo a punto de girarse, pero se forzó a no volver a apartar la vista del frente. Su respiración se volvió irregular.

“¡Qué pasa?” exclamó, temiéndose lo peor. Igual los perseguían los dueños de aquella avioneta y les iban a disparar con sus armas, para que el motor explotara y los dos murieran calcinados. Todo por mi maldita corazonada, pensó.

“Ha sido sólo un sueño” susurró Maia, tranquilizándose. Su respiración se volvió regular. “. Tranquilo, Mik. No pasa nada.” dijo al cabo de un rato, viendo que había sorprendido a su hermano.

“Gracias al cielo” murmuró Mikheil, los nervios a flor de piel. “. ¿Has tenido una pesadilla?” le preguntó, tratando de entretenerse con la conversación. Quería olvidar de inmediato aquel odioso momento de incertidumbre.

“Sí. Ha sido terrorífico. ¿Puedo contártela o te distraeré demasiado?” le preguntó Maia. Mikheil podía sentir su mirada en la espalda, aquellos preciosos ojos marrón verdoso mirándolo, a la espera de su respuesta.

“Hazlo, por favor. Necesito algo en lo que pensar, por insignificante que sea.”

Maia se quitó los abrigos de encima y los dejó sobre los paracaídas. Primero entró al cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.

Mikheil miró hacia abajo. Estaba oscuro, pero eso no le impedía ver. Gracias al cielo, sólo había campos.

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