Cuento para Leire
Bueno, hoy tengo poco trabajo así que puedo colgar algo más fuera de la normal. Esto es un cuento que escribí hace tiempo para mi hermana pequeña. La muy traidora no se lo terminó de leer…
Sinnombre. La historia de una niña que fue en busca de su nombre.
Era un día lluvioso, el cielo estaba encapotado y los truenos le hacían daño en las orejas. Ella era pequeña, bajita para su edad y muy delgada. Tanto, que la llamaban “La Fideo”. Nadie parecía saber cual era su nombre verdadero, ni siquiera ella. Sus padres no se lo habían dicho jamás; ellos sólo la llamaban cosas como cariño, amor mío, sol de mi corazón, cielo… Su hermano era todavía un bebé, apenas balbuceaba palabras como agua o mamá.
En el colegio tenía sólo un amigo, un chico esbelto y hermoso, de cara redondeada y ojos verde esmeralda. Parecían dos joyas preciosas que alumbraban el camino hacia su alma. Su pelo era negro como el azabache, brillaba azul en los días soleados. Él tenía muchos más amigos que ella, tantos que no llegaba a contarlos con sus dos manos. Eso la hacía sentir desdichada, apartada de los demás.
Vivía a las afueras de la ciudad, desde su ventana se veía un bosque infinito de pinos que no acababa jamás, interrumpido solamente por un enorme lago negro en el que las gotitas de lluvia dibujaban ondas que se extendían, mezclándose con las demás. Pensó, los ángeles lloran por ti, Sinnombre. Dos lágrimas saladas le corrieron por las mejillas y decidió que ese día no iría al colegio. Estaba en tercero de primaria, podía permitírselo.
Su amigo Bruno, como se llamaba (él sí que tenía nombre) había acudido a su casa todos los días que ella había faltado al colegio para ver si estaba enferma. Sinnombre esperaba que ese día no fuera la excepción.
El sol se ocultó bajo la inmensidad del bosque la quinta vez que su madre llamó a la puerta. Ella estaba tumbada en su cama de sábanas verde esmeralda (el color de ojos de su único amigo) llorando a moco tendido con la cara contra la almohada, húmeda y fría. Se limpió la cara a toda velocidad y corrió a abrir la puerta, rezando para que su amigo hubiera venido al fin.
“Hora de cenar, amor.” le dijo su madre.
Sinnombre no pudo evitar que las lágrimas volvieran a correr por sus mejillas al oír la última palabra. El enfado por su abandono y el olvido de su nombre se juntaron. Se echó a correr, apartando a su madre del camino y gritó desde la puerta, mientras cogía su chubasquero:
“¡Me marcho a buscar mi nombre!”
Desde el alto techo se oyó el eco de su voz. En la cocina, su padre le dijo algo a su hermano, pero desde donde estaba Sinnombre no le entendió. Su madre contestaba desde el piso superior cuando ella cerró la puerta y echó a correr debajo de la lluvia:
“¡Vuelve antes de…!” la voz de su madre se fue apagando cada vez más.
Cuando al fin llegó al comienzo del bosque paró de correr y tomó aire. Estaba muy cansada, la cara le escocía por las lágrimas.
“¡Voy a encontrar mi nombre te guste como si no!” gritó al cielo. En el colegio todos se reían de ella porque no tenía nombre.
El bosque estaba oscuro y húmedo a causa de la lluvia. Las nubes tapaban a la Luna, por lo que la oscuridad era casi total. Bruno era un chico muy valiente, pero por una vez tenía miedo. Oh, sí, mucho miedo. Le habían castigado en el colegio y no había salido hasta muy tarde, por lo que no había podido ir a ver a su amiga hasta tarde. Cuando al fin llegó a la casa la madre de Sinnombre le había dicho que había ido al bosque en busca de su nombre, y Bruno no la había entendido. Aún así, había ido en busca de su amiga al bosque, rezando para que no se la hubieran comido los lobos o se hubiera perdido.
Llegó al lago mucho tiempo después de haber entrado en el bosque. Era gigantesco, la lluvia caía sobre el agua destruyendo la calma que momentos antes había reinado. Bruno estaba muy preocupado, rodeó el lago en busca de su amiga, mirando dentro de éste. Le suplicó al cielo que ella no se hubiera caído dentro. ¿Qué haría entonces? Echar a correr en busca de ayuda o tirarse dentro. Pero ya sería demasiado tarde.
Sinnombre miraba su reflejo en el borde del lago, reteniendo las lágrimas por una única razón: no le quedaban más. Era una niña muy guapa, con la cara redonda por la infancia y unos ojos enormes de color verde oscuro que la hacían muy atractiva. Su cabello estaba formado a base de largos tirabuzones de color castaño oscuro, casi negro. La capucha impedía que la lluvia la empapara y sus botas de agua eran tan largas que podría haberse metido a la orilla del lago y no se habría mojado.
“¡Sinnombre!” oyó una voz aguda y melodiosa, perdida en la espesa niebla que ahora cubría el bosque.
“¡Bruno!” contestó ella. Al chico le llegó su nombre desde la lejanía y anduvo con cuidado hasta donde ella estaba, tratando de no tropezar o caer al agua.
“¿Qué haces aquí?” le riñó.
“Buscar mi nombre.” le contestó ella.
“¿Y para qué lo quieres?” preguntó él. “Las personas no se fijan en tu nombre, sino en tu interior. Lo que importa de verdad eres tú” le tocó el pecho con el dedo índice para remarcarlo. “; tu forma de ser. Un nombre sólo da falsas esperanzas o provoca confusiones. La gente piensa demasiado en el aspecto y muy poco en el interior.”
Ella se quedó anonadada, sorprendida por lo que le acababa de decir.
“¡Qué listo eres, Bruno!” hizo una pequeña pausa pensativa. “¿Así que el nombre forma parte del aspecto?” le preguntó al final.
“Exacto, veo que me entiendes.” afirmó él, orgulloso.
“Pero, ¿y qué pasa con los demás niños? Ellos se meten conmigo porque no tengo nombre.” se quejó, deprimida de nuevo.
“Eso es porque son todos tontos. No se fijan en lo que importa de verdad.” le explicó, mientras le tendía la mano.
Ella se la cogió y se levantó con su ayuda. Caminaron un largo trecho así, cogidos de la mano, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
“Tú eres la que importa, tengas el nombre que tengas. Por eso me gustas tanto.” le confesó, cuando ya estaban llegando a su casa. “Estoy seguro de que si los demás te conocieran también te querrían.”
“Muchas gracias por hacérmelo ver, Bruno. Eres el mejor.” le agradeció ella.
Volvieron a su casa cogidos de la mano, para sorpresa de sus padres. Sinnombre invitó a Bruno a cenar, y ya más adelante, en el colegio, éste se la presentó a sus colegas. Una vez la conocieron de verdad todos se hicieron amigos suyos, la quisieron y le dieron lo que tanto había añorado: amor, cariño y amistad. Años después se casó con Bruno, tuvo hijos y murió, siendo conocida por todo el mundo como la niña sin nombre, que vivió feliz.
Fin
Lo sé, termina un poco de sopetón. Tenía que ocupar muy poco (menos de una página) y yo ya llevaba cuatro… Acorté como pude, jejeje.
1 comentario
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By Perseo, octubre 25, 2009 @ 1:05 pm
Es un cuento precioso, con mensage. Nunca me había parado a pensar que el nombre fuera parte del aspecto. Aun así creo que todo el mundo debería tener un nombre. Es normal que la pobre niña se sintiera triste.
Me gusta mucho que ella invite a cenar a Bruno al final del cuento…Y sí, termina un poco de sopetón pero es un final muy final (sólo faltan las perdices), como debe ser en los cuentos.