Miedo a la Muerte

Bueno, ya llegamos al cuarto día y con él llega el cuarto capítulo. ¡Ya me contaréis qué tal!

Miedo a la Muerte

Viktor y Anya

6 de Enero de 1986

San Petersburgo (Rusia, Europa)

Paseaban por aquel mercado todas las semanas en busca de alimentos frescos y buenos. Eran jóvenes, apenas unos niños, pero ya lo sabían todo acerca del lugar: conocían dónde estaba situado cada puesto (el de las mejores verduras, el del pescado más fresco, el de la fruta mejor cosechada…) y acudían siempre que podían. El mercado no estaba muy cerca de su cabaña, pero tampoco estaba realmente lejos. Sólo lo suficiente como para impedir que fueran los días que nevaba demasiado o hacía bastante frío. Ese día en concreto los termómetros marcaban muchos grados bajo cero, aunque el cielo estaba despejado y no corría aire. Dado que se encontraban en la peor época, la más fría de todas, frecuentaban menos el mercado. Por esto, en cuanto un día se presentaba lo suficientemente bueno como para poder pasear con un buen abrigo de plumas de los dos salían de la cabaña y corrían hacia el mercado. Iban rápido, no dejaban de moverse para no congelarse.

Les faltaba un poco de fruta y algunas verduras para terminar la compra, pero se lo tomaron con calma. El sol iba calentando muy lentamente la ciudad durante aquella fría mañana y la temperatura había subido unos grados. No lo suficiente como para que los músculos de los niños no se entumecieran si paraban de andar, pero sí para permitirles el placer de pasear sin prisas. Vestían abrigos de color marrón glace (tan grandes que casi les llegaban hasta los tobillos) y pantalones gruesos a conjunto con sus botas gris claro. Ella llevaba de la mano a su hermano pequeño, de apenas cinco años, preguntándole si tenía frío cada dos por tres. La respuesta del pequeño no variaba; “No más que tú” le contestaba con empatía. Sabía que debían terminar la compra si quería seguir una dieta sana, por lo que tendría que olvidar aquel frío invernal que lo hacía estremecer y pensar en que fruta le apetecía más. Siempre había deseado comer una manzana roja, de esas enormes que siempre salen en los libros de dibujos sobre la letra M. Desgraciadamente, su hermana no le permitía separarse de ella y así no podía ir en busca de nada.

“¡Jo, Anya! ¡Yo también quiero ayudar!”

“Todavía eres muy pequeño, Viktor.”

“¡Mentira!” pataleó él, molesto. Era un niño precioso, de figura esbelta y rostro redondo. Su mirada era curiosa y calculadora además de, en ese mismo momento, suplicante. Sus ojos, de tonos grises y azul claro, conjuntaban con su cabello, blanco como la nieve que cubría las aceras de las calles. Miraba a su hermana sin mucha esperanza.

Ella se tomó su tiempo, turnando miradas cariñosas hacia el niño y preocupadas hacia el abarrotado mercado, pensando en sus posibilidades. Si Viktor aprendía a hacer la compra y podía ayudarla todos los días sería algo fantástico ya que irían mucho más deprisa y podrían llegar antes a la cabaña, cálida y segura. Anya acabó cediendo, aunque no muy convencida.

“Vale, de acuerdo. Si lo que quieres es ayudarme, Viktor, ve y compra alguna fruta. Ya sabes donde está el puesto. Yo te estaré esperando delante de las verduras, ¿vale?” le revolvió el pelo, largo hasta las orejas, y le besó en la mejilla. No parecía muy contenta de tener que dejar al niño solo, pero sabía que él lo prefería así.

Mientras ella caminaba Viktor paró a observarla alejarse. El frío se incrementó pero no le importó. Miraba a una chica de once años de aspecto delicado y ojos negros como el azabache, que hacía apenas unos segundos lo habían mirado con el único amor que Viktor había recibido en todo su corta vida. Cuando ella desapareció entre la muchedumbre Viktor estuvo a punto de echarse a correr detrás suyo y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Aún con todo, empezó a caminar en la dirección contraria mientras se limpiaba las lágrimas, hacia un solitario puesto de frutas que había visto en las afueras del mercado. Sabía que la iba a volver a ver en cuestión de minutos, ya que ella no lo iba a abandonar. No como les habían hecho sus padres cuatro años atrás, cuando él aún era un bebé.

El puesto era muy pequeño y bastante simple, con poca fruta pero muy exótica. Estaba vigilado por una viejecita de facciones cansadas, aunque muy dispuesta a pasar aquella mañana de invierno cuidando de su cosecha. Casi al alcance de la mano izquierda del muchacho, una manzana rojiza del tamaño de un puño adulto sobresalía de entre las demás, mostrándose con todo su esplendor a los clientes. Era de las primeras que veía Viktor y era real, no como las otras, hechas a base de pinturas de colores. Las frutas que había en ese puesto no iban ni con la temporada ni con el lugar. De hecho, Viktor vio lo que creía que era una sandía, del tamaño de un huevo de dinosaurio, tan grande que sólo cabía una en la caja.

Con los ojos relucientes de ilusión Viktor cogió las monedas que su hermana le había dado esa misma mañana y dirigió la mirada hacia la abuelita, casi saltando de alegría. Carraspeó levemente tratando de llamarle la atención a la tendera, pero esta no le oyó. Así que, sin perder los ánimos, levantó todo lo que pudo su brazo izquierdo, agitándolo mientras mantenía las monedas a salvo en la otra mano. Aguardó hasta que la mujer se percató de su existencia y se le acercó, ajustándose las gafas de bordes negros, a conjunto con su vestido rojo y pelo moreno. Viktor estaba casi completamente seguro de que procedía del sur, de algún lugar con altas temperaturas y grandes playas de aguas cálidas. Distinguió detrás de las gafas unos ojos de tonos marrón oscuro, parecidos a los de su abrigo, que lo miraban agotados y viejos. Parecía un poco inquieta por dentro, tal vez asustada. Viktor creyó que temía morir, tan arrugada y delicada se la veía. No acababa de comprender que hay de malo en ello.

Viktor trató de hablar con la abuela, por lo que esta se vio obligada a asomarse por encima de las cajas de frutas.

“Me gustaría comprar esa manzana roja que sobresale” indicó Viktor, cada vez más ilusionado, mientras le tendía las monedas a la tendera y señalaba la fruta que más le había gustado. Luego se acordó de su hermana y añadió: “y también esa sandía de ahí, por favor.”

“Por supuesto, jovencito.” le dijo la abuelita, con un acento español muy marcado. Viktor se enorgulleció de sí mismo ya que había sabido aproximar la procedencia de aquella mujer desconocida. Mientras él pensaba en ella, la tendera se aproximó hacia la fruta y la agarró fuertemente con sus manos arrugadas. Un simple anillo de boda, muy reciente según pudo observar Viktor, las decoraba. La anciana metió la manzana en una bolsa y luego colocó en otra la enorme sandía, mirando a Viktor con desconfianza. Él supo la razón; la sandía era demasiado grande como para que él solo la pudiera llevar. La viejecita se agachó y cogió las monedas que el niño le tendía sin darle a cambio la fruta. Después de comprobar que las monedas bastaban para pagarlo todo agarró las dos bolsas y se las ofreció a Viktor.

“Aquí tienes.” le dijo, esperando a que él la cogiera. Asustando a la abuela, Viktor agarró con fuerza las dos bolsas y se las colgó a la espalda, un poco como hace Papá Noel con su saco de regalos. La anciana le miró asombrada y sin dar crédito a sus ojos. Viktor, un poco incómodo por la mirada que le lanzaba la mujer, decidió despedirse.

“Muchas gracias… y felicidades” hizo una pequeña pausa y señaló el anillo. “. Espero que sean muy felices.” Añadió, sorprendiendo más aún a la tendera.

“Cl-claro, pequeño” tartamudeó esta, sin saber muy bien qué decir. No le había dicho a nadie, por falta de tiempo, que se había casado dos días atrás. Además, estaba segura de que no había visto a ese niño tan extraño en su vida. A fin de cuentas y por muy vieja que fuera, ¿a caso no sería capaz cualquiera de recordar a un niño de cabellos blancos, apenas mayor de seis años, que levantaba una sandía más pesada que él mismo con la facilidad con la que se eleva una pluma?

Viktor buscó a Anya con la mirada, muy orgulloso después del trabajo que había sido capaz de hacer. La vio enseguida, de pie delante del puesto de verduras, terminando de meter en su carro todo lo que había comprado. Se le acercó sigilosamente y, cuando la niña estaba a punto de girarse y empezar a buscarle, le saltó delante y le enseñó las bolsas.

“Mira lo que tengo.” canturreó, mientras abría las bolsas para que su hermana pudiera ver el contenido.

“Anda, ven aquí, pequeñajo.” sonrió Anya, mientras abrazaba con cariño a su hermano pequeño. Con el niño aúpa, agarró las bolsas que este le ofrecía y las metió en el carro, contenta de que Viktor hubiera sido capaz de comprar la fruta. A partir de entonces él podría ayudarla con la compra. A una persona normal igual le habría parecido una estupidez o un suceso sin la más mínima repercusión, pero para ellos, que vivían en una cabaña derruida, pasando frío y sin padres, era un gran avance.

En las afueras de Nápoles (Italia, Europa)

“¡¿Qué vamos a hacer?!” le preguntó Maia a voz en grito, mientras miraba ansiosa al exterior. “¡Mikheil! ¡Nos vamos a estrellar! ¡Caemos en picado y yo NO QUIERO MORIR!” chilló, mientras preparaba a toda prisa los paracaídas.

Ya no les quedaba ni gota de combustible, por lo que la avioneta había comenzado a descender a velocidad vertiginosa. Mikheil, que seguía de piloto, ponía en práctica todo su aprendizaje tratando en vano de hacerla planear. Sabía que sin la potencia que le proporcionaba el motor les sería imposible llegar hasta la próxima ciudad, su destino, y esto lo desesperaba. Al igual que Maia, Mikheil sentía que había dejado muchas cosas sin terminar y no deseaba desaparecer del mundo tan pronto, sin familia ni amigos. Aunque les daba igual ser o no recordados, los dos hermanos soñaban con poder vivir en paz en alguna cuidad tranquila y segura, con temperaturas altas y, si era posible, una preciosa playa desde la que el mar se viera infinito pero bonito. No querían morir por culpa de una estúpida avioneta que tenía el depósito tan pequeño que uno no podía ni cruzar el mar sin acabar vaciándolo.

Mikheil miraba hacia los campos de trigo que se extendían a su alrededor, imaginándose a la muerte (la veía con su vestido negro y largo, la capucha cubriendo sus rasgos calavéricos y cuencas vacías, portando la guadaña que los decapitaría) esperándoles entre los enormes trigales, que iban creciendo a medida que la avioneta perdía altura.

En la costa de Nápoles (Italia, Europa)

Fue la peor noche de toda mi vida y llegó, por muy imposible que me pareciera, a superar aquella en la que unos borrachos se pegaron ocho horas bailando como unos posesos justo debajo de mi ventana mientras cantaban, desafinando como sólo lo haría un borracho, las canciones que se habían puesto a la moda. Además, por si el ruido no resultaba lo suficientemente insoportable, coincidía que era una de esas noches de verano con temperaturas tan altas que sientes como si te frieran vivo y nuestro aparato del aire acondicionado (el del piso de arriba) había dejado de funcionar unas horas antes de acostarnos. Tuve que hacer como si no oyera los gritos que pegaban ese montón de inútiles mientras trataban de vocalizar lo suficiente como para que se entendiera algo de lo que cantaban y abrir la ventana, ya que sino el poco aire que corría no templaría mi cuarto. No pegué ojo en toda la noche y pasé tanto calor que cuando por fin amaneció y dejé de tratar de dormir (los borrachos seguían dando la lata, aunque, como respuesta a la amenaza de un vecino, habían bajado el volumen de sus cantos) me sentía como si estuviera tumbado en una piscina en vez de en mi cama. Por esto, tuve que llamar a mi madre para que me ayudara a deshacer la cama y lavarlo todo y, después de que ella insistiera en que podía hacerlo sola y me mandara ducharme (cosa que hice de buen grado y sin dudar), decidí que ese día dormiría en el colegio (donde sí que había aire acondicionado), por mucho que mis profesores me humillaran delante de los demás. Por suerte, mis padres, mostrándose comprensivos, me permitieron dormir durante todo el día en el piso de abajo, donde sí que funcionaba el aire acondicionado y había estado durmiendo Carlo.

Pero la noche del 5 de enero fue peor si cabe imaginar. No pase frío ya que nuestro aparato también funcionaba de calefacción y el silencio fue casi sepulcral durante toda la noche, sin interrupción alguna. De hecho, dormí como un tronco a causa del cansancio.

No, lo malo no estaba ni en la casa, ni en la temperatura, ni en la ciudad. Estaba dentro de mí, porque ese día tuve la peor pesadilla que jamás hubiera llegado a imaginar. Duró toda la noche, desde que me acosté, después de haberle leído el cuento a Alba y haberme aseado, hasta que me levanté a la mañana siguiente a causa de la luz.

Normalmente no recuerdo lo que sueño. De hecho, esa era la primera vez que lo hacía de verdad, la primera vez que recordaba todo al detalle como si ni siquiera despierto pudiera escapar.

Además nunca, y digo nunca desde que soy consciente de lo que hago, lloro. Ni siquiera lloré cuando, con apenas siete años, me caí al suelo y me abrí la barbilla. Tampoco lo hice a los diez cuando se me dislocó el hombro, algo que duele tanto que sientes ganas de cortarte todo el brazo para que el dolor desaparezca. Pero esa vez, esa mañana después de haber tenido ese endemoniado sueño, lo hice. Lloré tanto que las mejillas se me pusieron rojas como un tomate, al igual que los ojos, y fui capaz de saborear las lágrimas cuando me llegaron a la boca, saladas como el agua de mar.

Y lo que incrementó mi dolor fue que, al contrario de lo que suele pasar, estaba solo. Todas las mañanas mi madre se pasa por cada uno de nuestros cuartos y corre las persianas para dejar que la luz entre, despertándonos. Normalmente esto me enoja, ya que no sólo odio que me despierte la luz, sino que además no aprecio mucho la compañía. Normalmente prefiero estar solo.

Pero lo que antes era normal cambió radicalmente ese día.

1 comentario

  • By pilar, octubre 30, 2009 @ 11:26 pm

    Eres un “crack”. Cada vez que leo lo que publicas estoy mas convencida de que serás una gran escritora. Sigue con tus sueños.

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