Caso CM

Esto me pasó hace tiempo. Está todo basado en hechos reales, jejeje.

El caso CM – Conejo Muerto (03/04/09)

Érase una vez, en un sencillo dúplex de una bulliciosa ciudad, vivía tranquilamente una feliz familia, una pareja con sus tres hijos.

Un día, la hija mayor se quedó sola en la casa. Lo pasó muy bien así, sin sus hermanos pequeños que tanto tiempo le quitaban.

Ya era mediodía cuando su padre volvió. Venía con su hermano pequeño, Borja. Habían ido a un partido de fútbol (Borja jugaba como portero) y se lo habían pasado muy bien. De camino habían pasado por el Mercadona y habían hecho la compra, que ya hacía falta.

Su padre tuvo que irse otra vez, probablemente a aparcar el coche. Ella sabía que tardaría mucho porque apenas había sitios. Borja se subió a su cuarto y se encerró, se sentó en su silla, encendió el ordenador y empezó a jugar. Antes de irse, su padre le pidió por favor que recogiera la compra. A ella no le importaba, de hecho, lo hacía casi siempre. Así que bajo a la cocina y lo hizo.

Un tiempo después llegó el padre. Se tumbó en la cama con el pijama puesto, encendió su ordenador portátil y fue a mirar el blog de su hija mayor. Esto fue lo que leyó en la entrada más reciente:

¡Ugh! ¡Qué asco! ¡Por poco me da un patatús!

¿Por qué? Pues porque mi padre acaba de llegar a casa y venía del fútbol con mi hermano pequeño, habiéndose pasado por el super. Y, como no, nada más llegar, se vuelve a ir, posiblemente a aparcar, dejándome sola con el chico éste, mientras me pide que meta toda la comida en su sitio, con la ayuda de mi hermano. Pero total que, para la ayuda que da, he preferido echar a Borja de la mini-cocina que tenemos y colocarlo todo yo.

La verdad es que ha sido fácil, como siempre. Estoy acostumbrada a tener que hacer todas las tareas de la casa, sobre todo cuando mi madre está en su floristería trabajando, o los fines de semana cuando me aburro y todos están demasiado vagos.

Pero esa no es la cuestión. La cosa está en que he tenido que meter en un mini-frigorífico –mide de alto poco más que yo- a un sangriento, de aspecto asqueroso y completamente entero –con el lote de órganos abajo a la izquierda, justo por donde he tenido que agarrarlo- conejo muerto. Sus ojos, posicionados muy a la vista, me miraban, probablemente con odio ciego. Sólo se le veían los músculos, así que he supuesto que le habían quitado la piel antes. Sólo de pensarlo… Uf!!!

Y lo peor de todo ha sido que, como al principio me he dado un susto de muerte al verlo, lo he tirado –delicadamente, no os vayáis a pensar- encima de la encimera, justo donde había dejado a buen recaudo mi galleta cookie, esa que acababa de coger de entre un paquete de la compra.

Total, que he acabado teniendo que meter al maldito conejo mientras miraba hacia un cuadro parecido al de Van Gogh –un jarrón marrón claro lleno de girasoles de aspecto bien cuidado-, intentando omitir las nauseas que me provocaba la textura que tenía bajo mis dedos, apartando torpemente las botellas de Coca-Cola, Fanta Naranja y cerveza para hacerle sitio. He tenido que doblarlo por la mitad y he tocado parte de las costillas, algo que me ha provocado un enorme estremecimiento que me ha recorrido toda la columna vertebral en cuestión de segundos. Una vez posicionado el repugnante conejo -que de seguro tendré que comer en alguna próxima ocasión- encima de las botellas, me he acercado hacia la encimera, en busca de la galleta perdida. La he visto bastante rápido ya que la encimera es realmente pequeña, casi tanto como mi escritorio, y me la he comido con rapidez, intentando no pensar en lo que le había pasado por encima.

Toda esta experiencia me ha hecho llegar a una sencilla conclusión; nunca manejes conejos muertos envueltos en un plástico odiosamente transparente si te estás comiendo una cookie. Bajo ninguna circunstancia y sin excepciones.

El padre empezó a reírse a carcajada limpia. Apartó el portátil, lo dejó sobre la cama y se encaminó hacia la cocina. Una vez dentro abrió la nevera, sacó el conejo de entre todas las latas y, con una mirada maliciosa, empezó a buscar los utensilios de cocina. En su cabeza resonaban dos simples palabras, repitiéndose continuamente: Cocinar, Conejo. Volvió a reírse.

1 comentario

  • By nishu, Noviembre 1, 2009 @ 11:31 pm

    QUE A LA CHICA LE GUSTO EL CONEJO ??…. JAJAAJJA HAY NEREAA … U NBESIKOO TQ

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