Sorry

Lo siento de veras. Me temo que no voy a poder escribir NADA sobre lo de Londres hasta Navidades… sí. Probablemente os lo pondré como regalo de Papá Noel. ;)

En vez de eso, cuelgo aquí e incluyo en la página de mi libro el octavo capítulo. Es lo que mi madre llamó “un capítulo de transición”. Vamos, que no es que pase nada interesante. El día a día de mis personajes.

Bueno, supongo que os preguntaréis, ¿cómo puede ser, si no tiene tiempo para nada (o eso dice) que haya podido escribir esto? Jeje :) Lo confesaré, me gusta más hacer esto que escribir lo de Londres… Además, el capítulo este lo tengo escrito ya desde hace bastantes días, antes de que me mandaran hacer dos proyectos para Lengua y Sociales y me dijeran las fechas de los trimestrales… :( que me voy a pegar todo el puente empollando…

Por cierto, muchas gracias por los comentarios de la última entrada, me han servido de mucho. !Y me ha encantado la página web de Generación X! Tiene muy buena pinta y me será muy útil.

El capítulo puede parecer muy largo, pero en realidad es casi todo diálogo… jeje :) se lee rápido.

Mi Deseo para el Futuro

Niños prodigio

27 de enero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Cuadrado A

El patio de recreo era un hervidero de vida. Los niños corrían de un lado para otro, chillando y riendo sin preocupación. Algunos se sentaban en los bancos de hormigón, otros simplemente en el suelo. Los más mayores se escondían detrás de un gran árbol para fumar y charlar con tranquilidad. A pocos pasos de ellos, dos chicos se intercambiaban los cromos que estaban de moda aquel año, tratando de conseguir el que querían. Cerca de la puerta del edificio una niña de rizos dorados saltaba solitariamente a la comba, cantando en voz baja una cancioncilla tradicional. Paró bruscamente cuando se le enganchó la cuerda con el pie y se tropezó, cayendo de morros contra el suelo. La profesora que vigilaba entonces no se entero y siguió fumando el cigarrillo que llevaba, mientras pensaba en su cita. A su lado jugaban varias niñas de tercero a la rayuela, tirando de vez en cuando una piedrecita pequeña y saltando a la pata coja en distintos cuadrados. En frente de ellas estaba el campo de fútbol, no muy grande, donde jugaban a balonmano los de quinto curso. Cuando la profesora estornudó, cerrando los ojos por la presión, uno de los chicos aprovechó para tirarle el balón al grupito de chicas mayores que pasaban por ahí. El balón se desvió un poco y no llegó a dar a su objetivo, chocando contra un árbol joven que habían plantado ese mismo año. Mientras tanto, un gato callejero se coló por un agujero de la valla y se paseó por delante de tres niños pequeños, que se sorprendieron de verlo ahí. El que tenía la cara más redonda miró asombrado a sus dos compañeras y abrió la boca para hablar.

-¿Hay un gato en este cole? -preguntó. Le acercó la mano lentamente, pero el gato se alejó corriendo y no volvió.

-No, es sólo un gato callejero que se cuela de vez en cuando. -le contestó la chica más mayor. Apenas tenía dos años más que sus amigos.

-¿Y para qué viene?

-Supongo que para buscar comida. Los otros niños siempre le dan.

El chico se calló, sumiéndose en sus pensamientos. Entrecerró los ojos, negros como el ónix, y reflexionó sobre lo que acababan de aclarar.

-¿Os imagináis que los gatos hablaran? Así nos podría decir porque viene.

-No me gustaría que los gatos pudieran hablar. Sería demasiado raro.- contestó la otra chica.

-¿Y qué si es raro? A mí me parecería muy divertido, podrías hablar con ellos cuando te aburrieras. –replicó la primera. Destacaba entre los demás y era muy fácil de identificar.

-¿Y para qué quieres hablar con un gato? Puestos a imaginar, te podría decir cosas muy malas, que te ofendieran o hirieran. –contestó la otra chica, de pelo negro. El chico las oía discutir, prestando mucha atención a todo lo que decían, aunque no entendía ni la mitad.

-Pero los gatos no dicen cosas malas. –las interrumpió.

-¡Claro, porque los gatos no hablan! –exclamó la niña morena.

-Pero mi gato es mi amigo. No me diría cosas malas. –siguió el chico, volviendo a hablar de su gatito. Un fuerte soplo de viento le removió los cabellos, castaño oscuro, que se ordenaban en brillantes rizos. La chica de piel clara les avisó de que un balón se acercaba y se apartó de su recorrido. La pelota voló a unos metros de distancia y tocó suelo en la pared del colegio, cerca de la profesora que vigilaba. Ella no se enteró de nada.

-Igual tu gato se enfada contigo por ser tan pesado. –dijo la segunda chica cuando un niño mayor recogió el balón.

-No, porque es mi amigo.

-Eso ya lo has dicho. –le informó ella, tratando de enseñarle a hablar. –Te repites como el ajo.

-¡Yo no me repito como el ajo!

-Sí que lo haces.

-¡Que no!

-Has dicho cinco veces que tu gato es tu amigo. –le dijo, tratando de hacerle ver el error. El problema residía en que el niño era demasiado pequeño para entender lo que la chica le explicaba.

-¡Es que es mi amigo, por eso lo digo!

-¡Ya lo sé! –gritó la chica, enojada por la incomprensión de su compañero.

-¡Y tú es que eres tonta! ¡Déjame en paz! –le chilló él en respuesta, moviendo las manos hacia los lados.

La otra chica, cansada ya de la discusión que estaban teniendo los dos niños, decidió intervenir.

-No te enfades con ella, Mario. –le pidió. -. Y tú no discutas tanto con él, Alba. ¿No ves que es muy pequeño? –le dijo a su amiga.

Alba decidió hacer caso de lo que Lynn le decía y dio por acabada la discusión. Desgraciadamente, Mario seguía enojado y no quería volver a hablar de nada con Alba.

-¡Dejarme en paz! ¡Las dos sois unas tontas y yo no soy pequeño! –alargó la última frase para remarcarla y se levantó. Se marchó llorando hacia un grupito de niños que jugaban a las canicas cerca de la profesora.

Lynn y Alba se quedaron solas, pero no les importó.

-¿Vamos en busca de Maia? –propuso Alba. En frente suyo se veía una gran valla, detrás de la cual jugaban otros niños.

El colegio estaba ordenado de una forma muy extraña y poco adecuada, separando a los niños en varios grupos desiguales. El más grande (que coincidía con la parte mayor del recreo) estaba formado por los estudiantes de BUP y COU. Al principio iban a estar los dos ciclos solos, pero resulto que los cuadrados de primaria eran demasiado pequeños y tuvieron que pasar a los de séptimo y octavo con los mayores. La otra mitad del recreo estaba dividida en cuatro cuadrados iguales que se separaban por vallas altas, cada uno formado por un profesor y un grupo de niños. Los colegiales que jugaban dentro de estos cuadrados eran de distintos cursos de primaria. Cada cuadrado, en vez de pertenecer a un único ciclo, se llenaba de alumnos de un mismo grupo, es decir, de una misma letra de clase. Todos los niños que iban a la clase A, fueran del curso que fueran, iban al cuadrado A. Los chavales problemáticos o castigados pasaban sus recreos en un pequeño pentágono que había detrás del colegio, donde los profesores les echaban la bronca y los obligaban a contárselo todo a sus padres.

Uno de los niños que jugaban al otro lado se sacó un moco y se lo enseñó a su amigo, que se rió mientras una chica se iba corriendo hacia su profesor. El ambiente era igual en todos los cuadrados; feliz, vacío de toda preocupación. Los niños corrían y se divertían sin más. Los profesores les envidiaban.

Maia hablaba tranquilamente con su hermano, que se había acercado a la valla con una pelota bajo el brazo. Tres semanas habían pasado desde que aterrizaron en un campo y los dos ya hablaban bastante bien el italiano. Entre ellos acostumbraban a usar el georgiano, aunque cambiaban en cuanto se acercaba alguno de sus amigos.

Mikheil iba ya a séptimo, por lo que estaba en el recreo más grande. Tenía 13 años y cumpliría los catorce en julio, el día 23.

A Maia le había tocado, en un principio, la clase de novatos, 1B de parvulitos. Los cuadrados A y B estaban en contacto, por lo que Maia, Alba y Lynn, que acababa de conocerla, podían hablar sin problemas. Después del primer día, a Maia la subieron de curso a 2A, la clase de Alba. La profesora había considerado que Maia, aunque no hablara italiano, era tan inteligente que lo aprendería pronto, por lo que no era necesario bajarla ningún curso. Con Mikheil no hubo problema; le hicieron un examen para poder entrar al colegio y decidir a que curso iría. El test estaba en inglés, por lo que todo le fue bien. Le habrían subido un curso, pero Mikheil no quiso. Prefería estar con los chicos de su edad, aunque no conocía a ninguno. Sus conocimientos eran realmente limitados, no sabía nada de ciencias ni de historia, pero tenía un coeficiente intelectual muy alto. Tanto que el director se asustó y decidió dejar al niño escoger su clase.

-Maia, se acercan tus amigas. –dijo Mikheil, señalando hacia las dos niñas. Se levantó y le lanzó un beso. –¡Nos vemos! –se despidió.

-¡Hasta luego!

-Hola, Maia. ¿Qué tal le va a tu hermano? –preguntó Lynn.

Las tres se acercaron a un árbol grande que crecía cerca de la valla y se sentaron.

-Muy bien. Hoy le han entregado su primer examen de lengua. ¡Y ha sacado un diez! –exclamó Maia, emocionada.

-¡Enhorabuena! Me alegro mucho por él. –dijo Alba, contenta por sus amigos.

-¿Y tú qué tal? –preguntó Lynn.

-Genial. Hoy hemos hecho un trabajo muy divertido en clase, ¿verdad, Alba?

-Sí, hemos estado dibujando. Era el típico ejercicio de: piensa en lo que más te gustaría que pasara. Tu mayor sueño.

-¿Y qué habéis dibujado?

-Pues Maia se ha dibujado junto a su hermano en una casita muy bonita con vistas al mar. ¡Te ha quedado muy chulo, por cierto!

-¡Gracias! –exclamó Maia. Se rió con sus amigas y luego miró a Lynn. –Sí, y Alba nos ha dibujado a todos juntos detrás de una hermosa cascada, sonriendo y posando como si fuera una foto. –le explicó.

-¿Y por qué has dibujado eso, Alba? ¿Qué significa? –preguntó ella, extrañada. Todos conocían el gran deseo de los dos georgianos.

-¿No lo entiendes, Lynn? He dibujado mi mayor sueño. Que todos volvamos a ser felices y despreocupados niños que hablan mezclando palabras y sólo piensan en jugar. Desearía que no tuviéramos superpoderes o lo que quiera que sean, que no pudiéramos hacer lo que hacemos. Me encantaría que todo volviera a ser como lo era antes de que… -Alba paró bruscamente y se calló, mirando con tristeza a sus dos amigas. Todas sabían como acababa aquella frase.

-Antes de que Mik y yo llegáramos. -terminó Maia, deprimida.

-Sí, antes de eso, pero con vosotros. –aclaró Alba. No quería que Maia se pensara que no la quería. Las dos chicas compartían tantos problemas que ya se trataban como a hermanas. Todo había cambiado desde que Alba descubrió sus poderes, porque los demás también empezaron a notarlo. Mikheil y Maia, Lynn y Jacques. Todos tenía lo mismo: poderes extrasensoriales que no habían tenido hasta después de la llegada de los dos hermanos georgianos. A todos les resultaba confuso y les asustaba lo que estaba pasando. Nadie sabía ni que hacer, ni a quién acudir. Porque, ¿quién les creería, siendo los críos que eran?

Cuadrado B

Dario, Paolo y Luca jugaban a fútbol pasándose la pelota por encima de las chicas. Al final, el balón acabó contra la cabeza de Natalia. Dario, que le había dado sin querer y que además estaba enamorado de ella (o eso decía) se acercó para recoger la pelota y pedirle perdón, pero ella se negó a devolverla y en vez la echó lejos, hacia los pinos del fondo. Dario gruñó por lo bajo, le dio las gracias y echó a correr hacia los árboles. Paolo y Luca se reían. Enzo apareció de detrás de los pinos cuando Dario cogió la pelota y se le tiró encima, a lo que él respondió lanzándole un buen puñetazo. Siguieron la pelea hasta que la bola salió disparada y Dario tuvo que ir a por ella otra vez, bajo la orden de Paolo.

-Marco, ¿juegas o no?

¿Qué podía contestarle? Sí, claro, pero tener cuidado que con la fuerza sobrenatural que tengo de repente puede que explote el balón. No, sabía que ellos jamás me creerían. Ni aunque lo hiciera ante sus caras.

-No me apetece, jugar vosotros. –le contesté al final.

-¿Qué pasa, marica? ¿Te da miedo quedar en ridículo ante mí? –me provocó Luca, pensando que, como de costumbre, funcionaría. Ahora que era tan fuerte y dado que apenas había aprendido a controlarme, no pensaba ponerme a jugar a fútbol. Era demasiado arriesgado.

-Cállate, Luca. No pienso jugar ni aunque me prometas que dejaras de mirarle el culo al de mates. –le solté. Podía no picar, pero seguía enfadándome que me insultara. Me acerqué a las chicas y me senté al lado de Enzo, que hablaba con Natalia sobre Dario. Le estaban poniendo verde.

Todos se rieron por lo que había dicho y Luca se puso rojo como un tomate.

-¡Yo no le miro el culo al de mates! –exclamó.

-Vale, vale. Lo que tu digas.

-¡Eh, chicos! Jugamos, ¿o qué? –saltó Dario, que acababa de volver con la pelota.

-Sí, por supuesto. ¡No me pongo! –dijo Paolo, echando a correr hacia el campo de fútbol.

-¡Último se pone! –gritó desde la portería.

Dario y Luca echaron a correr. Luca era el más rápido de la clase y llegó a su destino mucho antes que Dario. El pobre tuvo que ponerse de portero durante todo el juego, pero no le importó. Era el mejor de todo nuestro curso.

-Marco, ¿por qué no vas a jugar con Dario, Paolo y Luca? –me preguntó Carlota.

-No me apetece. ¿Acaso te molesto? –le dije, sonriendo con picardía. Carlota se rió y me miró con acusación.

-No cuando estás calladito. –contestó. Cristina, Agata y Claudia, que estaban sentadas cerca de ella, se rieron. Yo le volví a sonreír.

-¿Cómo voy a hablar contigo si estoy callado?

-Marco, ¿has hecho los deberes de Sociales? –me preguntó Enzo.

-Sí y los he dejado bien escondidos para que no pudieras encontrarlos.

Enzo frunció el ceño y me miró con una mezcla de comprensión y enojo. Todos los días me cogía la carpeta y se copiaba los deberes que no había hecho, por lo que empecé a esconderlos. Hasta la fecha siempre había sido capaz de encontrarlos. La victoria me supo mejor de lo que creía.

-¿Y por qué lo has hecho? Vamos, déjamelos que no te cuesta nada.

-¿Sabes? Empiezo a pensar que si te hiciera pagar por los deberes cada vez que me los pides me haría multimillonario. ¿Qué tal si empezamos ya? Te los dejo a cambio de un euro.

-¿Qué? Eres carísimo, tío. ¿Qué tal 50 céntimos para empezar?

-Setenta y no bajo más.

-Umm. De acuerdo, trato hecho.

-Genial, ¡tengo setenta céntimos!

-Hey, chicos, ¿os habéis enterado de lo de Alfredo Binda? –dijo Bella, que había dejado de hablar con Claudia para preguntarnos.

-¿Alfredo Binda, el ciclista? –preguntó Natalia.

-Se murió el 1 de enero, ¿no? –dijo Enzo, mirando fijamente a Bella.

-¡Bonita forma de empezar el año! –exclamé. Todas se rieron y Enzo me miró acusatoriamente, apartando la vista de su amor. Tenía entendido que el ciclista era de su agrado.

-Ese ciclista le encantaba a mi madre, decía que era el mejor del mundo. ¡Y además era italiano! –replicó, enfadado como un niño.

- ¿Y qué me decís de la muerte de Donna Reed? –repuso Cristina. –Era la actriz esa estadounidense que sale en tantas películas viejas. –nos explicó.

-Ni idea. –dijo Enzo.

-No tengo el placer. –añadió Agata.

-Pues yo sí que la conozco. Salía en el retrato de Dorian Gray, ¿verdad? –preguntó Natalia.

-Sí, esa misma.

¿Y qué os pasa hoy con las muertes? ¿No habrá caído también el presidente de EEUU? –dije yo, medio en broma.

Cuadrado A

Llevaban hablando un buen rato y ya no se les ocurría que más hacer. Se aburrían tanto que pensaron en hacer algo que, de normal, ni siquiera se les habría pasado por la cabeza.

-¿Qué tal si los probamos? –saltó Lynn, de repente entusiasmada.

-Probar, ¿el qué? –le preguntó Alba, sospechando de su repentina alegría.

-¿Pues qué va a ser? Nuestros poderes, por supuesto.

-¿Tú estás loca o qué?

-Mik dice que no lo hagamos, puede ser peligroso. Se enfadará si le desobedecemos. –les recordó Maia, interrumpiendo su discusión.

-No vamos a hacer nada malo, Maia. Yo sólo digo probar a ver cuánto podemos hacer. No nos va a pasar nada por probar. –las animó Lynn, empleando sus dotes persuasivos.

-Umm, no sé yo…

-Mik se enfadará…

-Vamos, chicas. ¡Será divertido! –exclamó.

Entonces las agarró de las manos y echó a correr hacia la otra punta del recreo. Los niños pasaron durante unas milésimas de segundo a su alrededor, tan rápido que deberían haberse hecho indistinguibles. Llegaron en menos de tres segundos.

Alba y Maia empezaron a reírse. Lynn se las llevó, ésta vez a una velocidad humana, hasta detrás del árbol más grande que había en el colegio. Conectaba con tres cuadrados, el A, el B y el E. Desde la cima se podía ver todo el colegio.

-¿Qué os parece si nos escalamos el árbol? –propuso.

-¿Tú flipas o qué? No podemos subirnos este árbol, Lynn. ¡Es enorme! –exclamó Alba, nerviosa aunque también excitada. Notaba como la adrenalina fluía por sus venas ante la idea de subir al pico de aquél gran árbol.

-Pero no le digáis a Mik que lo hemos hecho, ¿de acuerdo?

-No te preocupes, Maia. Nadie más que nosotras lo sabrá.

Alba miró hacia arriba con cierto temor y tragó. Si hubiera sido una chica normal y corriente no habría sido capaz de ver la punta. Eso le preocupaba, aunque su temeridad infantil se imponía. Al final siempre ganaba el lado irracional.

-Bien, darme las manos. –Alba y Maia agarraron a Lynn cada una por un lado y se miraron con miedo. –A la de una… a la de dos… ¡y a la de tres!

Lynn dobló las rodillas para impulsarse, golpeó con fuerza el suelo con las piernas y saltó. Alba y Maia le copiaron, llegando pues las tres hasta la mitad del árbol. En ese momento se soltaron las manos y se agarraron con fiereza a la corteza. Parte se desprendió y cayó al suelo, produciendo un ruido sordo y suave. Lynn apoyó los pies contra una rama y se volvió a impulsar. Alba escaló por el tronco como si fuera un pantera en busca de su presa. Clavaba las uñas en la corteza y se impulsaba. Maia prefirió ir saltando por las ramas como si fuera un mono, riendo a carcajada limpia. Las tres eran ágiles y rápidas, por lo que no tuvieron ningún problema durante la ascensión.

Lynn fue la primera en alcanzar el pico del árbol. Habían ido riendo y hablando, pero al llegar arriba Lynn se calló. Las otras dos, extrañadas, aceleraron más aún el paso. Cuando al fin llegaron junto a Lynn comprendieron la razón de su repentino silencio.

El paisaje que se veía desde ahí era simplemente conmovedor. Tres chicas tan inteligentes como ellas eran capaces de apreciarlo.

Su vista de águila llegaba hasta más allá del terreno del colegio, pero eso eran sólo campos vacíos. Los cinco cuadrados que formaban el recreo tampoco les parecían importantes. Lo bonito de verdad, tan sobrecogedor que les había dejado sin aliento, eran las vistas del horizonte. Una gran línea amarillenta que se unía con un cielo invernal, de un azul blanquecino a causa de la estación. Apenas se paseaban pájaros por entre las nubes, esponjosas y abundantes. El sol se ocultaba detrás de una, por lo que no les cegó. A esas horas de la mañana aún era posible ver la luna, casi completamente llena, que se mostraba con todo su esplendor de tonos plateados. Acompañando al paisaje cantaban las aves sus dulces melodías, que sumían a todo el que les oyera en un estado de calma total.

La tranquilidad era tal en el pico de aquel árbol que a las tres niñas se les pasó el tiempo volando, de tal forma que empezó a sonar el timbre y ellas todavía seguían ahí. Sin saber como bajar.

Cuadrado E

El cuadrado de los mayores era enorme.

Lo era tanto, que al principio Mikheil había llegado a creer que medía más que el edificio en sí mismo. Más tarde se dio cuenta de que el colegio era más o menos parecido, sólo que estaba repartido de distinta forma. El lugar estaba a las afueras de la ciudad, por lo que era mucho más grande de lo normal.

A él, que ya iba a séptimo, le había tocado el cuadrado E. Sabía que el recreo estaba mal repartido, porque los alumnos de BUP, COU, séptimo y octavo eran muchos menos que los de primaria y parvulitos, pero también sabía que él no podía hacer nada para cambiarlo. De todas formas, el hecho no le incomodaba.

-¿Así que te llamas Mikheil? –le preguntó una de las chicas de su clase. Mikheil recordó que la había visto antes y que se llamaba Gisela. Tenía acento francés, aunque no se le notaba mucho. De hecho, Mikheil no lo habría notado de no haber tenido un oído tan fino.

-Sí. Tú eres Gisela, ¿verdad?

Sí, pero se pronuncia Jisela. Mis padres son mitad españoles. –le explicó.

-De acuerdo, Gisela. –repitió Mikheil, cambiando la pronunciación.

-¿Juegas a fútbol? –le preguntó ella, tratando que entablar conversación. Señaló hacia el balón que llegaba bajo el brazo.

-Sí, me están enseñando. –dijo él.

-¿Y qué tal se te da?

-No sé. ¿Bien?

-¡Gisela! ¡Ven, mira! –gritó otra de las chicas de séptimo desde el fondo del patio. Había una larga fila de árboles que rodeaban todo el recreo detrás de ella.

-¿Con quién estás? –le preguntó cuando llegó, mirando hacia Mikheil. Él leyó en su cara “me suena de algo”.

-Con el nuevo, Mikheil. –le contestó Gisela.

-¡Ah, vale! Tú vas a mi clase, ¿verdad?

-Sí…

-¿Y vas siempre solo? –le preguntó la chica.

-Pero qué dices, Sheila. Va con el grupito de Gio. –le contestó Gisela.

-¿Ah sí? ¿Vas con Gio?

-¿Borlo? –Mikheil había conocido en su primer día a un chico al que le decían el “gran G”. Se quedó con su apellido porque así le llamaban los demás chicos.

-Sí, se llama Giovanni. Gio para nosotras. –dijo Gisela, sonriendo con amabilidad.

-¿Y por qué no estás con ellos ahora?

-Pero mira que eres cotilla, Sheila. –le riñó Gisela.

-Había venido aquí a ver a mi hermana. –contestó Mikheil.

-¿Tienes una hermana pequeña? –preguntó Sheila.

-Sí. Va a parvulitos, así que está en uno de los cuadrados. En el A. –señaló la valla que tenían detrás.

-¿Va a parvulitos? Ah, ¡qué mona! ¿Y cuántos años tiene? –preguntó Gisela, de repente muy interesada.

-Cuatro…

Cuadrado A

-¿Se lo decimos o no? –preguntó Maia, inquieta y nerviosa.

-No hemos hecho nada malo, ¿vale? Eso que quede claro. –repitió Lynn, tan ansiosa como sus dos amigas.

-¿Qué hacemos ahora? –exclamó Alba, asustada e incómoda.

Se asomaban las tres desde lo alto del árbol hacia el cuadrado de los mayores. El árbol era enorme y estaba lleno de hojas, aunque la mitad se había caído cuando las chicas subieron. Habían querido probar sus poderes, para saber si tenían algún máximo, y no se les había ocurrido nada mejor que hacer que subirse al árbol más grande de todo el recreo. Mediría unos quince metros de alto y medio de ancho. Por suerte, ninguna tenía vértigo y no les importó estar ahí subidas hasta que sonó el timbre. Porque ahora que habían subido, ¿cómo narices iban a bajar? Les daba mucho miedo tirarse y la corteza del árbol era demasiado resbaladiza como para bajar sin ayuda.

La conclusión a la que habían llegado era muy simple: Estaban metidas en un buen lío.

Cuadrado B

Cuando sonó el timbre (una melodía monótona que apenas tenía dos notas distintas) todos nos levantamos y echamos a andar hacia la puerta del colegio. Había que pasar al cuadrado A para poder entrar.

Todo transcurría como de costumbre hasta que, estando a unos pocos metros de la entrada, oí tres voces suaves y agudas, como las de tres niñas pequeñas, que me llamaban. Me di la vuelta en busca de mi hermana y sus dos amigas, pero no las vi por ninguna parte.

-Marco, estamos en el árbol, ¡ayúdanos, por favor! –oí decir a mi hermana. Alba parecía avergonzada a la vez que muy nerviosa. Como si la hubiera pillado haciendo algo que no debía.

-Oye, chicos. Ir yendo que ahora os pillo, ¿vale? –les dije a mis amigos.

-Sí, claro.

Me alejé un poco de ellos para que no me oyeran.

-Alba, ¿dónde estáis? –susurré.

-En el árbol del fondo, ese que mide más que el colegio. –me contestó ella.

Miré hacia el fondo del patio y ahí estaba, un gran árbol que tres niñas normales no habrían sido capaces de escalar ni en cien años. Eché a correr hacia él y, unas milésimas de segundo antes de llegar, me impulsé con el pie y salté. Llegué bastante alto, me agarré con fuerza al tronco y empecé a escalar por las ramas. Conforme iba ascendiendo los alumnos que entraban a clase se iban haciendo cada vez más pequeños. En ningún momento dejé de verlos con total claridad, sin falta alguna de detalles.

Llegué a la cima rápidamente y miré a las tres con falso enfado. Era completamente incapaz de enfadarme con mi hermana preferida y nuestras dos buenas amigas.

-¿Se puede saber qué narices estáis haciendo aquí? –exclamé.

-Perdón. –dijeron las tres a la vez.

-Marco… ¿te has fijado en lo bonito que se ve todo desde aquí? –me preguntó Alba, abarcando con su brazo todo el paisaje.

Entonces me di cuenta. Era un paisaje abrumador, pero no tenía tiempo para quedarme ensimismado.

-Alba, Lynn, Maia. ¡Llegamos tarde!

-¡Sí, sí! Lo sabemos. Pero nos da miedo bajar. –contestó Maia, avergonzada.

-Que no te de vergüenza eso, Maia. A mí también me da miedo, pero no nos queda más remedio. ¡Venga, Alba y Lynn cogerme de la mano y no os soltéis por nada del mundo! Tú, Maia, súbete a mi espalda y agárrate súper fuerte, ¿entendido?

-¡Sí! –contestaron las tres.

Miré hacia abajo con la adrenalina corriendo por mis venas. Me apetecía probar estos poderes sobrenaturales que me habían aparecido, pero no me hacía mucha gracia tener que hacerlo a costa de mi hermana y sus amigas. ¿Y si no era tan fuerte como creía? ¿Y si nos caíamos desde ahí arriba, nada menos que 15 metros, contra el suelo de hormigón? ¿Qué sería entonces de nosotros? Muertos, seguro. Acabaríamos muertos.

Pero no me quedaba otro remedio y además, si había sido capaz de subir, tenía que serlo de bajar. Así que hice de tripas corazón y, rezando para que todo fuera bien, me empujé con el pie hacia el vacío.

El suelo se acercaba a nosotros con gran rapidez y me temí que cayéramos mal. Luego me di cuenta de que, a pesar de que nuestros cabellos se pusieran en punta a causa de la velocidad, yo veía perfectamente bien el suelo y me parecía que caímos demasiado lento. No me hizo falta más que apoyar con suavidad los pies como si simplemente hubiera dado un paso. Lynn y Alba me copiaron sabiamente. Maia abrió los ojos en cuanto notó que su pelo caía de nuevo y se removió. La bajé con cuidado.

-Muchas gracias por bajarnos, Marco. –dijo Maia, mirándome con cariño. Yo le sonreí en respuesta.

-Anda, daos prisa, ¡tirar para clase que llegáis tarde! ¡Y no volváis nunca más a subiros a un árbol! ¿entendido?

-Sí. –contestaron las tres a la vez.

-Nos vemos, Marco. –se despidió Alba, dándome un beso en la mejilla.

-Hasta luego.

Alba miró a Maia como para pedirle permiso y luego, al ver que ella no se negaba, le cogió de la mano. Las dos se despidieron de Lynn con un gran beso y se marcharon hacia otro edificio, donde estaban los que iban a parvulitos. Lynn y yo fuimos caminando en silencio hasta que llegamos a su clase. Los pasillos estaban casi completamente desiertos, lo que me llevó a pensar que ya llegaba tarde. No me importó mucho.

Llegamos a su clase, 1º de primaria, y Lynn se despidió de mí.

-Muchas gracias por habernos ayudado, Marco. No sé cómo abríamos bajado de ahí de no ser por ti. –me confesó con sinceridad.

-Estoy seguro de que habríais acabado bajando. Y sin un solo rasguño. –la animé, sonriendo. Ella se rió.

-Seguro.

1 comentario

  • By Antonio, diciembre 6, 2009 @ 6:43 pm

    Vaya, tantas trastadas me suenan… ¿Todo eso puede pasar en un recreo?
    ¡!
    Muy bien Nerea, sigue que tenemos ganas de leer mucho más.
    :-)

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