Experiencia en Londres
Previo al viaje; Jueves 19
La euforia llega nada más salir el sol. Normalmente, mi madre, dispuesta y servicial, me despierta encendiendo la luz; “¡Buenos días!” susurra. Hoy, no ocurre. Los nervios me han despertado minutos antes, aunque sospecho que el ruido de su despertador ha ayudado. Piiiiii,piiiiii,piii- para. Oigo pasos; la luz del pasillo se enciende. Me tapo los ojos; ¡agh! La luz, ¡apaga la luz! Ella baja las escaleras. Salgo de la cama a duras penas; la cabeza… me duele… No es nada, me he levantado demasiado rápido.
Bajo las escaleras; poom, poom, poom. “¡Buenos días!” susurro. No hay respuesta. El sofá se me antoja un buen lugar de reposo, mas sigo caminando. Llego a la puerta de la cocina, la abro. Repito: “¡Buenos días! ¡Ya es jueves!”. Mamá sonríe, me mira: “¡Mañana a Londres!” exclama. ¡Qué dichosa me siento! ¡Toda la felicidad, por fin! ¡Mañana a Londres!
Borja y Leire ya han bajado; ¡Oh, no! Mi sitio… Me siento en mi silla, en frente del sofá. La tele, negra como el azabache; nadie la enciende. No por la mañana. Mis hermanos descansan, tapados con las mantas, aunque apenas hace frío.
Después de desayunar, hago la cama y me ducho. Mañana a Londres, mañana a Londres, mañana a Londres. Como todos los días, salimos un poco retrasados; menos cuarto. ¡Venga, que ya son menos cuarto!
La clase de Física y Química: nos colocamos en grupos; Marcos, Toñín, Jorge. Mi grupo. La cabeza me está matando. Me preocupa mucho, porque mañana viajo a Londres; ¡tengo la peor suerte del Mundo! ¡Esto sólo me puede pasar a mí! Estoy de espaldas a la profesora; no puede ver que casi no puedo ni abrir los ojos. Noto la cara ardiente, me toco la frente; ¡Estoy ardiendo! Debería decírselo, pero no lo hago. Trato de trabajar, pero el grupo va a su bola. Marcos, Jorge, Toñín. Mi cabeza… “¿Te pasa algo?” pregunta Marcos, amablemente. ¿Marcos? Qué majo, no me esperaba que él lo preguntara… Jorge y Toñín trabajan los dos juntos, no se dan cuenta. Me preguntan algo. “¿Cómo se hace esto?” “Pregúntaselo a Victoria.” contesto. Ella es la profesora, ¡no yo! “Hala, Nerea, ¡no jodas!” dice Jorge. ¡Pues piensa tú, maño! Tengo fiebre… Al final, Jorge se va a preguntárselo a Victoria. La clase termina y hay que mover las mesas, ahora toca recreo.
“Julia.” me acerco a ella. “¿Crees que tengo fiebre?” pregunto. Me toca las orejas, tiene las manos templadas. “¿Por qué me tocas las orejas?” “Es una forma de saber si tienes fiebre, lo dice mi madre.” contesta. Me toca esta vez la frente y asiente. “Sí, creo que sí.”
Salimos de la última clase; todo ha terminado. Me he tomado un ibuprofeno a la hora de comer, pero tampoco ha hecho mucho efecto. Los ojos se me cierran, me duele la cabeza y me arde la cara. No noto ningún otro síntoma; ¿será la gripe? No me dejarán pasar al avión… Mamá ha venido al colegio, pasa a recoger a Leire para llevársela a danza. “Hola, ¿qué tal el día?” me pregunta. “Me duele un montón la cabeza.” Le digo. “¡Vaya por Dios!” contesta. Se van las dos al coche, creo que no me ha tomado del todo en serio. Bueno, espero que no sea nada…
La cosa no va mejor cuando al fin llego a casa. No tengo hambre; es jueves, no hay deberes. Me encuentro fatal de verdad: camino como en sueños, no soy del todo consciente de lo que hago; la mochila en el cuarto. Al baño. De vuelta al cuarto. No, tengo que ponerme el pijama… Pero no voy a mi habitación. Me tiro sobre la cama de matrimonio de mis padres, me arropo con la manta y pongo la televisión; ¿soy yo, o los bordes se ven borrosos? La fiebre… creo que me está subiendo… Siento frío, así que, en contra de lo que debería haber hecho, me tapo más aún. No tengo ni idea de lo que están echando en la tele; me duele la cabeza… contra la almohada, roja… roja… quema… mis ojos, arden… Pierdo la conciencia del tiempo; tic, tac, tic, tac…
¡Poom! Abren la puerta; alguien está en casa. Sube las escaleras: poom, poom, poom. Entra en su cuarto; es mamá. “¿Qué haces aquí?” pregunta. “Creo que tengo fiebre… Me encuentro mal…” contesto. Ella me obliga a levantarme y quitarme las mantas. Me besa la frente: “¡Pero si estás ardiendo! Anda, ponte el termómetro.” Lo busca y me lo da. Me lo pongo bajo la axila: ni un solo movimiento. Debo de tener mucha fiebre…Mamá espera, impaciente. Pipipi,pipipi,pipipi. Me sacó el termómetro; 38’4 de fiebre… y teniendo en cuenta que yo tengo una temperatura corporal de 35’5 normalmente…casi 3 grados más. Mamá me prohíbe taparme, qué horror. ¡Tengo frío!
Estoy en la cama. Me subo el pantalón del pijama hasta las rodillas y la camiseta hasta los codos. Me destapo la tripa, no tengo ninguna manta encima. ¡Me estoy helando de frío! Contra todos mis instintos, aplasto el costado izquierdo contra la pared, fría como una piedra. Blanco puro… frío… Empiezo a temblar. Los dientes me castañean, me molestan. Aprieto la mandíbula con fuerza, pero no puedo parar el temblor en el resto del cuerpo. No tengo conciencia del tiempo, ni siquiera me impaciento. ¡Cuando terminará esto!, no figura entre mis pensamientos.
Al cabo de un tiempo, me colocó bien el pijama, ya que el frío es insoportable. Aún así, no paro de temblar. Ponerme la manta encima sería como un suicidio… Mamá llega y enciende la luz; debería molestarme… apenas me siento… Dios, me encuentro fatal… Me da una pastillita, creo que es ibuprofeno.