Vigilante y Rosquilla – Visita al National Museum of Natural History

El uniforme se le había quedado pequeño.

Por quinta vez.

En un solo mes.

Le empezaba a resultar un tanto incómodo tener que ir a visitar al jefe tan sólo para pedirle otro traje. No porque le diera vergüenza, no. Tan sólo porque cada vez le resultaba más difícil llegar hasta allí (le suponía un gran esfuerzo, como si fuera una carrera de doce kilómetros) y porque ya apenas cabía por la puerta. De lado.

A parte de esto, no hay nada más importante que comentar acerca de Jeffie Stanley, salvo que era vigilante en un gran museo, y que su mejor (y único) amigo, se llamaba Rosquilla.

Jeffie trabajaba como vigilante de las cámaras; no es que se dedicara a proteger las cámaras de seguridad de posibles ladrones (era bastante improbable que esto pasara). No, él tan sólo tenía que sentar su enorme trasero en la silla y mirar las cincuenta enormes pantallas planas que mostraban las grabaciones de las cámaras. Las ocho horas que duraba su trabajo.

Aquella mañana era una como cualquier otra, quitando el hecho de que había tenido que caminar hasta la oficina y conseguirse una talla XXXXXL (había empezado el trabajo con una L), que increíblemente existía.

Rosquilla. Él era despistado y travieso, joven como una rosa marchita y delgado como un spaghetti. Llegó a la sala de seguridad, donde Jeffie “trabajaba”, una hora tarde, como siempre.

-Vigilante –saludó, mirando a Jeffie.-, ¿otra vez engordaste?

-Ya ves. –contestó él, indiferente y dándose palmaditas en su gran barriga.

Vigilante, como lo llamaba Rosquilla, le ajustó el reloj y le hizo prometer que no volvería a llegar tarde, como hacía todos los días. Ya se había vuelto una rutina, ya que Rosquilla siempre se olvidaba de lo que había prometido y volvía de nuevo a llegar tarde.

Los dos charlaron tranquilamente durante gran parte de la mañana. No le prestaron apenas atención a las cámaras, algunas negras como el azabache; otras mostrando imágenes en movimiento.

Las ignoraron completamente hasta que ocurrió: en aquel mismo momento, Jeffie y Rosquilla no se podían imaginar lo bien que lo iban a pasar ese monótono día después de aquello.

Dos mujeres y seis niños: cinco chicas y un varón, todos jóvenes, ni siquiera habrían pisado la universidad; dos adultas que les acompañaban, probablemente profesoras.

Les pusieron motes a todos, como hacían con aquellos que llamaban su atención:

-       * Adaritse (Ada como abreviación)

-         Aibur (Ai)

-         Satisir (Sat)

-         Anoñurg (An)

-         Nóbrac ed adacsac (Nob)

-         Atiñeuqep (Ati)

-         Ogima le (Og)

-         Oicapot ed soticir (Oi)

Ada estuvo hablando con los seis chicos largo y tendido hasta que, después de señalar su reloj y los tres grandes esqueletos de dinosaurio que había en la sala varias veces, se marchó. Ai, quien parecía ser amiga suya, la acompañó.

Sat, An, Nob, Ati, Og y Oi parecieron liberarse de un gran peso cuando las dos mujeres al fin se fueron.

Los seis empezaron a caminar por todo el museo: bajaron al primer piso, entraron a una de las tiendas (sin comprar nada) y se hicieron miles de fotos, todas ellas con las enormes figuras del os animales terrestres que encontraron en la primera exposición que visitaron (osos, ciervos, leones, tigres, lobos, zorros, ardillas, conejos…).

No pasó mucho tiempo hasta que se separaron: entraron a otra tienda y esta vez sí compraron cosas. Ati se quedó rezagada; An se negó a esperarla, por lo que ella y Sat, que prefirió acompañarla, siguieron su camino a lo largo del museo.

-¿Crees que se volverán a encontrar? –preguntó Rosquilla, cogiendo palomitas de la caja que había traído Jeffie.

-Me imagino que sí.

Og y Oi discutieron a voz en grito con An momentos antes de que se marcharan: le reprocharon su mal comportamiento al no querer esperar a la pobre Ati y le dejaron bien claro que preferían ir sin ella, por lo que podía irse cuando quisiera; cuanto antes, mejor.

Así que se marcharon Sat y An, la última echando humo por las orejas y gritándole al aire una sarta de incoherencias. Entonces fue cuando se ganó su apodo.

Nob, Og y Oi esperaron pacientemente a que Ati pagara. Cuando se reunieron, los cuatro decidieron ir a ver una de las exposiciones que les gustara a cada uno.

Empezaron con la de Oi, sobre los animales marinos, ya que era la que más cerca de la tienda estaba, en el mismo piso.

Disfrutaron del camino hacia la sala, charlando y poniendo a An tan verde como un gran y horroroso sapo. Todos se rieron a carcajada limpia.

Llegaron a la exposición, que ocupaba parte de dos pisos; el primero lo vieron con calma, observando tranquilamente cada animal. Entonces Nob les recordó que tenían poco tiempo, por lo que bajaron abajo a toda prisa, se hicieron varias fotos (con los delfines y con la gran ballena) y se pusieron de camino a la siguiente exposición.

Pasearon hasta el otro lado del primer piso, llegando así hasta la sala sobre el espacio y la Tierra. Más adelante visitaron las figuritas indias y los vaqueros, aquellos que aparecían en la película Noche en el Museo. Por suerte, Og se dio por contentado cuando vieron las rocas terrestres durante la segunda exposición.

Digo por suerte, porque a partir de entonces, cuando terminaron con las figuritas, empezaron los problemas.

Llegaron hasta la cultura inca, maya y azteca. Visitaron a Tom-tom y se hicieron varias fotos con él. Todo iba según lo previsto.

Entonces, sin previo aviso, ocurrió.

*Nota para entender los motes: imaginaros que el nombre es el reflejo en un espejo de una palabra que tiene sentido.

3 comentarios

  • By Jules XD, abril 17, 2010 @ 9:51 am

    jajaja ke xuloo!!
    yo los nombres ya los abia entendido antes de ver la pista ee!! k konste =D
    jajaj el mejor Ricitos de Topacio…. anda k no xD
    molaaaa!!

  • By Antonio, abril 17, 2010 @ 9:04 pm

    Muy ingeniosa!!!
    :-)

  • By Eva, abril 18, 2010 @ 5:05 pm

    Siempre nos dejas con la miel en los labios

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