Continuación de Dinero Traidor
Bueno, aquí os traigo la continuación sin terminar, por supuesto, como todo lo que cuelgo, jejeje
de Dinero Traidor, aquella historia corta sobre un hombre que se mataba tirándose por un acantilado con el paracaídas roto. A ver si os gusta…
Dinero Traidor
1
Tiro de la cuerda insistentemente, pero no sirve de nada. El dinero que había colocado estratégicamente ha atascado el paracaídas, impidiendo que salga. Antes de dar el primer tirón estaba emocionado. Ahora el miedo me presiona el pecho, la desesperación me da dolor de cabeza. El aire me azota con fuerza, tirando de mi piel hacia arriba. Los salientes de roca, grises como mi futuro, pasan peligrosamente cerca de mi cabeza. El agua resplandece bajo mí ser. Veo el reflejo de la luna, llena y blanca como la nieve, brillando sobre el agua, creando un paseo blanco azulado hacia su posición.
Segundos antes de estrellarme contra la superficie del mar, negra y dura como el hormigón, recuerdo mis últimas horas de vida.
Estaba tumbado sobre el sofá, tratando de conciliar el sueño mientras esperaba a que mi hijo volviera del colegio, cuando un sonido monótono y repetitivo me sacó de mi estado de inactividad. Me miré el reloj; Will debería haber llegado hacía una hora.
Me levanté, enojado porque me hubieran despertado y preocupado por mi hijo y anduve tambaleándome hasta el teléfono. Me llevé el auricular al oído lentamente, como si fuera muy pesado. Una voz educada y suave me saludó desde el otro lado de la línea. Era aguda y melodiosa.
Le devolví el saludo con voz cansada y pregunté por la razón de su llamada, a lo que ella contestó, insensible:
-Tengo a su hijo, Jack –la voz se volvió repentinamente fría y amenazadora. -. Estamos en el acantilado que usted suele usar para hacer paracaidismo. Tráigame ahora mismo todo el dinero que tiene metido en esa asquerosa caja fuerte o mataré a su hijo. Le aviso, si llama a la policía o viene acompañado el resultado será el mismo que sino trajera el dinero.
Me quedé sin habla. Los labios me empezaron a temblar cuando asimilé lo que me acababa de decir y la vista se me nubló. Noté como una lágrima me recorría la mejilla cuando al fin logré balbucear, con voz suplicante, que no le hiciera daño.
-Todo depende de usted, Jack. –un pitido alargado sonó y supe que había colgado.
Decir que salí volando de la casa no sería exagerar. Precavido como sólo puede serlo un ex-piloto de guerra me puse mi chaleco antibalas y cogí la mochila que contenía un viejo paracaídas que no usaba desde hace mucho tiempo. Metí en la misma bolsa todo el dinero que saqué de mi supuestamente secreta caja fuerte y eché a correr a lo largo de la montaña. No me preocupé siquiera de cerrar la puerta; vivíamos en un chalet prácticamente aislado de la humanidad.
Los pocos árboles que formaban un pequeño bosque hacia el acantilado pasaban a mis lados como si volaran. Cuando vi por fin el cielo y sentí la fría brisa del mar suspiré, aliviado. Olía el mar, salado, pero no oía las olas.
Llegué a nuestro punto de reunión en menos tiempo del pensado.
Cuando vi únicamente a una mujer, esbelta y hermosa como una diosa, agradecí al cielo que no tuviera a mi hijo. Después del enorme alivio llegó la ira, me enfurecí de que me hubiera engañado usando a Will como cebo. Di un paso hacia ella con la intención de tirarla por el acantilado.
-No de ni un solo paso más, Jack. No querrá que mi francotirador dispare, ¿no?
Me señaló el pecho y vi que tenía un pequeño punto rojo encima del corazón. Maldije en voz baja, viendo que tendría que usar el paracaídas. No quería arriesgarme.
-Déme el dinero y lo dejaremos en paz, Jack. Esto no tiene porque acabar mal.
Jamás, murmuré, y eché a correr hacia ella. La mujer hizo un gesto con la mano y se oyó un disparo justo cuando me esquivaba. Antes de caer alcancé a ver como su cuerpo se desplomaba sobre el suelo, mientras un charco de sangre se iba formando a sus pies y un gran punto rojo aparecía en su pecho.
2
Unos meses antes…
Estaba apoyada contra la pared. Tenía el pelo, negro azabache, recogido en una discreta coleta, tan larga que casi le pasaba la cadera. Sus ojos, que parecían enormes esmeraldas, brillaron con suspicacia cuando entré por la puerta. Anduvo hacia mí con una carpeta rojo sangre contra el pecho, aparentemente tranquila. Me la tendió; sus manos se veían delicadas con aquel débil tono morado en las uñas.
-¿Qué es? –pregunté, ojeando el contenido.
-Tu nueva misión, Gray. –contestó.
De todas las personas a las que conocería en la vida, ella sería la única que me hiciera sentir tan importante. Su voz sonaba respetuosa y halagadora cuando hablaba con cualquiera, lo que sin duda era un truco para ganarse su confianza. Ella era calculadora, fría e ingeniosa. Manejaba toda clase de aparatos electrónicos sin problema. Aunque, lo que más importaba en aquel momento, es que era mi jefa.
-¿Y de qué va?
Por sus finas facciones asomó lo que se podría considerar una sonrisa. Me miró con sarcasmo y contestó:
-Tienes que salvar al gato de la señora Williams, que el pobre se ha quedado atascado en una chimenea.
-Sí, claro. –me reí con ironía. -¿Es lo de siempre, pues?
-Bueno, podrías considerar que hay una pequeña variación.
-¿Umm?
-No, que no quiero quitarle la emoción. Ya lo descubrirás.
Enarqué una ceja.
-Y ahora, ¡largo!
El mapa que había adjunto a los archivos me llevó hasta un pueblo a las afueras de la ciudad. Las pequeñas casitas estaban pintadas cada una de un color distinto, formando un arcoiris rectangular que se extendía hasta el final del pedregoso sendero. Un árbol decoraba cada jardín, algunos con juguetes de niños tirados o bicicletas aparcadas.
-Perdone, ¿sabe usted dónde vive el señor Hallots?
Una anciana se levantó a duras penas de su balancín y se acercó con pasos cansados hasta mi deportivo rojo. Su cara se veía arrugada y vieja y caminaba curvada, apoyando todo su peso en un bastón desgastado de madera oscura. Unas gafas finas de montura negra ocultaban sus ojos gris claro.
-¿Decía usted algo? – preguntó con voz rasposa.
-Sí, perdone, ¿no vivirá por aquí el señor Hallots?
-¿Hallots? –repitió. -¿Hugo Hallots?
Revisé la ficha de documentación que venía dentro de la carpeta y asentí con la cabeza.
-Vive un poco más allá –señaló hacia unas casas más desgastadas al final de la gran avenida. –Es la cuarta a la derecha empezando por aquella de color negro.
-De acuerdo, muchas gracias.
Le sonreí agradecido y esperé a que volviera a sentarse. En vez, la anciana siguió su camino hasta la puerta, la abrió, entró y cerró dando un portazo.
Aceleré despreocupadamente y avancé siguiendo las indicaciones que me había dado. Dentro del automóvil la temperatura era templada, aunque en el exterior estuviera muy por debajo de la media. Era un día frío de mediados de febrero, extrañamente soleado.
El corazón me dio un vuelco cuando llegué a la casa.
-Mierda. –murmuré.
Me saqué el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta y marqué el primer número.
-¿Hola?
-Sí, soy yo, Jack.
La negativa fue inmediata.
-No, Jack. Ni en sueños, hoy he quedado y no pienso por nada del mundo…
-Vamos, Sophie, te necesito. No puedo dejar a Will solo.
-¿Y se puede saber a dónde narices te vas ahora?
-¿Eso es un sí?
-¡No! ¡Eso es un no! ¡Y no vuelvas a llamarme para esto!
-Vamos, Sophie, no seas así… -pero ya había colgado.
Bueno, no esperaba que fuera a ser tan fácil. Me aparté el móvil de la oreja y saqué otro distinto del bolsillo trasero del pantalón. Tecleé el siguiente número.
-¿Sí?
- Hola, soy yo, Jack.
Otro pitido intermitente. Marqué el tercer número.
-¿Diga?
-Hola.
-Jack, ¿eres tú, tío? ¡Hace años que no me llamas!
-Hala, no seas exagerado. Oye, ¿crees que podrías hacerme un pequeño favor?
-No fastidies, tío. ¿Otra vez vas a dejar solo al pobre crío?
-No se quedará solo si tú vas a cuidarlo. ¿Harías eso por mí?
-Ostras, macho… no puedes soltarme eso así, tal cual, como si yo no tuviera nada mejor que hacer…
-¿Puedes o no? Que no tengo tiempo para tonterías.
-Vale, vale, tío. No te pongas así, que no es para tanto. ¿Para cuándo es?
-Hoy por la tarde, antes de las seis. Él llegará ahí sobre esa hora. Que se acueste como siempre. La cena está en el horno. ¿Lo has pillado?
-Vale, pero esta sí que me la pagas.
-¿literalmente?
-Con una cervecita me basta.
Cerré el trato y me despedí. Una vez cubierta mi mayor prioridad, guardé ambos teléfonos en la mochila y me la eché al hombro. Salí del coche y me dirigí hacia la casa.
Un enorme cartel de madera había sido clavado en la tierra del jardín. Decía en letras desgastadas: SE VENDE. Todas las persianas estaban bajadas y la puerta parecía tener la cerradura forzada.
Miré a mí alrededor. No se veía a nadie en un kilómetro a la redonda.
Antes de entrar en la casa, saqué dos guantes de la mochila y me los puse. Las ventanas estaban tapiadas, por lo que cogí también la linterna. Con empujar la puerta bastó para abrirla.
Encendí la linterna; una enorme sala uniforme cubría lo que podría ser el primer piso. Todas las paredes habían sido derrumbadas. El suelo, anteriormente parquet, había sido arrancado de cuajo. Me encontré botellas rotas y latas de cerveza escondidas en un rincón, lo que me llevó a pensar que acababa de descubrir dónde hacían el botellón los jóvenes de este barrio. Las escaleras eran de hormigón, por lo que se hallaban intactas.
No encontré tampoco nada importante en el segundo piso, aparte de más botellas y unas cuantas colillas. No había ni un solo mueble en toda la casa, ni siquiera vi los baños.
De vuelta al coche guardé todas las cosas en la mochila y saqué un tercer teléfono. Marqué otro número.
-Servicio de pizzas a domicilio “Don Ramírez”, por favor, ¿dígame? –una voz aguda me contestó, hablando tan rápido que se le juntaban las palabras y apenas se entendía.
-Serán unas patatas con chili, gracias. –repuse, tranquilamente.
La secretaria me pasó inmediatamente con mi jefa.
-Gray, ¿qué te he dicho de llamar a este número? –sonaba bastante enojada.
-Lo siento, jefa, pero es el único que tengo. Además, es una urgencia.
-¿Qué pasa? –preguntó con voz cansada.
-No encuentro al gato de la señora Williams. He ido al árbol que usted me indicó… y ni rastro. Lo han debido talar.
-Déjate de tonterías, Gray. Y en vez de llamarme, ¡ponte a buscarlo y punto!
-Oiga, ¿y por qué usted puede llamarme de “tú” y yo tengo que llamarla de “usted”?
-¿Quiere que le despida, Gray?
Sabía que no hablaba en serio (yo sería una gran pérdida para la empresa) pero aún así sonó tan amenazadora que decidí dejar de decir estupideces.
-Lo siento, no era mi intención incomodarla. La cosa es que he entrado en la casa y está todo destruido, no hay ni paredes, ni muebles, ni nada. Está todo vacío.
-Búsquese la vida, Gray. Y recuerde que quiero el envío realizado para las diez.
En realidad no había nada que entregar, pero era nuestra forma de referirnos por teléfono a lo que hacíamos.
-Chst -chasqueé la lengua, irritado. -, ¡qué ni fe tiene usted! Nada, aquí yo soy el que obedece y usted la que manda, así que si quiere pedirme algo más… ¿qué tal si le traigo también la Luna?
Oí un pitido. Ella también me había colgado.
Tenía hasta las diez para terminar mi misión, así que me puse manos a la obra. Apagué todos los móviles para no distraerme y revisé las hojas de la carpeta.
-¡¿Cómo…?!
Uno de mis papeles incluía “amigos y familiares” del cliente, y sus respectivas fotos. ¡Sorpresa, sorpresa! la ancianita que me había encontrado antes resultaba ser su hermana mayor.
-Será posible…
Puse el coche en marcha y giré bruscamente hacia las casas de colores.
La casa estaba tan vacía como la anterior, para mi desgracia. Me detuve un momento a pensar; no podían haber ido muy lejos, ya que apenas habían pasado quince minutos. Claro que si la mujer tenía coche, cosa que dudaba, me sería muy laborioso encontrarlos.
Inspeccioné la casa de arriba abajo, buscando cualquier cosa; una entrada secreta, una puerta que llevara a un laboratorio, un armario que diera al exterior… pero no encontré nada. Estaba completamente vacía.
No me quedó más remedio que volver al coche. Dentro la temperatura sería templada y estaría cómodamente sentado en mi asiento…
-¡EH! ¡ESPERA, BRUJA! –grité.
Empecé a correr tras la abuela. Acababa de salir de detrás de la casa (¿Cómo no se me había ocurrido mirar ahí?) y llevaba un libro negro bajo el brazo. Si antes la había visto con bastón, no me había dado cuenta de que sus piernas eran fuertes y largas. Aún con todo, la pobre mujer apenas avanzó diez metros antes de que la alcanzara.
-Eres un poco mentirosa, ¿no?
La agarré del pelo y zarandeé bruscamente, arrancándole varios mechones. Ella se arrodilló y empezó a suplicarme que le dejara en paz, mientras gruesas lágrimas caían por su cara.
-¡¿DÓNDE NARICES ESTÁ ESE HOMBRE?! ¡HABLA SINO QUIERES MORIR! –le grité.
Ella no hizo más que lloriquear, por lo que tiré de su cabello canoso con todas mis fuerzas. Podía sentir el movimiento de la sangre por sus venas.
-¡SUÉLTALA!
La mujer gimió y se desplomó contra el suelo a la vez que gritaba “No lo hagas, ¡No, por favor!”. Se desmayó y quedó tumbada en la acera, inmóvil como una muerta.
-Hombre, pero mira a quién tenemos aquí. Hugo Hallots, ¿verdad? –deduje, girándome para contemplar al anciano que se acercaba con un bate en la mano.
-¡Déjala en paz! ¡Ella no tiene nada que ver con esto!
Sonreí maliciosamente mientras esperaba a tenerlo lo suficientemente cerca y le señalé.
-Es cómplice por ocultarte. Me temo que ella también tendrá que morir. –dije, malévolamente.
-¡Eres un diablo! –gritó él, empezando a correr furiosamente hacia mí.
-Ah-ah –negué con la cabeza. –No, no soy un diablo, soy un demonio.
Entonces me saqué la pistola de detrás del pantalón y disparé.
3
Will estaba tumbado en la cama, esperando a su padre. Pensaba en él, se imaginaba dónde estaba y lo que hacía. Por su mente pasaban ideas inverosímiles típicas de su edad; creyó verle en un cohete, luchando contra los marcianos en una guerra espacial; más tarde estaba montando a un caballo, pistola en la mano, cabalgando tras unos malvados indios que amenazaban con robar todo el oro de los vaqueros.
Se sumió tanto en sus propias fantasías que éstas mismas acabaron por llevarle a un profundo sueño, dentro de un mundo perfecto donde él y su padre luchaban contra los malos. Se durmió tal cual estaba, con la ropa y los zapatos puestos.
Jos veía la tele tranquilamente, sin preocuparse por su amigo. El reloj dio las tres y media. Jos cambió de canal pensando que Jack estaría a punto de llegar y esperó, imaginándoselo en un casino, rodeado de jóvenes con faldita corta y labios rellenos. Una hora después él también cayó rendido, durmiendo hasta bien entrado el mediodía.
Maldije durante todo el camino hacia el lago más cercano, a cien kilómetros del pueblecito. Había nada menos que dos cadáveres en mi precioso coche, uno en el maletero y el otro sentado a su lado (no cabía atrás), muy pálido y empezando a apestar. Había colocado a la mujer de forma que pareciera que estaba descansando contra el cristal, por si acaso me encontraba con alguien por el camino. Desgraciadamente, estábamos lo suficientemente cerca el uno del otro como para que me empezarán a dar arcadas pasada media hora. No podía bajar la ventanilla para ventilar el coche porque sino el hedor escaparía y podía llegar a las narices de algún vecino entrometido que me complicaría aún más la misión.
Pasados los cincuenta primeros minutos no pude aguantar más. Paré bruscamente en un borde del camino montañoso y abrí la puerta de golpe; me agaché con la cabeza hacia el suelo y vomité. La hierba se tiñó de verde ensalada. Traté de respirar por la boca, pero resultaba muy incómodo. Una sola inhalación de ambos hedores (el del vómito y el del cadáver) bastó para hacerme volver a vomitar.
Cuando creí que ya había vaciado todo el contenido de mis tripas me limpié la boca con la manga y escupí. Sentía la garganta irritada y extrañamente ácida, igual que la boca. Sabía que debía seguir mi camino en el coche, pero el hedor era todavía muy intenso. En vez de eso, preferí salir a un lado y esperar, rezando para que ningún viajero extraordinario pasara por aquellas carreteras montañosas.
Mi reloj digital empezó a pitar unas horas después de que hubiera anochecido. Abrí los ojos lentamente, adormilado, y miré el aparato; marcaba las diez en punto.
-¡Oh, no! ¡Mierda!
La misión. Se me había olvidado que tenía que terminarla… para las diez. Y eran las diez.
Poco menos de cinco segundos después empezó a sonarme el móvil.
-Umm… ¿jefa?
-Gray. –aunque lo ocultaba bastante bien, sabía que estaba furiosa.
-¿Sí? –traté de sonar inocente, como todo fuera perfectamente.
Por supuesto, no coló del todo.
-¿Por qué no están sus dos amigos dónde habíamos quedado, Gray?
-Umm… lo siento mucho, jefa, pero ha habido un pequeño problemita. Pero no se preocupe, que los tendré ahí para dentro de media hora.
-Eso espero. –y colgó.
Bueno, siempre me había apetecido tener que hacer alguna misión imposible y, dado que no tenía ni idea de dónde se había metido el dichoso lago, parecía que ésta iba a ser mi primera.
Me metí dentro del coche a toda prisa y cerré la puerta, respirando por la boca. Mi “amiga” estaba mejor de lo que podría haber imaginado; las temperaturas glaciales habían atrasado la descomposición del cadáver, aunque cada vez olía peor. Cerré la puerta a duras penas y me imaginé volviendo a casa, abrazando a mi hijo y hablando con él sobre su día en el colegio… Sumirme en mis propios pensamientos me ayudó a ignorar a mi compañera de viaje.
Hasta que, finalmente, dieron las diez y media.
Jane Patrickson lo tenía todo. Era guapa, astuta, caía bien a la gente y además tenía un buen trabajo y una casa enorme a orillas del mar. Era asquerosamente rica, tanto que podría haber llenado todo su yacuzzi con los codiciados billetes de quinientos y aún le habrían sobrado. De haber sido cualquier otra persona, sería tan feliz que no podría evitar pasarse todo el día sonriendo.
Jane no era cualquier persona. No disfrutaba de lo que hacía ni lo pretendía. Nunca antes había sido feliz, razón suficiente como para no querer serlo entonces. Ella opinaba que la felicidad podía omitirse en la vida de uno y que era del todo innecesaria; es más, ella apoyaba que no hacía más que traer problemas. Por eso mismo evitaba sonreír y más aún reír, tanto si estaba como sino con alguien.
Ésta es una de las razones por las cuales Jane Patrickson odiaba a Jack Gray. Porque él siempre la hacía sonreír, aún sabiendo que ella no quería hacerlo. Le sacaba de quicio que un hombre tan débil pudiera conseguir que ella se contradijera a sí misma.
También le odiaba porque sabía que, muy dentro de su helado corazón, le amaba. Era el único hombre que no la trataba como si fuera la estricta y seria jefa que trataba de ser. Él no sólo la hacía reír… sino que también la animaba a cumplir sus cometidos, la ayudaba con los trabajos que le parecían más complicados… incluso la apoyaba cuando presentaba alguna idea estúpida que iba en contra de todos los derechos humanos. Por eso, entre otras cosas que prefiero no nombrar, se había enamorado de él.
Me extrañé tanto cuando el móvil no empezó a sonar que una oleada espontánea de euforia causada por la adrenalina se apoderó de mí. Aceleré hasta pasar de los ciento sesenta por hora. En cada curva que tomaba me salvaba de una muerte segura (el precipicio era de varios metros de alto) por escasos centímetros. En una de ellas la anciana se me cayó encima, impulsada por la gravedad.
Decir que llegué a tocar el techo con el salto que pegué, del susto que me metí, no sería exagerar.
Estaba fría como una piedra y casi tan dura como el hormigón. La aparté rápidamente de mí, sintiendo por primera vez un poco de miedo. Por un momento había pensado que seguía viva…
El lago apareció en el horizonte. Se extendía de tonos negros a lo largo de todo el lugar. Era mi pequeño milagro, lo mejor que me había pasado ese día.
-Pronto estarás dónde debes, no te preocupes. –le dije al cadáver. Me abstuve de darle palmaditas en el hombro. –Y junto a tu hermano favorito, por supuesto. Juntos por siempre. ¿No suena genial?
