Deberes de Sociales

Esta semana, a pesar de ser la última de clase, hemos estado todo el santo rato haciendo proyectos. De hecho, hoy mismo he presentado dos, aunque sólo os voy a hablar de uno.

Era de Sociales, y debía tratar sobre las diferencias entre los países desarrollados y los subdesarrollados. En mi grupo, hemos decidido comparar España y Sierra Leona. Cada miembro  decidía cómo iba a reflejar las diferencias entre ello. ¿Os imagináis cómo lo he hecho yo?

Por supuesto, no he podido perder la oportunidad de escribir. Mi trabajo ha sido un diario de un chico español que viaja a Sierra Leona y conoce a una chica de ahí. Y, como no, lo cuelgo aquí ;) .

Leandro. Sierra Leona, agosto de 1994.

Sacó la navaja de la cinta en su muslo y la apuntó hacia ellos. Respiraba con dificultad, apretándose la tripa tan fuerte que empezó a dolerle el brazo. Notaba como la sangre, cálida y abundante, corría por entre sus finos dedos, manchándole la camisa nueva. Sus labios se movieron en un vano intento por pronunciar su nombre, mas no surgió voz alguna. Nkiru, pensó, te salvaré, Nkiru…aunque me cueste la vida, te salvaré. Se abalanzó contra ellos, sus ojos brillando con furia y odio.

Entonces, cuando estaba a punto de clavar su navaja en el pecho de uno de ellos, tan de repente como un sueño acaba y la realidad comienza, todo se volvió blanco. ¿Hemos perdido? ¿Estamos todos muertos?, se preguntó.

Abrió los ojos con urgencia, tratando apresuradamente de recuperar la visión. Después de unos segundos, empezó a ser consciente de sí mismo, como si se hubiera desmayado a mitad de la batalla; notó su cuerpo tumbado contra una superficie húmeda y ardiente, que le trajo tan mal recuerdo (con la sangre brotando entre sus dedos) que de un salto se encontró de pie en el suelo. Se tocó la tripa, ansioso y asustado. Para su sorpresa, no había muestras de ninguna herida. Se levantó la camiseta; ni una cicatriz, ni una herida abierta de par en par, como él la había sentido, ni nada. Nada de nada.

En parte, se alegró. No estaba herido, o, al menos, si lo había estado, ya se había curado. Por otro lado, se encontraba confuso, desorientado y, sobre todo, exhausto. Había corrido, saltado, trepado e incluso luchado más que en toda su vida. Y era gracias a eso que no estaba inmóvil y frío contra el suelo, tan muerto como una piedra.

Miró a su alrededor. Era un cuarto pequeño y oscuro, que le resultaba extrañamente familiar, como si hubiera estado allí antes. Un mobiliario sencillo, todo de tonos rojizos y marrón oscuro; una silla de madera, un armario pequeño, una mesa de escritorio del tamaño de un niño y una cama enorme con su respectiva mesita de noche. Una única ventana, con las persianas bajadas, y dos puertas, ambas cerradas.

La adrenalina corría por sus venas y su corazón latía a un ritmo frenético. Se puso rápidamente en acción; buscó debajo de la cama, dentro del armario, por los cajones… Cualquier cosa que le sirviera para identificar el lugar donde le habían metido le sería útil.

Y entonces… la vio. Una foto.

Una pareja y sus dos hijos. Todos blancos como la nieve, el hombre con su equipaje y vestido de militar, mientras el resto de la familia iba con traje y corbata. Los niños sonreían, una chica pequeña y su hermano mayor, mientras que ambos padres miraban serios hacia la cámara. Sus nombres estaban bajo sus cuerpos, en orden de izquierda a derecha y de arriba abajo; Rodrigo, Eva, Leandro y Dora.

Leyó su propio nombre y contempló su imagen como si fuera la de un desconocido. Lágrimas empezaron a brotar de sus ojos oscuros, dibujando caminos brillantes en su cara sucia. Recordó cómo había llegado ahí, cómo todo dio comienzo…

Dos meses antes.

Un viaje.

Un viaje lento pero cómodo, sencillo y divertido.

Un viaje en avión, su máquina favorita. Siempre había deseado pilotar un avión, y pensaba hacerlo cuando hubiera crecido. Ni siquiera era consciente de que, sino hubiera nacido en un país tan rico y desarrollado como el suyo, apenas podría haber acudido al colegio. Menos aún haber aspirado a semejante oficio… a no ser que fuera un avión militar, por supuesto. Siempre falta gente a la hora de seguir una guerra.

Viajando en semejante nivel, no es de extrañar que llegaran pronto a su destino. El general Rodrigo, que acudía a Sierra Leona para ayudar a su hermano menor en la guerra, era tan famoso y rico que podría haber enviado a todos los hombres de España a luchar junto a él. Afortunadamente, no lo hizo.

En vez, se vino con su mujer y sus dos hijos, lo que fue probablemente la más estúpida de todas las decisiones que jamás tomaría. No sospechaba lo mucho que se arrepentiría.

De esta forma, Eva y sus dos hijos, Leandro (que contaba con doce años por aquel verano) y Dora (con apenas tres), se vieron mudándose a una nueva y extraña casa, con paredes rojo opaco y ladrillos marrón barro. Cada uno tenía su propio cuarto, aunque Dora acabó moviendo su cama para ponerla junto a la de su madre. También contaban con una cocina, un baño por cuarto y un gran salón. Todo un lujo comparado con el resto de las cabañas deshechas que habitaba la población de aquel país, de lo que no era consciente ninguno.

Fue un juego del azar, o tal vez su destino, que Leandro acabara conociendo, por error, a uno de aquellos habitantes del país.

Corría por entre los puestos del mercado, dispuestos en plena calle, huyendo de los guardaespaldas que el gobierno les había garantizado. Unos hombres horribles, maleducados y fuertes como un toro, que aprovechaban cualquier oportunidad, por mínima que fuera, para tratar de capturar al pequeño. Su única y real misión era secuestrarlo y alistarlo en la armada, donde andaban escasos de soldados, o enviarlo a la mina de diamantes, de donde se obtenía todo el dinero del gobierno. Unas cifras millonarias que, de haber sido empleadas como se debía, habrían sacado de la pobreza a toda la población del país entero.

Leandro siempre conseguía escapar de sus torpes manos con sus ágiles movimientos, que un cuerpo tan pequeño como el suyo le permitía hacer. Desgraciadamente, los guardaespaldas aprendían rápido y Leandro era perfectamente consciente de que le acabarían pillando. Por eso mismo, trataba de escapar rápida y sigilosamente, evitando así que vieran por dónde se iba.

Fue en uno de estos intentos cuando chocó contra una muchacha de piel oscura que llevaba a un bebé a su espalda y a un niño cogido de la mano. Ella se tambaleó hacia atrás mientras que él perdió el equilibrio y cayó. Entonces la chica se fijó en el color de su piel y en los hombres que le perseguían, y echó a correr.

Leandro se levantó unos segundos antes de que los guardaespaldas llegaran al lugar del choque y se perdió entre la muchedumbre, tratando de seguir a la extraña muchacha. Estuvieron ambos corriendo un buen rato hasta que, agotada y vencida por las protestas del niño y los lloros del bebé, la muchacha subió a lo más alto de un árbol, trepó al tejado de la casa contigua a este y saltó dentro por un agujero completamente imperceptible. Se oyó un ruido sordo cuando sus pies dieron contra la arena mullida.

-Toma, acúnalo para que se duerma. No, así no, con más cuidado. Bien, vale. –susurró una voz, suave y tranquila como la de un ángel, que seguramente pertenecía a la chica. Los lloros del bebé cesaron de inmediato.

-¿Y no sería mejor que le dieras de comer? –contestó una voz varios tonos más aguda, que Leandro identificó como la del niño pequeño.

Al final se decidió. Escaló el árbol, rasgándose las palmas de las manos y rompiéndose parte de la camiseta, y saltó al tejado. Una teja se desprendió y cayó al suelo, rompiéndose en cientos de pedacitos. Leandro estuvo a punto de hacer lo mismo, pero al final consiguió recuperar el equilibrio y pudo saltar dentro del agujero.

La sala en la que cayó estaba muy mal iluminada; las ventanas estaban tapidas torpemente, con clavos salientes y parte de la madera astillada, pero aún así entraba algún que otro haz de luz. La casa sólo tenía dos estancias; el salón, donde había caído Leandro, que contaba con un sofá deshilachado, una silla, dos jarrones y un gran cubo lleno de agua, y un cuarto pequeño en el que había un colchón cutre y sucio con una manta agujereada encima.

Su llegada fue tan repentina que todos se pusieron en alerta máxima. La chica se abalanzó contra él y lo tiró al suelo, dejándolo por un momento sin aire, mientras que el niño corrió hacia el sofá, dejó al bebé en él y sacó una metralleta de detrás. La cargó y apuntó directo a la cabeza de Leandro. Cerró un ojo, colocó el dedo sobre el gatillo, apuntó bien y…

-¡No! ¡No me matéis, por favor! ¡Vengo en son de paz! ¡Vengo en son de paz! –gritó Leandro, tratando de levantar los brazos, que estaban inmovilizados bajo el peso de la muchacha.

-Ikenna, espera. –susurró la chica, apartando con la mano la punta del arma. Dirigió a Leandro una mirada de asco. –Mírale bien. ¿Cómo es? –preguntó.

El niño, que debía de ser Ikenna, dejó el arma en el suelo, cuidadosamente lejos del alcance de Leandro, y le observó como si fuera algo que no hubiese visto en toda su vida.

-¡Es blanco! –exclamó de repente, entusiasmándose. –Tenemos a un blanco… ¿qué vamos a hacer con él, Nkiru? ¿Matarle? ¿Torturarle y luego pedir rescate?

La frialdad de la voz de aquel niño, que apenas debía de tener ocho años, le heló la sangre a Leandro. Ese tal Ikenna se veía perfectamente capaz de volarle la cabeza con su metralleta. De hecho, Leandro estaba seguro de que, si lo hacía, ni se inmutaría.

-No. Primero tenemos que descubrir qué está haciendo aquí.

Así que le cogieron, le ataron las manos y los pies con una cuerda desgastada y podrida que el niño tenía escondida en un bolsillo y lo sentaron en el sofá, junto al bebé. Entonces la chica, llamada Nkiru, cogió al bebé y empezó a acunarlo, mientras le interrogaban.

Ambos Ikenna como Nkiru le acosaron a preguntas de todo tipo hasta que cayó la noche. Al principio sólo querían saber cosas básicas, como quién era y qué hacía allí. Luego las preguntas se complicaron; por qué había viajado hasta un país en guerra, cuánto tiempo iba a pasar ahí, por qué les había seguido, por qué escapaba de aquellos hombres cuando le vieron y quiénes eran…

Pasó casi dos horas hablando sin parar. Cada vez que hacía una pausa y trataba de preguntarles algo a ellos, recibía un golpe de la chica o un empujón del niño, lo que le obligaba a seguir contestando.

-De acuerdo, ¡ya basta! –exclamó una vez, interrumpiendo otra de las preguntas que Nkiru le estaba haciendo. -¡No pienso contestar ni una sola pregunta más a no ser que me desatéis! –gritó.

Le habían atado tan fuerte que casi le cortaron la circulación. Tanto sus muñecas como sus tobillos estaban rojos por la irritación y rasgados por el áspero material. Dolía tanto que Leandro estaba seguro de que se echaría a llorar de un momento para otro si no le soltaban.

Ikenna le fulminó con la mirada durante un buen rato en que los tres permanecieron en silencio. Después de unos minutos, Nkiru se levantó, tan bruscamente que sobresaltó a los dos chicos, le tendió el bebé a Ikenna y agarró a Leandro por el cuello de su camiseta. Así lo levantó y, mientras él iba dando saltitos, lo llevó hasta la puerta de la calle, la abrió y le echó fuera de una patada.

-Considera esto un favor, Piel Clara. –le dijo, fríamente. -Y ahora fuera de mi vista, antes de que me arrepienta de haberte dejado ir.

Al día siguiente Leandro volvió al lugar. Había conseguido, a duras penas, sacar una mano de su atadura, y después de eso todo se volvió mucho más sencillo; sacó su navaja militar, un regalo de su padre, y cortó las cuerdas. Luego anduvo tranquilamente de vuelta al mercado y desde allí hasta su casa.

En vez de entrar por el agujero, como había hecho la primera vez, llamó educadamente a la puerta. Gritó el apodo que los niños le habían dado para que supieran que era él y aguardó a que le abrieran.

-¡Largo de aquí, Piel Clara, o disparo! –gritó Ikenna, sacando la punta de su metralleta por un agujero en las tablas de la ventana.

-¡Sólo quiero entrar a hablar! –contestó Leandro, nervioso por el arma.

-¡Estás loco volviendo aquí, Piel Clara! ¡Tienes suerte de que mi hermana se allá largado a la fosa!

A partir de ese momento Leandro comenzaría a descubrir todos los secretos que guardaban aquellos niños. Supuso que Ikenna hablaba de Nkiru, y así averiguó que eran hermanos. Imaginó que, entonces, también sería el bebé hermano suyo.

Inició su plan de investigación verificando sus descubrimientos.

-¿Se ha llevado también a vuestro otro hermano pequeño, a aquel bebé de ayer?

-Sí, pero él no es mi hermano. No, es el hijo de Nkiru, Berko. –replicó Ikenna, indignado. –¡Él no tiene nada que ver conmigo!

Leandro quedó tan sorprendido por la respuesta, que resultó ser tan increíble como cierta, que por un tiempo no pudo hablar.

-¿Es… es… su hijo? –tartamudeó. -¿Pero… cuántos hijos tiene? ¿Y por qué te has enfadado tanto cuando he dicho que erais hermanos? –inquirió, una vez recuperado.

-Berko es su único hijo, pero también es hijo de un idiota muy viejo y muy rico que es el marido de mi hermana. Pero él, el marido, le hizo mucho daño, por eso ella se escapó y vino aquí a vivir conmigo. ¡Yo no tengo nada que ver con ese hombre tan tonto y cobarde que ni siquiera va a la guerra! ¡Si yo fuera él, ya estaría luchando en primera fila y con medallas!

Leandro empezó a darse cuenta de que la vida de aquellos extraños era demasiado para él. No comprendía por qué vivían en un sitio tan inhóspito como era su cabaña, por qué Ikenna tenía una metralleta que sabía usar (y que, de hecho, usaba con frecuencia) ni por qué deseaba tanto ir a la guerra, donde seguramente acabaría muriendo, ni cómo era posible que Nkiru, quien no aparentaba ser mayor que Leandro, ya estuviera casada y con hijos. No, la historia de aquellos niños era demasiado dura e increíble como para que alguien como Leandro, que había vivido con todo lo que quería y pedía, la comprendiera.

-¿Puedo pasar, y así hablamos dentro? –preguntó.

Ikenna dudó un poco, pero luego apartó el arma y abrió la puerta. Leandro entró y ambos se sentaron en el sofá.

-¿Puedes contarme toda la historia desde el principio, por favor?

Ikenna carraspeó.

-A ver, todo empezó cuando mi mamá se murió. Mi papá había ido a la guerra y no había vuelto todavía, así que nos quedamos solos-

-¿Quiénes, tu hermana y tú? –le interrumpió Leandro.

-No, Ekene, que es nuestro hermano mayor, Nkiru, Udo, que tiene dos años menos que ella, y yo. Todos mis demás hermanos estaban ya en la guerra o muertos, aunque, como nunca llegué a conocerlos, me da igual.

Leandro se quedó helado. Un escalofrío le recorrió la espalda, aunque Ikenna continuó su relato como si nada.

-Ekene también se marchó a la guerra y se llevó a Udo con él, a pesar de que Nkiru intentó con todas sus fuerzas que no lo hiciera. Al final los dos se fueron. ¡Yo también quería ir! Pero Nkiru no me dejó. En vez, me cogió y se escapó antes de que Ekene pudiera cogerme. Los dos nos escondimos aquí durante un tiempo, pero un día que yo había ido a la fosa a por agua llegó aquel hombre viejo y se llevó a Nkiru. Cuando volví la casa estaba vacía, pero yo me quedé e hice como ella me había mandado; sobreviví y me oculté de los hombres mayores para que no me llevaran con ellos y me reclutaran. Como nadie sabía que yo vivía ahí, nadie me molestó. Luego, un año después, Nkiru volvió con su bebé, con Berko. Me explicó que aquel viejo idiota le pegaba y que quería llevarse al niño y matarla a ella, porque a ella tenía que alimentarla y no le servía ya para nada. Él sólo quería al niño, y lo pensaba casar ya con alguna mujer rica para poder ser rico él también. Por eso Nkiru se escapó y vino a esta casa conmigo. Y ya está. Fin de la historia.

-¿Cómo conseguiste la metralleta? –le preguntó Leandro, tan sólo para distraerse.

Estaba aturdido y confuso. No podía ni imaginar la situación en la que se encontraban los dos hermanos. De hecho, no podía creer que les estuviera pasando eso. No después de ver las enormes mansiones en las que vivían los gobernantes, que eran por supuesto corruptos, de aquel pobre país.

-Se la robamos a un militar junto a varias medicinas para Nkiru. –contestó él.

-¿Medicinas para Nkiru? ¿Por qué, que le pasa?

-Ah, no, nada, sólo tiene SIDA. –estaba bien claro que Ikenna no tenía ni idea de lo que hablaba, por la indiferencia con la que trató el tema. -Si no se toma las medicinas se muere. ¡Y es por culpa de ese viejo tonto! Él le pasó la enfermedad cuando tuvieron a su hijo, a Berko. – contestó Ikenna, tan impasible e inexpresivo como siempre.

Entonces Leandro recordó sus clases, unas lecciones que le parecían increíblemente lejanas aunque tan sólo había pasado una semana fuera de casa. Sabía que su profesor les había hablado de aquella enfermedad. Mortal y muy típica en países pobres, como Sierra Leona. Los niños de esos sitios morían a montones por enfermedades como esa.

Leandro se levantó, horrorizado. Miró a Ikenna con miedo, asustado por la manera tan insensible en que el niño hablaba sobre la cercana muerte de su hermana. Salió de la cabaña como si le fuera la vida en ello, dejando a Ikenna a dos velas, y corrió hasta su casa como si le estuvieran persiguiendo unos lobos feroces.

Una vez llegó, le suplicó a su madre que volvieran. Esto la sorprendió mucho, pero aún así aceptó. Ella temía por la vida de sus hijos, que corrían un peligro continuo estando en aquel lugar en guerra, y había estado deseando su partida desde la primera escapada de Leandro. Además, quería apartarle de aquella ciudad, ya que sabía que si continuaba escapándose y andando por ahí él solo le acabarían secuestrando.

Así pues, partieron a la mañana siguiente, de vuelta a su perfecta y reconfortante casa en España.

Bien merecida se tenía Leandro la desgracia que sintió unos días después. Nada más asimilar la historia de sus recientes amigos, se dio cuenta de lo cobarde que había sido. Aquellas palabras que Ikenna le había gritando una vez resonaron en un cabeza, torturándolo: ¡Yo no tengo nada que ver con ese hombre tan tonto y cobarde que ni siquiera va a la guerra! Huyendo de lo que no entendía y cerrándose a lo que temía, volviendo a su cómodo hogar en vez de quedarse allí a ayudarles, Leandro había sido el chico más cobarde de todo el mundo. Sabía que Ikenna le odiaría.

Tuvo suerte de que, poco después, acabara volviendo al país.

Claro que no fue exactamente de la manera que más le habría gustado a él.

3 comentarios

  • By Eva, junio 18, 2010 @ 2:12 am

    Siempre apasionante tu escritura :) deberías presentarte a algún certamen o concurso

  • By Antonio, junio 22, 2010 @ 6:26 pm

    Gran reflexión Nerea, me gusta… intriga, pasión, riesgo, claros y oscuros tan humanos como dolorosos. Felicidades.

  • By abu, julio 1, 2010 @ 8:43 pm

    Se me han puesto, leyendote, los pelos como escarpias. Muy bien muy bien

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