Sólo un poco más.
-Sólo un poco más.
Ayer, viernes, estaba convencida de que podría como mínimo empezar mi proyecto de Ciencias, sobre la Esquizofrenia, pero no fue así. Me imaginaba que estaría tranquilamente, sola en la casa con Michaela toda la tarde, hasta que Jackie volviera del cine. Llevaba apenas una hora en el ordenador cuando llegaron las dos, acompañadas por Judy, y me obligaron a prepararme para ir a cenar con ellas. En realidad, me apetecía, pero es que pasarse toda la noche preocupada por el trabajo, con punzadas de culpabilidad atacándome constantemente y mi lado responsable quejándose a gritos… pues lo hizo duro, pero al final fui.
A todas aquellas personas que creen haber comido alitas de pollo alguna vez en su vida, os aseguro que no habéis probado nada hasta que vais al Wild West Wings y os pedís las Honey Blues. Han sido las mejores alitas de pollo de toda mi existencia y espero que no las últimas. Tenían una mezcla de dos salsas que puede sonar perturbadora, pero la verdad es que combinaban divinamente bien; la primera era honey garlic, que significa miel con ajo, y por encima tenía queso azul fundido, cálido pero son llegar a arder. Madre mía, si estaba bueno.
Después de esta cena de dioses, nos volvimos a casa en el coche de Judy. Era apenas un viaje de cinco minutos. Sólo tengo que decir que, es sorprendente lo que pueden cundir cinco meros minutos. Nuestro plan inicial era ir a casa, ver un peli y a dormir. Cuando salimos del coche, había cambiado… un poquito.
Corrimos dentro como si nos fuera la vida en ello. Las escaleras apenas supusieron obstáculo alguno para mis piernas y mi respiración ya estaba suficientemente acelerada, así que no importó. Agarramos los pijamas, ropa de recambio, un cepillo de dientes y la crema y lo aplastamos todo en una maletita.
Ugh. Me duele la cabeza. Creo que tengo fiebre, pero claro, como Jackie no tiene termómetro pues no hay manera humana de saberlo. Llevo con este catarro desde principios de semana, y ya empieza a hartar. Sé que estoy de bajón, en el sentido de que ahora toso mucho menos y tal, pero aún así es un engorro. Sobre todo teniendo un proyecto de Ciencias sin empezar y para el lunes. Ah, por no incluir el examen de Gimnasia, y eso que el profesor ha dicho que siempre los hace dificilísimos.
Volviendo a ayer, subimos de nuevo al coche de Judy e hicimos todo el viaje hasta su casa. Nada más llegar, se nota que la mujer tiene mucho dinero. Estamos hablando de un jacuzzi en su baño (con sitio para dos), otro en el jardín, una piscina con trampolín, dos o tres neveras, unas pocas teles plasma y muuuuuuchas cosas más. Así que sí, lo pasamos genial. Vimos la película, comimos tarta, se metieron al jacuzzi durante una hora entera (llamándome gallina todo el rato porque me negaba rotundamente a entrar con ellas) la cual yo aproveché para terminarme el libro de Inglés (bueno, al menos hice algo), vimos otra película, comimos más tarta, hablamos un buen rato y nos fuimos a dormir. La verdad es que estuvo muy bien.
De toda la tarde, voy a destacar dos sucesos que, digamos, me interesaron e incluso sorprendieron. Para empezar, Jackie y Judy se pasaron toda la segunda película pasándose el móvil de la primera e intercambiándose mensajitos con un señor/a del cual no nos hablaron. Cada poco rato vibraba el aparato, Jackie lo leía, se reía, se acercaba a Judy para que no la oyéramos, cuchicheaba algo y le pasaba el móvil. Judy contestaba, entre carcajadas, y se lo devolvía. El tiempo entre mensaje y mensaje lo pasaban comentando lo que quiera que estuvieran planeando. A mitad de todo esto, yo, que ya las había empezado a mirar raro (y Jackie ya se había fijado en cómo las observaba), les dije, casualmente:
-Parecéis una pareja de adolescentes con un novio secreto, ¿se puede saber qué estáis tramando?
Ellas se rieron pero, por supuesto, no me contestaron. Por la mañana, hoy, todavía comentaban los mensajitos, aunque ya no enviaron nada más.
Otra cosa que me llamó la atención eran los sillones del salón. Eran de cuero marrón oscuro y se balanceaban suavemente, como la cuna de un bebé. Me recordaban muchísimo a los de la casa de Jorge. Me acuné delicadamente durante toda la noche, levantándome tan sólo cuando era completamente necesario. Me invadió una sensación extraña mientras me balanceaba en la silla; una mezcla de punzante añoranza por mis amigos y una extraña tranquilidad causada por un falso sentimiento de seguridad, como si alguien me estuviera cuidando y protegiendo, acunándome en sus brazos para que me quedara dormida. Era una sensación muy reconfortante.
Por la noche, llegó el sueño. Apenas recuerdo lo que ocurría. Mi mente guarda flashes de imágenes difusas, donde tan sólo puedo diferenciar a personas entre una masa deforme de gente. Creo que estamos en un colegio; no es un sitio cualquiera, sin embargo. Es el de mi mente; mi colegio de España, como está siempre que sueño con él. Es tan sólo un poco distinto al real, de hecho; mismo tamaño pero acompañado de una sensación de enormidad. Esta vez, al segundo piso le habían incluido las taquillas de mi instituto canadiense. Apenas recuerdo de que iba el sueño; no sé cómo empieza ni cómo acaba.
Hay una parte que, en cambio, se ha quedado grabada en mi subconsciente. Tan sólo había chicas, de mi edad, llenando la escena. Estamos en un gran comedor, muy parecido al de Hogwarts solo que más pequeño, como si lo hubieran prensado por delante y atrás. Las velas, colocadas ordenadamente en varios candelabros, cuelgan del techo en vez de estar suspendidas en el aire, bañando la estancia con una luz dorado cálido. Sé que pasó algo antes de donde yo recuerdo; mis sueños tienen personalidad propia, como cualquier persona, y por eso sé que, por muy raros o descabellados que sean, tienen un principio y un final. No salen de la nada, como si empezaras a leer un libro por la mitad. Por eso, sé que, de alguna manera llegué al comedor y me encontré con todas las chicas. A la única que reconozco es a Paula, otra de esas personas que ha poblado mis sueños desde que llegué a Canadá.
La escena empieza conmigo subida a los candelabros. Solo que no son exactamente los candelabros. Son unas ruedas extrañas, planas y horizontales, con agujeritos y de un azul plateado. Varias proyecciones, lo suficientemente grandes como para llenar mis puños, rodean la base del círculo, mirando hacia el suelo. Son unos objetos extraños, pero yo me balanceo, saltando de uno a otro, como si fuera un mono bailando entre las ramas de la jungla. Es duro y me cuesta bastante, pero al final consigo llegar hasta el final. He pasado por encima de todas las mesas de la izquierda, ignorando la fila de la derecha. Cuando mis pies tocan el suelo me estabilizo y espero a los aplausos, que llegan apenas segundos después. Todas las chicas sonríen, Paula en especial. Claro, ahora le toca a ella. Tiene ganas, lo sé por su expresión, pero también está nerviosa y se podría decir que hasta un poco asustada. Una gotita de sudor corre por su frente, cruza su mejilla y cuelga de su barbilla durante un instante; luego, tranquila y lentamente, cae en picado hacia el suelo, donde estalla en miles de gemelas brillantes. Gemelas. Ugh.
Paula me mira intensamente, esperando. Yo asiento y ella me devuelve el gesto. Es la hora. Tenemos que salvar el mundo.
Este sueño es distinto a todos los demás. Mi mente piensa en español todo el rato, e incluso yo creía que los personajes hablaban mi mismo idioma, pero cuando recuerdo a mi profesora de inglés (Wickett es la última de las personas que ha plagado mi subconsciente) entrando en la escena, poco rato después, sé que lo dijo en inglés. Así que, poco a poco, están tomando posesión de mí. Paula lo odia, y la verdad es que a mí me incomoda. Lentamente, vamos notando cosas que no nos pasaban hasta que llegamos aquí; palabras que salen antes en inglés que en español, o frases que nos traban la lengua con facilidad, tan sólo por estar en nuestro idioma natal, cuando antes eran tan típicas como sencillas. No sólo nuestros pensamientos, sino también nuestros sueños, están siendo poco a poco vaciados y rellenados, cambiando las dos lenguas la una por la otra.
Le indico a Paula que se acerque conmigo hasta la mesa contigua a aquella donde he bajado yo. Ella señala el utensilio que cuelga de la pared. Apenas lo recuerdo ya; no sé si había tan sólo uno, móvil, o varios esparcidos por la fila derecha, igual que mis ruedas. Esta cosa, en cambio, es mate. Un muelle rectangular, que de alguna forma tiene dos plataformas (del tamaño de unos pies pequeños, como los de Paula) en la barra de arriba, y se abre hasta más o menos medio metro. Recuerdo que era colorida, pero de un azul grisáceo a la vez. A la derecha del muelle había otro objeto, probablemente redondo, que ha parecido borrarse completamente de mis recuerdos.
Paula recorre la fila montada en el muelle, o al menos eso imagino. Sé que le estoy dando la espalda, pero de alguna forma extraña, veo como trabaja hasta llegar a la otra punta, como si fuera otra persona mirando sobre mi propio hombro. Poco rato después, Paula vuelve conmigo y las demás chicas.
Entonces noto el enorme óvalo en mitad del comedor, colgando del techo junto a los candelabros. Es blanco brillante, como si estuviera cubierto de purpurina plateada, y tiene circulitos en relieve decorando toda la superficie. Sé que estaba hueco, aunque no lo vi por dentro. Por su tamaño, habría cabido un bebé recién nacido.
El sueño toca fin poco después, cuando Wickett entra en el comedor por unas puertas dobles enormes, de color rojo madera. Parece enfadada y viene acompañada de un montón de profesores. De alguna manera, me recuerda a McGonagall.
-Lo sabemos. –digo yo, con una voz a la vez amenazadora y calmada.
-Diamonds. –contesta Wickett.
Sé que el propósito de todo lo que hicimos Paula y yo, con las ruedas y el muelle respectivamente, no era un juego, sino un mecanismo para abrir, de alguna manera, el gran óvalo del centro. Sé que contenía los diamantes que nos exigió Wickett más tarde, tanto como sé que no llegué a ver las joyas. Me hubiera gustado, aunque de alguna manera sospecho que los diamantes eran la purpurina brillante que cubría el óvalo. Lo último que sé, es que los profesores buscaban esos diamantes, creo que con malos propósitos. La verdad, no lo tengo muy claro.
Así que sí, últimamente estoy teniendo sueños muy raros, ¡pero la verdad es que son cada vez más divertidos!
