Category: Canadá

Corriendo OTRA VEZ

Hoy, he corrido con y sin razón. Queriendo y obligada. Preparada y por sorpresa.

Desde que terminamos la carrera de los 10k, hace una semana y un día, estoy tan contenta por el hecho de que no vayamos a correr más, que cada vez que me toca Educación Física me alegra tan sólo de pensarlo. El problema es que me había olvidado completamente del Fitness Test.

Me he explotado, literalmente, en este test. La primera vez que lo hice di 19 vueltas en los 12 minutos, pero esta vez quería llegar por lo menos a 24. Esa era mi meta.

He ido corriendo a trompicones; al principio bastante rápido y decelerando poco a poco… hasta que el profesor ha gritado “¡¡Un minuto y medio!! ¡¡VAMOS!!” Entonces he dado un súper sprint que me ha dejado literalmente sin aire. He corrido realmente rápido, dando zancadas enormes para conseguir dar tantas vueltas como pudiera en los últimos segundos. Después de dos vueltas así, NO PODÍA RESPIRAR. Quedaban diez segundos y he tenido que parar porque me iba a dar algo xD. Pero al menos me he superado, llegando a las 23 vueltas, así que estoy contenta :) .

Esta ha sido la carrera que he hecho con razón, queriendo y preparada. Si hubiera sabido que todavía me quedaba una más, igual no habría metido el sprint de los dos últimos minutos.

Así que se ha acabado la clase y yo tan contenta me he encaminado hacia el centro comercial, porque tenía que comprar bastantes cosas. Eran las 3.20 cuando he conseguido por fin entrar.

El parking por el que entro yo estaba en obras, así que he tenido que dar toda la vuelta al centro para poder entrar. He ido con mucha prisa, pensando que iba a perder el bus (llega a las 3.47) así que he cogido todo lo que necesitaba a toda velocidad. La cola de la caja era bastante larga, por desgracia; hasta las 3.35 no estaba llegando a mi parada, justo enfrente del centro.

La cuestión es, y esto se considera información privilegiada ;) , que hay dos direcciones con el autobús que yo cogo; Bridlewood, que es la mía, y Terry Fox, que es la contraria. Obviamente, cada uno tiene la parada en un lado de la calle.

Por eso mismo me he extrañado tanto cuando, a las 3.40, mi autobús con dirección Terry Fox ha parado en mi parada. Sorprendida, me he imaginado que todavía no habían cambiado el nombre o algo así, y me he montado, ignorando las ganas de preguntarle al conductor hacia dónde iba. Benditos presentimientos, cómo os ignoro.

Saliendo del supermercado, hay un giro en el que se decide todo; izquierda significa Terry Fox, y derecha Bridlewood. No estaba muy segura de si había cogido el autobús correcto, así que me he empezado a poner nerviosa. Entonces hemos llegado al giro y… ¿A que no adivináis hacia dónde ha ido el precioso autobús? Pues hacia TERRY FOX.

He tenido MUCHA suerte, porque la primera parada no estaba muy lejos del giro. He bajado y empezado a caminar rápidamente hacia el centro, agobiada y mirando el reloj cada dos por tres; 3.41, 3.42, 3.43… Sólo faltaba que a mi bus le diera por llegar pronto hoy.

¡¡¡BINGOO!!! Estaba a unos 20 metros del centro comercial, cuando he visto el autobús, parado en un semáforo. MI autobús. Entonces he vuelto a hacer un buen sprint, cruzando un paso de cebra que estaba a punto de ponerse rojo; llevaba un polar, una camisa de cuello alto, un abrigo de North Face y un gorro de lana, por no incluir que hoy ha hecho un día hermoso, así que iba empapada en sudor y maldiciendo las obras que habían cerrado el parking (porque por ahí entra el de dirección Terry Fox de normal, por eso había tenido que parar en MI lado de la calle).

Llegados a este punto, me imagino que la suerte decidió que ya se había divertido lo suficiente conmigo. Resultó que había UNA parada más, justo antes de llegar al centro comercial, donde paraba mi autobús. He llegado por los pelos, pero lo he cogido :D .

Oh precisos presentimientos míos, o prometo que he aprendido. La próxima vez, o pregunto o me espero. Prefiero pasar el rato aburrida y de pie en la parada que corriendo detrás del autobús xD.

El Superviviente: En Busca del Supermercado Perdido

Este viernes ha sido simplemente legendario. Inolvidable.

Estaba todo planeado. Paula y yo cogimos el bús hacia Terry Fox nada más salir del colegio; Raquel no iba a llegar hasta las 5.30, así que aprovechamos para ir hasta la casa de Paula y coger sus cosas.

Esa misma tarde, las iba a secuestrar a las dos.

Volviendo a la casa de Paula, lo perfecto habría sido llegar, coger las cosas y marcharnos sin más. Pero la familia de Paula se interpuso. Su padre me parece demasiado serio y estricto, y la hermana a veces está MUY pendiente. Paula pide a gritos un poco más de libertad (y confianza).

Fue una conversación incómoda pero rápida; la madre, mucho más cariñosa, y el hermano, muy gracioso y simpático, estaban ambos fuera (de hecho, creo que sólo he visto a la madre dos veces, lo cual me extraña…).

Al final conseguimos salir a tiempo y coger el bús de vuelta a Terry Fox. Quedar ahí era parte del plan perfecto; las tres íbamos a ver Harry Potter 7 en el cine, en IMAX (lo cual incluye un pantallón enorme y 3D), dar un paseo para que Raquel viera Kanata (porque ella vive en Ottawa), ir a mi casa a “dormir” y el sábado volver a salir por ahí. Repito: el plan PERFECTO.

Encontrarnos con Raquel fue complicado, como siempre xD, pero al final lo conseguimos. Tuvimos que usar una cabina para llamar a su móvil (porque así salía más barato). Paula estaba muy emocionada porque fueramos a usarla, según decía. Al final, tampoco nos hizo falta hablar mucho; el siguiente autobús en llegar fue el suyo. Resulta que a la pobre le había cerrado la puerta en las narices la conductora del primer autobús xD, así que tuvo que esperar a que pasara otro. Lo bueno es que no llegó demasiado tarde, así que nos acercamos al cine para comprar las entradas y así poder dar un paseo y cenar luego.

La suerte no estaba completamente de nuestra parte aquella tarde (ya habría sido demasiado pedir). La sesión para las 7.30 en IMAX estaba ocupada. La siguiente era a las 10.50 y, obviamente, eso es demasiado tarde si vives en Canadá (todavía se me cae la lagrimilla de pensar que podríamos haberlo visto en IMAX…). Así que, resignadas, compramos las entradas regulares para las 7.00. Aún así, la entrada fue como una puñalada; salimos del cine con un ojo y un riñón menos xD.

Antes de continuar, os diré que el chico que se sienta conmigo en clase de Mates trabaja en un restaurante de comida rápida, como el McDonalds pero canadiense; se llama Harvey’s. El chico no hace más que quejarse de lo grasiente que es la comida e insiste en que jamás comería ahí. Ya me conoceís xD; acabamos yendo al restaurante y os prometo que me pedí la hamburgesa más grasienta de todas. Estaba buenísima. También me inflé a ketchup (con patatas fritas, por supuesto).

El viernes fue uno de los días más fríos de toda la semana; literalmente corrimos hasta el cine para no congelarnos por el camino xD. Llegados a este punto, la tarde ya estaba siendo divertidísima, y eso que lo mejor estaba por llegar.

Comprar la comida nos costó tanto que entramos tarde a la película (y aún así nos comimos por lo menos ocho anuncios). La sala estaba a rebosar; no nos quedó más remedio que sentarnos en las primeras filas, porque aquí no te dan ni número ni nada.Y así empezamos Harry Potter y las reliquias de la Muerte, con dos paquetones que medían más que nosotras a rebosar de palomitas, tres bebidas y un bolsón lleno de Sour Patch Kids (unas chuches canadienses que están simplemente deliciosas). Lo mejor de todo es que las sobras nos las acabamos en el sótano de mi casa a eso de las 3 de la mañana xD.

La película estuvo genial, y eso que no pudimos entrar a la IMAX. Yo me senté en medio de las dos, aunque me pasé casi todo el tiempo hablando con Raquel. Ella era la única que no se había leído el libro, así que estuve todo el rato explicándole las cosas que no salían y, llegados a cierto punto, casi contándole lo que estaba a punto de pasar xD (más que nada porque Paula y yo nos pusimos a discutir por dónde cortarían la película). Salimos cabreadísimas de que hubiera que esperar hasta que saliera la segunda parte (estamos hablando de las películas de Harry Potter, por dios, todo el mundo sabe que les cuesta como mínimo dos años) pero eufóricas por lo que estaba por llegar.

El bus de vuelta llegó inusualmente puntual. De camino, empezamos a negociar lo que podríamos hacer y cómo lo haríamos: había que perdile permiso a mi “madre” para ver si podíamos comer en el sótano (con voz suplicante e incluyendo un sutil “lo dejaremos todo más limpio que los chorros del oro después”) y si podíamos bajar la cama de la niña (porque ella duerme con la madre). Yo ya sabía de antemano que iba a decir que sí; la madre es la caña, me cae genial =D.

Apesar de todo, bajar la cama fue todo un desafío; dos escaleras y tres puertas se interpusieron en nuestro camino, pero al final, con la ayuda de Raquel y el apoyo moral de Paula, conseguimos bajarla. Gracias al día que se quedó Paula, ya sabíamos que el sofá se convertía en cama, así que lo abrimos, bajamos la comida, cerramos bien la puerta, nos pusimos los pijamas y empezamos a hablar.

Creo que la charla duró hasta la una, más o menos xD. Entonces fue cuando Raquel nos empezó a contar los libros de Stephen King que se había leído, ya no me acuerdo ni de por qué. Acabé un poco asustada después de las historias de miedo, pero enseguida se me pasó. Empezamos a ver una película en mi portátil, que duró más de dos horas, y ya nos fuimos a dormir (más que nada porque seguro que la niña vendría a despertarnos a las nueve, y eso que insistí en que NO lo hiciera).

Hablamos un poco después de eso, aunque tampoco mucho. El cansancio pudo con nosotras y nos tuvo atrapadas hasta casi las diez . Cuando nos despertamos, me extrañó que la niña no hubiera bajado. Al final, acabamos subiendo nosotras xD, para desayunar más que nada. La madre preparó unas tortitas y unas salchichas deliciosas.

La niña tenía clase de ghanés esa mañana, así que ella y la madre tuvieron que marcharse antes incluso de que nos terminaramos el desayuno.

El sábado sólo teníamos hasta las cuatro para hacer lo que quisieramos, porque yo tenía que irme a la casa de la abuela (celebraban el cumpleaños de una prima) y Paula tenía que estar de vuelta antes de las cinco (pero claro, le cuesta más de una hora llegar desde mi casa). Aún así, usamos el poquito tiempo que teníamos para pasárnoslo lo mejor que pudieramos.

Continuamos con nuestro tour por Kanata xD, aunque reduciéndolo a Bridlewood, la zona donde vivo yo. Fuimos hasta un parque muy chulo que hay por ahí e hicimos un vídeo de “El Superviviente; En busca del Supermercado Perdido”. Estuvo muy divertido porque dimos vueltas por todo el bosque (buscando el Supermercado debajo de las piedras y entre las hojas caídas) e incluso tonteamos de camino al supermercado.

Ese era nuestro siguiente plan perfecto: ir al supermercado y comprar fideos, una pastilla de sopa y más jamón. La idea había salido mientras nos terminábamos el que yo ya tenía; decidimos dejar el tocino y aprovecharlo para prepararles una auténtica sopa española a nuestras familias xD. Desgraciadamente, no nos dió tiempo a hacerla, aunque sí que compramos los ingredientes (todo menos el jamón, porque no pudimos encontrar más). Hemos decidido dejarlo para dentro de dos semanas :) .

Todo esto puede parecer poco, pero convirtió esos dos días en lengendarios.  Sólo espero que la próxima vez que nos veamos, preparemos la sopa de verdad xD, ¡¡porque me quedé con ganas de probarla!!

El Tesoro Perdido – ¡Lo encontré!

Lo he encontrado. Por fin. Gracias a Dios. ¡¡¡SÍIIIIIIIIIIII!!!

Hoy, estaba tranquilamente paseando (con el resto de la familia) por el supermercado. Hemos llegado a la zona de carne y la madre ha empezado a revolver las cosas hasta que ha encontrado lo que buscaba. En esto que estaba con la carne en las manos, he soltado un semejante grito que casi se le cae al suelo.

“¿¡Qué pasa, qué pasa?!” me ha preguntado, sonando medio asustada medio enfada.

“Ja…ja…ja…” he tartamudeado, incapaz de articular palabra alguna.

“¡¡¡JAMÓN SERRANOOOO!!!”

y sí, me lo ha comprado xD.

Lest We Forget

Hoy es el Rememberance Day. Dos minutos de silencio por todas las muertes causadas por la 1ª y la 2ª Guerra Mundial.

Para conmemorar a todas las víctimas, en mi colegio (y cualquier otro sitio dentro de Canadá) hemos mantenido silencio y reflexionado. Unos pocos alumnos han presentado una obra de teatro; dos soldados que se preparaban para la guerra y morían protegiendo a sus amigos. La verdad es que ha sido uno de los días más emotivos de toda mi vida, y eso que la asamblea sólo ha durado 20 minutos. Incluso estaba la banda del colegio (yo ni siquiera sabía que tuvieran una) tocando el himno de Canadá.

Todo esto ha sido muy profundo, pero lo que más me ha llegado ha sido una canción que nos han puesto al principio en una gran pantalla. Aquí teneís el videoclip por si lo queréis ver: “A Pittance of Time” por Terry Kelly. De verdad que merece la pena tomarse su tiempo y escuchar la letra, aunque sea buscar la traducción para algunos :) , porque está muy bien.

Por último, dándole un toque muy íntimo, todo el mundo llevaba una flor (es una amapola) a la vista. Son pins, en realidad, y se conseguían a cambio de una donación para las fuerzas armadas. Recuerdo que el centro comercial estaba lleno el viernes de militares repartiendo las susodichas flores. Yo, por supuesto, tengo la mía y la he llevado todo el día. No la pienso perder; se va a mi caja de los recuerdos directa. Lest We Forget.

Rememberance Poppy

Caso PC (Pies Congelados)

La nieve es preciosa. Tan blanca, brillante y refrescante… Tan agradable cuando cubre como un manto de luz las ramas de los árboles y la hierba del suelo…

Y tan horrorosamente heladora a la vez. Hoy, por primera vez en lo que parece van a ser unas cuantas, se me han congelado los pies. Literalmente.

Estábamos haciendo truco o trato la niña y yo. Ha sido divertidísimo, la verdad, aunque mucha gente no nos abría (y algunos incluso nos echaban con un enfadado “NO CANDY!!”). He llenado una bolsa y media de chuches, la mayoría chocolates xD.

La cosa pintaba muy bien, pero notaba que me dolían los dedos de los pies una barbaridad. Así que cuando hemos llegado a la casa (una pequeña pausa para cenar) me he quitado los calcetines. Tenía los dos dedos pequeños hinchadísimos y duros como piedras (sin exagerar), así que me he asustado y se lo he dicho a la madre. Ella, tan tranquila como siempre, me ha contestado: “Ah, están congelados.”

Ya os imaginaréis la cara que se me ha quedado. “¿Co-co-congelados?” Por poco me da algo… pero la madre enseguida me ha asegurado que no pasaba nada, que si los dejaba en paz volverían a ponerse bien. Por ahora están un poco mejor, pero en fin… Espero que no tengan que cortármelos ni nada… xD

¡¡¡POR FIN!!!

Señores, señoras… *ruido de tambores*… ¡HAAAAAAAAA NEVADOOOOOOO!

Sí, lo repito, ha nevado. De hecho, está nevando ahora mismo xD. Lleva así desde ayer por la noche. Hablando de eso, madre mía que bien lo pasé ayer por la noche…

Así que estaba yo cenando en mi casa, tranquilamente, cuando me sonó el teléfono. Era Paula, muriéndose de frío mientras esperaba a que llegara el autobús que le llevaría a Terry Fox, donde habíamos quedado. Le dije que esto era Canadá, que tendrían que empezar a acostumbrarse…

Salimos un poco después de eso. Por suerte, Jackie se había ofrecido ha llevarnos hasta Saunders Farm en coche. Ibamos charlando y cantando, con la radio puesta a tope, cuando de repente… Empezó a nevar.

“¡¡¡PAULAAAAAA!!! MIRAAAAA, ¡NIEVE! ¡ESTÁ NEVANDOOOOOO!” y la niña de fondo “¡¡IN ENGLISH, PLEASE!!” (porque nos echan la bronca cada vez que hablamos en español con ellas delante, pero bien que la madre se pone a hablar en ghanés con la abuela cuando estamos en su casa).

Así que, entre preciosos copitos blancos, llegamos a Saunders Farm. Me había imaginado que sería un parque de atracciones o algo así, por lo que me había contado la madre. Tenía pinta de estar muy bien (eso dijo Raquel, que fue hace unas semanas) pero bueno…

No dejaba de nevar. Era increíblemente bello, pero helador a la vez. Estábamos las dos, Paula y yo, tiritando con la cremallera hasta el cuello y las capuchas puestas, riendo emocionadísimas por la nieve pero muertas de frío por dentro. Nos empezamos a preguntar qué narices estábamos haciendo allí bajo el tormentón que estaba cayendo y con cero grados xD.

Montamos tan solo en una atracción, que en realidad resultó ser como una casa encantada, y luego nos fuimos a comer xD. Estuvimos casi todo el tiempo metidas en una taberna saboreando más el calor que nuestros perritos calientes.

Un poco antes de que nos vinieran a buscar, nos enterámos de que había un espectáculo y fuimos, pensando que sería cerrado xD.

“NOS DIJERON QUE LO SUSPENDIÉRAMOS, QUE LO DEJÁRAMOS, QUE BAJO LA NIEVE NO LO PODÍAMOS HACER, ¿Y NOSOTROS QUÉ CONTESTAMOS? ¡¡PUES VEN A MIRARNOS!!”

Fue una pasada de obra. Iba sobre un científico loco (y su gato) que trataban de arruinar el Halloween “FOR EVERYBODY!!!” xD. ¡¡Me recordaba un montón a mi hermano!! Era casi tan gracioso como él y estaba todo el rato cogiendo al gato y acariciándolo (un gato de peluche, por cierto) mientras decía: “Minino, ya sabes lo que tenemos que hacer, ¿sí?…” jajajaja xD. Cada vez que terminaba una frase hacía lo mismo: “¿sí?…¿sí?”. También había dos personajes más, el policía que cogía al científico loco y su mujer, muy logrados por el maquillaje y los trajes. En definitiva, el espectáculo estuvo genial, y la verdad es que le daba un toque especial el hecho de que estuviera nevando mientras tanto xD.

Esperar a que llegaran a buscarnos no fue tan divertido. Por poco se nos congelaron los pies (que estaban empapados por culpa de nuestras ineptas deportivas) y se nos llenó el pelo de nieve.

Aún con todo, estoy muy contenta de que haya nevado, por fin. Las vistas desde mi ventana son chulísimas y seguro que el colegio también es una pasada xD.

Cómo acabé en el libro de Macbeth

Mucha gente sueña con viajar en el tiempo.

La mitad, más o menos, te dirá que se irían al futuro. Descubrirían si viviremos bajo el agua o entre las nubes. Si las casas son robots o cohetes en constante movimiento. Si nos habremos extinguido, o no.

La otra mitad, más o menos, te dirá que se irían al pasado. Descubrirían por qué se extinguieron los dinosaurios o cómo se construyó Stonehange. Hablarían con la Mona Lisa y la harían sonreír hasta que le dolieran las mejillas. Encontrarían el por qué de la vida.

Paula te dirá que se iría al pasado sólo para matar a Shakespeare. Y yo la acompañaría.

Así que ayer por la tarde nos pusimos a ello.

Entre clase y clase fuimos recopilando cacharros, cualquier tontada (desde una lata vacía hasta un tapper olvidado) y las trajimos a nuestras taquillas. Durante la comida fuimos corriendo hasta el supermercado y compramos alicates y demás. Esperamos ansiosas a que acabaran las clases, expectantes por lo que estaba por llegar.

Por fin, en medio de mi clase de inglés, sonó la santa campana. Salí corriendo hacia mi taquilla, donde ya me esperaba Paula. En sus ojos había un brillo de malicia mezclado entre la emoción del momento.

Había pasado toda la semana tratando de leer una obra en particular; Macbeth. Yo también me la había estado leyendo, más que nada porque quería ayudarle. Los ejercicios eran difíciles. Había unas cuatro preguntas por cada escena, habiendo 7 de las últimas por cada acto. Leí las tres primeras y por poco me da algo. ¡Dios! Lo siento por Shakespeare, pero podría haber escrito algo un pelín más divertido… No soy quién para criticar a semejante autor, por supuesto. Sólo digo que leerle en inglés del viejo, de ese que tiene palabras más raras que un perro verde fosforito y donde la gente te habla en verso (por dios, ¿pero tanto se aburrían?), pues es un poco… fastidiado. La pobre Paula tuvo que pedirle la versión moderna de la obra al profesor, y aún así no entendíamos casi nada.

Por eso mismo nos propusimos viajar al pasado y matarle. Yo me conformaba con romper el manuscrito en trocitos, tirarlos al suelo, escupirles, quemarlos y bailar a su alrededor mientas cantábamos alguna profecía de eterna maldición o algo así… Lo normal, claro. Pero Paula iba más a lo duro. Para ella, o moría Shakespeare o lo hacíamos nosotras.

Gotas de sudor nos caían por la frente, bajando por la espalda y despertando escalofríos que nos ponían de punta los pelos de la nuca. Una gotita hizo todo el camino por mi brazo hasta llegar a mi mano, donde se unió a sus hermanas, todas resbaladizas entre mis flojos dedos, que agarraban el alicate como si fuera un tesoro.

Finalmente, la cuchilla de Paula acabó de sacar el tornillo y mis alicates lo aplastaron en segundos. Nuestras taquillas, pegadas por un lado, cayeron estrepitosamente al suelo. Miramos alrededor; el conserje había pasado hacía media hora, pero por lo demás no había ni un alma en el colegio. Perfecto.

Les dimos la vuelta con cuidado. Parecían dos cubículos, apenas de dos metros de largo y medio de ancho. Entre jadeos, Paula y yo conseguimos quitar los ganchos y parte de una mini estantería que había dentro. Sacamos los tornillos que sujetaban las puertas con cuidado. Ahora parecían dos ataúdes de metal plateado, parte de un rojizo oxidado. Cogimos ambas puertas y las doblamos entre esfuerzos. Ahora parecían el mástil amorfo de una velera. Perfecto.

Cogimos una cuerda (que habíamos comprado durante la comida), de casi diez centímetros de espesor y aseguramos las puertas. Abrimos un agujero del tamaño de una manzana en la pared que compartían ambas taquillas y pasamos la cuerda. A partir de tres fantásticos nudos de marinero que consiguió hacer Paula, acabamos con un mástil prismático, ni siquiera un milímetro inclinado, “pegado” a nuestro “barco”. Perfecto.

Paula rió entre dientes. Tenía mal aspecto, es cierto, pero aún no estaba ni a mitad de proceso. Así que le tendí los alicates a Paula y me metí, cuidadosamente, en mi taquilla. Apenas cabía con las rodillas bien dobladas, pero al menos no se me salía ninguna parte del cuerpo. Perfecto.

Le indiqué a Paula que me pasara la antena y el taladro solar (incluso se cargaba con luz artificial, no veas tu lo moderno que era), y abrí un agujerito arriba del todo, en ambas taquillas. Luego pasé la antena entre los agujeros y la ajusté con celo para que quedara pegada al mástil. Perfecto.

Volvimos a colocar las puertas, ahora sonriendo y bromeando. En una de las mismas, por dentro, habíamos pegado una calculadora (estaba conectada a la antena que, gracias a que antes funcionaba captando ondas sonoras y con unas pequeñas modificaciones de nuestra parte, ahora captaba en vez ondas temporales, pudiendo transportarte de una a otra mediante una fórmula física complicadísima que no me voy a molestar en escribir). Entre las dos habíamos conseguido configurar también la calculadora. Ahora sólo aceptaba ocho cifras: día, mes y año, o un nombre; el de aquél a quien deseabas ver. Sólo así funcionaba.

Así que las dos nos metimos dentro, cerramos y aseguramos las dos puertas y marcamos el código. Shakespeare. Perfecto. Nada podía salir mal.

La antena empezó a vibrar al momento. Una onda de calor (aunque imperceptible de cualquier otra manera) se precipitó fuera de la máquina. Un hilillo de humo dorado salió de entre el celo que sujetaba la antena. En menos de un segundo, saltó.

Mucha gente se imagina que al pasar de onda temporal a onda temporal algo tiene que pasar. Algo malo. Por ejemplo, igual te salen canas como castigo divino por haber roto el balance espacio-tiempo. Quién sabe. La cuestión es que, para nosotras, merecía la pena.

La máquina chirriaba cuando el metal chocaba contra los átomos del tiempo. Se raspó y parte de la pintura se desprendió. Miré a Paula entre uno de los agujeritos que habíamos abierto. Parecía llevarlo bastante bien.

La sensación fue fuerte y el sentimiento intenso, pero el momento apenas duró un segundo. En un abrir y cerrar de ojos el aire se calentó inmensamente y tocamos tierra. Aquí olía a uvas, alcohol y tinta. Mucha tinta. También se distinguía, camuflado por el fuerte olor de la tinta, un toque de papel mezclado. Pergamino.

Paula y yo salimos de la máquina entre jadeos. Nos miramos con asombro. El shock pasó en un instante y ambas empezamos a saltar de felicidad. ¡Habíamos viajado en el tiempo!

Un señor estaba sumido en su escritura, enfrente de nosotras. Se sentaba en una silla de madera clara, con ambos codos apoyados en un escritorio lleno de pergaminos. Libros abiertos se esparcían por toda la habitación. Papeles estrujados caían de los cajones, algunos escondidos en los rincones oscuros bajo la enorme cama. Botes de tinta de distintos colores, dominando el negro, eran usados de sujeta papeles en una modesta estantería al lado de la cama. Tres estaban tirados por el suelo, sus contenidos salpicando la madera y una alfombra persa de tonos oscuros. Andar entre tanto desorden sin empujar un bote, derramando la tinta, o sin pisar los manuscritos era casi completamente imposible.

También había plumas, de todos los colores y tamaños. Algunas estaban entre los libros, desperdiciando su belleza al usarlas como marcadores. Otras reposaban entre papeles, con las puntas secas por el desuso. Una minúscula parte estaba desperdigada por entre la cama, la estantería y el escritorio, todas con las puntas húmedas y de distintos tonos oscuros.

Siempre me había imaginado a Shakespeare como a alguien ordenado y limpio. Se ve que estaba equivocada.

Ropa extraña colgaba de los cajones. Tres camisetas de mangas largas y abombadas acariciaban el suelo, atrapadas entre las sábanas de la enorme cama. Había unas medias arrugadas en la estantería, cubriendo la primera fila de libros (desgastados por el uso y de tonos marrón cartón). Un pantalón y un collarín colgaban de una percha larga de madera, colocada entre la estantería y la puerta.

Paula no pudo retener la risa. Empezó a carcajearse como si no hubiera mañana. Me uní a ella, ambas sonriendo por el inesperado aspecto de aquel cuarto.

En ese momento Shakespeare levantó la cabeza de entre sus papeles y se giró hacia nosotras, sorprendido. Arrugas poco profundas marcaban su frente, indicando que no debía de ser mucho mayor de unos cuarenta años. Dejó la pluma con delicadeza en el bote de tinta que estaba usando –negro carbón- y nos observó como si fuéramos alienígenas.

Paula hizo algo que, bueno, me sorprendió. Curvó su espalda hasta que su cuerpo formó una c casi perfecta y puso las manos delante como si fueran garras. A continuación, hizo un sonido gutural con la garganta, como si estuviera gruñendo. No pude evitarlo; empecé a reírme aún más.

Paula se giró y lanzó una de esas miradas asesinas. Shakespeare parecía a punto de hablar. Incluso tenía la boca abierta.

Entendí lo que Paula pretendía un poco tarde. Sin pensarlo siquiera, copié su posición e imité su gruñido, acallando al señor. Paula me dirigió una sonrisa casi imperceptible y habló, esta vez hacia Shakespeare.

-Somos Dino y Pemfredo, dos de las hermanas griegas que predicen el futuro. Hemos venido aquí para anunciarte-

-Sí, a ti, descuidado escritor –interrumpí a Paula, con voz misteriosa.

Ella me fulminó con la mirada y yo me encogí de brazos, como diciendo “sólo quería darle emoción”.

-Como iba diciendo… ¡ah, sí! –llegados a este punto, el pobre de Shakespeare parecía… asombrado, casi se podría decir que entusiasmado. –bueno, pues eso, que somos dos de las tres hermanas brujas que predicen el futuro…

Y entonces, repentinamente, Shakespeare agarró su pluma y nos apuntó con ella como si de un arma se tratara. Una gota de sudor le cayó por la frente y gritó:

-¡Brujas! –bien, al menos eso lo había pillado…

Ahora parecía horrorizado. La frente se le crispó y recitó, con voz temblorosa y grave:

-¡Sean todas en la hoguera quemadas,

hasta que su piel a tiras caiga,

y su alma en eterna agonía arda!*

¡A la hoguera, brujas, a la hoguera!

Vale, la cosa se ponía fea.

Se oyeron pasos tras la puerta, provocados por los gritos histéricos del autor y poeta (aparentemente no muy bueno, después del cutre verso-discurso que nos acababa de echar). El manillar empezó a girar, casi a cámara lenta…

Me puse recta, agarré a Paula del brazo y la empujé dentro de su taquilla. Cerré su puerta de un portazo, justo cuando dos hombres con lanzas entraban por la puerta. Me metí rápida como un cohete en mi taquilla, cerré la puerta y escribí; Vuelta.

Era un comando fácil de entender hasta para una calculadora.

Y en menos de un segundo estábamos de vuelta.

-¡Paula! ¡A QUIÉN SE LE OCURRIRÍA DECIRLE A UN MEDIEVAL-

-Nerea, Shakespeare es de la edad moderna.

-A UNO DE LA EDAD MODERNA, ME DA IGUAL, QUE SOMOS BRUJAS! ¡ES QUE ESTÁS LOCA O QUÉ!

Paula cogió su mochila, se la echó al hombro y se encaminó hacia la salida del colegio.

-¡Eh! ¡Paula, espérame!

Y eso es todo lo que hice ayer. Nada interesante. Nada fuera de lo normal. Fue divertido, eso sí, aunque Paula esté cabreada porque Macbeth sigue existiendo. El único gran cambio está en un pequeño diario, más bien una anécdota, que Shakespeare agregó al final de su manuscrito. Algo que antes nunca antes había estado escrito:

Estas dos hermanas brujas, Dino y Pemfredo, llegadas del futuro en una máquina brillante y plateada, capaz de desvanecerse con ellas al instante. Popularmente conocidas como Paula y Nerea. No volví a verlas nunca más.

*Perdonar mi penosísimo intento de copiar la forma en verso que tenían de hablar en aquella época. Sólo es que se me da fatal la poesía y bueno… no me apetece currármelo, tampoco xD.



“Salva”

Mañana es mi cumpleaños. Aquí en Canadá también es fiesta (se llama Thanksgiving, la típica fiesta del pavo), así que no voy a tener que ir al colegio, jejeje :D .

El viernes lo pasé genial. Nada más salir del colegio me fui con Paula a un centro comercial, llamado Terry Fox, dónde habíamos quedado con Raquel y Blanca. Al final no pudieron venir (oooh… :( ) y aún encima el horario del cine estaba fatal, por lo que acabámos dando un cutre paseo xD. Vimos el atardecer, que la verdad es que fue precioso (las nubes se pusieron desde azul claro hasta rosa oscuro, y el cielo se tiñó de violeta). Poco después de eso, cogimos el bus y volvimos a mi casa.

Paula se vino conmigo a dormir para celebrar mi cumple. Lo pasamos muy bien las dos solas en el sótano viendo películas (aunque eran las típicas de disney, porque claro, en la casa no hay nada más…). Yo dormí en el sofá (que ha resultado ser un sofa-cama, y yo me entero ahora) y Paula se metió en el cuarto de invitados (que también está en el sótano). Estuvimos hasta las tres de la mañana viendo tres películas en total, aunque Paula se quedó frita al principio de la tercera xD. Yo me había acostado el jueves bastante tarde, a eso de las doce y media (por fin me he terminado mi segundo libro xD), así que también estaba muerta de sueño.

Después de eso, ya os imagináis lo que nos costó levantarnos. la muy pesadica de Michaela (ya lo siento por ella, pero es que mira que tiene energía por las mañanas…) vino tres veces abajo a “despertarnos”. A la cuarta subimos.

El desayuno fue lo mejor xD. Tomamos gofres con sirope de chocolate y de caramelo y con Froot Loops (unos cereales como los Cheerios pero con sabores y colores de frutas) por encima. Estaba buenísimo. El jueves desayuné los mismos cereales con zumo de arándano en vez de con leche, y ahora todos me miran raro, incluso Paula. ¿Es que acaso NADIE había probado antes a cambiar la leche por zumo? Si la respuesta es no, deberían xD.

Bueno, después de desayunar, Jackie y Michaela tuvieron que irse a casa de la abuela, sin saber muy bien cuando volverían. Apenas diez minutos más tarde, Yuri (el “padre” de Paula) llegó para recogerla. Así que me quedé más sola que la una.

Ahora llega la parte buena. La razón del título de esta entrada.

Llamaron a la puerta. Otra vez. Así que subí y abrí.

Había una mujer llevando un gran paquete (era un SÚPER oso envuelto en papel transparente, rodeando con sus brazos de largo pelo blanco un precioso centro de flores de colores cálidos, naranjas y morados. Todo lo alto que alcanzaban sus cuerdas, flotaban tres globos redondos, llenos de helio.). Mi primera impresión fue que la señora se había equivocado de casa,  que la entrega era para un recién nacido. Y entonces dijo mi nombre.

Me quedé de piedra, dos palabras resonando en mi cabeza; mi cumpleaños.

La mujer debió de ver mi expresión, porque me tendió el regalo y me felicitó. “¿Cuántos haces, dieciseis?” En ese momento ya tuve que recuperarme y le contesté: “No, quince.”

Se marchó y me dejó ahí, atónita y con un paquete que medía más de la mitad que yo en brazos. Cerré la puerta, todavía en pleno shock, y dejé el paquete encima de la mesa del comedor. Busqué ansiosa la tarjeta, aquella que me felicitaba abierta y cariñosamente, como si el mismo osito la hubiera escrito; “Muchas felicidades. Te deseamos que pases un día fantástico. Te queremos Mami, Papi, Borja y Leire.”.

Me daba igual que hubiera llegado dos días antes. No es que supusiera cambio alguno.

En ese mismo momento fue cuando procesé -por fin- lo que estaba pasando. Me emocioné, obviamente. Me vuelvo un poco loca cuando me emociono, por cierto.

Empecé a dar saltos por toda la casa. Quería abrir el paquete, lo quería abrir YA, pero sabía que debía hacerle una foto antes. Algo así no podía olvidarse.

Así que lo bajé al sótano, lo coloqué en una silla y le hice cientos de fotos con el móvil. La luz era perfecta -era plena mañana- así que las fotos salieron genial.

Y entonces lo abrí.

Quité el envoltorio como si fuera el primer regalo de toda mi vida.

Como si esta misma dependiera de lo que había dentro.

Como si no pudiera vivir sin él.

Tiré el plástico al suelo y saqué cuidadosamente el centro. Quería coger al oso por encima de todo, pero me contuve y subí de nuevo hasta el comedor. Prefería dejar MI centro en MI cuarto, pero sabía que quedaría mucho mejor en el comedor. Es pequeño, delicado por su sencillez y muy colorido, lleno de verdes pero sin excesos. Una cinta rosa, que antes sujetaba los globos juntos, le había caído encima. De forma descuidada, repartí la cinta por entre las flores y dejé el rizo colgando por uno de los bordes.

Toda una obra de arte.

Bajé abajo. Por cada escalón que pasaba, notaba como la emoción me llenaba el pecho y se me nubló la vista. Giré al final de las escaleras. El oso me esperaba pacientemente contra el sillón, en la pared opuesta del gran sótano.

Anduve lentamente hacia él. Primero desaté los globos y los dejé colgando, flotando libres por todo el lugar. Lo mejor para el final.

Como esperar a terminar la tarta para comerse la guinda.

Como esperar al final de un beso para decir te quiero.

Parte del envoltorio le cubría la cabeza, atascado entre las dos grandes orejas. Lo aparté suavemente a un lado y levanté al gran oso con ambos brazos. De pie, me llegaba hasta pasada la cintura.

Una cosa curiosa sobre los juguetes es su olor. En España tengo también un osito, poco más grande que mi hermana. Me encanta abrazarle cuando llego del colegio y olerlo. Igual que una canción, un olor también se puede ligar, en tu cerebro, a algún sentimiento, a algún recuerdo.

Por ejemplo, una de mis amigas (una que hace mucho que insiste en que le escriba una entrada en mi blog) tiene un olor muy particular. Me sentaba con ella todas las mañanas, y todas las tardes, en el autobús. Su olor es fuerte, agradable y cálido (si es que se puede describir algo así). Siempre que lo huelo, me trae recuerdos de todas nuestras aventuras, y me siento genial.

Cada vez que olía mi osito, recordaba la paz y la alegría del momento en que me lo dieron. Su olor me tranquilizaba y relajaba cada tarde, cuando volvía del colegio con todo el estrés de más deberes.

El olor de este osito nuevo es muy distinto al de mi otro oso. Al principio imaginé que olerían igual, pero no es así. Este olía a frío pero de una forma agradable, como cuando te metes en la cama en verano y las sábanas están fresquitas, o como cuando te llega la brisa del mar mientras te asas a pleno sol. También olía a flores, gracias al centro que había estado sujetando. Olía a claveles, margaritas y rosas.

Lo abracé y hundí la cara entre el material suave de su pelo. Me llené los pulmones, lentamente, con su fragancia. Esperé un poco para soltar el aire, y volví a inspirar otra vez.

Se sentía como el Cielo.

WordPress Themes