Mucha gente sueña con viajar en el tiempo.
La mitad, más o menos, te dirá que se irían al futuro. Descubrirían si viviremos bajo el agua o entre las nubes. Si las casas son robots o cohetes en constante movimiento. Si nos habremos extinguido, o no.
La otra mitad, más o menos, te dirá que se irían al pasado. Descubrirían por qué se extinguieron los dinosaurios o cómo se construyó Stonehange. Hablarían con la Mona Lisa y la harían sonreír hasta que le dolieran las mejillas. Encontrarían el por qué de la vida.
Paula te dirá que se iría al pasado sólo para matar a Shakespeare. Y yo la acompañaría.
Así que ayer por la tarde nos pusimos a ello.
Entre clase y clase fuimos recopilando cacharros, cualquier tontada (desde una lata vacía hasta un tapper olvidado) y las trajimos a nuestras taquillas. Durante la comida fuimos corriendo hasta el supermercado y compramos alicates y demás. Esperamos ansiosas a que acabaran las clases, expectantes por lo que estaba por llegar.
Por fin, en medio de mi clase de inglés, sonó la santa campana. Salí corriendo hacia mi taquilla, donde ya me esperaba Paula. En sus ojos había un brillo de malicia mezclado entre la emoción del momento.
Había pasado toda la semana tratando de leer una obra en particular; Macbeth. Yo también me la había estado leyendo, más que nada porque quería ayudarle. Los ejercicios eran difíciles. Había unas cuatro preguntas por cada escena, habiendo 7 de las últimas por cada acto. Leí las tres primeras y por poco me da algo. ¡Dios! Lo siento por Shakespeare, pero podría haber escrito algo un pelín más divertido… No soy quién para criticar a semejante autor, por supuesto. Sólo digo que leerle en inglés del viejo, de ese que tiene palabras más raras que un perro verde fosforito y donde la gente te habla en verso (por dios, ¿pero tanto se aburrían?), pues es un poco… fastidiado. La pobre Paula tuvo que pedirle la versión moderna de la obra al profesor, y aún así no entendíamos casi nada.
Por eso mismo nos propusimos viajar al pasado y matarle. Yo me conformaba con romper el manuscrito en trocitos, tirarlos al suelo, escupirles, quemarlos y bailar a su alrededor mientas cantábamos alguna profecía de eterna maldición o algo así… Lo normal, claro. Pero Paula iba más a lo duro. Para ella, o moría Shakespeare o lo hacíamos nosotras.
Gotas de sudor nos caían por la frente, bajando por la espalda y despertando escalofríos que nos ponían de punta los pelos de la nuca. Una gotita hizo todo el camino por mi brazo hasta llegar a mi mano, donde se unió a sus hermanas, todas resbaladizas entre mis flojos dedos, que agarraban el alicate como si fuera un tesoro.
Finalmente, la cuchilla de Paula acabó de sacar el tornillo y mis alicates lo aplastaron en segundos. Nuestras taquillas, pegadas por un lado, cayeron estrepitosamente al suelo. Miramos alrededor; el conserje había pasado hacía media hora, pero por lo demás no había ni un alma en el colegio. Perfecto.
Les dimos la vuelta con cuidado. Parecían dos cubículos, apenas de dos metros de largo y medio de ancho. Entre jadeos, Paula y yo conseguimos quitar los ganchos y parte de una mini estantería que había dentro. Sacamos los tornillos que sujetaban las puertas con cuidado. Ahora parecían dos ataúdes de metal plateado, parte de un rojizo oxidado. Cogimos ambas puertas y las doblamos entre esfuerzos. Ahora parecían el mástil amorfo de una velera. Perfecto.
Cogimos una cuerda (que habíamos comprado durante la comida), de casi diez centímetros de espesor y aseguramos las puertas. Abrimos un agujero del tamaño de una manzana en la pared que compartían ambas taquillas y pasamos la cuerda. A partir de tres fantásticos nudos de marinero que consiguió hacer Paula, acabamos con un mástil prismático, ni siquiera un milímetro inclinado, “pegado” a nuestro “barco”. Perfecto.
Paula rió entre dientes. Tenía mal aspecto, es cierto, pero aún no estaba ni a mitad de proceso. Así que le tendí los alicates a Paula y me metí, cuidadosamente, en mi taquilla. Apenas cabía con las rodillas bien dobladas, pero al menos no se me salía ninguna parte del cuerpo. Perfecto.
Le indiqué a Paula que me pasara la antena y el taladro solar (incluso se cargaba con luz artificial, no veas tu lo moderno que era), y abrí un agujerito arriba del todo, en ambas taquillas. Luego pasé la antena entre los agujeros y la ajusté con celo para que quedara pegada al mástil. Perfecto.
Volvimos a colocar las puertas, ahora sonriendo y bromeando. En una de las mismas, por dentro, habíamos pegado una calculadora (estaba conectada a la antena que, gracias a que antes funcionaba captando ondas sonoras y con unas pequeñas modificaciones de nuestra parte, ahora captaba en vez ondas temporales, pudiendo transportarte de una a otra mediante una fórmula física complicadísima que no me voy a molestar en escribir). Entre las dos habíamos conseguido configurar también la calculadora. Ahora sólo aceptaba ocho cifras: día, mes y año, o un nombre; el de aquél a quien deseabas ver. Sólo así funcionaba.
Así que las dos nos metimos dentro, cerramos y aseguramos las dos puertas y marcamos el código. Shakespeare. Perfecto. Nada podía salir mal.
La antena empezó a vibrar al momento. Una onda de calor (aunque imperceptible de cualquier otra manera) se precipitó fuera de la máquina. Un hilillo de humo dorado salió de entre el celo que sujetaba la antena. En menos de un segundo, saltó.
Mucha gente se imagina que al pasar de onda temporal a onda temporal algo tiene que pasar. Algo malo. Por ejemplo, igual te salen canas como castigo divino por haber roto el balance espacio-tiempo. Quién sabe. La cuestión es que, para nosotras, merecía la pena.
La máquina chirriaba cuando el metal chocaba contra los átomos del tiempo. Se raspó y parte de la pintura se desprendió. Miré a Paula entre uno de los agujeritos que habíamos abierto. Parecía llevarlo bastante bien.
La sensación fue fuerte y el sentimiento intenso, pero el momento apenas duró un segundo. En un abrir y cerrar de ojos el aire se calentó inmensamente y tocamos tierra. Aquí olía a uvas, alcohol y tinta. Mucha tinta. También se distinguía, camuflado por el fuerte olor de la tinta, un toque de papel mezclado. Pergamino.
Paula y yo salimos de la máquina entre jadeos. Nos miramos con asombro. El shock pasó en un instante y ambas empezamos a saltar de felicidad. ¡Habíamos viajado en el tiempo!
Un señor estaba sumido en su escritura, enfrente de nosotras. Se sentaba en una silla de madera clara, con ambos codos apoyados en un escritorio lleno de pergaminos. Libros abiertos se esparcían por toda la habitación. Papeles estrujados caían de los cajones, algunos escondidos en los rincones oscuros bajo la enorme cama. Botes de tinta de distintos colores, dominando el negro, eran usados de sujeta papeles en una modesta estantería al lado de la cama. Tres estaban tirados por el suelo, sus contenidos salpicando la madera y una alfombra persa de tonos oscuros. Andar entre tanto desorden sin empujar un bote, derramando la tinta, o sin pisar los manuscritos era casi completamente imposible.
También había plumas, de todos los colores y tamaños. Algunas estaban entre los libros, desperdiciando su belleza al usarlas como marcadores. Otras reposaban entre papeles, con las puntas secas por el desuso. Una minúscula parte estaba desperdigada por entre la cama, la estantería y el escritorio, todas con las puntas húmedas y de distintos tonos oscuros.
Siempre me había imaginado a Shakespeare como a alguien ordenado y limpio. Se ve que estaba equivocada.
Ropa extraña colgaba de los cajones. Tres camisetas de mangas largas y abombadas acariciaban el suelo, atrapadas entre las sábanas de la enorme cama. Había unas medias arrugadas en la estantería, cubriendo la primera fila de libros (desgastados por el uso y de tonos marrón cartón). Un pantalón y un collarín colgaban de una percha larga de madera, colocada entre la estantería y la puerta.
Paula no pudo retener la risa. Empezó a carcajearse como si no hubiera mañana. Me uní a ella, ambas sonriendo por el inesperado aspecto de aquel cuarto.
En ese momento Shakespeare levantó la cabeza de entre sus papeles y se giró hacia nosotras, sorprendido. Arrugas poco profundas marcaban su frente, indicando que no debía de ser mucho mayor de unos cuarenta años. Dejó la pluma con delicadeza en el bote de tinta que estaba usando –negro carbón- y nos observó como si fuéramos alienígenas.
Paula hizo algo que, bueno, me sorprendió. Curvó su espalda hasta que su cuerpo formó una c casi perfecta y puso las manos delante como si fueran garras. A continuación, hizo un sonido gutural con la garganta, como si estuviera gruñendo. No pude evitarlo; empecé a reírme aún más.
Paula se giró y lanzó una de esas miradas asesinas. Shakespeare parecía a punto de hablar. Incluso tenía la boca abierta.
Entendí lo que Paula pretendía un poco tarde. Sin pensarlo siquiera, copié su posición e imité su gruñido, acallando al señor. Paula me dirigió una sonrisa casi imperceptible y habló, esta vez hacia Shakespeare.
-Somos Dino y Pemfredo, dos de las hermanas griegas que predicen el futuro. Hemos venido aquí para anunciarte-
-Sí, a ti, descuidado escritor –interrumpí a Paula, con voz misteriosa.
Ella me fulminó con la mirada y yo me encogí de brazos, como diciendo “sólo quería darle emoción”.
-Como iba diciendo… ¡ah, sí! –llegados a este punto, el pobre de Shakespeare parecía… asombrado, casi se podría decir que entusiasmado. –bueno, pues eso, que somos dos de las tres hermanas brujas que predicen el futuro…
Y entonces, repentinamente, Shakespeare agarró su pluma y nos apuntó con ella como si de un arma se tratara. Una gota de sudor le cayó por la frente y gritó:
-¡Brujas! –bien, al menos eso lo había pillado…
Ahora parecía horrorizado. La frente se le crispó y recitó, con voz temblorosa y grave:
-¡Sean todas en la hoguera quemadas,
hasta que su piel a tiras caiga,
y su alma en eterna agonía arda!*
¡A la hoguera, brujas, a la hoguera!
Vale, la cosa se ponía fea.
Se oyeron pasos tras la puerta, provocados por los gritos histéricos del autor y poeta (aparentemente no muy bueno, después del cutre verso-discurso que nos acababa de echar). El manillar empezó a girar, casi a cámara lenta…
Me puse recta, agarré a Paula del brazo y la empujé dentro de su taquilla. Cerré su puerta de un portazo, justo cuando dos hombres con lanzas entraban por la puerta. Me metí rápida como un cohete en mi taquilla, cerré la puerta y escribí; Vuelta.
Era un comando fácil de entender hasta para una calculadora.
Y en menos de un segundo estábamos de vuelta.
-¡Paula! ¡A QUIÉN SE LE OCURRIRÍA DECIRLE A UN MEDIEVAL-
-Nerea, Shakespeare es de la edad moderna.
-A UNO DE LA EDAD MODERNA, ME DA IGUAL, QUE SOMOS BRUJAS! ¡ES QUE ESTÁS LOCA O QUÉ!
Paula cogió su mochila, se la echó al hombro y se encaminó hacia la salida del colegio.
-¡Eh! ¡Paula, espérame!
Y eso es todo lo que hice ayer. Nada interesante. Nada fuera de lo normal. Fue divertido, eso sí, aunque Paula esté cabreada porque Macbeth sigue existiendo. El único gran cambio está en un pequeño diario, más bien una anécdota, que Shakespeare agregó al final de su manuscrito. Algo que antes nunca antes había estado escrito:
Estas dos hermanas brujas, Dino y Pemfredo, llegadas del futuro en una máquina brillante y plateada, capaz de desvanecerse con ellas al instante. Popularmente conocidas como Paula y Nerea. No volví a verlas nunca más.
*Perdonar mi penosísimo intento de copiar la forma en verso que tenían de hablar en aquella época. Sólo es que se me da fatal la poesía y bueno… no me apetece currármelo, tampoco xD.