Otra cosa que me apetecía contaros es mi experiencia este viernes pasado.
Justo después de volver del Niágara, Blanca, Raquel, Paula y yo quedamos en salir a ver una peli o dar un paseo y luego cenar, para el viernes por la tarde, en el colegio donde tuvimos el examen de la organización (sitio que resulta estar en Ottawa). Todas estuvimos de acuerdo.
Así que Paula y yo nos pegamos toda la semana ansiosísimas porque llegara el viernes. Mira que se nos hizo larga… Estábamos muy entusiasmadas. Lo planeamos todo a la perfección; el margen de error estaba tan cercano a 0 que ni se podía contar como real.
Lo que más me duele es que volvía a estar equivocada, y ésta vez las consecuencias no fueron acabar chorreando. No. Fue mucho peor. Un poco más, y no volvemos.
Acabó el colegio y no cabíamos en nosotras de felicidad. Esperamos impacientemente al 161. Llegamos a Terry Fox* y cogimos el 160.
[*Info. extra: Los autobuses principales de Kanata tienen dos direcciones: Terry Fox, que es un gran centro comercial donde acaban casi todas las líneas de Kanata y donde empiezan las de la siguiente dirección; y Bridlewood, que es una zona al otro lado de Kanata.]
Estuvimos un ratito en la casa de Paula, mirando las rutas que teníamos que coger para volver de la cuidad. Después salimos y andamos hasta la parada del 60, el mismo autobús que cogimos el día que teníamos que ir hasta el colegio para lo del Niágara.
Eran las cuatro, más o menos, cuando llegamos a la parada. Habíamos quedado a las 6.30. Todavía quedaba tiempo.
Los primeros treinta minutos pasaron lentos. Vimos tres 60, dos 160 y un 164, pero ninguno con dirección a la ciudad. Eran las cinco y media y aún no había pasado el bus.
Después de mucho quejarme, Paula consiguió que me armara de valor y le preguntara a una mujer que pasaba por ahí. Me dijo que el 60 sólo lleva a la ciudad por las mañanas. Genial.
Así que cruzamos la calle y esperamos al 160, porque según la mujer nos llevaría a la ciudad.
Llegados a este punto, Paula y yo ya estábamos hasta el gorro. Empezamos a insultar a cada autobús que pasaba (que nunca era el 160), pero en español, por supuesto xD. Luego Paula se pegó un cuarto de hora diciendo “Va, el siguiente es el 160. Va, que el siguiente es el 160. El siguiente es el 160…”. Media hora después, cuando ya daban las seis y veinte, llegó nuestro autobús.
Le preguntamos al conductor que cómo podíamos llegar a la ciudad. Nos dijo que bajáramos en una parada (cuyo nombre no pillé) y que ahí cogiéramos el 96, que nos llevaría directas. Paula y yo, que sabíamos que íbamos a llegar muy tarde (el viaje a la ciudad lleva como una hora) nos limitamos a rezar para que las demás nos esperaran. El resto del tiempo lo pasamos criticando (por decirlo de forma suave…) a OC Transpo, que es la organización de buses, y al 60.
El resto de la tarde pasó lentamente. Llegamos a la parada del 96 y, cómo no, tuvimos que esperar hasta que se digno a aparecer, media hora tarde de cuando se suponía que debía llegar (porque en esta parada había un horario marcado).
Fue una hora agónica, porque no conocíamos la ruta del autobús y no sabíamos cuándo bajar. Pasaba entre mucho bosque y aun encima fue un viaje muy largo. A mitad, Paula y yo empezamos a temernos que nos estuviera llevando a Quebec.
“Bueno, al conductor le hemos preguntado por Ottawa, ¿no?”
“No, Paula, sólo hemos preguntado cómo llegar a “la ciudad”
Y a la ciudad que nos llevó.
Tuvimos suerte, porque resultó que el bus tenía una parada justo en el mismo lado que el 60, en Ottawa gracias a Dios. Eran las ocho y media cuando por fin llegamos, y, por supuesto, no había nadie esperando. La noche era negra como el carbón y además venía un viento, fuerte y helado. Para empeorarlo todo, estábamos en la parte más alejada de la ciudad, por lo que los edificios eran todo oficinas y hoteles. Normalmente cenamos a las seis, así que sí, nos moríamos de hambre. Para colmo.
¿De verdad habíamos estado TODA la semana esperando a que llegara esta tarde? No me parecía tan genial en ese momento, helada, hambrienta y agobiada, porque claro, ¿y cómo íbamos a volver a casa? ¿Porque quién nos dijo que el 96 volvía a Kanata, o a qué horas lo hacía?
Para empeorarlo todo (sí, la cosa podía empeorar) no podíamos andar mucho porque no conocemos la ciudad y, además, era de noche. Así que andamos recto, más que nada por hacer algo, esperando que apareciera algún restaurante de la nada. De verdad que nos servía con un McDonald’s.
Y entonces, por fin. Vimos un Starbucks. Paula me aseguró que tenían bocadillos y comida que nos podríamos comprar. Esto nos alegró un poco, así que corrimos hacia la tienda.
No exagero. No invento. Esto es todo verdad. Fuimos a pedir nuestros bocatas, y el señor nos dijo que se les había estropeado el horno. Insistimos en que nos daba igual, que nos lo podíamos comer frío, pero el señor se negó. Nos dijo que no los vendían fríos. Así que compramos un chocolate caliente, un té y dos cutres galletas y de vuelta a la parada.
Tuvimos suerte de encontrarnos un supermercado un poco antes de llegar al colegio. Por fin pudimos comprar comida de verdad (bueno, un bocadillo frío y envuelto en papel, pero oye, ¿acaso podíamos pedir más?). Amablemente, el dependiente nos indicó dónde estaba la parada del 96 dirección Kanata.
Otra vez tuvimos que esperar medio siglo, sólo que esta vez hacía un frío increíble (que estamos en Canadá…) y ya estábamos cansadas y con ganas de echarnos a la cama, arroparnos entre las mantas, suaves y calentitas…
Volver fue casi peor (sólo casi…) porque a mí me tocaba coger el 161 por primera vez. Por supuesto, no me hacía ninguna gracia porque era de noche y no se veía nada. ¿Así cómo iba a saber cuándo bajarme? La tarde iba de mal en peor.
Así que llegamos a Terry Fox, a eso de las nueve (teníamos que estar en casa sobre las diez y media). Me despedí de Paula, que tenía que coger el 160, y esperé al 161.
Tuvo gracia, porque el muy majo se pegó media hora esperando, calentito dentro del bus, hasta que le dio por ponerlo en marcha y acercarse a la parada. Estaba como a unos cinco metros. No os imagináis la rabia que me daba.
Así que por fin me pude sentar. No me relajé, ni siquiera entré en calor. Pero al menos me pude sentar.
Esta fue la peor parte de toda la tarde, porque no sabía cuando bajar, no conocía las calles por donde pasaba y, como aún encima era de noche y Kanata es todo árboles y casas, pues no se veía nada. Mucho rato después llegamos a una calle principal, y ahí me bajé. Era mucho antes de mi parada, pero al menos sabía dónde estaba y pude volver andando a casa.
Fue un poco terrorífico, por la oscuridad y el silencio. Me daba la sensación de que, de un momento a otro, alguien iba a saltar de entre los árboles y se me iba a echar encima con un cuchillo en la mano. O peor, que esto es América, con una pistola. Qué horror.
Y entonces llegué a mi calle, y pasó aquel pequeño momento que me iluminó la cara. Ese pequeño detalle que a veces pasa desapercibido, pero que si visto siempre te sacara una sonrisa…
El cielo estaba estrellado. Era increíble. Es lo bueno que tiene estar en mitad de un bosque, imagino, pero era muy guay de verdad. Casiopea se veía en mitad del cielo, con la osa mayor cruzando todo el horizonte detrás de mí. Una estrella, o tal vez Venus, brillaba más que ninguna otra, justo entre Casiopea y la Osa Mayor. Anduve hacia la casa con la cabeza inclinada, abrumada. La vía láctea era apenas visible, pero eso no importaba. El cielo estaba precioso aquel día.
Llegué a casa sonriendo como si hubiera sido el mejor día de toda mi vida.