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Cómo casi me mato

Bueno, esto es algo que habéis estado esperando, jejeje. Os presento…

¡Cómo Nerea casi se mata estas vacaciones! (lo siento, pero está en inglés, es que lo tuve que escribir para un essay de inglés, jejeje).

Something interesting about me could be that I almost got killed this summer. I saw the Death (with his dark dress and his shining scythe ready to catch me) like two inches away from myself.

I was at a cottage. It is a small house, with just two floors. The landscape was breathtaking; everything was covered with greens and browns, surrounding a huge lake of dark blue water. The place was as silence and peaceful as nowhere I had ever been at before. You could hear the insects buzzing far away, deep in the forest, together with the melodic singing of all the birds that live there. It was a very nice place to be.

The last night, we thought of doing something, anything, to celebrate how much fun we had had. So we bought some fireworks, and waited until the shadows where gone. It was midnight.

I was in the house, watching everything through a huge window that covered almost all the front wall. With me were two children and four ladies. Some boys were outside, trying to light the fireworks. Several minutes after, the show began.

The fireworks were incredible; they went up the sky and exploded into a million shining, tiny spots that fell slowly into the lake. Some were green; others blue. There was a big pink one that almost fired a tree.

Then the last firework started. At first, everything was okay; it went up the sky and exploded; but just when the spots reached the dark water, the same firework lit again. It ran parallel to the ground and directly to the lake’s surface. The explosion was extinguished a second after, the light drops lost deep in the water.

The firework lit one last time, towards the house. It incredibly climbed the wood-made-of stairs (thus flouting above the three boys who were standing near the forest) without burning them, flew across a small balcony and exploded just in front of us, against the big window (which, I forgot to say, was half open). The sparkles fell all around us, and thanks God a fire didn’t start just then. The cottage was all made out of wood. No one got burnt, either.

It was an incredible night I will never forget, and the only interesting thing about me I can think about right now.

Primera Semana

Día 09-07-2010 (primer día en el cole)

Lo bueno de mi primer día en el cole en Canadá, es que no empezaba hasta la 1.30.

Lo malo era que, como soy una novata, he tenido que pringar y estar ahí una hora antes, supuestamente para hacer un tour por el edificio.

Así que a las 12.00 ya estaba lista y comida. Había quedado con mi madre de acogida (Jackie de aquí en adelante) en que se pasaría a recogerme para llevarme al cole sobre las 12.10.

Admitiré que llegó bastante puntual (sobre las 12.14) pero, como no estaba muy segura de si habíamos quedado a en punto o a y diez, estaba con los nervios atacados ya antes de empezar.

Sobre las 12.11 ya estaba sudando la gota gorda, pensando que llegaba tarde. Creía que Jackie se había olvidado de mí. Tuve que recordarme lo responsable que es unas cuantas veces antes de convencerme.

Llegué al colegio cerca de las 12.20. Lo primero que hice fue llamar a Paula. Dos veces. Como no lo cogía, empecé a agobiarme. No quería pasar por todo eso sola.

Me había puesto ropa larga pensando que haría frío (lo cual no ha ocurrido) así que, llegados a este punto y con la mochila (pesada como un tonel, por cierto) continuamente contra la espalda, estaba sudando como un pollo. No era muy cómodo que digamos.

Al final tuve que conformarme con mandarle un mensaje y rezar para que contestara. Así que llevé el móvil todo el rato en la mano (porque todavía no me había dado cuenta de que mis fantásticos vaqueros nuevos sólo tienen dos bolsillos detrás).

[Info. extra: Cuando fui al cole a firmar mi registro de entrada, me dieron una carta que explicaba el planning de hoy.] En mi carta decía que debía mirar cuál era mi primera clase (todavía no tenía mi horario) en unos papeles grandes que había por todo el colegio.

Para mi sorpresa, el sitio estaba plagadito. Había muchos estudiantes rondando por los pasillos y buscando sus nombres en el papel, hablando con amigos del veranito…

Ya era las 12.30 y aún no sabía nada. Había encontrado mi nombre en la lista (hasta ahí me llegó, jejeje) pero no entendía nada. Decía así:

APELLIDO    NOMBRE      GRADO    Nº DE CLASE      CLASE

NOVO         NEREA            10             P8            GPP (y unos nºs raros)

Así que decidí ponerme a buscar la biblioteca (donde se daba el tour para novatillos) y desistir de encontrar mi 1ª clase (ni idea de qué significa GPP).

Después de mucho esfuerzo (y con la ayuda de una profesora de secretaría, que amablemente nos condujo a mí y a otros dos nuevos hasta el lugar de encuentro) finalmente empecé el tour.

Mi primera impresión del colegio resultó ser la acertada: es ENORME. Dos pisos, cien pasillos y MILES de clases. Cada una numerada siguiendo un orden que desconozco por completo. Por lo demás, mola un montón: las paredes están pintadas con dibujos del tema de las clases (galaxias para ciencias, ordenadores para tecnología, personas dibujando para arte…).

Al final del tour, pasó algo genial: ¡Paula me llamó! Acababa de llegar al colegio (¡a buenas horas mangas verdes!) porque, al parecer, no le habían dicho que había un tour una hora antes.

Así que a las 13.20 ya estábamos las dos juntas, buscando nuestras clases. Ver el mapa del colegio que Paula traía (oooh… O.o práctico…) ayudó un montón. Descubrí que mi clase era fuera del edificio, en una de las casetas que hay al fondo, junto al campo de fútbol.

Así que anduve hasta las casetas, para encontrarme con que pasaban de la 7, a la 9. Y sí, la mía era la 8, la inexistente. No estaba teniendo mucha suerte hoy…

Además de no estar numerada, y al contrario que la de al lado, no había ningún cartel que indicara qué clase se tomaba ahí. Así que sí, fueron unos diez minutos (la clase no empezaba hasta las 13.30) de horror, desesperación y mucho, mucho nervio. Por no incluir que no había NADIE cerca. Así que ni forma de saber si estaba en el lugar correcto.

A las 13.30 exactas, cuando ya estaba a punto de darme un ataque, aparecieron dos profesoras y se acercaron a mi caseta (THANKS GOD!!!). Entré con ellas. En seguida se dieron cuenta de que soy española (eh, es mi primer día, me cuesta un poco hablar). Nada más sentarme, me dijeron que tenía que ir a ver a Mrs. Labelle, de students guidance, porque me buscaba para cambiar mi horario (cambio necesario porque tengo que hacer mates del grado 11, y estaba en la lista de espera). Así que, cuando ya por fin me había asentado en al extraña clase GPP, tuve que salir e ir, otra vez, hasta secretaría.

Cuando llegué al students guidance, estaba LLENO de gente. Entonces recordé que se suponía que el profesor de tu primera clase sería quién te diera tu horario… y yo me había ido sin el mío. Increíble, pero cierto.

Así que estaba incluso más agobiada e increíblemente más nerviosa, cuando finalmente pude hablar con Mrs. Labelle. Y entonces me di cuenta de lo embotado que tenía el cerebro. ¿Cómo me iban a dar mi horario, si todavía no estaba hecho? ¡Pero si, de hecho, iba ahora a terminarlo! En fin…

Con que, gracias al cielo y a unos cuantos profesores, ¡conseguí llegar puntual y contenta (y con el horario en la mano) a mi segunda clase! (Uff… espero que a Paula le haya ido mejor…).

Me tocaba ciencias, así que sólo había sitios por parejas. Y todas las filas, excepto una mesa en la primera, estaban ocupadas.

Como no, me senté sola en la mesa. No es que no quiera hacer amigos: es que no quiero ni que me echen, ni que me miren mal. Así que cogí la mesa libre.

En poco menos de dos minutos, la sala se llenó al completo. De hecho, estaba llena a rebosar. Hubo gente que tuvo que sentarse en los bordes de una pequeña barra (estilo la de los bares, pero un poco más ancha) que rodeaba las mesas. Todo enfrentaba a la mesa de la profesora, que tenía una gran pizarra detrás.

Así que, obviamente, como la clase estaba llena… pues alguien se tuvo que sentar a mi lado. Un tal Jake, según la lista de la profesora (muy maja y jovencita, por cierto), que no me dirigió la palabra en toda la clase. Aunque era muy guapo, jijiji. Lo malo es que salió pitando, y el primerito, de la clase en cuanto sonó la campana. ¡Qué desagradable!

Llegar a la clase de inglés fue fácil; sólo tenía que cruzar el primer piso y ya estaba. [¡Cacho pantallón plasma que tienen ahí! Madre mía, ¡es una tele enorme!]

Esta vez fui una de las primeras en entrar (la tercera, para ser más exactos). Las mesas eran individuales (admitiré que me alegré en cuanto las vi…) así que cogí y me senté en una esquinita, en la primera fila, otra vez (no es que sea una empollona, pero es que sé que los amigotes vagos de toda la vida que no hacen más que hablar y molestar siempre se sientan al final). [Una tontada por mi parte, porque de hecho ahora me siento justo al lado de algunos de los liantes de la clase]

Cuando llegó la profesora, pasó algo que me obligó a romper mi rutina de “no hablar”. Nos pidió (más bien nos mandó) que nos levantáramos y nos colocáramos en una línea, en orden alfabético.

Por suerte, dos chicas que se han puesto justo enfrente de mí eran R y N. Lo único que he tenido que hacer ha sido preguntarle a la chica N su apellido completo. Empezaba por Ni, así que les he pedido que me hicieran un hueco en medio. ¡Y así de rápido me he colocado! =D

Un poco después, cuando la línea ya estaba casi formada, se me ha acercado una chica que ya había visto antes por el cole y que me había llamado mucho la atención; no sólo porque iba en silla de ruedas, ¡sino porque tenía el pelo blanco! Teñido, imagino, pero molaba un montón… xD

Lo único que ha hecho ha sido preguntarme mi apellido; luego se ha colocado un poco más adelante, y así se ha terminado la fila. Entonces la profesora ha empezado a llamar a los alumnos y a decirles dónde debían sentarse (en orden alfabético para que se aprenda más rápido los nombres, supuestamente…).

Entonces ha sido cuando mi buena suerte se ha vuelta a agotar. Ha dicho el nombre de la chica N; hasta aquí todo bien. Se ha sentado y entonces yo me he acercado… pero en vez ha dicho el nombre de la chica R, y ésta ha cogido y se ha sentado en MI sitio.

“Disculpe, creo que se me ha saltado…”

Je, je, je. Al final, ha resultado ser que no me tenía en su lista por todo ese lío con mi horario, así que me ha apuntado, ha echado a la chica R (quién, por cierto, estaba rebosante de alegría porque le había tocado justo detrás de su amiga) y me ha sentado a mí ahí. Creo que así ha sido como me he hecho mi primer archienemigo, jejeje xD.

Al final de la clase ha sido cuando han empezado los problemas de verdad. Tenía que ir al gimnasio 3 para mi siguiente clase, y eso estaba en el 2º piso. Así que he subido y he empezado a buscar. Entonces he visto a Paula.

“¡PAULA!” Supongo que ya me os imagináis, gritando por el pasillo. “¡Hola!… ¿Qué tal?… Sí, yo genial… Bueno, ¡adiós!” Sí, lo sé, conversación rápida, pero bueno, teníamos prisa. Había que encontrar la clase en 5 minutos, y ya habían pasado al menos 4 y medio.

Paula también estaba perdida, así que buscamos primero su clase (porque yo la mía ya la tenía localizada, si el problema era que no se abría la maldita puerta…).

Así que encontramos la clase de Paula, muy cerca del gimnasio. Y yo, como no sabía cómo entrar, bajé al 1º piso y abrí la puerta del Gym 1-2. Desgraciadamente, había gente y no eran de mi clase (estaban jugando al baloncesto). Además, no veía escalera alguna y la clase ya había empezado… Me daban ganas de gritar.

Así que salí y… ¡de pura potra me choqué con una profesora! Mi suerte había vuelto, ¡y con fuerzas renovadas! Porque, además, resultó ser la profe de español, jejeje =D (aunque no era nativa, eso se notaba…). Le pregunté por el Gym 3 y ella me llevó, amablemente. Al final, resultó que sí que había que cruzar el Gym 1-2, abrir una puerta (la del vestuario de los chicos), subir unas escaleras y… ¡bingo! mi clase, aunque ya empezada.

Durante el periodo entero traté de prestar toda mi atención al profesor, pero no funcionó muy bien. Un chico encapuchado, que daba un poco de miedo (típico macarra/fumata/colgado), se giraba cada dos por tres y me miraba. En una de éstas, nuestras miradas se juntaron y él me sonrió.

Vale, ¿estoy flipando o qué? Miré a mí alrededor; sí, seguro que le estaba echando miraditas a la chica que tenía yo al lado. Era guapa, seguramente india, y también le miraba.

Un momento. ¡La conocía! La había visto antes durante el tour de alumnos y, si no recordaba mal, iba a grado 11… mi mirada se desvió directamente hacia  la diminuta pizarra enfrente de mí. Decía así:

PERSONAL FITNESS                           GRADE 11

Llegados a este punto ya se me había olvidado aquel extraño chaval; ¡Mrs. Labelle se habían equivocado y me había puesto en un grado más! Porque claro, hacía mates del grado 11. Bueno, al menos eso explicaba porque todos eran TAN grandes y barbudos, jejeje xD.

En realidad, no me importaba mucho y había querido hacerme amiga de la chica india desde que la vi (idea que rechacé cuando me enteré de que tenía un año más), así que…

La clase terminó pronto. Me eché la mochila al hombre y empecé a tener nuevas preocupaciones. Se suponía que el autobús del cole me llevaría a casa, pero no tenía yo muy claro dónde me dejaría.

“Where are you from?”

Aquel chico encapuchado se me había plantado justo delante, cortándome el paso.

Hablé con él durante todo el camino hasta el la parada del bús. Descubría que se llamaba Steven y que su padre era cocinero (viajaba mucho). El chaval hablaba por los codos, lo cual era bueno, y parecía majo y amable. De todas formas, había algo en él, algo en la forma en que me miraba y hablaba, que no me gustaba nada. No sabría explicar por qué, pero ése chico me da un bad feeling.

Así que nos despedimos y yo subí al autobús. Bajé unas cuatro paradas antes, en nuestra casa (la de Jackie) en vez de en la de los abuelos. Por suerte, justo pasaba por ahí ella, en su coche, yendo a recoger a Michaela. Las dos fuimos juntas, y luego ella me enseñó la parada correcta (es la misma para bajar que para subir).

Espero que mañana la cosa vaya mejor…

Día 09-08-2010 (2º día en el cole)

Hoy he conocido a mi profe de mates. Nos ha puesto un examen corto, de repaso, que era bastante fácil (aunque había una cosa que no entendí).

El resto del día fue genial, a excepción de educación física.

La clase era justo después de comer y todos teníamos la comida todavía danzando. Además, ese día me había despertado con un dolor de tripa tremendo, y echar a correr no ayudó…

Pero antes de nada, os contaré lo que hicimos al principio de la clase: fue MUY divertido =D.

Había pasado algo raro: me daba la sensación de que la clase se había doblado de la noche a la mañana. Había un chico, en especial, grandote y muy guapa (me recuerda un montón a Emmett, el de Crepúsculo) que no me sonaba de nada. Era muy majo y gracioso. Otro chico, Jessie, con unos ojos azules preciosos, también me hizo reír varias veces.

Lo que hicimos fue algo sencillito; nos aprendimos nuestros nombres y deportes favoritos.

El juego iba así: nos sentábamos todos en el suelo, formando un gran círculo. Yo estaba sentada al lado de la chica india (que resulta llamarse Srea) y de otra chica, muy grande, llamada Emily. Les gusta el tenis y el bádminton, jejeje ;) .

Así que el juego iba así: tenías que decir el nombre y el deporte de todos los que tenías a tu izquierda y luego te presentabas.

Cuando llegó mi turno, solté “I’m Nerea and I like biking.”

“Stole mine!”  exclamó Tyler desde la otra punta (era el último del círculo y estaba sentado justo delante de mí).

El juego siguió como si nada, jejeje, y nadie parecía recordar nuestros nombres (el de Srea y el mío). Creo que fueron los que mejor se aprendieron, ¡porque tuvimos que repertirlos casi treinta veces! (somos 26 en la clase).

Cuando le llegó el turno a Tyler, su deporte fue el Pin pon, jejeje xD. El único que no habíamos dicho, de hecho (porque no se podía repetir el deporte).

Entonces nos levantamos y fuimos hacia la zona de las taquillas (os pongo un mapa del cole para que os ubiquéis, jejeje). Ahí hicimos un ejercicio sencillo: correr entre las taquillas de distintas formas (horizontal, mezclando los pies, con los talones altos…).

A continuación, corrimos por el pasillo, bajamos las escaleras a toda caña y salimos al campo de rugby. Para entonces ya me iba el corazón a cien.

Estuvimos corriendo durante 10 minutos. A los cinco ya estaba petada. A los siete me empezó a doler la tripa TANTO que primero dejé de correr, y luego ya me tuve que sentar. En serio, me encontraba fatal.

Entonces fue cuando me di cuenta de los majos que eran mis compañeros. ¡Casi todos se pararon a preguntarme si estaba bien, e incluso hubo algunos que me dieron consejos! Camina con las manos en la cabeza si te cuesta respirar, no te pares porque si no te costará luego más aún seguir, mejor ve andando… Les dije que me encontraba mal y que iba a esperar al profesor.

La clase acabó y todavía no había llegado el profe. Todos los demás empezaron a andar hacia el colegio… todos menos el profesor, que se giro de repente y se me acercó. Alguno de mis compañeros debía haberle dicho dónde y cómo estaba =D.

Así que me levanté y empecé a caminar. Me encontraba tan mal, que a mitad de camino… “¡Buaaggh!”

Luego me junté con el profesor. Sentía la boca ácida y el dolor apenas había remitido.

Me dijo que me parara un rato, con la cabeza gacha y las manos en las rodillas. Lo hice durante poco más de medio minuto, hasta que me encontré mejor.

Volviendo al colegio me preguntó sobre mi estancia en Canadá. Me dijo que había conocido a Javier, jejeje. A Paula también le había dicho alguien lo mismo, así que imagino que Javi fue muy popular xD.

El resto del día fue bien, el dolor ya había desaparecido casi por completo cuando llegué a clase de inglés, ¡e incluso bajé bien en el bus!

Día 09-09-2010 (tercer día en el colegio)

Hoy, igual que ayer, sólo ha pasado algo interesante durante la clase de Educación Física.

Para empezar, hemos hecho un juego (otra vez) para repasar nuestros nombres. En el juego nos poníamos en dos filas paralelas, enfrentándonos,  e íbamos diciendo el nombre y el deporte de los que teníamos delante. Luego pasamos a los 10 min. dando vueltas.

El recorrido de hoy ha sido ¡¡¡INCREÍBLE!!!

Y me refiero a increíble porque, ni he vomitado (de hecho he corrido hasta los 9.50, más o menos), y porque hemos estado dando vueltas dentro del colegio.

El recorrido era el siguiente (íbamos haciendo una pequeña vueltecita): primero corríamos hasta el final del pasillo (en el 2º piso), bajábamos las escaleras, corríamos por el pasillo de abajo hasta llegar al pit, subíamos una curva en espiral que rodea el pit y de vuelta al principio. Cinco minutos después, cambiábamos de dirección (subiendo las escaleras y bajando el pit).

Este recorrido me ha gustado mucho porque he podido ver el colegio (que está muy chulo) y porque, como había alumnos en el pit animándonos, me he divertido un montón. Además, iba escuchando música, así que mejor aún.

Al final del día me he bajado una parada más tarde, sin tener idea alguna de dónde estaba, pero al final me he encontrado y he conseguido volver a casa yo solita =D jejeje

Chocolate

Hoy, señores, ¡he probado el mejor chocolate de toda mi vida! Es raro, porque en realidad no sabía a chocolate… al menos no el que yo suelo comer. Este no te dejaba ese sabor empalagoso después de habértelo comido… Era chocolate de verdad, del bueno que no tiene ninguna tontada artificial.

Era made in Ghana. Lo ha traído un primo de mi familia, que venía hoy a visitar.

A parte de eso, hoy no ha pasado nada más.

Pero, os lo aseguro, y siento insistir, ha sido EL MEJOR chocolate que JAMÁS he probado… lo próxima vez que lo compréis, ¡aseguraros de que viene de Ghana ;) !

Hoy

Hoy ha sido uno de los días más importantes para mí.

Ayer mismo hize mi examen (uno que se requiere para medir tu nivel de inglés y matemáticas). Me dijeron que lo llevaba todo muy bien, que me apañaría con el idioma y que podía hacer lo mismo que los demás niños canadienses, jejeje ;) , vamos, que no necesito refuerzo.

Así que hoy, por la mañana, he ido al colegio para rellenar mis papeles de acceso y para que me hicieran el horario.

Ha sido la primera vez que lo veo desde dentro (porque ya había pasado por delante de él unas cuantas veces, jejeje). La verdad es que me ha dado una muy buena impresión. Es muy grande, con unos campos de rugby y fútbol enormes justo detrás. Nada más entrar hay un gran círculo (lo llaman “The Pit”) con asientos alrededor, donde se hacen los eventos y cosas así. Detrás están las oficinas, o secretaria, que hes adonde tenía que acudir con mi madre de acogida.

Hemos estado hablando con varias personas, hasta que al final hemos rellenado todo lo que necesitaban y acudido a “students guidance”, donde me van a hacer el horario.

En un principio, se suponía que iba a hacer Inglés, Artes Visuales y Ciencias de grado 10 (cuarto de ESO) y Matemáticas de grado 11 (primero de Bach, porque el nivel es más bajo). Lynn me había dicho que había exigido esas clases como necesarias, así que esperábamos no tener ningún problema. Desgraciadamente, la suerte no nos acompañaba.

Al principio, el ordenador no iba bien. En vez de poner un semestre, marcaba el año entero, así que me quitaba clases y lo liaba todo.

Después de mucho insistir, ha dado su brazo a torcer. Entonces han empezado los problemas con el horario.

Me coincidian Inglés y Arte. No hace falta decir que, por supuesto, no podía cambiar Inglés, así que me han dado otras opciones para hacer en vez de Arte:  Teatro, Cocina, Tecnología (contrucción con madera) y Liderazgo y ayuda (o algo así).

Admitiré que me negaba coscientemente a hacer Teatro (aunque me gusta mucho), porque tendría que hablar un montón (en inglés y enfrente de todos los demás alumnos). Cocina tampoco me atraía y ya había hecho Tecnología antes, en el cole… Así que cogí Liderazgo y no-sé-qué.

La mujer del “students guidance”, que era por cierto muy maja, me ha explicado que la clase iba de ayudar a estudiantes más jóvenes o profesores, trabajar en equipo y cosas así… me ha parecido guay, conque he dicho que sí.

Hasta aquí todo cuadraba, más o menos. Bueno, menos que más, en realidad…

Como ya he dicho, tengo que hacer matemáticas de grado 11 (que es, por cierto, el grado en el que es más difícil encontrar sitio para las clases). Ahí ha surgido otro problema más (no es que sea mi día de suerte, la verdad… jajaja ;) ).

Para vuestra información, hay dos clases de matemáticas en grado 11: una es de preparación para la Universidad y la otra es más mates que se aplican a la vida real. La que mejor me va de horario (de hecho, va perfecta) es la segunda, así que esa hemos cogido. De todas formas, como no estábamos seguras, hemos enviando las dos opciones al colegio, para que decidiera cuál era mejor.

Cuando he llegado a casa, ya había respuesta: No, tengo que coger la otra clase, porque es mejor y más avanzada. No diré que esté contenta.

Así que ahora voy a tener que volver a despertarme a las ocho de la mañana otra vez, acudir hasta el colegio otra vez y discutir con el ordenador para que me haga un buen horario, otra vez. ¡¿Por qué no cogería la otra clase antes?! Si tenía un 50% de posibilidades de acertar… pero claro, como hoy no es mi día de suerte… jajaja xD bueno, que se le va a hacer…

Por lo demás, me lo he pasado muy bien, los profesores son muy majos y la chica del “students guidance” me ha asegurado que me ayudará con todo lo que me haga falta =D, lo que me parece genial.

Por cierto, se me olvidaba incluir que el horario de aquí no va por semanas, sino que te dan el horario de dos días. Creo que la mujer ha dicho que iba por días pares e impares, pero la verdad es que no lo tengo muy claro… espero no equivocarme el primer día, porque ya sería el colmo… jajajaja :)

Comienzo (semana 23-29)

Esta semana ha sido particularmente larga.

El domingo, apenas estaba nerviosa. Tuve mi fiesta de despedida (la cual consistió básicamente en salir de paseo con mis amigos y cenar luego pizza en la terraza) y a dormir.

El lunes, no tuve tiempo siquiera para preocuparme. Pasé toda la mañana comprando las maletas (lo único que aún no tenía) y toda la tarde con los últimos preparativos. A las once de la noche ya estaba en el avión, camino a Londres, junto a la otra chica, Paula.

El martes, la cosa empezó bien, pero luego… Estaba tan nerviosa que me puse mala. Y la comida tailandesa no ayudó.

Me había despertado a las siete, junto a mi madre. La noche había sido corta (no llegamos al hotel hasta las dos y media), pero aún así conseguimos estar listas y con las maletas en la parada del autobús para eso de las ocho.

Después de un largo viaje de hora y media, llegamos a la terminal tres del aeropuerto. A las nueve y media ya estábamos frente a una de esas gran pantallas, buscando dónde facturar.

Había dos televisiones; una pequeña, donde se explicaban que la terminal estaba dividida en ocho partes (A-H); y una grande, que decía la hora, el destino y la letra:

12.30                   MADRID                        G

12.45                   LOS ANGELES              D

13.00                   OTTAWA             OPENS 9.00

Me miré el reloj, sólo para comprobar que eran ya las diez menos cuarto.

Esperamos hasta las diez (a pesar de las protestas de mi madre), pero no cambió nada, así que decidimos recorrer la terminal para ver si encontrábamos AIRCANADA. Resultó ser D.

Veinte minutos después llegábamos a la mesa de un señor (que hablaba español, gracias a Dios).

–El vuelo a Ottawa se ha retrasado. –dijo. Le preguntamos cuanto. –Saldrá a las diez y media de la noche.

Vale, eso explicaba porque en la pantalla decía abierto a las 9.00. Claro, ¡a las nueve de la noche!

-Por otro lado, puedo moveros al vuelo de las 3.30, que va a Montreal, y luego desde ahí podéis hacer trasbordo. Llegaríais a las 6.00, para salir luego a las 9.30 y llegar a las 10.30. Si no, el directo llega a las 12.30 –dijo.

Mi madre le explicó que viajábamos yo y otra chica, y que habíamos ido a Londres sólo para poder tener un acompañante (sólo puedes llevarlos en vuelos directos). Así que llamó a su madre para preguntarle.

A las once estábamos ya muertas de hambre (no habíamos desayunado), y todavía no lo habíamos solucionado. En mi opinión, lo mejor era esperar (pasando todo el día en Londres, jejeje). A fin de cuentas, sólo había dos horas de diferencia entre la llegada de los dos vuelos.

Aún pasaron veinte minutos más antes de que nos decidiéramos.

Canadá

Buenas!!! Siento no haber podido escribir antes, pero es que nos hemos ido a una casita lejos de Kanata (el pueblo en el que vivo) y ahí no había cobertura, así que no pude colgar nada.

Bueno, tengo TANTAS cosas que contar… jejeje Por poco me mato el penúltimo día, unos se calleron por una escalera, otros nadaron por un enorme lago que había justo al lado (yo incluida…), por no decir que tuve un día entero en Londres porque se nos retrasó el vuelo y luego nos mandaron a inmigración… En fin, semana intensa xD.

Ahora mismo es un poco tarde aquí (y además estoy petada), así que no voy a escribir, jejeje xD, lo siento. Pero tranquilos, en cuanto me levante mañana lo haré. Por favor tomar en cuenta que el horario aquí es distinto (6 horas antes).

¡Hasta pronto!

Deberes de Sociales

Esta semana, a pesar de ser la última de clase, hemos estado todo el santo rato haciendo proyectos. De hecho, hoy mismo he presentado dos, aunque sólo os voy a hablar de uno.

Era de Sociales, y debía tratar sobre las diferencias entre los países desarrollados y los subdesarrollados. En mi grupo, hemos decidido comparar España y Sierra Leona. Cada miembro  decidía cómo iba a reflejar las diferencias entre ello. ¿Os imagináis cómo lo he hecho yo?

Por supuesto, no he podido perder la oportunidad de escribir. Mi trabajo ha sido un diario de un chico español que viaja a Sierra Leona y conoce a una chica de ahí. Y, como no, lo cuelgo aquí ;) .

Leandro. Sierra Leona, agosto de 1994.

Sacó la navaja de la cinta en su muslo y la apuntó hacia ellos. Respiraba con dificultad, apretándose la tripa tan fuerte que empezó a dolerle el brazo. Notaba como la sangre, cálida y abundante, corría por entre sus finos dedos, manchándole la camisa nueva. Sus labios se movieron en un vano intento por pronunciar su nombre, mas no surgió voz alguna. Nkiru, pensó, te salvaré, Nkiru…aunque me cueste la vida, te salvaré. Se abalanzó contra ellos, sus ojos brillando con furia y odio.

Entonces, cuando estaba a punto de clavar su navaja en el pecho de uno de ellos, tan de repente como un sueño acaba y la realidad comienza, todo se volvió blanco. ¿Hemos perdido? ¿Estamos todos muertos?, se preguntó.

Abrió los ojos con urgencia, tratando apresuradamente de recuperar la visión. Después de unos segundos, empezó a ser consciente de sí mismo, como si se hubiera desmayado a mitad de la batalla; notó su cuerpo tumbado contra una superficie húmeda y ardiente, que le trajo tan mal recuerdo (con la sangre brotando entre sus dedos) que de un salto se encontró de pie en el suelo. Se tocó la tripa, ansioso y asustado. Para su sorpresa, no había muestras de ninguna herida. Se levantó la camiseta; ni una cicatriz, ni una herida abierta de par en par, como él la había sentido, ni nada. Nada de nada.

En parte, se alegró. No estaba herido, o, al menos, si lo había estado, ya se había curado. Por otro lado, se encontraba confuso, desorientado y, sobre todo, exhausto. Había corrido, saltado, trepado e incluso luchado más que en toda su vida. Y era gracias a eso que no estaba inmóvil y frío contra el suelo, tan muerto como una piedra.

Miró a su alrededor. Era un cuarto pequeño y oscuro, que le resultaba extrañamente familiar, como si hubiera estado allí antes. Un mobiliario sencillo, todo de tonos rojizos y marrón oscuro; una silla de madera, un armario pequeño, una mesa de escritorio del tamaño de un niño y una cama enorme con su respectiva mesita de noche. Una única ventana, con las persianas bajadas, y dos puertas, ambas cerradas.

La adrenalina corría por sus venas y su corazón latía a un ritmo frenético. Se puso rápidamente en acción; buscó debajo de la cama, dentro del armario, por los cajones… Cualquier cosa que le sirviera para identificar el lugar donde le habían metido le sería útil.

Y entonces… la vio. Una foto.

Una pareja y sus dos hijos. Todos blancos como la nieve, el hombre con su equipaje y vestido de militar, mientras el resto de la familia iba con traje y corbata. Los niños sonreían, una chica pequeña y su hermano mayor, mientras que ambos padres miraban serios hacia la cámara. Sus nombres estaban bajo sus cuerpos, en orden de izquierda a derecha y de arriba abajo; Rodrigo, Eva, Leandro y Dora.

Leyó su propio nombre y contempló su imagen como si fuera la de un desconocido. Lágrimas empezaron a brotar de sus ojos oscuros, dibujando caminos brillantes en su cara sucia. Recordó cómo había llegado ahí, cómo todo dio comienzo…

Dos meses antes.

Un viaje.

Un viaje lento pero cómodo, sencillo y divertido.

Un viaje en avión, su máquina favorita. Siempre había deseado pilotar un avión, y pensaba hacerlo cuando hubiera crecido. Ni siquiera era consciente de que, sino hubiera nacido en un país tan rico y desarrollado como el suyo, apenas podría haber acudido al colegio. Menos aún haber aspirado a semejante oficio… a no ser que fuera un avión militar, por supuesto. Siempre falta gente a la hora de seguir una guerra.

Viajando en semejante nivel, no es de extrañar que llegaran pronto a su destino. El general Rodrigo, que acudía a Sierra Leona para ayudar a su hermano menor en la guerra, era tan famoso y rico que podría haber enviado a todos los hombres de España a luchar junto a él. Afortunadamente, no lo hizo.

En vez, se vino con su mujer y sus dos hijos, lo que fue probablemente la más estúpida de todas las decisiones que jamás tomaría. No sospechaba lo mucho que se arrepentiría.

De esta forma, Eva y sus dos hijos, Leandro (que contaba con doce años por aquel verano) y Dora (con apenas tres), se vieron mudándose a una nueva y extraña casa, con paredes rojo opaco y ladrillos marrón barro. Cada uno tenía su propio cuarto, aunque Dora acabó moviendo su cama para ponerla junto a la de su madre. También contaban con una cocina, un baño por cuarto y un gran salón. Todo un lujo comparado con el resto de las cabañas deshechas que habitaba la población de aquel país, de lo que no era consciente ninguno.

Fue un juego del azar, o tal vez su destino, que Leandro acabara conociendo, por error, a uno de aquellos habitantes del país.

Corría por entre los puestos del mercado, dispuestos en plena calle, huyendo de los guardaespaldas que el gobierno les había garantizado. Unos hombres horribles, maleducados y fuertes como un toro, que aprovechaban cualquier oportunidad, por mínima que fuera, para tratar de capturar al pequeño. Su única y real misión era secuestrarlo y alistarlo en la armada, donde andaban escasos de soldados, o enviarlo a la mina de diamantes, de donde se obtenía todo el dinero del gobierno. Unas cifras millonarias que, de haber sido empleadas como se debía, habrían sacado de la pobreza a toda la población del país entero.

Leandro siempre conseguía escapar de sus torpes manos con sus ágiles movimientos, que un cuerpo tan pequeño como el suyo le permitía hacer. Desgraciadamente, los guardaespaldas aprendían rápido y Leandro era perfectamente consciente de que le acabarían pillando. Por eso mismo, trataba de escapar rápida y sigilosamente, evitando así que vieran por dónde se iba.

Fue en uno de estos intentos cuando chocó contra una muchacha de piel oscura que llevaba a un bebé a su espalda y a un niño cogido de la mano. Ella se tambaleó hacia atrás mientras que él perdió el equilibrio y cayó. Entonces la chica se fijó en el color de su piel y en los hombres que le perseguían, y echó a correr.

Leandro se levantó unos segundos antes de que los guardaespaldas llegaran al lugar del choque y se perdió entre la muchedumbre, tratando de seguir a la extraña muchacha. Estuvieron ambos corriendo un buen rato hasta que, agotada y vencida por las protestas del niño y los lloros del bebé, la muchacha subió a lo más alto de un árbol, trepó al tejado de la casa contigua a este y saltó dentro por un agujero completamente imperceptible. Se oyó un ruido sordo cuando sus pies dieron contra la arena mullida.

-Toma, acúnalo para que se duerma. No, así no, con más cuidado. Bien, vale. –susurró una voz, suave y tranquila como la de un ángel, que seguramente pertenecía a la chica. Los lloros del bebé cesaron de inmediato.

-¿Y no sería mejor que le dieras de comer? –contestó una voz varios tonos más aguda, que Leandro identificó como la del niño pequeño.

Al final se decidió. Escaló el árbol, rasgándose las palmas de las manos y rompiéndose parte de la camiseta, y saltó al tejado. Una teja se desprendió y cayó al suelo, rompiéndose en cientos de pedacitos. Leandro estuvo a punto de hacer lo mismo, pero al final consiguió recuperar el equilibrio y pudo saltar dentro del agujero.

La sala en la que cayó estaba muy mal iluminada; las ventanas estaban tapidas torpemente, con clavos salientes y parte de la madera astillada, pero aún así entraba algún que otro haz de luz. La casa sólo tenía dos estancias; el salón, donde había caído Leandro, que contaba con un sofá deshilachado, una silla, dos jarrones y un gran cubo lleno de agua, y un cuarto pequeño en el que había un colchón cutre y sucio con una manta agujereada encima.

Su llegada fue tan repentina que todos se pusieron en alerta máxima. La chica se abalanzó contra él y lo tiró al suelo, dejándolo por un momento sin aire, mientras que el niño corrió hacia el sofá, dejó al bebé en él y sacó una metralleta de detrás. La cargó y apuntó directo a la cabeza de Leandro. Cerró un ojo, colocó el dedo sobre el gatillo, apuntó bien y…

-¡No! ¡No me matéis, por favor! ¡Vengo en son de paz! ¡Vengo en son de paz! –gritó Leandro, tratando de levantar los brazos, que estaban inmovilizados bajo el peso de la muchacha.

-Ikenna, espera. –susurró la chica, apartando con la mano la punta del arma. Dirigió a Leandro una mirada de asco. –Mírale bien. ¿Cómo es? –preguntó.

El niño, que debía de ser Ikenna, dejó el arma en el suelo, cuidadosamente lejos del alcance de Leandro, y le observó como si fuera algo que no hubiese visto en toda su vida.

-¡Es blanco! –exclamó de repente, entusiasmándose. –Tenemos a un blanco… ¿qué vamos a hacer con él, Nkiru? ¿Matarle? ¿Torturarle y luego pedir rescate?

La frialdad de la voz de aquel niño, que apenas debía de tener ocho años, le heló la sangre a Leandro. Ese tal Ikenna se veía perfectamente capaz de volarle la cabeza con su metralleta. De hecho, Leandro estaba seguro de que, si lo hacía, ni se inmutaría.

-No. Primero tenemos que descubrir qué está haciendo aquí.

Así que le cogieron, le ataron las manos y los pies con una cuerda desgastada y podrida que el niño tenía escondida en un bolsillo y lo sentaron en el sofá, junto al bebé. Entonces la chica, llamada Nkiru, cogió al bebé y empezó a acunarlo, mientras le interrogaban.

Ambos Ikenna como Nkiru le acosaron a preguntas de todo tipo hasta que cayó la noche. Al principio sólo querían saber cosas básicas, como quién era y qué hacía allí. Luego las preguntas se complicaron; por qué había viajado hasta un país en guerra, cuánto tiempo iba a pasar ahí, por qué les había seguido, por qué escapaba de aquellos hombres cuando le vieron y quiénes eran…

Pasó casi dos horas hablando sin parar. Cada vez que hacía una pausa y trataba de preguntarles algo a ellos, recibía un golpe de la chica o un empujón del niño, lo que le obligaba a seguir contestando.

-De acuerdo, ¡ya basta! –exclamó una vez, interrumpiendo otra de las preguntas que Nkiru le estaba haciendo. -¡No pienso contestar ni una sola pregunta más a no ser que me desatéis! –gritó.

Le habían atado tan fuerte que casi le cortaron la circulación. Tanto sus muñecas como sus tobillos estaban rojos por la irritación y rasgados por el áspero material. Dolía tanto que Leandro estaba seguro de que se echaría a llorar de un momento para otro si no le soltaban.

Ikenna le fulminó con la mirada durante un buen rato en que los tres permanecieron en silencio. Después de unos minutos, Nkiru se levantó, tan bruscamente que sobresaltó a los dos chicos, le tendió el bebé a Ikenna y agarró a Leandro por el cuello de su camiseta. Así lo levantó y, mientras él iba dando saltitos, lo llevó hasta la puerta de la calle, la abrió y le echó fuera de una patada.

-Considera esto un favor, Piel Clara. –le dijo, fríamente. -Y ahora fuera de mi vista, antes de que me arrepienta de haberte dejado ir.

Al día siguiente Leandro volvió al lugar. Había conseguido, a duras penas, sacar una mano de su atadura, y después de eso todo se volvió mucho más sencillo; sacó su navaja militar, un regalo de su padre, y cortó las cuerdas. Luego anduvo tranquilamente de vuelta al mercado y desde allí hasta su casa.

En vez de entrar por el agujero, como había hecho la primera vez, llamó educadamente a la puerta. Gritó el apodo que los niños le habían dado para que supieran que era él y aguardó a que le abrieran.

-¡Largo de aquí, Piel Clara, o disparo! –gritó Ikenna, sacando la punta de su metralleta por un agujero en las tablas de la ventana.

-¡Sólo quiero entrar a hablar! –contestó Leandro, nervioso por el arma.

-¡Estás loco volviendo aquí, Piel Clara! ¡Tienes suerte de que mi hermana se allá largado a la fosa!

A partir de ese momento Leandro comenzaría a descubrir todos los secretos que guardaban aquellos niños. Supuso que Ikenna hablaba de Nkiru, y así averiguó que eran hermanos. Imaginó que, entonces, también sería el bebé hermano suyo.

Inició su plan de investigación verificando sus descubrimientos.

-¿Se ha llevado también a vuestro otro hermano pequeño, a aquel bebé de ayer?

-Sí, pero él no es mi hermano. No, es el hijo de Nkiru, Berko. –replicó Ikenna, indignado. –¡Él no tiene nada que ver conmigo!

Leandro quedó tan sorprendido por la respuesta, que resultó ser tan increíble como cierta, que por un tiempo no pudo hablar.

-¿Es… es… su hijo? –tartamudeó. -¿Pero… cuántos hijos tiene? ¿Y por qué te has enfadado tanto cuando he dicho que erais hermanos? –inquirió, una vez recuperado.

-Berko es su único hijo, pero también es hijo de un idiota muy viejo y muy rico que es el marido de mi hermana. Pero él, el marido, le hizo mucho daño, por eso ella se escapó y vino aquí a vivir conmigo. ¡Yo no tengo nada que ver con ese hombre tan tonto y cobarde que ni siquiera va a la guerra! ¡Si yo fuera él, ya estaría luchando en primera fila y con medallas!

Leandro empezó a darse cuenta de que la vida de aquellos extraños era demasiado para él. No comprendía por qué vivían en un sitio tan inhóspito como era su cabaña, por qué Ikenna tenía una metralleta que sabía usar (y que, de hecho, usaba con frecuencia) ni por qué deseaba tanto ir a la guerra, donde seguramente acabaría muriendo, ni cómo era posible que Nkiru, quien no aparentaba ser mayor que Leandro, ya estuviera casada y con hijos. No, la historia de aquellos niños era demasiado dura e increíble como para que alguien como Leandro, que había vivido con todo lo que quería y pedía, la comprendiera.

-¿Puedo pasar, y así hablamos dentro? –preguntó.

Ikenna dudó un poco, pero luego apartó el arma y abrió la puerta. Leandro entró y ambos se sentaron en el sofá.

-¿Puedes contarme toda la historia desde el principio, por favor?

Ikenna carraspeó.

-A ver, todo empezó cuando mi mamá se murió. Mi papá había ido a la guerra y no había vuelto todavía, así que nos quedamos solos-

-¿Quiénes, tu hermana y tú? –le interrumpió Leandro.

-No, Ekene, que es nuestro hermano mayor, Nkiru, Udo, que tiene dos años menos que ella, y yo. Todos mis demás hermanos estaban ya en la guerra o muertos, aunque, como nunca llegué a conocerlos, me da igual.

Leandro se quedó helado. Un escalofrío le recorrió la espalda, aunque Ikenna continuó su relato como si nada.

-Ekene también se marchó a la guerra y se llevó a Udo con él, a pesar de que Nkiru intentó con todas sus fuerzas que no lo hiciera. Al final los dos se fueron. ¡Yo también quería ir! Pero Nkiru no me dejó. En vez, me cogió y se escapó antes de que Ekene pudiera cogerme. Los dos nos escondimos aquí durante un tiempo, pero un día que yo había ido a la fosa a por agua llegó aquel hombre viejo y se llevó a Nkiru. Cuando volví la casa estaba vacía, pero yo me quedé e hice como ella me había mandado; sobreviví y me oculté de los hombres mayores para que no me llevaran con ellos y me reclutaran. Como nadie sabía que yo vivía ahí, nadie me molestó. Luego, un año después, Nkiru volvió con su bebé, con Berko. Me explicó que aquel viejo idiota le pegaba y que quería llevarse al niño y matarla a ella, porque a ella tenía que alimentarla y no le servía ya para nada. Él sólo quería al niño, y lo pensaba casar ya con alguna mujer rica para poder ser rico él también. Por eso Nkiru se escapó y vino a esta casa conmigo. Y ya está. Fin de la historia.

-¿Cómo conseguiste la metralleta? –le preguntó Leandro, tan sólo para distraerse.

Estaba aturdido y confuso. No podía ni imaginar la situación en la que se encontraban los dos hermanos. De hecho, no podía creer que les estuviera pasando eso. No después de ver las enormes mansiones en las que vivían los gobernantes, que eran por supuesto corruptos, de aquel pobre país.

-Se la robamos a un militar junto a varias medicinas para Nkiru. –contestó él.

-¿Medicinas para Nkiru? ¿Por qué, que le pasa?

-Ah, no, nada, sólo tiene SIDA. –estaba bien claro que Ikenna no tenía ni idea de lo que hablaba, por la indiferencia con la que trató el tema. -Si no se toma las medicinas se muere. ¡Y es por culpa de ese viejo tonto! Él le pasó la enfermedad cuando tuvieron a su hijo, a Berko. – contestó Ikenna, tan impasible e inexpresivo como siempre.

Entonces Leandro recordó sus clases, unas lecciones que le parecían increíblemente lejanas aunque tan sólo había pasado una semana fuera de casa. Sabía que su profesor les había hablado de aquella enfermedad. Mortal y muy típica en países pobres, como Sierra Leona. Los niños de esos sitios morían a montones por enfermedades como esa.

Leandro se levantó, horrorizado. Miró a Ikenna con miedo, asustado por la manera tan insensible en que el niño hablaba sobre la cercana muerte de su hermana. Salió de la cabaña como si le fuera la vida en ello, dejando a Ikenna a dos velas, y corrió hasta su casa como si le estuvieran persiguiendo unos lobos feroces.

Una vez llegó, le suplicó a su madre que volvieran. Esto la sorprendió mucho, pero aún así aceptó. Ella temía por la vida de sus hijos, que corrían un peligro continuo estando en aquel lugar en guerra, y había estado deseando su partida desde la primera escapada de Leandro. Además, quería apartarle de aquella ciudad, ya que sabía que si continuaba escapándose y andando por ahí él solo le acabarían secuestrando.

Así pues, partieron a la mañana siguiente, de vuelta a su perfecta y reconfortante casa en España.

Bien merecida se tenía Leandro la desgracia que sintió unos días después. Nada más asimilar la historia de sus recientes amigos, se dio cuenta de lo cobarde que había sido. Aquellas palabras que Ikenna le había gritando una vez resonaron en un cabeza, torturándolo: ¡Yo no tengo nada que ver con ese hombre tan tonto y cobarde que ni siquiera va a la guerra! Huyendo de lo que no entendía y cerrándose a lo que temía, volviendo a su cómodo hogar en vez de quedarse allí a ayudarles, Leandro había sido el chico más cobarde de todo el mundo. Sabía que Ikenna le odiaría.

Tuvo suerte de que, poco después, acabara volviendo al país.

Claro que no fue exactamente de la manera que más le habría gustado a él.

Victoria

Os presento a Victoria, uno de los personajes de mi libro :D .

Continuación de Dinero Traidor

Bueno, aquí os traigo la continuación sin terminar, por supuesto, como todo lo que cuelgo, jejeje ;) de Dinero Traidor, aquella historia corta sobre un hombre que se mataba tirándose por un acantilado con el paracaídas roto. A ver si os gusta…

Dinero Traidor

1

Tiro de la cuerda insistentemente, pero no sirve de nada. El dinero que había colocado estratégicamente ha atascado el paracaídas, impidiendo que salga. Antes de dar el primer tirón estaba emocionado. Ahora el miedo me presiona el pecho, la desesperación me da dolor de cabeza. El aire me azota con fuerza, tirando de mi piel hacia arriba. Los salientes de roca, grises como mi futuro, pasan peligrosamente cerca de mi cabeza. El agua resplandece bajo mí ser. Veo el reflejo de la luna, llena y blanca como la nieve, brillando sobre el agua, creando un paseo blanco azulado hacia su posición.

Segundos antes de estrellarme contra la superficie del mar, negra y dura como el hormigón, recuerdo mis últimas horas de vida.

Estaba tumbado sobre el sofá, tratando de conciliar el sueño mientras esperaba a que mi hijo volviera del colegio, cuando un sonido monótono y repetitivo me sacó de mi estado de inactividad. Me miré el reloj; Will debería haber llegado hacía una hora.

Me levanté, enojado porque me hubieran despertado y preocupado por mi hijo y anduve tambaleándome hasta el teléfono. Me llevé el auricular al oído lentamente, como si fuera muy pesado. Una voz educada y suave me saludó desde el otro lado de la línea. Era aguda y melodiosa.

Le devolví el saludo con voz cansada y pregunté por la razón de su llamada, a lo que ella contestó, insensible:

-Tengo a su hijo, Jack –la voz se volvió repentinamente fría y amenazadora. -. Estamos en el acantilado que usted suele usar para hacer paracaidismo. Tráigame ahora mismo todo el dinero que tiene metido en esa asquerosa caja fuerte o mataré a su hijo. Le aviso, si llama a la policía o viene acompañado el resultado será el mismo que sino trajera el dinero.

Me quedé sin habla. Los labios me empezaron a temblar cuando asimilé lo que me acababa de decir y la vista se me nubló. Noté como una lágrima me recorría la mejilla cuando al fin logré balbucear, con voz suplicante, que no le hiciera daño.

-Todo depende de usted, Jack. –un pitido alargado sonó y supe que había colgado.

Decir que salí volando de la casa no sería exagerar. Precavido como sólo puede serlo un ex-piloto de guerra me puse mi chaleco antibalas y cogí la mochila que contenía un viejo paracaídas que no usaba desde hace mucho tiempo. Metí en la misma bolsa todo el dinero que saqué de mi supuestamente secreta caja fuerte y eché a correr a lo largo de la montaña. No me preocupé siquiera de cerrar la puerta; vivíamos en un chalet prácticamente aislado de la humanidad.

Los pocos árboles que formaban un pequeño bosque hacia el acantilado pasaban a mis lados como si volaran. Cuando vi por fin el cielo y sentí la fría brisa del mar suspiré, aliviado. Olía el mar, salado, pero no oía las olas.

Llegué a nuestro punto de reunión en menos tiempo del pensado.

Cuando vi únicamente a una mujer, esbelta y hermosa como una diosa, agradecí al cielo que no tuviera a mi hijo. Después del enorme alivio llegó la ira, me enfurecí de que me hubiera engañado usando a Will como cebo. Di un paso hacia ella con la intención de tirarla por el acantilado.

-No de ni un solo paso más, Jack. No querrá que mi francotirador dispare, ¿no?

Me señaló el pecho y vi que tenía un pequeño punto rojo encima del corazón. Maldije en voz baja, viendo que tendría que usar el paracaídas. No quería arriesgarme.

-Déme el dinero y lo dejaremos en paz, Jack. Esto no tiene porque acabar mal.

Jamás, murmuré, y eché a correr hacia ella. La mujer hizo un gesto con la mano y se oyó un disparo justo cuando me esquivaba. Antes de caer alcancé a ver como su cuerpo se desplomaba sobre el suelo, mientras un charco de sangre se iba formando a sus pies y un gran punto rojo aparecía en su pecho.

2

Unos meses antes…

Estaba apoyada contra la pared. Tenía el pelo, negro azabache, recogido en una discreta coleta, tan larga que casi le pasaba la cadera. Sus ojos, que parecían enormes esmeraldas, brillaron con suspicacia cuando entré por la puerta. Anduvo hacia mí con una carpeta rojo sangre contra el pecho, aparentemente tranquila. Me la tendió; sus manos se veían delicadas con aquel débil tono morado en las uñas.

-¿Qué es? –pregunté, ojeando el contenido.

-Tu nueva misión, Gray. –contestó.

De todas las personas a las que conocería en la vida, ella sería la única que me hiciera sentir tan importante. Su voz sonaba respetuosa y halagadora cuando hablaba con cualquiera, lo que sin duda era un truco para ganarse su confianza. Ella era calculadora, fría e ingeniosa. Manejaba toda clase de aparatos electrónicos sin problema. Aunque, lo que más importaba en aquel momento, es que era mi jefa.

-¿Y de qué va?

Por sus finas facciones asomó lo que se podría considerar una sonrisa. Me miró con sarcasmo y contestó:

-Tienes que salvar al gato de la señora Williams, que el pobre se ha quedado atascado en una chimenea.

-Sí, claro. –me reí con ironía. -¿Es lo de siempre, pues?

-Bueno, podrías considerar que hay una pequeña variación.

-¿Umm?

-No, que no quiero quitarle la emoción. Ya lo descubrirás.

Enarqué una ceja.

-Y ahora, ¡largo!

El mapa que había adjunto a los archivos me llevó hasta un pueblo a las afueras de la ciudad. Las pequeñas casitas estaban pintadas cada una de un color distinto, formando un arcoiris rectangular que se extendía hasta el final del pedregoso sendero. Un árbol decoraba cada jardín, algunos con juguetes de niños tirados o bicicletas aparcadas.

-Perdone, ¿sabe usted dónde vive el señor Hallots?

Una anciana se levantó a duras penas de su balancín y se acercó con pasos cansados hasta mi deportivo rojo. Su cara se veía arrugada y vieja y caminaba curvada, apoyando todo su peso en un bastón desgastado de madera oscura. Unas gafas finas de montura negra ocultaban sus ojos gris claro.

-¿Decía usted algo? – preguntó con voz rasposa.

-Sí, perdone, ¿no vivirá por aquí el señor Hallots?

-¿Hallots? –repitió. -¿Hugo Hallots?

Revisé la ficha de documentación que venía dentro de la carpeta y asentí con la cabeza.

-Vive un poco más allá –señaló hacia unas casas más desgastadas al final de la gran avenida. –Es la cuarta a la derecha empezando por aquella de color negro.

-De acuerdo, muchas gracias.

Le sonreí agradecido y esperé a que volviera a sentarse. En vez, la anciana siguió su camino hasta la puerta, la abrió, entró y cerró dando un portazo.

Aceleré despreocupadamente y avancé siguiendo las indicaciones que me había dado. Dentro del automóvil la temperatura era templada, aunque en el exterior estuviera muy por debajo de la media. Era un día frío de mediados de febrero, extrañamente soleado.

El corazón me dio un vuelco cuando llegué a la casa.

-Mierda. –murmuré.

Me saqué el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta y marqué el primer número.

-¿Hola?

-Sí, soy yo, Jack.

La negativa fue inmediata.

-No, Jack. Ni en sueños, hoy he quedado y no pienso por nada del mundo…

-Vamos, Sophie, te necesito. No puedo dejar a Will solo.

-¿Y se puede saber a dónde narices te vas ahora?

-¿Eso es un sí?

-¡No! ¡Eso es un no! ¡Y no vuelvas a llamarme para esto!

-Vamos, Sophie, no seas así… -pero ya había colgado.

Bueno, no esperaba que fuera a ser tan fácil. Me aparté el móvil de la oreja y saqué otro distinto del bolsillo trasero del pantalón. Tecleé el siguiente número.

-¿Sí?

- Hola, soy yo, Jack.

Otro pitido intermitente. Marqué el tercer número.

-¿Diga?

-Hola.

-Jack, ¿eres tú, tío? ¡Hace años que no me llamas!

-Hala, no seas exagerado. Oye, ¿crees que podrías hacerme un pequeño favor?

-No fastidies, tío. ¿Otra vez vas a dejar solo al pobre crío?

-No se quedará solo si tú vas a cuidarlo. ¿Harías eso por mí?

-Ostras, macho… no puedes soltarme eso así, tal cual, como si yo no tuviera nada mejor que hacer…

-¿Puedes o no? Que no tengo tiempo para tonterías.

-Vale, vale, tío. No te pongas así, que no es para tanto. ¿Para cuándo es?

-Hoy por la tarde, antes de las seis. Él llegará ahí sobre esa hora. Que se acueste como siempre. La cena está en el horno. ¿Lo has pillado?

-Vale, pero esta sí que me la pagas.

-¿literalmente?

-Con una cervecita me basta.

Cerré el trato y me despedí. Una vez cubierta mi mayor prioridad, guardé ambos teléfonos en la mochila y me la eché al hombro. Salí del coche y me dirigí hacia la casa.

Un enorme cartel de madera había sido clavado en la tierra del jardín. Decía en letras desgastadas: SE VENDE. Todas las persianas estaban bajadas y la puerta parecía tener la cerradura forzada.

Miré a mí alrededor. No se veía a nadie en un kilómetro a la redonda.

Antes de entrar en la casa, saqué dos guantes de la mochila y me los puse. Las ventanas estaban tapiadas, por lo que cogí también la linterna. Con empujar la puerta bastó para abrirla.

Encendí la linterna; una enorme sala uniforme cubría lo que podría ser el primer piso. Todas las paredes habían sido derrumbadas. El suelo, anteriormente parquet, había sido arrancado de cuajo. Me encontré botellas rotas y latas de cerveza escondidas en un rincón, lo que me llevó a pensar que acababa de descubrir dónde hacían el botellón los jóvenes de este barrio. Las escaleras eran de hormigón, por lo que se hallaban intactas.

No encontré tampoco nada importante en el segundo piso, aparte de más botellas y unas cuantas colillas. No había ni un solo mueble en toda la casa, ni siquiera vi los baños.

De vuelta al coche guardé todas las cosas en la mochila y saqué un tercer teléfono. Marqué otro número.

-Servicio de pizzas a domicilio “Don Ramírez”, por favor, ¿dígame? –una voz aguda me contestó, hablando tan rápido que se le juntaban las palabras y apenas se entendía.

-Serán unas patatas con chili, gracias. –repuse, tranquilamente.

La secretaria me pasó inmediatamente con mi jefa.

-Gray, ¿qué te he dicho de llamar a este número? –sonaba bastante enojada.

-Lo siento, jefa, pero es el único que tengo. Además, es una urgencia.

-¿Qué pasa? –preguntó con voz cansada.

-No encuentro al gato de la señora Williams. He ido al árbol que usted me indicó… y ni rastro. Lo han debido talar.

-Déjate de tonterías, Gray. Y en vez de llamarme, ¡ponte a buscarlo y punto!

-Oiga, ¿y por qué usted puede llamarme de “tú” y yo tengo que llamarla de “usted”?

-¿Quiere que le despida, Gray?

Sabía que no hablaba en serio (yo sería una gran pérdida para la empresa) pero aún así sonó tan amenazadora que decidí dejar de decir estupideces.

-Lo siento, no era mi intención incomodarla. La cosa es que he entrado en la casa y está todo destruido, no hay ni paredes, ni muebles, ni nada. Está todo vacío.

-Búsquese la vida, Gray. Y recuerde que quiero el envío realizado para las diez.

En realidad no había nada que entregar, pero era nuestra forma de referirnos por teléfono a lo que hacíamos.

-Chst -chasqueé la lengua, irritado. -, ¡qué ni fe tiene usted! Nada, aquí yo soy el que obedece y usted la que manda, así que si quiere pedirme algo más… ¿qué tal si le traigo también la Luna?

Oí un pitido. Ella también me había colgado.

Tenía hasta las diez para terminar mi misión, así que me puse manos a la obra. Apagué todos los móviles para no distraerme y revisé las hojas de la carpeta.

-¡¿Cómo…?!

Uno de mis papeles incluía “amigos y familiares” del cliente, y sus respectivas fotos. ¡Sorpresa, sorpresa! la ancianita que me había encontrado antes resultaba ser su hermana mayor.

-Será posible…

Puse el coche en marcha y giré bruscamente hacia las casas de colores.

La casa estaba tan vacía como la anterior, para mi desgracia. Me detuve un momento a pensar; no podían haber ido muy lejos, ya que apenas habían pasado quince minutos. Claro que si la mujer tenía coche, cosa que dudaba, me sería muy laborioso encontrarlos.

Inspeccioné la casa de arriba abajo, buscando cualquier cosa; una entrada secreta, una puerta que llevara a un laboratorio, un armario que diera al exterior… pero no encontré nada. Estaba completamente vacía.

No me quedó más remedio que volver al coche. Dentro la temperatura sería templada y estaría cómodamente sentado en mi asiento…

-¡EH! ¡ESPERA, BRUJA! –grité.

Empecé a correr tras la abuela. Acababa de salir de detrás de la casa (¿Cómo no se me había ocurrido mirar ahí?) y llevaba un libro negro bajo el brazo. Si antes la había visto con bastón, no me había dado cuenta de que sus piernas eran fuertes y largas. Aún con todo, la pobre mujer apenas avanzó diez metros antes de que la alcanzara.

-Eres un poco mentirosa, ¿no?

La agarré del pelo y zarandeé bruscamente, arrancándole varios mechones. Ella se arrodilló y empezó a suplicarme que le dejara en paz, mientras gruesas lágrimas caían por su cara.

-¡¿DÓNDE NARICES ESTÁ ESE HOMBRE?! ¡HABLA SINO QUIERES MORIR! –le grité.

Ella no hizo más que lloriquear, por lo que tiré de su cabello canoso con todas mis fuerzas. Podía sentir el movimiento de la sangre por sus venas.

-¡SUÉLTALA!

La mujer gimió y se desplomó contra el suelo a la vez que gritaba “No lo hagas, ¡No, por favor!”. Se desmayó y quedó tumbada en la acera, inmóvil como una muerta.

-Hombre, pero mira a quién tenemos aquí. Hugo Hallots, ¿verdad? –deduje, girándome para contemplar al anciano que se acercaba con un bate en la mano.

-¡Déjala en paz! ¡Ella no tiene nada que ver con esto!

Sonreí maliciosamente mientras esperaba a tenerlo lo suficientemente cerca y le señalé.

-Es cómplice por ocultarte. Me temo que ella también tendrá que morir. –dije, malévolamente.

-¡Eres un diablo! –gritó él, empezando a correr furiosamente hacia mí.

-Ah-ah –negué con la cabeza. –No, no soy un diablo, soy un demonio.

Entonces me saqué la pistola de detrás del pantalón y disparé.

3


Will estaba tumbado en la cama, esperando a su padre. Pensaba en él, se imaginaba dónde estaba y lo que hacía. Por su mente pasaban ideas inverosímiles típicas de su edad; creyó verle en un cohete, luchando contra los marcianos en una guerra espacial; más tarde estaba montando a un caballo, pistola en la mano, cabalgando tras unos malvados indios que amenazaban con robar todo el oro de los vaqueros.

Se sumió tanto en sus propias fantasías que éstas mismas acabaron por llevarle a un profundo sueño, dentro de un mundo perfecto donde él y su padre luchaban contra los malos. Se durmió tal cual estaba, con la ropa y los zapatos puestos.

Jos veía la tele tranquilamente, sin preocuparse por su amigo. El reloj dio las tres y media. Jos cambió de canal pensando que Jack estaría a punto de llegar y esperó, imaginándoselo en un casino, rodeado de jóvenes con faldita corta y labios rellenos. Una hora después él también cayó rendido, durmiendo hasta bien entrado el mediodía.

Maldije durante todo el camino hacia el lago más cercano, a cien kilómetros del pueblecito. Había nada menos que dos cadáveres en mi precioso coche, uno en el maletero y el otro sentado a su lado (no cabía atrás), muy pálido y empezando a apestar. Había colocado a la mujer de forma que pareciera que estaba descansando contra el cristal, por si acaso me encontraba con alguien por el camino. Desgraciadamente, estábamos lo suficientemente cerca el uno del otro como para que me empezarán a dar arcadas pasada media hora. No podía bajar la ventanilla para ventilar el coche porque sino el hedor escaparía y podía llegar a las narices de algún vecino entrometido que me complicaría aún más la misión.

Pasados los cincuenta primeros minutos no pude aguantar más. Paré bruscamente en un borde del camino montañoso y abrí la puerta de golpe; me agaché con la cabeza hacia el suelo y vomité. La hierba se tiñó de verde ensalada. Traté de respirar por la boca, pero resultaba muy incómodo. Una sola inhalación de ambos hedores (el del vómito y el del cadáver) bastó para hacerme volver a vomitar.

Cuando creí que ya había vaciado todo el contenido de mis tripas me limpié la boca con la manga y escupí. Sentía la garganta irritada y extrañamente ácida, igual que la boca. Sabía que debía seguir mi camino en el coche, pero el hedor era todavía muy intenso. En vez de eso, preferí salir a un lado y esperar, rezando para que ningún viajero extraordinario pasara por aquellas carreteras montañosas.

Mi reloj digital empezó a pitar unas horas después de que hubiera anochecido. Abrí los ojos lentamente, adormilado, y miré el aparato; marcaba las diez en punto.

-¡Oh, no! ¡Mierda!

La misión. Se me había olvidado que tenía que terminarla… para las diez. Y eran las diez.

Poco menos de cinco segundos después empezó a sonarme el móvil.

-Umm… ¿jefa?

-Gray. –aunque lo ocultaba bastante bien, sabía que estaba furiosa.

-¿Sí? –traté de sonar inocente, como todo fuera perfectamente.

Por supuesto, no coló del todo.

-¿Por qué no están sus dos amigos dónde habíamos quedado, Gray?

-Umm… lo siento mucho, jefa, pero ha habido un pequeño problemita. Pero no se preocupe, que los tendré ahí para dentro de media hora.

-Eso espero. –y colgó.

Bueno, siempre me había apetecido tener que hacer alguna misión imposible y, dado que no tenía ni idea de dónde se había metido el dichoso lago, parecía que ésta iba a ser mi primera.

Me metí dentro del coche a toda prisa y cerré la puerta, respirando por la boca. Mi “amiga” estaba mejor de lo que podría haber imaginado; las temperaturas glaciales habían atrasado la descomposición del cadáver, aunque cada vez olía peor. Cerré la puerta a duras penas y me imaginé volviendo a casa, abrazando a mi hijo y hablando con él sobre su día en el colegio… Sumirme en mis propios pensamientos me ayudó a ignorar a mi compañera de viaje.

Hasta que, finalmente, dieron las diez y media.

Jane Patrickson lo tenía todo. Era guapa, astuta, caía bien a la gente y además tenía un buen trabajo y una casa enorme a orillas del mar. Era asquerosamente rica, tanto que podría haber llenado todo su yacuzzi con los codiciados billetes de quinientos y aún le habrían sobrado. De haber sido cualquier otra persona, sería tan feliz que no podría evitar pasarse todo el día sonriendo.

Jane no era cualquier persona. No disfrutaba de lo que hacía ni lo pretendía. Nunca antes había sido feliz, razón suficiente como para no querer serlo entonces. Ella opinaba que la felicidad podía omitirse en la vida de uno y que era del todo innecesaria; es más, ella apoyaba que no hacía más que traer problemas. Por eso mismo evitaba sonreír y más aún reír, tanto si estaba como sino con alguien.

Ésta es una de las razones por las cuales Jane Patrickson odiaba a Jack Gray. Porque él siempre la hacía sonreír, aún sabiendo que ella no quería hacerlo. Le sacaba de quicio que un hombre tan débil pudiera conseguir que ella se contradijera a sí misma.

También le odiaba porque sabía que, muy dentro de su helado corazón, le amaba. Era el único hombre que no la trataba como si fuera la estricta y seria jefa que trataba de ser. Él no sólo la hacía reír… sino que también la animaba a cumplir sus cometidos, la ayudaba con los trabajos que le parecían más complicados… incluso la apoyaba cuando presentaba alguna idea estúpida que iba en contra de todos los derechos humanos. Por eso, entre otras cosas que prefiero no nombrar, se había enamorado de él.

Me extrañé tanto cuando el móvil no empezó a sonar que una oleada espontánea de euforia causada por la adrenalina se apoderó de mí. Aceleré hasta pasar de los ciento sesenta por hora. En cada curva que tomaba me salvaba de una muerte segura (el precipicio era de varios metros de alto) por escasos centímetros. En una de ellas la anciana se me cayó encima, impulsada por la gravedad.

Decir que llegué a tocar el techo con el salto que pegué, del susto que me metí, no sería exagerar.

Estaba fría como una piedra y casi tan dura como el hormigón. La aparté rápidamente de mí, sintiendo por primera vez un poco de miedo. Por un momento había pensado que seguía viva…

El lago apareció en el horizonte. Se extendía de tonos negros a lo largo de todo el lugar. Era mi pequeño milagro, lo mejor que me había pasado ese día.

-Pronto estarás dónde debes, no te preocupes. –le dije al cadáver. Me abstuve de darle palmaditas en el hombro. –Y junto a tu hermano favorito, por supuesto. Juntos por siempre. ¿No suena genial?



Vigilante y Rosquilla – Visita al National Museum of Natural History

El uniforme se le había quedado pequeño.

Por quinta vez.

En un solo mes.

Le empezaba a resultar un tanto incómodo tener que ir a visitar al jefe tan sólo para pedirle otro traje. No porque le diera vergüenza, no. Tan sólo porque cada vez le resultaba más difícil llegar hasta allí (le suponía un gran esfuerzo, como si fuera una carrera de doce kilómetros) y porque ya apenas cabía por la puerta. De lado.

A parte de esto, no hay nada más importante que comentar acerca de Jeffie Stanley, salvo que era vigilante en un gran museo, y que su mejor (y único) amigo, se llamaba Rosquilla.

Jeffie trabajaba como vigilante de las cámaras; no es que se dedicara a proteger las cámaras de seguridad de posibles ladrones (era bastante improbable que esto pasara). No, él tan sólo tenía que sentar su enorme trasero en la silla y mirar las cincuenta enormes pantallas planas que mostraban las grabaciones de las cámaras. Las ocho horas que duraba su trabajo.

Aquella mañana era una como cualquier otra, quitando el hecho de que había tenido que caminar hasta la oficina y conseguirse una talla XXXXXL (había empezado el trabajo con una L), que increíblemente existía.

Rosquilla. Él era despistado y travieso, joven como una rosa marchita y delgado como un spaghetti. Llegó a la sala de seguridad, donde Jeffie “trabajaba”, una hora tarde, como siempre.

-Vigilante –saludó, mirando a Jeffie.-, ¿otra vez engordaste?

-Ya ves. –contestó él, indiferente y dándose palmaditas en su gran barriga.

Vigilante, como lo llamaba Rosquilla, le ajustó el reloj y le hizo prometer que no volvería a llegar tarde, como hacía todos los días. Ya se había vuelto una rutina, ya que Rosquilla siempre se olvidaba de lo que había prometido y volvía de nuevo a llegar tarde.

Los dos charlaron tranquilamente durante gran parte de la mañana. No le prestaron apenas atención a las cámaras, algunas negras como el azabache; otras mostrando imágenes en movimiento.

Las ignoraron completamente hasta que ocurrió: en aquel mismo momento, Jeffie y Rosquilla no se podían imaginar lo bien que lo iban a pasar ese monótono día después de aquello.

Dos mujeres y seis niños: cinco chicas y un varón, todos jóvenes, ni siquiera habrían pisado la universidad; dos adultas que les acompañaban, probablemente profesoras.

Les pusieron motes a todos, como hacían con aquellos que llamaban su atención:

-       * Adaritse (Ada como abreviación)

-         Aibur (Ai)

-         Satisir (Sat)

-         Anoñurg (An)

-         Nóbrac ed adacsac (Nob)

-         Atiñeuqep (Ati)

-         Ogima le (Og)

-         Oicapot ed soticir (Oi)

Ada estuvo hablando con los seis chicos largo y tendido hasta que, después de señalar su reloj y los tres grandes esqueletos de dinosaurio que había en la sala varias veces, se marchó. Ai, quien parecía ser amiga suya, la acompañó.

Sat, An, Nob, Ati, Og y Oi parecieron liberarse de un gran peso cuando las dos mujeres al fin se fueron.

Los seis empezaron a caminar por todo el museo: bajaron al primer piso, entraron a una de las tiendas (sin comprar nada) y se hicieron miles de fotos, todas ellas con las enormes figuras del os animales terrestres que encontraron en la primera exposición que visitaron (osos, ciervos, leones, tigres, lobos, zorros, ardillas, conejos…).

No pasó mucho tiempo hasta que se separaron: entraron a otra tienda y esta vez sí compraron cosas. Ati se quedó rezagada; An se negó a esperarla, por lo que ella y Sat, que prefirió acompañarla, siguieron su camino a lo largo del museo.

-¿Crees que se volverán a encontrar? –preguntó Rosquilla, cogiendo palomitas de la caja que había traído Jeffie.

-Me imagino que sí.

Og y Oi discutieron a voz en grito con An momentos antes de que se marcharan: le reprocharon su mal comportamiento al no querer esperar a la pobre Ati y le dejaron bien claro que preferían ir sin ella, por lo que podía irse cuando quisiera; cuanto antes, mejor.

Así que se marcharon Sat y An, la última echando humo por las orejas y gritándole al aire una sarta de incoherencias. Entonces fue cuando se ganó su apodo.

Nob, Og y Oi esperaron pacientemente a que Ati pagara. Cuando se reunieron, los cuatro decidieron ir a ver una de las exposiciones que les gustara a cada uno.

Empezaron con la de Oi, sobre los animales marinos, ya que era la que más cerca de la tienda estaba, en el mismo piso.

Disfrutaron del camino hacia la sala, charlando y poniendo a An tan verde como un gran y horroroso sapo. Todos se rieron a carcajada limpia.

Llegaron a la exposición, que ocupaba parte de dos pisos; el primero lo vieron con calma, observando tranquilamente cada animal. Entonces Nob les recordó que tenían poco tiempo, por lo que bajaron abajo a toda prisa, se hicieron varias fotos (con los delfines y con la gran ballena) y se pusieron de camino a la siguiente exposición.

Pasearon hasta el otro lado del primer piso, llegando así hasta la sala sobre el espacio y la Tierra. Más adelante visitaron las figuritas indias y los vaqueros, aquellos que aparecían en la película Noche en el Museo. Por suerte, Og se dio por contentado cuando vieron las rocas terrestres durante la segunda exposición.

Digo por suerte, porque a partir de entonces, cuando terminaron con las figuritas, empezaron los problemas.

Llegaron hasta la cultura inca, maya y azteca. Visitaron a Tom-tom y se hicieron varias fotos con él. Todo iba según lo previsto.

Entonces, sin previo aviso, ocurrió.

*Nota para entender los motes: imaginaros que el nombre es el reflejo en un espejo de una palabra que tiene sentido.

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