Category: Historias

Uuuuuuuuuuuuuuuuy…. creo que he perdido a mi hija

Nerea caminaba en mitad de la calle, sintiendo como el calor la iba matando muy, muy lentamente. A su lado sufría en silencio su madre, Eva, andando con la misma agilidad. Cuanto antes estuvieran de vuelta en casa, antes podría darles la bienvenida su amado aire acondicionado.

Nerea había tratado varias veces de iniciar una conversación (por muy banal que fuera) pero sabía que nada funcionaría. Cuando andaba con su madre era siempre igual; Nerea hablaba sin parar, y Eva se limitaba a caminar. Más de una vez Nerea se preguntaba si de verdad la estaba escuchando, hasta que por fin se daba por vencida y callaba. Entonces Eva suspiraba agradecida, interiormente, y seguía a lo suyo.

Mientras tanto, a su lado, inquieta y aburrida por la falta de conversación, Nerea cavilaba.

El cemento  puede ser algo muy peligroso. -pensaba, mirando al suelo con sospecha. -En un momento de gran debilidad, en mitad de una tarde cualquiera de verano, cuando notas tu lengua tan seca que se puede cortar con ella, puedes llegar a pensar que hay un lago en mitad de la carretera. Entonces te lanzas corriendo hacia el suelo, pero cuanto más corres, más lejos parece estar el agua… y entonces te das cuenta de que o bien el lago ha cobrado vida y está huyendo de ti mientras se ríe con malicia, o tal vez el maldito cemento está calentando de semejante manera el aire que ya incluso refleja la luz. Y entonces, debilitado y deprimido, giras la cabeza hacia el termómetro más cercano y te encuentras con una cifra que creías jamás verías en toda tu larga vida…

Ambas mujeres bajaban la enorme avenida con la impaciencia de dos almas que están sudando como pollos en un horno. Nerea no tenía palabras para describir el aire que la rodeaba; se está tan quieto que uno llegaría a pensar que no está ahí, hasta que empiezas a notar una sensación de sofoco (que se va formando a tu alrededor pausadamente) y te das cuenta de que, en realidad, el aire se te ha pegado (lo que impide que haya viento) y te está agarrando con fuerza, tratando de asfixiarte lenta, muy lentamente…. Y claro, cómo no puedes hablar por que te está matando, tal vez por eso mamá me ignora… tal vez simplemente no puede hablar y yo debería ahorrar energías también…

Así iba Nerea, con la cabeza llena de los típicos pensamientos sin pies ni cabeza que a uno se le ocurren cuando anda aburrido por la calle, en el momento en que llegaron a un paso de cebra. Ambas mujeres miraron a ambos lados y siguieron caminando con toda la tranquilidad del mundo.

-¡AH! -exclamó Nerea de repente, tropezándose con una piedra.

Paró de golpe, sorprendida, y se miró el pie izquierdo. Su madre, que parecía estar perdida en sabe Dios qué pensamientos, siguió andando sin hacerle caso. Nerea frunció el ceño pero no la llamó, suponiendo que se acabaría dando cuenta de que ella ya no estaba. Con un poco suerte.

Nerea miró a su madre, esperando a que se diera la vuelta, pero ella siguió andando hasta que la perdió de vista. Entonces dejó escapar un suspiro de desesperación y, caminando a trompicones (como buenamente podía), se acercó a una pared, para no molestar a los demás viandantes. Tratando de calmarse (para no empezar a gritar) se acercó el pie al alcance de la mano para observarlo más a fondo. Después de dos segundos gimió con desesperación.

La tira de plástico que sujetaba el pie a la chancleta se había desgarrado completamente. Ahora no sólo tendría que comprarse un par nuevo, si no que aún encima tendría que volver a casa a la pata coja. Bajo un calor sofocante. Mientras su madre seguía ahí delante tan tranquila.

Volvió a gemir.

-Vaya faena, ¿no? -comentó una abuelita que pasaba por ahí, mirándola con pena.

Nerea levantó la cabeza de golpe y la miró. Tenía gracia que se preocupara más por ella una persona anónima que su propia madre…

-Sí, la verdad es que sí… -contestó, mirando su chancla con impotencia. Le dirigió a la mujer una mirada de pena y sonrió. -Pero bueno, qué se le va a hacer…

 

Unos cuantos metros más adelante, Eva paró de súbito. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Juraría que iba andando con Nerea… ¿O será que iba sola…? Pero, no, estoy segura de que iba con ella… ¿Dónde estará? Empezó a pensar. ¿Y si la habían secuestrado? No, pero entonces ella habría gritado… aunque claro, si le habían tapado la boca o algo… ¡No, porque entonces la gente se habría dado cuenta! Su ansiedad fue creciendo. ¿Y si la habían abducido? ¿Y si había cogido otra calle de repente y ella no se había dando cuenta? No, pero no se habría ido sin más, me habría avisado… ¿no?

De repente oyó unas risas sofocadas y se giró para mirar a una abuelita que pasaba a su lado. La miró inquisitiva.

-Que se te ha accidentando. -le dijo entre risas, señalando hacia atrás.

Eva se giró entonces de golpe, justo a tiempo para ver a su hija andando con el pie izquierdo descalzo y una chancleta rota en la mano. Sonreía (porque siempre es mejor sonreír que llorar) mientras la miraba con incredulidad.

-¡Tiene gracia que ni te hayas dando cuenta de que no estaba! -exclamó cuando se encontraron, sin poder evitar empezarse a reír. – ¡Y que una mujer cualquiera se preocupe más por mí que TÚ, MI PROPIA MADRE!

Eva se unió a sus carcajadas.

-Además, ¡ya te había dicho que necesitaba unas chacletas nuevas, y tú ahí insistiendo en que “no que tenemos que ahorrar”! ¡SERÁ POSIBLE! -terminó Nerea, llegados a este punto ya ambas carcajeándose. -En fin, ahora voy a tener que volver andando sin zapato…

-Pues ten cuidado no te vayas a cortar con algún cristal o algo… -añadió Eva.

-¡¡¡SÍ SÍ, TÚ AHORA TRATA DE ARREGLARLO COMPORTÁNDOTE COMO LA BUENA MADRE QUE DEBERÍAS SER!!! -exclamó Nerea entre risas.

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Bueeeeeeeeeno….. Y así es como hoy ha tenido que volver a casa la pobre, con un pie descalzo, una chancleta rota en la mano y una mala madre al lado xD (lo digo todo en broma, por supuesto, ya que tanto mi madre como yo sabemos que no podríamos habernos reído más… aunque haya sido de lo torpe que soy xD).

La Historia de un Terremoto

Bueno, hace bastante que no escribía, ¿eh? La verdad es que lo lamento, porque ya sabéis que me encanta, pero es que eso de irse a Canadá a vivir la vida cinco meses… luego te pasa factura. Me ha costado, pero por fin he conseguido adaptarme al ritmo de la clase.

Y esto, indirectamente, ha llevado a que pueda volver a escribir :) . La historia que cuelgo hoy, después de tanto tiempo sin nada de nada, es un sueño que tuve poco después del terremoto de la Almunia (que, por cierto, se notó breve y ligeramente en nuestro colegio, ya que sentimos cómo temblaba el suelo e incluso las mesas vibraron unos instantes). No sé si tiene relación con este y con todo lo que ha pasado por Japón, pero la verdad es que fue un sueño muy interesante ;) . Al principio se suponía que lo iba a enviar a un concurso, por lo que lo había escrito en tan sólo 1000 palabras (apenas dos hojas en Word), pero al final se me olvido enviarlo (sí, lo sé, vaya cabeza tengo para ser tan joven) así que lo cuelgo aquí. De todas formas, me había quedado una historia bastante rara (entenderlo, a fin de cuentas es un sueño) conque en parte me alegro xD.

“El terremoto los pilló a todos desprevenidos. Algunos huyeron; muchos gritaron. El miedo fue tal que más de la mitad lloraron.

Lake paseaba por las calles, observando los daños causados; edificios en ruinas, madera desquebrajada, hierros doblados. Olía a tierra húmeda y polvo. La gente empezaba a salir de entre la paja y las piedras. Parecían desgastados pero alegres, como una hoja caduca a finales de otoño; todo había pasado ya, y seguían vivos.

La mayoría miraban a Lake apenados; unos pocos se acercaban y le daban dos o tres reales. A ojos de un viandante era un niño joven, a penas mayor de doce años, magullado, sucio y despeinado. Lake agitó la mano para quitarle importancia y rechazó la limosna. Tenía cosas más importantes que hacer que ir pidiendo dinero.

Echó a correr, esquivando con agilidad las telas y la porcelana rota que cubrían el suelo del mercado. Debajo de las capas de polvo y deshechos se encontraba un camino arenoso, perfecto para los carros que llegaban del extranjero. Lake siempre había soñado con montar en uno y visitar Zaragoza; se decía que era la ciudad más bella de todo Aragón.

Quedaba en todo el mercado un único toldo, erguido sobre un humilde puesto. Bajo la sombra, recostado en una silla, bostezaba un hombre de barba corta. Sobre su mesa había aparatos extraños, hechos de madera oscura o metal brillante. Dos escudos reposaban inocentemente contra un enorme colmillo de cuarzo blanco. Aquel montón de dinero alumbró los ojos de Lake. Nadie conseguía tanto en un mercadillo de pueblo.

Lake zigzagueó entre los demás puestos. Aquel hombre parecía dormir profundamente. Había que arriesgarse. Alargó la mano lentamente, procurando no tirar nada por el camino, y palpó las monedas. Cerró la mano al tacto del frío metal y retrocedió con calma. Lo más importante al  robar era tener paciencia.

Tenía el dinero a un palmo del pecho  cuando el tendero abrió repentinamente los ojos. Se extrañó al verle tan manchado y descuidado, mas no se fijó en las monedas que escondió rápidamente en el bolsillo. Lake suspiró aliviado, sonrió y volvió por donde había venido.

-Espera. –exclamó el hombre. -¿Qué ha ocurrido?

Lake siguió la mirada del tendero por todo el mercado. Vio las ruinas y a la gente ayudándose unos a otros. Le explicó cómo había temblado el suelo y cómo hasta los muertos lo habían notado. Cómo él se había encontrado inesperadamente frente a una pared de rocas que habían caído de la muralla, y cómo su hermana pequeña había quedado sola al otro lado.

El tendero se mostró comprensivo. Le ofreció su ayuda y, una vez Lake la rechazó, le deseo buena suerte. No dejó de observarle mientras marchaba entre los puestos de vuelta al camino, hasta que se perdió entre las casas derruidas.

Lake siguió su camino sintiendo el peso de las monedas robadas. No le gustaba nada robar, así que le mandó un silencioso perdón a Dios y otro al tendero, y volvió a echar a correr.

Entró en la plaza del pueblo y bajó las gradas velozmente. La paja que formaba el tejado cubría ahora completamente el suelo, por lo que más de una vez resbaló y estuvo a punto de bajar rodando. En el círculo central vio dos figuras, que poco a poco fueron creciendo hasta transformarse en dos niños. Lake los conocía.

-Adrián, Luca. –los llamó. -¿Habéis visto a Rachel?

Ninguno de los dos chicos sabía dónde estaba su hermana, por lo que Lake volvió a subir las gradas y continuó su carrera por el pueblo. Las calles, que rodeaban la plaza principal, estaban separadas entre ellas por casas coloridas. Había callejones que atravesaban los edificios, conectando las calles entre sí. A parte de la Gran Avenida, donde se encontraban el mercado y el hospital, no había ninguna otra zona, a excepción de los gremios y un colegio mediocre, que fuera comercial o de uso público.

Lake optó por seguir corriendo hasta el hospital, pero se arrepintió enseguida. El camino estaba bloqueado por más piedras caídas, por lo que tuvo que darse la vuelta y volver sobre sus pasos hasta el mercado. Le sorprendió ver que aquel extraño tendero había desaparecido junto a su mágico toldo y su puesto, pero no se dejó despistar.

Recordó aquellos largos paseos que había dando con sus amigos tantas veces por el pueblo, recorriéndoselo de cabo a rabo. Tenía que haber alguna manera de llegar al otro lado; la calle principal parecía haber sido partida en dos durante el terremoto, separando ambas mitades con imperturbables murallas de roca.

Lake corrió y corrió por entre las callejuelas, pero todos los caminos le llevaban al mismo lugar; de vuelta a la pared. No había manera humana de pasar al otro lado.

Estaba ya a punto de echarse a llorar por la desesperación cuando atisbó el brillo inconfundible de una armadura y se giró, extrañado y sorprendido. Era la primera vez que veía un caballero, mas entre sus características vestiduras y la enorme espada distinguió a aquel misterioso tendero.

El hombre sonrió al ver a Lake y se le acercó con calma. Posó su mano suavemente contra sus cabellos y le habló lentamente al oído. Lake jaspeó.

Lloró arrepentido, sacó las monedas robadas y se las entregó con manos temblorosas. Cuando el dinero tocó al hombre el metal se convirtió repentinamente en polvo y Lake distinguió durante un instante las hermosas alas blancas que se extendían tras él.

El ángel le sonrió y se acercó a la muralla. Cuando su mano se posó, esta vez sobre las rocas, estas se convirtieron de inmediato también en polvo.

Lake no tuvo tiempo ni de sorprenderse. Ahora que no estaban separados, oyó a su hermana llamándole y la vio corriendo entre lágrimas hacia él. Los dos se abrazaron, rieron y lloraron.

Cuando se volvió, el ángel ya había desaparecido. No pudo agradecerle, pero juró que no lo olvidaría. Jamás.

Entre sus pies se extendía el milagroso polvo que le había devuelto la felicidad.”

Sólo un poco más.

-Sólo un poco más.

Ayer, viernes, estaba convencida de que podría como mínimo empezar mi proyecto de Ciencias, sobre la Esquizofrenia, pero no fue así. Me imaginaba que estaría tranquilamente, sola en la casa con Michaela toda la tarde, hasta que Jackie volviera del cine. Llevaba apenas una hora en el ordenador cuando llegaron las dos, acompañadas por Judy, y me obligaron a prepararme para ir a cenar con ellas. En realidad, me apetecía, pero es que pasarse toda la noche preocupada por el trabajo, con punzadas de culpabilidad atacándome constantemente y mi lado responsable quejándose a gritos… pues lo hizo duro, pero al final fui.

A todas aquellas personas que creen haber comido alitas de pollo alguna vez en su vida, os aseguro que no habéis probado nada hasta que vais al Wild West Wings y os pedís las Honey Blues. Han sido las mejores alitas de pollo de toda mi existencia y espero que no las últimas. Tenían una mezcla de dos salsas que puede sonar perturbadora, pero la verdad es que combinaban divinamente bien; la primera era honey garlic, que significa miel con ajo, y por encima tenía queso azul fundido, cálido pero son llegar a arder. Madre mía, si estaba bueno.

Después de esta cena de dioses, nos volvimos a casa en el coche de Judy. Era apenas un viaje de cinco minutos. Sólo tengo que decir que, es sorprendente lo que pueden cundir cinco meros minutos. Nuestro plan inicial era ir a casa, ver un peli y a dormir. Cuando salimos del coche, había cambiado… un poquito.

Corrimos dentro como si nos fuera la vida en ello. Las escaleras apenas supusieron obstáculo alguno para mis piernas y mi respiración ya estaba suficientemente acelerada, así que no importó. Agarramos los pijamas, ropa de recambio, un cepillo de dientes y la crema y lo aplastamos todo en una maletita.

Ugh. Me duele la cabeza. Creo que tengo fiebre, pero claro, como Jackie no tiene termómetro pues no hay manera humana de saberlo. Llevo con este catarro desde principios de semana, y ya empieza a hartar. Sé que estoy de bajón, en el sentido de que ahora toso mucho menos y tal, pero aún así es un engorro. Sobre todo teniendo un proyecto de Ciencias sin empezar y para el lunes. Ah, por no incluir el examen de Gimnasia, y eso que el profesor ha dicho que siempre los hace dificilísimos.

Volviendo a ayer, subimos de nuevo al coche de Judy e hicimos todo el viaje hasta su casa. Nada más llegar, se nota que la mujer tiene mucho dinero. Estamos hablando de un jacuzzi en su baño (con sitio para dos), otro en el jardín, una piscina con trampolín, dos o tres neveras, unas pocas teles plasma y muuuuuuchas cosas más. Así que sí, lo pasamos genial. Vimos la película, comimos tarta, se metieron al jacuzzi durante una hora entera (llamándome gallina todo el rato porque me negaba rotundamente a entrar con ellas) la cual yo aproveché para terminarme el libro de Inglés (bueno, al menos hice algo), vimos otra película, comimos más tarta, hablamos un buen rato y nos fuimos a dormir. La verdad es que estuvo muy bien.

De toda la tarde, voy a destacar dos sucesos que, digamos, me interesaron e incluso sorprendieron. Para empezar, Jackie y Judy se pasaron toda la segunda película pasándose el móvil de la primera e intercambiándose mensajitos con un señor/a del cual no nos hablaron. Cada poco rato vibraba el aparato, Jackie lo leía, se reía, se acercaba a Judy para que no la oyéramos, cuchicheaba algo y le pasaba el móvil. Judy contestaba, entre carcajadas, y se lo devolvía. El tiempo entre mensaje y mensaje lo pasaban comentando lo que quiera que estuvieran planeando. A mitad de todo esto, yo, que ya las había empezado a mirar raro (y Jackie ya se había fijado en cómo las observaba), les dije, casualmente:

-Parecéis una pareja de adolescentes con un novio secreto, ¿se puede saber qué estáis tramando?

Ellas se rieron pero, por supuesto, no me contestaron. Por la mañana, hoy, todavía comentaban los mensajitos, aunque ya no enviaron nada más.

Otra cosa que me llamó la atención eran los sillones del salón. Eran de cuero marrón oscuro y se balanceaban suavemente, como la cuna de un bebé. Me recordaban muchísimo a los de la casa de Jorge. Me acuné delicadamente durante toda la noche, levantándome tan sólo cuando era completamente necesario. Me invadió una sensación extraña mientras me balanceaba en la silla; una mezcla de punzante añoranza por mis amigos y una extraña tranquilidad causada por un falso sentimiento de seguridad, como si alguien me estuviera cuidando y protegiendo, acunándome en sus brazos para que me quedara dormida. Era una sensación muy reconfortante.

Por la noche, llegó el sueño. Apenas recuerdo lo que ocurría. Mi mente guarda flashes de imágenes difusas, donde tan sólo puedo diferenciar a personas entre una masa deforme de gente. Creo que estamos en un colegio; no es un sitio cualquiera, sin embargo. Es el de mi mente; mi colegio de España, como está siempre que sueño con él. Es tan sólo un poco distinto al real, de hecho; mismo tamaño pero acompañado de una sensación de enormidad. Esta vez, al segundo piso le habían incluido las taquillas de mi instituto canadiense. Apenas recuerdo de que iba el sueño; no sé cómo empieza ni cómo acaba.

Hay una parte que, en cambio, se ha quedado grabada en mi subconsciente. Tan sólo había chicas, de mi edad, llenando la escena. Estamos en un gran comedor, muy parecido al de Hogwarts solo que más pequeño, como si lo hubieran prensado por delante y atrás. Las velas, colocadas ordenadamente en varios candelabros, cuelgan del techo en vez de estar suspendidas en el aire, bañando la estancia con una luz dorado cálido. Sé que pasó algo antes de donde yo recuerdo; mis sueños tienen personalidad propia, como cualquier persona, y por eso sé que, por muy raros o descabellados que sean, tienen un principio y un final. No salen de la nada, como si empezaras a leer un libro por la mitad. Por eso, sé que, de alguna manera llegué al comedor y me encontré con todas las chicas. A la única que reconozco es a Paula, otra de esas personas que ha poblado mis sueños desde que llegué a Canadá.

La escena empieza conmigo subida a los candelabros. Solo que no son exactamente los candelabros. Son unas ruedas extrañas, planas y horizontales, con agujeritos y de un azul plateado. Varias proyecciones, lo suficientemente grandes como para llenar mis puños, rodean la base del círculo, mirando hacia el suelo. Son unos objetos extraños, pero yo me balanceo, saltando de uno a otro, como si fuera un mono bailando entre las ramas de la jungla. Es duro y me cuesta bastante, pero al final consigo llegar hasta el final. He pasado por encima de todas las mesas de la izquierda, ignorando la fila de la derecha. Cuando mis pies tocan el suelo me estabilizo y espero a los aplausos, que llegan apenas segundos después. Todas las chicas sonríen, Paula en especial. Claro, ahora le toca a ella. Tiene ganas, lo sé por su expresión, pero también está nerviosa y se podría decir que hasta un poco asustada. Una gotita de sudor corre por su frente, cruza su mejilla y cuelga de su barbilla durante un instante; luego, tranquila y lentamente, cae en picado hacia el suelo, donde estalla en miles de gemelas brillantes. Gemelas. Ugh.

Paula me mira intensamente, esperando. Yo asiento y ella me devuelve el gesto. Es la hora. Tenemos que salvar el mundo.

Este sueño es distinto a todos los demás. Mi mente piensa en español todo el rato, e incluso yo creía que los personajes hablaban mi mismo idioma, pero cuando recuerdo a mi profesora de inglés (Wickett es la última de las personas que ha plagado mi subconsciente) entrando en la escena, poco rato después, sé que lo dijo en inglés. Así que, poco a poco, están tomando posesión de mí. Paula lo odia, y la verdad es que a mí me incomoda. Lentamente, vamos notando cosas que no nos pasaban hasta que llegamos aquí; palabras que salen antes en inglés que en español, o frases que nos traban la lengua con facilidad, tan sólo por estar en nuestro idioma natal, cuando antes eran tan típicas como sencillas. No sólo nuestros pensamientos, sino también nuestros sueños, están siendo poco a poco vaciados y rellenados, cambiando las dos lenguas la una por la otra.

Le indico a Paula que se acerque conmigo hasta la mesa contigua a aquella donde he bajado yo. Ella señala el utensilio que cuelga de la pared. Apenas lo recuerdo ya; no sé si había tan sólo uno, móvil, o varios esparcidos por la fila derecha, igual que mis ruedas. Esta cosa, en cambio, es mate. Un muelle rectangular, que de alguna forma tiene dos plataformas (del tamaño de unos pies pequeños, como los de Paula) en la barra de arriba, y se abre hasta más o menos medio metro. Recuerdo que era colorida, pero de un azul grisáceo a la vez. A la derecha del muelle había otro objeto, probablemente redondo, que ha parecido borrarse completamente de mis recuerdos.

Paula recorre la fila montada en el muelle, o al menos eso imagino. Sé que le estoy dando la espalda, pero de alguna forma extraña, veo como trabaja hasta llegar a la otra punta, como si fuera otra persona mirando sobre mi propio hombro. Poco rato después, Paula vuelve conmigo y las demás chicas.

Entonces noto el enorme óvalo en mitad del comedor, colgando del techo junto a los candelabros. Es blanco brillante, como si estuviera cubierto de purpurina plateada, y tiene circulitos en relieve decorando toda la superficie. Sé que estaba hueco, aunque no lo vi por dentro. Por su tamaño, habría cabido un bebé recién nacido.

El sueño toca fin poco después, cuando Wickett entra en el comedor por unas puertas dobles enormes, de color rojo madera. Parece enfadada y viene acompañada de un montón de profesores. De alguna manera, me recuerda a McGonagall.

-Lo sabemos. –digo yo, con una voz a la vez amenazadora y calmada.

-Diamonds. –contesta Wickett.

Sé que el propósito de todo lo que hicimos Paula y yo, con las ruedas y el muelle respectivamente, no era un juego, sino un mecanismo para abrir, de alguna manera, el gran óvalo del centro. Sé que contenía los diamantes que nos exigió Wickett más tarde, tanto como sé que no llegué a ver las joyas. Me hubiera gustado, aunque de alguna manera sospecho que los diamantes eran la purpurina brillante que cubría el óvalo. Lo último que sé, es que los profesores buscaban esos diamantes, creo que con malos propósitos. La verdad, no lo tengo muy claro.

Así que sí, últimamente estoy teniendo sueños muy raros, ¡pero la verdad es que son cada vez más divertidos!

No sé de qué se quejan…

Hoy tengo muuuuuuuuchas cosas que contar, así que vayamos por orden (de bueno a fantástico):

Para empezar, la nieve ha vuelto y parece que esta vez se va a quedar para largo xD. La verdad es que está todo muy bonito, con el suelo cubierto de blanco y copitos cayendo (pero poco a poco) todo el rato. Eso sí, por las mañanas es un poco… letal, se podría decir, e inoportuno. Últimamente tengo que salir con el gorro, la bufanda, los guantes, las botas y el abrigo (a este paso, igual acabo comprándome unos pantalones de ski y todo…). Según Paula, la temperatura se niega a subir de los -7 grados, así que se puede decir que hace un pelín de frío ;) . Para que os hagaís una idea, hoy iba yo hacia mi clase de mates, que está en una caseta a unos treinta pasos del colegio. En cuanto he salido por la puerta, parecía como si hubieran convertido el campo en una pista de ski. Sin exagerar, venía una brisilla helada que levantaba la nieve (más polvo que cualquier otra cosa) y la hacía bailar en remolinos por todo el lugar. El cielo ha estado encapotado todo el día, así que tampoco ayudaba mucho xD.

En segundo lugar, hace poco que mi host mom me dijo que íbamos a ir a los Estados Unidos estas Navidades para celebrarlas con los familiares que tienen ahí y tal (lo cual no me parece mal :) ). Lo que no me contó hasta hace apenas unas horas, es que está planeando llevarme a un lugar muy especial. No es un sitio que contara en mi lista de verlo-antes-de-palmarla, pero la verdad es que no me importaría visitar para observarlo y todo eso… xD. Por si os pica la curiosidad, os diré que vamos a un pueblecito cercano a Washington, y que me van a llevar a ver la Casa Blanca :D . ¡¡Siendo sincera, tengo muchas ganas!!

Otra cosa que me ha entusiasmado muchísimo es el proyecto que vamos a hacer el lunes que viene en Ciencias. Tiene gracia, porque cuando la profesora lo ha dicho todos estaban como: “¡¡¡NOOO!!! ¡Yo no quiero hacer eso, qué asco!” y yo, sin embargo, iba dando saltitos y repitiendo: “¡¡¡SÍIII!!! ¡Por favor déjame cortar a mí!” (esa última parte iba para mi compañera, quién asintió de inmediato) xD. ¿Que cuál es mi proyecto? ¡¡DISECCIONAR UNA RANA!!

Ya sé que a muchos puede daros un asco mortal, pero a mí ¡¡me mola!! Tengo tantas ganas de que llegué el lunes que casi doy miedo ;) . Por no incluir que esto, frente al experimento de la cebolla, es realmente AUNTÉNTICO AMERICANO. ¿A que no me lo niega nadie?

Finalmente, como un párrafo de conclusión (y por lo tanto breve y conciso) os muestro mi trabajo de inglés, escrito en “verso” (más o menos…). Está ambientando en el libro Macbeth de Shakespeare, así que no os extrañe el vocabulario y la grámatica ;) . Se supone que es uno de los criados hablando sobre el asesinato del rey de Escocia, Duncan, mientras se hospedaba en el castillo de Macbeth (el desconocido asesino, por cierto):

“Mine soul crush’d to dust with the inhuman force of nature herself,

As mine ears were told the darkest of them thoughts.

He, with his warm hands and peaceful mind,

May find his way through the shaken sky

To the deepest love and care of it Heaven.

And may he,

With his stained hands and tortuous mind,

Hide amongst the blackest shadow,

As his broken soul is to be seen and captured and then sacrificed,

And in Hell darken and suffer for ever.

I do know him Lord Macbeth, indeed,

And can fearlessly believe that he is to be trusted and praised,

As he spent whole the night in his chamber, peacefully resting.

Though, does mine soul fear her, the alluring innocent flower,

Out of unexpected suspicions raised by the shaken night,

That her mind may of evil thoughts be fill’d,

Though not enough for the crime to be committ’d.

It is to be believ’d that those bloody guards

Execut’d the worst of them crimes,

Against life herself.

Though, the Macbeths are now to be crown’d,

Between sorrow and glory,

And have those two brothers suspiciously disappear’d,

Between shadows and blood,

Which is indeed very opportune.

Though, may mine words be never against them Macbeths,

But may yours minds believe whatever they wish to.

Good night and farewell.”

No se aceptan TIBURONES al volante

Últimamente, y en particular este verano, no hago más que soñar que conduzco. No sé por qué, pero siempre acabo o estrellándolo, o corriendo detrás de una catástrofe. La última pasa cada vez más.

Así ha sido mi sueño de hoy.

Tiene gracia, porque al principio sabía perfectamente que era un sueño, pero conforme fue avanzando se me iba olvidando… hasta que he acabado corriendo a lo loco, como si me fuera la vida en ello. Todo ha empezado en una noche ESPAÑOLA, con ese balance perfecto entre ambiente y sentimiento…

Era tan negro como una noche sin luna, tan silencioso como una serpiente y tan invisible como una sombra entre sombras. Pasaba rozando el suelo, sus ruedas besando gentilmente el asfalto. La oscuridad que le envolvía corría a su lado, retándole a una carrera que ninguno de los dos podría ganar jamás; en contadas ocasiones vio volar sombras grises como el incienso, cuyos troncos explotaban a ambos lados, sus picos balanceándose al ritmo de una suave brisa. Bajó la ventanilla para sentir el viento en la cara, sus cabellos bailando contra el asiento. Sus manos estrangulaban el volante como si fuera su peor enemigo, tiñendo sus nudillos de un blanco pálido. Viajaba sola, sin un destino aparente, guiándose por la línea infinita que formaba la carretera.

Era una noche oscura, sin estrellas estampando un cielo despejado. Como si la ausencia de la luna las hubiera hecho perder su brillo, apagándose para siempre y cayendo al mundo como pequeños copos de nieve. Pero ese no era el caso, al menos no allí. El calor era abrasador, provocando que pequeñas perlas de sudor se formaran en su nuca.

Pisó el freno de repente, abrió la puerta y sacó una pierna que apoyó firmemente contra el asfalto. La fuerza de la gravedad actuó sobre el peso del Ferrari, impulsándolo hacia el frente. La resistencia de su pie contra el suelo hizo que el deportivo derrapara, frenando por fin entre una nubecilla de polvo marrón claro.

Una farola esbelta se alzaba hacia el cielo, bañando el lugar de un dorado cálido. Pocos metros más allá, alejado de la luz como si de un murciélago se tratara, descansaba un Ford viejo, de tonos marrón madera.

Un escalofrío la recorrió en cuanto lo vio. No entendía cómo, pero sabía que aquel coche era de la policía. La misma policía que la buscaba y pensaba meterla en una celda pútrida por el resto de su vida.

Respiró profundamente, tratando de calmarse. “Son como perros, pueden sentir el miedo” se dijo entre jadeos.

“¡Ahí está! ¡Cogerla, está justo ahí!” gritó una de las policías, saliendo rápidamente del Ford. Tal y como había predicho, pero ya no quedaba tiempo para lamentarse.

Nerea cerró el deportivo de un portazo y aplastó el acelerador. Dio un giro brusco a la derecha, bajando por una cuesta empinada de piedras y arena…

Y de repente, tan inesperado como una nevada en pleno desierto, el Ferrari se encogió hasta hacerse tan pequeño como un par de deportivas. Un instante después, sin darle apenas tiempo a asimiliarlo, chocó contra una de las piedras y la impulsó hacia la noche infinita.

Cayó dando una voltereta y se levantó con gracilidad, como si su cuerpo fuera aire. Las policías corrían tras ella, jadeando por el esfuerzo.

No mucho después, la cuesta tocó fin, dejándola en frente de un extenso campo de trigo.

Corrió entre los trigales, huyendo de las dos mujeres que la perseguían.

Una bombilla se encendió en su cabeza a la vez que una nueva idea, tan revolucionaria como perfecta, surgía de entre la nada. Paró de golpe, volviendo la cabeza y buscando a las policías. El campo daba a una enorme playa de arena dorada, brillante bajo la fina línea de luz que cruzaba el horizonte en ese mismo instante. Estaba amaneciendo.

Simuló que venía de la playa, su cuerpo ahora cubierto con un bañador exquisitamente negro, y una toalla descansando en su hombro. Unos segundos después, ambas mujeres salieron de entre los trigales para darse de lleno contra ella. Le sorprendió que fueran su profesora de inglés, Wickett, y su amiga, del mismo gremio, Gravelle.

“Hmm… ¿qué haces aquí, joven?” Nerea notó, con asombro, que sus voces  habían adquirido su lengua materna. “¿ibas tu montada en un monopatín?” le preguntó Wickett, amable como siempre.

“¿Yo? No, qué va. Si yo vengo de la playa, es que me gusta venir aquí nada más amanecer…” contestó ella, sus mejillas tiñiéndose de un rojo inocente.

“¡Ah! Chica, no tienes de qué avergonzarte, a mí me encanta venir a la playa a estas horas.” comentó Gravelle, su sonrisa brillando en la cálida luz de un nuevo día.

“No, si lo vergonzoso habría sido verme en monopatín…”

Las tres se miraron y rieron a carcajadas.

Nerea se volvió hacia la playa y contempló como el sol iba lentamente acercándose al centro del cielo, el cual se había vuelto de un azul claro y despejado. Se pasó las manos despistadamente por el pelo, peinándolo entre sus dedos, dejando que le hiciera cosquillas como un niño travieso.

Cuando se giró, poco después, buscando a las dos policías, se encontró rodeada por dos chicas completamente distintas. A su izquierda estaba Paula, sus rizos tan rebeldes como siempre, y a su derecha una chica joven, de apenas veinte años, que las miraba como si fueran amigas de toda la vida.

Nerea y Paula se metieron al agua de inmediato, jugando entre salpicaduras. La luz era intensa pero no abrasadora; calentaba lentamente sus cuerpos, dando esa sensación de calidez que tan sólo iguala una ducha en pleno invierno.

La playa era extraña de una forma tan única como bella. Descendía abruptamente hacia lo más hondo del océano, casi más como si se tratase de un pozo que del mar. Apenas habían dando dos pasos y el agua ya les cubría hasta el cuello.

La joven prefirió esperar en la orilla, pescando con unas lanzas de punta de hierro. Poco después, tanto Nerea como Paula se le unieron.

Entre unas y otras, consiguieron cazar un tiburón azul como el fondo del mar, con ojos brillantes y negros. Nerea atrapó un pez luna, apenas mayor que la palma de su mano, y lo mató clavándole una espina entre la cuarta y la quinta vértebra. Cocinaron los dos pescados en una pequeña hoguera y esperaron a que se hicieran, observando como las olas rompían delicadamente contra la arena.

Una sombra apareció repentinamente en frente suyo, apenas un metro debajo del agua.

“¡Es un tiburón!” exclamó la joven.

Sin vacilación alguna, Paula se sacó de su bolsillo una pieza de puzzle, hecha de corcho y azul como el cielo, de unos dos metros de alto, y la estampó contra la superficie del agua con semejante gracilidad que no salpicó ni una sola gota. La sombra, que hasta entonces se había estado balanceando al ritmo de las olas, frenó de repente y fue creciendo hasta que una cola asomó por debajo del puzzle.

“¡Lo tienes!” gritó la joven, entusiasmada. “Sácalo del agua y ponlo al lado del otro.” le dijo a Paula.

Pero en cuanto ésta acercó la mano a la sombra, Nerea chilló. “Los presentimientos otra vez…” pensó, mirando hacia el mar con desconfianza.

“¡No toques ese tiburón, es una trampa!” gritó, pero ya era demasiado tarde.

El enorme animal se alzó sobre la cola como si de piernas se trataran, abrió su enorme boca y sonrió con malicia, fardando de sus cientos de dientes blancos como la cal y afilados cual cuchillo.

Las chicas no tuvieron más remedio que echar a correr de vuelta al trigal, huyendo frenéticas del enorme tiburón. Nerea se giró para comprobar su avance… y se arrepintió al segundo después.

“¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!” con semejante grito adelantó a ambas chicas, dejándolas bocabiertas por una fracción de segundo. Inmediatamente después, cuando ellas también miraron hacia atrás, la imitaron.

Un monstruo gigantesco había salido de las profundidades del mismo océano y se acercaba hacia ellas. Su cuerpo cubría entero el horizonte, y era de distintos tonos azulados, con la mezcla perfecta que darían una ballena y un pokémon. Nerea frunció el ceño, preguntándose qué narices hacia un pokémon en mitad del mar. ¿Es que acaso tendría también una pokedex en el bolsillo?

Por desgracia, no tuvo tiempo para comprobarlo. Justo cuando la monumental poke-ballena se les tiraba encima, una enorme oscuridad bañó el lugar, dejando a Nerea confusa y asustada. Se impulsó entre la noche como si de una sustancia espesa se tratara, y entre jadeos salió hacia una luz cegadora…

Y sí, murió, porque en cuanto despertó se acordó de que tenía que ir al colegio… Y eso es mucho peor que ser perseguida por una poke-ballena, te lo digo yo ;D.

Historia para Lengua

Esta es una historia que hice para mi clase de Lengua. Es un poco corta, exigencia de la profe. Espero que os guste.

Dinero Traidor


Tiro de la cuerda insistentemente, pero no sirve de nada. El dinero que había colocado estratégicamente ha atascado el paracaídas, impidiendo que salga. Antes de dar el primer tirón estaba emocionado. Ahora el miedo me presiona el pecho, la desesperación me da dolor de cabeza. El aire me azota con fuerza, tirando de mi piel hacia arriba. Los salientes de roca, grises como mi futuro, pasan peligrosamente cerca de mi cabeza. El agua resplandece bajo mi ser. Veo el reflejo de la luna, llena y blanca como la nieve, brillando sobre el agua, creando un paseo blanco azulado hacia su posición.

Segundos antes de estrellarme contra la superficie del mar, negra y dura como el hormigón, recuerdo mis últimas horas de vida.

Estaba tumbado sobre el sofá, tratando de conciliar el sueño mientras esperaba a que mi hijo volviera del colegio, cuando un sonido monótono y repetitivo me sacó de mi estado de inactividad. Me miré el reloj; Will debería haber llegado hacía una hora.

Me levanté, enojado porque me hubieran despertado y preocupado por mi hijo y anduve tambaleándome hasta el teléfono. Me llevé el auricular al oído lentamente, como si fuera muy pesado. Una voz educada y suave me saludó desde el otro lado de la línea. Era aguda y melodiosa.

Le devolví el saludo con voz casada y pregunté por la razón de su llamada, a lo que ella contestó, insensible:

-Tengo a su hijo, Jack –la voz se volvió fría y amenazadora. -. Estamos en el acantilado que usted suele usar para hacer paracaidismo. Tráigame ahora mismo todo el dinero que tiene metido en ese asquerosa caja fuerte o mataré a su hijo. Le aviso, si llama a la policía o viene acompañado el resultado será el mismo que sino trajera el dinero.

Me quedé sin habla. Los labios me empezaron a temblar cuando asimilé lo que me acababa de decir y la vista se me nubló. Noté como una lágrima me recorría la mejilla cuando al fin logré balbucear, con voz suplicante, que no le hiciera daño.

-Todo depende de usted, Jack. –un pitido alargado sonó y supe que había colgado.

Decir que salí volando de la casa no sería exagerar. Precavido como sólo puede serlo un ex-piloto de guerra me puse mi chaleco antibalas y cogí la mochila que contenía un viejo paracaídas que no usaba desde hace mucho tiempo. Metí en la misma bolsa todo el dinero que saqué de mi supuestamente secreta caja fuerte y eché a correr a lo largo de la montaña. No me preocupé siquiera de cerrar la puerta; vivíamos en una casa de montaña prácticamente aislada de la humanidad.

Los pocos árboles que formaban un pequeño bosque hacia el acantilado pasaban a mis lados como si volaran. Cuando vi por fin el cielo y sentí la fría brisa de mar suspiré, aliviado. Olía el mar, salado, pero no oía las olas.

Llegué a nuestro punto de reunión en menos tiempo del pensado.

Cuando vi únicamente a una mujer, esbelta y hermosa como una diosa, agradecí al cielo que no tuviera a mi hijo. Después del enorme alivio llegó la ira, me enfurecí de que me hubiera engañado usando a Will como cebo. Di un paso hacia ella con la intención de tirarla por el acantilado.

-No de ni un solo paso más, Jack. No querrá que mi francotirador dispare, ¿no?

Me señaló el pecho y vi que tenía un pequeño punto rojo encima del corazón. Maldije en voz baja, viendo que tendría que usar el paracaídas. No quería morir.

-Déme el dinero y lo dejaremos en paz, Jack. Esto no tiene porque acabar mal.

Jamás, murmuré, y eché a correr hacia ella. La mujer hizo un gesto con la mano y se oyó un disparo justo cuando me esquivaba. Antes de caer alcancé a ver como su cuerpo se desplomaba sobre el suelo, mientras un charco de sangre se iba formando a sus pies y un gran punto rojo aparecía en su pecho.

Cuento para Leire

Bueno, hoy tengo poco trabajo así que puedo colgar algo más fuera de la normal. Esto es un cuento que escribí hace tiempo para mi hermana pequeña. La muy traidora no se lo terminó de leer…

Sinnombre. La historia de una niña que fue en busca de su nombre.

Era un día lluvioso, el cielo estaba encapotado y los truenos le hacían daño en las orejas. Ella era pequeña, bajita para su edad y muy delgada. Tanto, que la llamaban “La Fideo”. Nadie parecía saber cual era su nombre verdadero, ni siquiera ella. Sus padres no se lo habían dicho jamás; ellos sólo la llamaban cosas como cariño, amor mío, sol de mi corazón, cielo… Su hermano era todavía un bebé, apenas balbuceaba palabras como agua o mamá.

En el colegio tenía sólo un amigo, un chico esbelto y hermoso, de cara redondeada y ojos verde esmeralda. Parecían dos joyas preciosas que alumbraban el camino hacia su alma. Su pelo era negro como el azabache, brillaba azul en los días soleados. Él tenía muchos más amigos que ella, tantos que no llegaba a contarlos con sus dos manos. Eso la hacía sentir desdichada, apartada de los demás.

Vivía a las afueras de la ciudad, desde su ventana se veía un bosque infinito de pinos que no acababa jamás, interrumpido solamente por un enorme lago negro en el que las gotitas de lluvia dibujaban ondas que se extendían, mezclándose con las demás. Pensó, los ángeles lloran por ti, Sinnombre. Dos lágrimas saladas le corrieron por las mejillas y decidió que ese día no iría al colegio. Estaba en tercero de primaria, podía permitírselo.

Su amigo Bruno, como se llamaba (él sí que tenía nombre) había acudido a su casa todos los días que ella había faltado al colegio para ver si estaba enferma. Sinnombre esperaba que ese día no fuera la excepción.

El sol se ocultó bajo la inmensidad del bosque la quinta vez que su madre llamó a la puerta. Ella estaba tumbada en su cama de sábanas verde esmeralda (el color de ojos de su único amigo) llorando a moco tendido con la cara contra la almohada, húmeda y fría. Se limpió la cara a toda velocidad y corrió a abrir la puerta, rezando para que su amigo hubiera venido al fin.

“Hora de cenar, amor.” le dijo su madre.

Sinnombre no pudo evitar que las lágrimas volvieran a correr por sus mejillas al oír la última palabra. El enfado por su abandono y el olvido de su nombre se juntaron. Se echó a correr, apartando a su madre del camino y gritó desde la puerta, mientras cogía su chubasquero:

“¡Me marcho a buscar mi nombre!”

Desde el alto techo se oyó el eco de su voz. En la cocina, su padre le dijo algo a su hermano, pero desde donde estaba Sinnombre no le entendió. Su madre contestaba desde el piso superior cuando ella cerró la puerta y echó a correr debajo de la lluvia:

“¡Vuelve antes de…!” la voz de su madre se fue apagando cada vez más.

Cuando al fin llegó al comienzo del bosque paró de correr y tomó aire. Estaba muy cansada, la cara le escocía por las lágrimas.

“¡Voy a encontrar mi nombre te guste como si no!” gritó al cielo. En el colegio todos se reían de ella porque no tenía nombre.

El bosque estaba oscuro y húmedo a causa de la lluvia. Las nubes tapaban a la Luna, por lo que la oscuridad era casi total. Bruno era un chico muy valiente, pero por una vez tenía miedo. Oh, sí, mucho miedo. Le habían castigado en el colegio y no había salido hasta muy tarde, por lo que no había podido ir a ver a su amiga hasta tarde. Cuando al fin llegó a la casa la madre de Sinnombre le había dicho que había ido al bosque en busca de su nombre, y Bruno no la había entendido. Aún así, había ido en busca de su amiga al bosque, rezando para que no se la hubieran comido los lobos o se hubiera perdido.

Llegó al lago mucho tiempo después de haber entrado en el bosque. Era gigantesco, la lluvia caía sobre el agua destruyendo la calma que momentos antes había reinado. Bruno estaba muy preocupado, rodeó el lago en busca de su amiga, mirando dentro de éste. Le suplicó al cielo que ella no se hubiera caído dentro. ¿Qué haría entonces? Echar a correr en busca de ayuda o tirarse dentro. Pero ya sería demasiado tarde.

Sinnombre miraba su reflejo en el borde del lago, reteniendo las lágrimas por una única razón: no le quedaban más. Era una niña muy guapa, con la cara redonda por la infancia y unos ojos enormes de color verde oscuro que la hacían muy atractiva. Su cabello estaba formado a base de largos tirabuzones de color castaño oscuro, casi negro. La capucha impedía que la lluvia la empapara y sus botas de agua eran tan largas que podría haberse metido a la orilla del lago y no se habría mojado.

“¡Sinnombre!” oyó una voz aguda y melodiosa, perdida en la espesa niebla que ahora cubría el bosque.

“¡Bruno!” contestó ella. Al chico le llegó su nombre desde la lejanía y anduvo con cuidado hasta donde ella estaba, tratando de no tropezar o caer al agua.

“¿Qué haces aquí?” le riñó.

“Buscar mi nombre.” le contestó ella.

“¿Y para qué lo quieres?” preguntó él. “Las personas no se fijan en tu nombre, sino en tu interior. Lo que importa de verdad eres tú” le tocó el pecho con el dedo índice para remarcarlo. “; tu forma de ser. Un nombre sólo da falsas esperanzas o provoca confusiones. La gente piensa demasiado en el aspecto y muy poco en el interior.”

Ella se quedó anonadada, sorprendida por lo que le acababa de decir.

“¡Qué listo eres, Bruno!” hizo una pequeña pausa pensativa. “¿Así que el nombre forma parte del aspecto?” le preguntó al final.

“Exacto, veo que me entiendes.” afirmó él, orgulloso.

“Pero, ¿y qué pasa con los demás niños? Ellos se meten conmigo porque no tengo nombre.” se quejó, deprimida de nuevo.

“Eso es porque son todos tontos. No se fijan en lo que importa de verdad.” le explicó, mientras le tendía la mano.

Ella se la cogió y se levantó con su ayuda. Caminaron un largo trecho así, cogidos de la mano, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

“Tú eres la que importa, tengas el nombre que tengas. Por eso me gustas tanto.” le confesó, cuando ya estaban llegando a su casa. “Estoy seguro de que si los demás te conocieran también te querrían.”

“Muchas gracias por hacérmelo ver, Bruno. Eres el mejor.” le agradeció ella.

Volvieron a su casa cogidos de la mano, para sorpresa de sus padres. Sinnombre invitó a Bruno a cenar, y ya más adelante, en el colegio, éste se la presentó a sus colegas. Una vez la conocieron de verdad todos se hicieron amigos suyos, la quisieron y le dieron lo que tanto había añorado: amor, cariño y amistad. Años después se casó con Bruno, tuvo hijos y murió, siendo conocida por todo el mundo como la niña sin nombre, que vivió feliz.

Fin

Lo sé, termina un poco de sopetón. Tenía que ocupar muy poco (menos de una página) y yo ya llevaba cuatro… Acorté como pude, jejeje.

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