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Miedo a la Muerte

Bueno, ya llegamos al cuarto día y con él llega el cuarto capítulo. ¡Ya me contaréis qué tal!

Miedo a la Muerte

Viktor y Anya

6 de Enero de 1986

San Petersburgo (Rusia, Europa)

Paseaban por aquel mercado todas las semanas en busca de alimentos frescos y buenos. Eran jóvenes, apenas unos niños, pero ya lo sabían todo acerca del lugar: conocían dónde estaba situado cada puesto (el de las mejores verduras, el del pescado más fresco, el de la fruta mejor cosechada…) y acudían siempre que podían. El mercado no estaba muy cerca de su cabaña, pero tampoco estaba realmente lejos. Sólo lo suficiente como para impedir que fueran los días que nevaba demasiado o hacía bastante frío. Ese día en concreto los termómetros marcaban muchos grados bajo cero, aunque el cielo estaba despejado y no corría aire. Dado que se encontraban en la peor época, la más fría de todas, frecuentaban menos el mercado. Por esto, en cuanto un día se presentaba lo suficientemente bueno como para poder pasear con un buen abrigo de plumas de los dos salían de la cabaña y corrían hacia el mercado. Iban rápido, no dejaban de moverse para no congelarse.

Les faltaba un poco de fruta y algunas verduras para terminar la compra, pero se lo tomaron con calma. El sol iba calentando muy lentamente la ciudad durante aquella fría mañana y la temperatura había subido unos grados. No lo suficiente como para que los músculos de los niños no se entumecieran si paraban de andar, pero sí para permitirles el placer de pasear sin prisas. Vestían abrigos de color marrón glace (tan grandes que casi les llegaban hasta los tobillos) y pantalones gruesos a conjunto con sus botas gris claro. Ella llevaba de la mano a su hermano pequeño, de apenas cinco años, preguntándole si tenía frío cada dos por tres. La respuesta del pequeño no variaba; “No más que tú” le contestaba con empatía. Sabía que debían terminar la compra si quería seguir una dieta sana, por lo que tendría que olvidar aquel frío invernal que lo hacía estremecer y pensar en que fruta le apetecía más. Siempre había deseado comer una manzana roja, de esas enormes que siempre salen en los libros de dibujos sobre la letra M. Desgraciadamente, su hermana no le permitía separarse de ella y así no podía ir en busca de nada.

“¡Jo, Anya! ¡Yo también quiero ayudar!”

“Todavía eres muy pequeño, Viktor.”

“¡Mentira!” pataleó él, molesto. Era un niño precioso, de figura esbelta y rostro redondo. Su mirada era curiosa y calculadora además de, en ese mismo momento, suplicante. Sus ojos, de tonos grises y azul claro, conjuntaban con su cabello, blanco como la nieve que cubría las aceras de las calles. Miraba a su hermana sin mucha esperanza.

Ella se tomó su tiempo, turnando miradas cariñosas hacia el niño y preocupadas hacia el abarrotado mercado, pensando en sus posibilidades. Si Viktor aprendía a hacer la compra y podía ayudarla todos los días sería algo fantástico ya que irían mucho más deprisa y podrían llegar antes a la cabaña, cálida y segura. Anya acabó cediendo, aunque no muy convencida.

“Vale, de acuerdo. Si lo que quieres es ayudarme, Viktor, ve y compra alguna fruta. Ya sabes donde está el puesto. Yo te estaré esperando delante de las verduras, ¿vale?” le revolvió el pelo, largo hasta las orejas, y le besó en la mejilla. No parecía muy contenta de tener que dejar al niño solo, pero sabía que él lo prefería así.

Mientras ella caminaba Viktor paró a observarla alejarse. El frío se incrementó pero no le importó. Miraba a una chica de once años de aspecto delicado y ojos negros como el azabache, que hacía apenas unos segundos lo habían mirado con el único amor que Viktor había recibido en todo su corta vida. Cuando ella desapareció entre la muchedumbre Viktor estuvo a punto de echarse a correr detrás suyo y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Aún con todo, empezó a caminar en la dirección contraria mientras se limpiaba las lágrimas, hacia un solitario puesto de frutas que había visto en las afueras del mercado. Sabía que la iba a volver a ver en cuestión de minutos, ya que ella no lo iba a abandonar. No como les habían hecho sus padres cuatro años atrás, cuando él aún era un bebé.

El puesto era muy pequeño y bastante simple, con poca fruta pero muy exótica. Estaba vigilado por una viejecita de facciones cansadas, aunque muy dispuesta a pasar aquella mañana de invierno cuidando de su cosecha. Casi al alcance de la mano izquierda del muchacho, una manzana rojiza del tamaño de un puño adulto sobresalía de entre las demás, mostrándose con todo su esplendor a los clientes. Era de las primeras que veía Viktor y era real, no como las otras, hechas a base de pinturas de colores. Las frutas que había en ese puesto no iban ni con la temporada ni con el lugar. De hecho, Viktor vio lo que creía que era una sandía, del tamaño de un huevo de dinosaurio, tan grande que sólo cabía una en la caja.

Con los ojos relucientes de ilusión Viktor cogió las monedas que su hermana le había dado esa misma mañana y dirigió la mirada hacia la abuelita, casi saltando de alegría. Carraspeó levemente tratando de llamarle la atención a la tendera, pero esta no le oyó. Así que, sin perder los ánimos, levantó todo lo que pudo su brazo izquierdo, agitándolo mientras mantenía las monedas a salvo en la otra mano. Aguardó hasta que la mujer se percató de su existencia y se le acercó, ajustándose las gafas de bordes negros, a conjunto con su vestido rojo y pelo moreno. Viktor estaba casi completamente seguro de que procedía del sur, de algún lugar con altas temperaturas y grandes playas de aguas cálidas. Distinguió detrás de las gafas unos ojos de tonos marrón oscuro, parecidos a los de su abrigo, que lo miraban agotados y viejos. Parecía un poco inquieta por dentro, tal vez asustada. Viktor creyó que temía morir, tan arrugada y delicada se la veía. No acababa de comprender que hay de malo en ello.

Viktor trató de hablar con la abuela, por lo que esta se vio obligada a asomarse por encima de las cajas de frutas.

“Me gustaría comprar esa manzana roja que sobresale” indicó Viktor, cada vez más ilusionado, mientras le tendía las monedas a la tendera y señalaba la fruta que más le había gustado. Luego se acordó de su hermana y añadió: “y también esa sandía de ahí, por favor.”

“Por supuesto, jovencito.” le dijo la abuelita, con un acento español muy marcado. Viktor se enorgulleció de sí mismo ya que había sabido aproximar la procedencia de aquella mujer desconocida. Mientras él pensaba en ella, la tendera se aproximó hacia la fruta y la agarró fuertemente con sus manos arrugadas. Un simple anillo de boda, muy reciente según pudo observar Viktor, las decoraba. La anciana metió la manzana en una bolsa y luego colocó en otra la enorme sandía, mirando a Viktor con desconfianza. Él supo la razón; la sandía era demasiado grande como para que él solo la pudiera llevar. La viejecita se agachó y cogió las monedas que el niño le tendía sin darle a cambio la fruta. Después de comprobar que las monedas bastaban para pagarlo todo agarró las dos bolsas y se las ofreció a Viktor.

“Aquí tienes.” le dijo, esperando a que él la cogiera. Asustando a la abuela, Viktor agarró con fuerza las dos bolsas y se las colgó a la espalda, un poco como hace Papá Noel con su saco de regalos. La anciana le miró asombrada y sin dar crédito a sus ojos. Viktor, un poco incómodo por la mirada que le lanzaba la mujer, decidió despedirse.

“Muchas gracias… y felicidades” hizo una pequeña pausa y señaló el anillo. “. Espero que sean muy felices.” Añadió, sorprendiendo más aún a la tendera.

“Cl-claro, pequeño” tartamudeó esta, sin saber muy bien qué decir. No le había dicho a nadie, por falta de tiempo, que se había casado dos días atrás. Además, estaba segura de que no había visto a ese niño tan extraño en su vida. A fin de cuentas y por muy vieja que fuera, ¿a caso no sería capaz cualquiera de recordar a un niño de cabellos blancos, apenas mayor de seis años, que levantaba una sandía más pesada que él mismo con la facilidad con la que se eleva una pluma?

Viktor buscó a Anya con la mirada, muy orgulloso después del trabajo que había sido capaz de hacer. La vio enseguida, de pie delante del puesto de verduras, terminando de meter en su carro todo lo que había comprado. Se le acercó sigilosamente y, cuando la niña estaba a punto de girarse y empezar a buscarle, le saltó delante y le enseñó las bolsas.

“Mira lo que tengo.” canturreó, mientras abría las bolsas para que su hermana pudiera ver el contenido.

“Anda, ven aquí, pequeñajo.” sonrió Anya, mientras abrazaba con cariño a su hermano pequeño. Con el niño aúpa, agarró las bolsas que este le ofrecía y las metió en el carro, contenta de que Viktor hubiera sido capaz de comprar la fruta. A partir de entonces él podría ayudarla con la compra. A una persona normal igual le habría parecido una estupidez o un suceso sin la más mínima repercusión, pero para ellos, que vivían en una cabaña derruida, pasando frío y sin padres, era un gran avance.

En las afueras de Nápoles (Italia, Europa)

“¡¿Qué vamos a hacer?!” le preguntó Maia a voz en grito, mientras miraba ansiosa al exterior. “¡Mikheil! ¡Nos vamos a estrellar! ¡Caemos en picado y yo NO QUIERO MORIR!” chilló, mientras preparaba a toda prisa los paracaídas.

Ya no les quedaba ni gota de combustible, por lo que la avioneta había comenzado a descender a velocidad vertiginosa. Mikheil, que seguía de piloto, ponía en práctica todo su aprendizaje tratando en vano de hacerla planear. Sabía que sin la potencia que le proporcionaba el motor les sería imposible llegar hasta la próxima ciudad, su destino, y esto lo desesperaba. Al igual que Maia, Mikheil sentía que había dejado muchas cosas sin terminar y no deseaba desaparecer del mundo tan pronto, sin familia ni amigos. Aunque les daba igual ser o no recordados, los dos hermanos soñaban con poder vivir en paz en alguna cuidad tranquila y segura, con temperaturas altas y, si era posible, una preciosa playa desde la que el mar se viera infinito pero bonito. No querían morir por culpa de una estúpida avioneta que tenía el depósito tan pequeño que uno no podía ni cruzar el mar sin acabar vaciándolo.

Mikheil miraba hacia los campos de trigo que se extendían a su alrededor, imaginándose a la muerte (la veía con su vestido negro y largo, la capucha cubriendo sus rasgos calavéricos y cuencas vacías, portando la guadaña que los decapitaría) esperándoles entre los enormes trigales, que iban creciendo a medida que la avioneta perdía altura.

En la costa de Nápoles (Italia, Europa)

Fue la peor noche de toda mi vida y llegó, por muy imposible que me pareciera, a superar aquella en la que unos borrachos se pegaron ocho horas bailando como unos posesos justo debajo de mi ventana mientras cantaban, desafinando como sólo lo haría un borracho, las canciones que se habían puesto a la moda. Además, por si el ruido no resultaba lo suficientemente insoportable, coincidía que era una de esas noches de verano con temperaturas tan altas que sientes como si te frieran vivo y nuestro aparato del aire acondicionado (el del piso de arriba) había dejado de funcionar unas horas antes de acostarnos. Tuve que hacer como si no oyera los gritos que pegaban ese montón de inútiles mientras trataban de vocalizar lo suficiente como para que se entendiera algo de lo que cantaban y abrir la ventana, ya que sino el poco aire que corría no templaría mi cuarto. No pegué ojo en toda la noche y pasé tanto calor que cuando por fin amaneció y dejé de tratar de dormir (los borrachos seguían dando la lata, aunque, como respuesta a la amenaza de un vecino, habían bajado el volumen de sus cantos) me sentía como si estuviera tumbado en una piscina en vez de en mi cama. Por esto, tuve que llamar a mi madre para que me ayudara a deshacer la cama y lavarlo todo y, después de que ella insistiera en que podía hacerlo sola y me mandara ducharme (cosa que hice de buen grado y sin dudar), decidí que ese día dormiría en el colegio (donde sí que había aire acondicionado), por mucho que mis profesores me humillaran delante de los demás. Por suerte, mis padres, mostrándose comprensivos, me permitieron dormir durante todo el día en el piso de abajo, donde sí que funcionaba el aire acondicionado y había estado durmiendo Carlo.

Pero la noche del 5 de enero fue peor si cabe imaginar. No pase frío ya que nuestro aparato también funcionaba de calefacción y el silencio fue casi sepulcral durante toda la noche, sin interrupción alguna. De hecho, dormí como un tronco a causa del cansancio.

No, lo malo no estaba ni en la casa, ni en la temperatura, ni en la ciudad. Estaba dentro de mí, porque ese día tuve la peor pesadilla que jamás hubiera llegado a imaginar. Duró toda la noche, desde que me acosté, después de haberle leído el cuento a Alba y haberme aseado, hasta que me levanté a la mañana siguiente a causa de la luz.

Normalmente no recuerdo lo que sueño. De hecho, esa era la primera vez que lo hacía de verdad, la primera vez que recordaba todo al detalle como si ni siquiera despierto pudiera escapar.

Además nunca, y digo nunca desde que soy consciente de lo que hago, lloro. Ni siquiera lloré cuando, con apenas siete años, me caí al suelo y me abrí la barbilla. Tampoco lo hice a los diez cuando se me dislocó el hombro, algo que duele tanto que sientes ganas de cortarte todo el brazo para que el dolor desaparezca. Pero esa vez, esa mañana después de haber tenido ese endemoniado sueño, lo hice. Lloré tanto que las mejillas se me pusieron rojas como un tomate, al igual que los ojos, y fui capaz de saborear las lágrimas cuando me llegaron a la boca, saladas como el agua de mar.

Y lo que incrementó mi dolor fue que, al contrario de lo que suele pasar, estaba solo. Todas las mañanas mi madre se pasa por cada uno de nuestros cuartos y corre las persianas para dejar que la luz entre, despertándonos. Normalmente esto me enoja, ya que no sólo odio que me despierte la luz, sino que además no aprecio mucho la compañía. Normalmente prefiero estar solo.

Pero lo que antes era normal cambió radicalmente ese día.

Regalo de Reyes

Bueno, aquí va el tercer capítulo. ¡Que lo disfrutéis!

Regalo de Reyes

Mikheil y Maia

5 de Enero de 1986

Tbilisi (Georgia, Asia)

Se despertó al ponerse el sol, cubierta por una gran masa de nieve. Su hermano la llevaba duramente a cuestas, además de una pesada mochila que se había colgado a la espalda. A esas horas hacía un frío espeluznante, simplemente insoportable. La nieve caía lentamente, pintando de blanco todo lo que estuviera a su alcance. Ella tiritaba violentamente aun estando contra el cálido cuerpo de su hermano. Este, preocupado por sus temblores, aceleró un poco el paso. Ambos vestían enormes abrigos de plumas además de capas de jerséis y camisas de manga larga. Los labios de la chica, que se mostraban morados a causa del frío, conjuntaban con sus ropas oscuras. Él, por su parte, vestía tonos marrones parecidos a la madera de un roble. Sus cuerpos, cubiertos al completo, contrastaban con el blanco paisaje.

Mikheil estaba desesperado. Llevaba a su hermana pequeña en brazos y eso no le ayudaba a caminar. Con el peso incluido de la mochila, las botas impermeables del chico se hundían debajo de la nieve, llegando a cubrirlo por las rodillas. Si seguían así acabarían congelándose y jamás llegarían al helipuerto.

Nápoles (Italia, Europa)

Extraído de Wikipedia, la enciclopedia libre: Los Reyes Magos (también conocidos como los Magos de Oriente) es el nombre por el que tradicionalmente se denomina a los tres visitantes que, tras el nacimiento del Niño Jesús, habrían acudido desde países extranjeros para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica: oro, incienso y mirra. En algunos países (normalmente hispanohablantes) existe la tradición de representar a los Reyes trayendo los regalos que los niños les han pedido en sus cartas durante la noche anterior a la Epifanía (6 de Enero).

Aquel día, el 5 de Enero, llegaban los muy esperados Reyes Magos. Todos los niños de la ciudad, que habían salido a la calle por la mañana vestidos con gorros, bufandas y abrigos, se cobijaban ahora en sus casas, esperando ansiosamente la hora de irse a dormir. Eran las seis de la tarde pasadas y ya había caído la noche. En consecuencia, las farolas alumbraban toda la ciudad. No hacía mucho frío, pero apenas había gente por la calle.

Miraba por la ventana, impaciente y tenso, esperando ver pasar a aquellos que me dejaban regalos todos los años, además de los que traían todos con los que celebrábamos el día.

Mis padres habían invitado a tíos, abuelos, primos y amigos. Todos ellos habían traído algún regalo, por lo que un montón uniforme de cajas envueltas con lazos dorados se iba formando en una esquina del gran salón-comedor. Todos se sentaban en la gran mesa, que estaba decorada con varios jarrones llenos de tulipanes, rosas, anturium, lilium y gerberas, además de helecho y paniculata. Una enorme orquídea de tonos violeta decoraba la cómoda junto a varias fotos nuestras y algunas de amigos y familiares.

“Marco, ven a sentarte con los demás.” me pidió mi padre.

Pausada y cansadamente me acerqué hacia otra mesa, paralela a la más grande, en la que se sentaban los niños. La mesa de los adultos, a poco pasos de la nuestra, ya estaba llena. Todos, a excepción de mi padre, se habían sentado.

Nuestra mesa era bastante más pequeña ya que había muchos adultos pero pocos niños. Contábamos diez niños contra el triple de adultos, incluyendo a los mayores de 15 años como niños. Sólo un jarrón de rosas blancas y paniculata decoraba la mesa, además de toda la vasija, cubertería y servilletas.

Entre todos aquellos desconocidos se encontraba aquella chica, esa prima lejana mía que iba a cambiarme la vida. Si hubiera sido capaz de ver el futuro habría huido de la casa y volado hasta Francia nada más verla entrar por la puerta.

O igual hubiera corrido hacia ella y la hubiera abrazado como un adulto haría a un montón de oro.

Ella se llama Victoria y ha nacido en esta casa, dos años antes que yo, exactamente en la cama donde yo duermo. A su lado estaba mi hermana pequeña, Alba, que dentro de dos meses y un día cumpliría cinco años. Enfrente de Victoria se sentaban dos chicos idénticos, hijos de unos amigos de mis padres. Al otro lado de Alba se sentaba una chica tan grande que casi no cabía en la silla, llamada Lorena. Su hermano mayor, de diecisiete años, se sentaba con nosotros, a la izquierda de los gemelos. A la derecha de estos se sentaba otra niña, de apenas siete años, que iba al mismo colegio que yo y mi hermana. Un último chico de piel color carbón se sentaba al lado de Lorena.

En el momento en que mire a mi padre a los ojos (aquellos ojos azul marino que compartimos) supe que pretendía que me hiciera amigo de todos esos chicos.

Mi hermano mayor, de dieciséis años, conversaba con Leandro, el hermano mayor de Lorena. Él se sentaba presidiendo la mesa y a mí sólo me quedaba un asiento libre; enfrente de mi hermano, con Lynn, la niña de cinco años, a la izquierda y Jacques, el chico de piel oscura, a la derecha. Iba a ser una velada interesante.

Me acerqué a la silla, la arrastré ruidosamente y me senté. Para mi desgracia nadie pareció darse cuenta de mi llegada. Me encantaba llamar la atención. Mientras tanto, mi padre, que acababa de volver del coche con el bolso que mi madre se había olvidado, subió las escaleras para dejarlo a buen recaudo y volvió a bajar minutos después. No aparté la vista de él hasta que desapareció dentro de la cocina.

Lynn y Jacques conversaban sobre la Primera Guerra Mundial, para mi sorpresa. Lynn, como deja ver su nombre, es hija de padres ingleses. Por esto, aunque ha nacido en Italia, habla fluidamente inglés. Por su parte, Jacques tiene un padre francés y una madre africana, por lo que habla francés, inglés e italiano, ya que él también ha nacido en Italia. Probablemente porque les resultaba más cómodo (los dos lo hacían en su casa, según me había contado mi madre) hablaban en inglés. Me aburría tanto que, en contra del plan que sigo en estas ocasiones, basado en ignorarlos a todos, decidí intervenir. Mi voz sonaba bastante arrogante.

“¿Por qué habláis sobre eso?” les pregunté.

“Ella me ha preguntado.” repuso Jacques, incómodo porque me hubiera metido en medio de su conversación. Me miraba con sus ojos verde esmeralda, heredados de su padre, molesto por mi arrogancia. Ambos parecían muy sorprendidos de que hablara inglés.

“¡Hablas inglés!” se sorprendió Lynn. Estaba más que contenta, casi eufórica. Me miraba con una mezcla de agradecimiento y compasión. Pensaba que era un chico solitario y caprichoso ya que, de todas las veces que nos habíamos visto, esa era la primera que le hablaba. Creía que yo estaba, en una sola palabra, amargado.

“Sí. Nos enseñan en el cole.” le expliqué, fanfarroneándome. Mis padres eran ricos por lo que podían permitirse que fuéramos a un buen colegio. Se me olvidaba que ellos no eran pobres, ni mucho menos que yo. De hecho, como averiguaría más adelante, Jacques tenía una herencia de kilómetros de tierra explotada con litros de petróleo, pertenecientes a su abuelo materno.

Mi madre, junto a mi padre, empezó a sacar los platos de cada uno de los ahí presentes, mientras dos de mis tíos repartían las botellas de vino, agua, naranjada, limonada y Cocacola por las mesas.

Mi padre nos fue colocando a cada uno un plato de humeantes macarrones enfrente y cuando terminó fue a ayudar a mi madre. Me rellené el vaso con agua mineral en cuanto la trajo una de mis tías, hermana de mi padre y madre de Lorena y Leandro.

“Eh, ¿y ellos porque no?” me preguntó Lynn. Había acortado mucho la frase, claro que yo pude entenderla a la perfección. Y Jacques también, aunque, arrogante como era, lo dude.

“¿Quieres decir por qué sus hermanos no parecen entendernos?” inquirió Jacques. Su pelo, negro como su piel y muy rizado, se movió cuando se giró para mirar a mis hermanos. Jacques tenía ocho años, aunque iba a cumplir nueve ese mismo verano.

Por su parte, Lynn me miró directamente a los ojos. Azules como un zafiro, sentí como me atravesaban. Su palidez extrema me hizo estremecer. Siento como si ella fuera superior a mí, y eso consiguió no sólo asustarme, sino que me sentí raro, muy inútil. Su pelo es rubio plateado, casi blanco, y muy liso. Lo llevaba suelto casi hasta los hombros, recogido el flequillo detrás de su oreja izquierda. La chica me recordaba a un muñeco de nieve, con dos enormes piedras azules como ojos. Sus labios, rojos y rellenos, que destacaban mucho en su cara, se movieron coordinados con su voz.

“Quiero decir por qué no hablan inglés.” se explicó Lynn, mostrándose confundida. Todos esperábamos a que nuestros macarrones se enfriaran lo suficiente como para que no nos quemaran la lengua.

“Carlo estudia en otro colegio y Alba es demasiado pequeña.” les dije. Mi hermano mayor, Carlo, es exactamente igual que yo. Los mismos ojos, la misma cara. La única diferencia es que su tono de pelo es mucho más claro, igual que el de mi madre. Mi pelo es castaño oscuro, casi negro, una mezcla del castaño claro de mi madre y el negro azulado de mi padre, heredado por mi hermana. Los dos somos bastante delgados, aunque Carlo es muy fuerte.

“¿Por qué?” me preguntó Lynn.

“¿Por qué, qué?” repuse, molesto por mi propia incomprensión.

“Vosotros, chicos ignorantes, nunca me entendéis. Quiero decir por qué Carlo estudia en otro colegio.” nos explicó Lynn. Jacques estaba ensimismado, sumido en sus propios pensamientos. No creo que estuviera escuchándola. Lynn no pareció darse cuenta de esto.

“Porque quería estudiar en el mismo que su novia. Ella estudio en mi colegio hace diez años. Cuando tenía ocho años se cambió, y mi hermano se cambió con ella. Por eso no habla mucho inglés. Sólo “hola” y “adiós”.” les conté.

“Oh, lo cojo.” dijo Lynn. Cuando vio que Jacques estaba a punto de protestar se corrigió. “Quiero decir, que ahora lo comprendo. Ahora entiendo por qué.”

“Te he entendido.” contestó Jacques en tono grosero. “Iba a preguntaros con quién nos estamos sentando. ¡Ni siquiera sé como os llamáis!” dijo Jacques, un poco confundido. Aunque nos habíamos visto más de una vez, apenas nos habíamos saludado. Contra todo pronóstico había conseguido lo que mi padre deseaba. Empezaba a hacerme amigo de todos esos chicos.

“No hay problema. Bien, escuchar. En orden. ¿Veis a aquel chico de ojos azules?”

“Ese es tu hermano, Carlo, ¿no? Se te parece mucho.” dijo Lynn.

“Sí, él es Carlo. Bien, ¿veis al chico de al lado, el del pelo castaño? Él es el hermano de Lorena, Leandro. Lorena es la chica grande de al lado de mi hermana.”

Lorena se sentaba a la derecha de mi hermana pequeña. Sus ojos son negros como el azabache y su pelo color canela. Su cara, redonda como una pelota, se mostraba alegre. Tenía diez años, dos menos que yo (uno menos por esas fechas, aunque le sacaría dos pasado el 10 de diciembre), y uno más que Jacques. Su hermano Leandro es exactamente igual que ella, sólo que bastante más delgado. Sus ojos son marrón claro, parecidos a su pelo.

“¿Tu hermana es la chica pequeña, entonces? ¿Alba?” preguntó Jacques. Señalaba a una niña de ojos azul cielo y pelo negro como el azabache, casi azul oscuro. Es igual que mi madre, muy delicada, agradable y cariñosa.

“¿Y la otra chica? ¿Cuántos años tiene?” preguntó a su vez Lynn. Ella señalaba a una muchacha de ojos verde hierba, morena y esbelta. Su pelo, de tonos rubios y rojos, se formaba a base de tirabuzones que crecían hasta más allá de sus hombros. Hablaba con Alba tranquilamente, haciéndola reír cada poco tiempo.

“Vale. Sí, la pequeña es Alba y Victoria es la otra chica. Tiene catorce años.” les expliqué.

“¿catorce? Jo, ¡sois un montón de viejos!” dijo Lynn, molesta. “Vale, ¿y los gemelos?”

“Ellos son…”

Maximilian, uno de los gemelos, se sentaba a la izquierda de Lynn. Había estado escuchando toda la conversación y nos tendió la mano.

“Mi nombre es Max y él es Matt. Oh, y tenemos once años.” me interrumpió, sonriendo a Lynn. Como respuesta le dirigí una mirada llena de desprecio que él ignoró.

Los gemelos, de padres alemanes, habían nacido en Italia. Hablaban alemán en su casa e italiano por la calle. Además, los dos iban a un colegio parecido al mío, por lo que también hablaban inglés fluidamente. Ellos son pelirrojos y un poco pálidos. Tienen la cara manchada de pecas y los ojos grises rayando el azul claro. Al igual que Lynn, sentía que sus miradas me atravesaban. Los dos vestían exactamente igual y llevaban el pelo cortado hasta las orejas. Sus nombres completos son Maximilian y Matthias. Más adelante tomarían el mote de “Doble M”.

“¡Vosotros también habláis inglés!” dijo Lynn, sin salir de su asombro.

“Cuando eres alemán y vives en otro país te gusta saber más idiomas. No sólo italiano sino también inglés. Es muy útil.” dijo Matthias.

“Bien, ¿y vosotros como os llamáis? Yo soy Jacques.” nos preguntó a Lynn y a mí.

“Encantada” le contestó Lynn. “.Yo soy Lynn.”

“Y yo Marco.” me presenté.

“Mola.” Dijo Jacques en respuesta. Parecía asombrado de que no tuviera el nombre raro de algún rey o duque.

En ese momento vi que todos nos prestaban atención. Leandro y Carlo ya no mantenían ninguna conversación y Victoria, Alba y Lorena nos miraban extrañadas. Supuse que ninguno entendía lo que estábamos diciendo.

“Creo que no nos entienden.” les dije, viendo que todos se habían dado cuenta de que nuestra conversación ya no era nuestra. Giré la cabeza hacia un lado para señalar a los demás.

“Tendremos que hablar en italiano, pues.” se lastimó Lynn. Toda su alegría se desvaneció, aunque siguió pareciendo agradecida y muy complacida.

“Vamos, no es tan malo. A fin de cuentas, naciste aquí” le dijo Jacques. “.Igual que yo, de hecho.”

“Lean, ¿sabes en que idioma están hablando esos niños?” le preguntó Lorena a su hermano sin disimular. Parecía creer que no entendíamos italiano. Es más tonta de lo que yo pensaba.

Leandro se volvió hacia ella pero no le contestó.

“Están hablando en inglés, ¿no?” dedujo Victoria, indecisa. Me miraba fijamente a los ojos. Otra vez, sentí como si me atravesaran. ¿Qué me está pasando? pensé.

Leandro y Carlo decidieron ignorarnos y reanudaron su antigua conversación. La forma en que nos miraban dejaba muy claro que se creían más listos y superiores a nosotros.

“Marco, ¿has visto cuantos regalos nos han traído?” me dijo Alba, emocionada y hablándome ahora que Victoria no la hacía reír. “¡Y todavía faltan los de papá y mamá!” exclamó. Los regalos de nuestros padres siempre eran los más grandes y los que más nos gustaban.

Victoria sonrió.

“Seguro que son todos para ti.” le dije, sonriendo yo también. Alba era la única persona que me importaba lo suficiente como para ir a su cuarto todas las noches, leerle un cuento y acostarla, exactamente como deberían hacer mis muy atareados padres.

“Bueno, ¡va siendo hora de empezar a comer!” exclamó Lorena, inesperadamente. Parecía avergonzada y a la vez sorprendida de que habláramos italiano. Deduje que nuestros platos ya se habían enfriados lo suficiente.

Costa Suroeste de Montenegro (Europa)

Sobrevolaba un mar de nubes, blancas y esponjosas, que se extendía por todo el valle, cubriendo pueblos y bosques. Todo el paisaje, pintado de blanco por la niebla, le recordaba aquellos campos nevados que ya habían dejado atrás. La respiración regular de su hermana, que había caído rendida tras muchas horas de vuelo, le tranquilizaba y relajaba. No tenían agua ni comida pero sí tres paracaídas y una mochila con un par de camisetas, pantalones y chaquetas, además de dos pares de calcetines y zapatos. Mikheil había pensando en meter también dos abrigos, pero la capacidad de la mochila no se lo permitió. Así pues, debían dirigirse hacia el sur, todo lo lejos que les permitiera la desgastada avioneta y el escaso combustible, hacia una ciudad soleada y de temperaturas altas. Mikheil no tenía ni idea de geografía gracias a su mala educación, pero sí que sabía un poco acerca del clima sureño y manejaba todo tipo de avionetas a la perfección. Con su edad jamás le habrían dejado conducir avión alguno en su país, pero Mikheil quería creer que se lo permitirían allá adonde iba.

Su hermana susurró algo en sueños y cambio de postura. Mikheil creyó oír su nombre, pero no le dio importancia alguna. Maia acostumbraba a soñar con él.

La muchacha descansaba sobre los paracaídas, usando la mochila como almohada. Mikheil había aprendido con el tiempo que no debía apartar la vista del cielo y trató de concentrarse en el mar azul, que ya asomaba de entre las últimas montañas que rodeaban el valle. Aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía evitar girarse de vez en cuando para ver a su hermana pequeña, dormida contra la pared de la avioneta, abrazando su abrigo de plumas. Dentro la temperatura era templada, por lo que Maia usaba su propio abrigo como manta. Se habían ido quitando capas desde que el sol apareció y no lo habían perdido de vista hasta hacía unas horas, cuando oscureció. Los jerséis se acumulaban en una esquina de la avioneta, contra la puerta del baño.

Mikheil estaba impresionado de que hubiera podido robar una avioneta tan avanzada. Dos asientos sin estrenar, tres paracaídas, dos mantas de lana que olían a nuevo y un cuarto de baño. Desgraciadamente, la avioneta no tenía agua potable, ya que el retrete era, básicamente, un agujero que daba al exterior, parecido al de los trenes. Mikheil prefería usarlo cuando volaban sobre agua (un lago, el mar). No quería pensar en las personas que vivían debajo.

Su hermana volvió a cambiar de postura y Mikheil se dio cuenta de que había apartado la vista del cielo. Otra vez. Nervioso y temiéndose lo peor se volvió. Por suerte no había pasado nada. No había pasado más de medio segundo con la vista apartada y la avioneta continuaba sobrevolando aquel inmenso mar de nubes. Pronto llegaría al mar y en cuanto divisara tierra Mikheil tendría que aterrizar. No quería seguir porque apenas les quedaba combustible y no sabía cuan larga era aquella masa de agua, pero no tenía mas remedio. Mikheil sólo sabía que algo lo empujaba a cruzar el mar y aterrizar más allá, en la tierra prometida. No era la primera vez que se dejaba llevar por una corazonada y recordaba perfectamente las consecuencias catastróficas que había tenido aquella primera: No volverían a ver a sus padres.

6 de Enero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Ya pasada la medianoche salió el último invitado por la gran puerta doble. Mis padres, que se habían puesto como meta no acabar borrachos, se tambaleaban mientras trataban de subir las escaleras, Carlo detrás acompañándolos para evitar alguna desgracia. Entretanto, Alba y yo comenzamos a despejar las mesas: todos los platos, vasos y cubiertos al lavavajillas, todas las servilletas de tela fina a la lavadora, todos los restos de comida a la basura y las bebidas sobrantes por el fregadero. Alba me ayudaba servicialmente, aún sabiendo que Carlo me lo había ordenado solamente a mí. Se le cerraban los ojos cada dos por tres y casi no podía tenerse en pie, por lo que tampoco me sirvió de mucho. De todas formas, aprecié su ayuda y le recompensé dándole un beso en la mejilla.

“Muchas gracias por tu ayuda, Alba.” le dije.

Ella me sonrió con ojos somnolientos y se propuso subir las escaleras hasta su cuarto, detrás de mí. De improvisto me la subí a los hombros y ella rió.

Oí como mi hermano cerraba su puerta estrepitosamente mientras acostaba a Alba, que ya se había aseado y puesto el pijama. Esta vez, como todos los días que nos acostábamos muy tarde, me miraba con ojos suplicantes. El sueño la había abandonado temporalmente.

“Marco, ¡porfi!” me pidió. “Uno cortito.”

Yo suspiré. Todas las noches, sin excepción alguna y desde que había cumplido dos años, le leía algún libro. De hecho, ya se los conocía todos al dedillo, pero no le importaba que se los repitiera.

“El más corto que tengamos.” me rendí.

Ella sonrió ampliamente. Se acercó a la estantería y trajo un libro. La portada mostraba a una niña de pelo rubio y ojos azules, que miraba asombrada la cerilla que acababa de encender. El título decía así: “La Vendedora de Fósforos” de Hans Christian Andersen. Era uno de sus favoritos, se lo había leído unas veinte veces. Si aguantaba hasta el final, cosa que no solía pasar, siempre se echaba a llorar. Por suerte, el llanto parecía adormecerla más aún.

Se acomodó en la cama, me tendió el libro y cuando lo cogí se tapó hasta la barbilla. Yo me senté a su lado, destapado y con el libro en el regazo.

“Era la noche de fin de año…” comencé.

Bari (Italia, Europa)

Mikheil vio tierra y agradeció al cielo que no se hubieran quedado sin combustible en mitad del mar. Continuaba guiado por aquella traicionera corazonada, nervioso por lo que pudiera encontrar allá adonde iba, pero feliz de que el mar hubiera terminado. Rezó para que no estuvieran sobrevolando alguna de aquellas pequeñas islas, de apenas diez kilómetros cuadrados.

Maia se despertó de repente, muy asustada y respirando con fuerza. Mikheil se sobresaltó y estuvo a punto de girarse, pero se forzó a no volver a apartar la vista del frente. Su respiración se volvió irregular.

“¡Qué pasa?” exclamó, temiéndose lo peor. Igual los perseguían los dueños de aquella avioneta y les iban a disparar con sus armas, para que el motor explotara y los dos murieran calcinados. Todo por mi maldita corazonada, pensó.

“Ha sido sólo un sueño” susurró Maia, tranquilizándose. Su respiración se volvió regular. “. Tranquilo, Mik. No pasa nada.” dijo al cabo de un rato, viendo que había sorprendido a su hermano.

“Gracias al cielo” murmuró Mikheil, los nervios a flor de piel. “. ¿Has tenido una pesadilla?” le preguntó, tratando de entretenerse con la conversación. Quería olvidar de inmediato aquel odioso momento de incertidumbre.

“Sí. Ha sido terrorífico. ¿Puedo contártela o te distraeré demasiado?” le preguntó Maia. Mikheil podía sentir su mirada en la espalda, aquellos preciosos ojos marrón verdoso mirándolo, a la espera de su respuesta.

“Hazlo, por favor. Necesito algo en lo que pensar, por insignificante que sea.”

Maia se quitó los abrigos de encima y los dejó sobre los paracaídas. Primero entró al cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.

Mikheil miró hacia abajo. Estaba oscuro, pero eso no le impedía ver. Gracias al cielo, sólo había campos.

Anticipación

Bueno, voy con el segundo capítulo. Este capítulo es una anticipación, como su propio nombre indica, lo que quiere decir que todo lo narrado son hechos futuros a los que se van a ir desarrollando en el libro. Este capítulo es, en realidad, el final del libro (es un tanto lioso, pero bueno…).

Anticipación

Marco

Me desperté pasadas las cinco de la mañana, sudando la gota gorda.

Notaba como el pijama se me pegaba al cuerpo. Una gota de sudor me recorrió la espalda. Me sentía tan incómodo como lo habría estado de haber dormido sobre hormigón. Me sacudí el pijama y salí de la cama, contem-plando el rebullo en que se había convertido mi sábana. Fina y suave al tac-to, se suponía que me permitiría dormir sin pasar mucho calor. Estúpida sá-bana; el pelo me goteaba sudor.

Me acerqué a la ventana y la abrí. A lo largo del paseo brillaban las fa-rolas, alumbrando una extensa playa con forma de media luna. La arena res-plandecía bajo la amarillenta luz, siendo tapada de vez en cuando por el a-gua. Aquel horizonte azulado le proporcionaba un atractivo inigualable a la playa, cuyas olas rompían contra un saliente formado a base de rocas blan-cas. Una pareja paseaba de la mano tranquilamente, pero por lo demás la zona estaba desierta, sumida en un ininterrumpido silencio.

Resoplé observando a la feliz muchacha; reía con su acompañante, mi-rándole con ojos soñadores. Supuse que disfrutaban de su Luna de Miel. Permanecí de pie, inmóvil, olvidando las altas temperaturas; mientras veía a la pareja, sentía como la ira se apoderaba de mi mente. Deseé que algo les saliera mal, muy mal; me imaginé como ella moría al dar a luz, como él llo-raba suplicando a los dioses su retorno mientras el bebé chillaba, inhalando.

Cerré la ventana de golpe. Ante el estrépito, la pareja se sobresaltó. Mi-ró hacia mi ventana en el mismo momento en que yo corría la cortina, con una sonrisa maliciosa decorándome la cara. Salí de mi cuarto dejando la puerta abierta de par en par y me asomé por la puerta de la habitación conti-gua; todo estaba en calma. Abrí del todo la puerta para que el aire acondicio-nado templara el cuarto y seguí mi camino hacia el baño. El aparato que se encargaba de enfriar la casa trabajaba, silenciosamente y sin mucho efecto, expulsando un aire frío que acabaría llegando a todas las partes del hogar. Yo, que había dormido con la puerta cerrada, noté como un escalofrío me recorría la columna vertebral; la diferencia de temperatura no era muy gran-de, pero sí la suficiente como para darme dolor de cabeza. El aire frío ya rei-naba en parte del pasillo y en todo el piso inferior, donde otro aparato del mismo modelo funcionaba.

Al final del pasillo se encontraba el baño, desgraciadamente con la puerta cerrada. Si me colocaba enfrente de la puerta, las escaleras de madera de haya quedaban a mi derecha. A mi izquierda había otra puerta cerrada a cal y canto que daba al ático, donde me esperaba mi estudio con todos los papeles y futuros proyectos. Para asegurar la vida de los residentes había co-locado una reja de madera al comienzo de las escaleras, que me llegaba por la cintura. Por muy absurdo que me pareciera, me hubiera llevado muchos sustos de no haber comprado aquella reja.

Recordando momentos que habrían sido tensos, abrí la puerta del baño. El aire cálido me golpeó la cara. Me tambaleé hacia atrás y tuve que agarrarme a la puerta para no caer. ¿Era posible que hiciera tanto calor? Dejando la puerta del baño abierta y encendiendo la luz me planté delante de un espejo de cuerpo entero. Un niño pequeño de unos doce años me devolvía la mirada, con unos ojos azul oscuro que recordaban al abismo. Su cabello, del mismo color que sus ojos, desordenado y largo por las orejas, desprendía reflejos negros. Parecía cansado y se miraba la redondeada e infantil cara con desprecio. Su boca se movió.

“Odio mi cuerpo.” murmuré, apesadumbrado.

Dándole la espalda al espejo fui hasta la ducha y giré el grifo. Al mo-mento el agua empezó a fluir, saliendo por la ducha bastante fría. Agradeci-do, me quité el pijama y me metí dentro.

El agua me relajó y refrescó, además de despejarme la cabeza. Mientras me golpeaba la espalda pensé en lo que haríamos durante el día; Ella no iba a querer quedarse en casa, no iba a querer esperar viendo la televisión mien-tras yo trabajaba. “Es una chica de acción, alegre y animada, llena de vida. En todos los sentidos, es mi contrario.” pensé.

Al salir de la ducha, desnudo y goteando, dejé el pijama, empapado de sudor frío, dentro de una cesta. Siempre dejábamos ahí la ropa manchada o usada; era la cesta, como más tarde decidimos, de la ropa sucia. Pensé en ponerme el albornoz pero rechacé la idea al comprobar que el cuarto de ba-ño todavía estaba unos grados por encima del aire acondicionado. A la iz-quierda del espejo había un pequeño lavabo. Abrí uno de los cajones y sa-qué un peine rojo de plástico. Cuando acabé de peinarme volví a mirarme en el espejo.

Cogí una toalla que había dejado encima de un taburete y me sequé el pelo. También me sequé el cuerpo y metí la toalla en la cesta. Empezaba a sentir un poco de frío así que volví a mi habitación.

Por el camino, acostumbrado como estaba, me aseguré de que la habi-tación contigua permanecía en silencio. Luego entré en mi cuarto. Sobre la mesa reposaba mi ropa, escogida al azar antes del anochecer. Me vestí con rapidez y saqué la sábana bajera y la que cubría mi almohada. Después de eso, cogí las tres sábanas y volví al baño. Las metí en la cesta y esperé, senta-do con la espalda sobre la fría baldosa del baño. Me agarré las rodillas con ambos brazos y escondí la cabeza. Sentía un dolor tan intenso; notaba como si me aplastaran las sienes contra una pared…

Esta vez me desperté a causa de un tacto cálido. Al levantar la cabeza vi su mano, pequeña y blanca como la cera, apoyada en mí brazo. Me miraba preocupada y confusa.

“Papá, ¿te encuentras bien?” me preguntó con voz aguda y melodiosa.

Prefacio

Bueno, para empezar voy a colgar el primer capítulo de mi libro. A ver qué tal…

Prefacio


Al llegar la vida a nuestro planeta, los dioses empezaron a observarnos. Los seres vivos nos desarrollábamos lentamente, mejorando nuestro cuerpo para tener unas condiciones de vida superiores. Mientras contemplaban a nuestros antepasados crecer, los dioses pensaron en otorgarnos un único don: el pensamiento.

A partir de ese momento fuimos capaces de pensar. Más adelante y por nuestros propios medios, desarrollamos nuevos dones: la amabilidad, la ge-nerosidad, la benevolencia…. Eran cualidades magníficas que nos permitían convivir sin problemas aunque no todo el mundo las poseyera.

Ninguna se habría desarrollado si los dioses no nos hubieran otor-gado aquel don; el único que todo ser humano posee. En recompensa, los dioses vieron cómo evolucionábamos. Aprovechábamos los medios que el planeta poseía y no interferíamos en el desarrollo de los demás seres vivos, exceptuando a las presas que nos comíamos para sobrevivir.

A partir de esta capacidad se desarrollaron la sabiduría y la inteligencia. Como bien nos muestran los diccionarios, la palabra “sabiduría” tiene múlti-ples acepciones; una de ellas dice así: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Por otra parte, las definiciones que se dan de “inteligencia” se pue-den resumir fácilmente; La inteligencia es la capacidad de entender o com-prender, la capacidad de resolver problemas.

Los seres humanos no sólo somos capaces de pensar, sino que ade-más podemos actuar con cordura y meditamos nuestros actos. Analizamos nuestra situación y hacemos todo lo posible por mejorarla. Con el tiempo, empezamos a poblar la Tierra.

Hasta que, pensando que todo iba bien, los dioses se marcharon.

Cada religión tiene sus propias historias y sus propios dioses. En todas ellas estos seres superiores ayudan a que la especie crezca y a que todo les vaya bien.

Con el tiempo, aquellos dioses a los que nuestros antepasados adora-ban dejaron de observarnos y pensaron en marcharse. Creyeron que serí-amos capaces de sobrevivir y, fieles a sus pensamientos, así lo hicimos.

Desde un principio, los seres humanos habíamos luchado por nuestro territorio. Los dioses, pensando que era un instinto animal que no llegaría a causar mucho destrozo, lo dejaron estar. Al abandonar la Tierra, el ser hu-mano empezó a volverse más desconfiado y ambicioso. Deseábamos más y no queríamos compartir nuestros logros ni nuestras posesiones. Las guerras, que antes habían ocasionado daños menores, causaron la muerte a millones de millones de seres vivos, incluyendo a seres humanos. Los dioses, ignoran-tes, ya ni siquiera le prestaban atención a nuestro planeta.

El ser humano codiciaba cada vez más. Con los siglos empezamos a perder facultades. Nos volvimos egoístas, malévolos, rencorosos y, cada vez en mayor medida, inteligentes. Creamos las bombas y las armas, dejamos de buscar medicamentos en las plantas para empezar a buscar venenos y criamos a nuestros hijos pensando que algún día lucharían a nuestro lado.

Por suerte, no todos los seres humanos evolucionamos de igual mane-ra. Algunos siguieron creciendo con los dones que habíamos desarrollado en un principio. Los seres humanos pasaron por malas épocas, pero también tuvieron buenas. Se encontraron muchas curas. Cada vez había menos guerras y los humanos empleaban sus vidas trabajando para mejorar sus condiciones de vida, tal y como lo habían hecho en un principio. Se creó la palabra “persona”, que nos define como, filosóficamente hablando, supues-tos inteligentes.

Más adelante, como fruto de muchas acciones del ser humano, llegó la contaminación. Con ella, el planeta empezó a morir, pudriéndose por fuera y por dentro. Muchos seres vivos murieron y algunos llegaron a extinguirse. La capa de Ozono se estaba destrozando.

En consecuencia, los dioses volvieron. Observando lo que el ser huma-no había hecho con su creación, decidieron enviar a uno de los suyos para que lo solucionara todo. Nacería en la Tierra siendo enviado como espíritu, y se intercambiaría con el espíritu de otro bebé, que nacería entre dioses. Ca-da uno se criaría desconociendo la existencia del otro. Los poderes del dios despertarían con el tiempo y, como consecuencia de que un dios pisara la Tierra, los mismos poderes se aparecerían en un número reducido de seres humanos. El dios debería encontrar la manera de salvar el planeta, aunque tuviera que matar a todos los humanos. Para conseguirlo debería reunir a to-dos los seres humanos que encontrara con poderes y convencerlos de que lucharan con él.

Pero eso era un trabajo muy duro para un solo dios.

Nota: Las palabras están separadas por guiones porque esto está escrito en un documento de word. Es para respetar los márgenes.

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