Mi Libro

Índice

  1. Prefacio
  2. Anticipación
  3. Regalo de Reyes
  4. Miedo a la Muerte
  5. Por Siempre Jamás
  6. Cuesta Imaginar
  7. Mellizos Unidos
  8. Mi Deseo para el Futuro
  9. Pillados “In fraganti”

Prefacio


Al llegar la vida a nuestro planeta, los dioses empezaron a observarnos. Los seres vivos nos desarrollábamos lentamente, mejorando nuestro cuerpo para tener unas condiciones de vida superiores. Mientras contemplaban a nuestros antepasados crecer, los dioses pensaron en otorgarnos un único don: el pensamiento.

A partir de ese momento fuimos capaces de pensar. Más adelante y por nuestros propios medios desarrollamos nuevos dones: la amabilidad, la generosidad, la benevolencia…. Eran cualidades magníficas que nos permitían convivir sin problemas aunque no todo el mundo las poseyera.

Ninguna se habría desarrollado si los dioses no nos hubieran otorgado aquel don; el único que todo ser humano posee. En recompensa, los dioses vieron cómo evolucionábamos. Aprovechábamos los medios que el planeta poseía y no interferíamos en el desarrollo de los demás seres vivos, exceptuando a las presas que nos comíamos para sobrevivir.

A partir de esta capacidad se desarrollaron la sabiduría y la inteligencia. Como bien nos muestran los diccionarios, la palabra “sabiduría” tiene múltiples acepciones; una de ellas dice así: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Por otra parte, las definiciones que se dan de “inteligencia” se pueden resumir fácilmente; La inteligencia es la capacidad de entender o comprender, la capacidad de resolver problemas.

Los seres humanos no sólo somos capaces de pensar, sino que además podemos actuar con cordura y meditamos nuestros actos. Analizamos nuestra situación y hacemos todo lo posible por mejorarla. Con el tiempo, empezamos a poblar la Tierra.

Hasta que, pensando que todo iba bien, los dioses se marcharon.

Cada religión tiene sus propias historias y sus propios dioses. En todas ellas estos seres superiores ayudan a que la especie crezca y a que todo les vaya bien.

Con el tiempo, aquellos dioses a los que nuestros antepasados adoraban dejaron de observarnos y pensaron en marcharse. Creyeron que seríamos capaces de sobrevivir y, fieles a sus pensamientos, así lo hicimos.

Desde un principio, los seres humanos habíamos luchado por nuestro territorio. Los dioses, pensando que era un instinto animal que no llegaría a causar mucho destrozo, lo dejaron estar. Al abandonar la Tierra, el ser humano empezó a volverse más desconfiado y ambicioso. Deseábamos más y no queríamos compartir nuestros logros ni nuestras posesiones. Las guerras, que antes habían ocasionado daños menores, causaron la muerte a millones de millones de seres vivos, incluyendo a seres humanos. Los dioses, ignorantes, ya ni siquiera le prestaban atención a nuestro planeta.

El ser humano codiciaba cada vez más. Con los siglos empezamos a perder facultades. Nos volvimos egoístas, malévolos, rencorosos y, cada vez en mayor medida, inteligentes. Creamos las bombas y las armas, dejamos de buscar medicamentos en las plantas para empezar a buscar venenos y criamos a nuestros hijos pensando que algún día lucharían a nuestro lado.

Por suerte, no todos los seres humanos evolucionamos de igual manera. Algunos siguieron creciendo con los dones que habíamos desarrollado en un principio. Los seres humanos pasaron por malas épocas, pero también tuvieron buenas. Se encontraron muchas curas. Cada vez había menos guerras y los humanos empleaban sus vidas trabajando para mejorar sus condiciones de vida, tal y como lo habían hecho en un principio. Se creó la palabra “persona”, que nos define como, filosóficamente hablando, supuestos inteligentes.

Más adelante, como fruto de muchas acciones del ser humano, llegó la contaminación. Con ella, el planeta empezó a morir, pudriéndose por fuera y por dentro. Muchos seres vivos murieron y algunos llegaron a extinguirse. La capa de Ozono se estaba destrozando.

En consecuencia, los dioses volvieron. Observando lo que el ser humano había hecho con su creación, decidieron enviar a uno de los suyos para que lo solucionara todo. Nacería en la Tierra siendo enviado como espíritu, y se intercambiaría con el espíritu de otro bebé, que nacería entre dioses. Cada uno se criaría desconociendo la existencia del otro. Los poderes del dios despertarían con el tiempo y, como consecuencia de que un dios pisara la Tierra, los mismos poderes se aparecerían en un número reducido de seres humanos. El dios debería encontrar la manera de salvar el planeta, aunque tuviera que matar a todos los humanos. Para conseguirlo debería reunir a todos los seres humanos que encontrara con poderes y convencerlos de que lucharan con él.

Pero eso era un trabajo muy duro para un solo dios.

Anticipación

Marco

Me desperté pasadas las cinco de la mañana, sudando la gota gorda.

Notaba como el pijama se me pegaba al cuerpo. Una gota de sudor me recorrió la espalda. Me sentía tan incómodo como lo habría estado de haber dormido sobre hormigón. Me sacudí el pijama y salí de la cama, contemplando el rebullo en que se había convertido mi sábana. Fina y suave al tacto, se suponía que me permitiría dormir sin pasar mucho calor. Estúpida sábana; el pelo me goteaba sudor.

Me acerqué a la ventana y la abrí. A lo largo del paseo brillaban las farolas, alumbrando una extensa playa con forma de media luna. La arena resplandecía bajo la amarillenta luz, siendo tapada de vez en cuando por el agua. Aquel horizonte azulado le proporcionaba un atractivo inigualable a la playa, cuyas olas rompían contra un saliente formado a base de rocas blancas. Una pareja paseaba de la mano tranquilamente, pero por lo demás la zona estaba desierta, sumida en un ininterrumpido silencio.

Resoplé observando a la feliz muchacha; reía con su acompañante, mirándole con ojos soñadores. Supuse que disfrutaban de su Luna de Miel. Permanecí de pie, inmóvil, olvidando las altas temperaturas; mientras veía a la pareja, sentía como la ira se apoderaba de mi mente. Deseé que algo les saliera mal, muy mal; me imaginé como ella moría al dar a luz, como él lloraba suplicando a los dioses su retorno mientras el bebé chillaba, inhalando.

Cerré la ventana de golpe. Ante el estrépito, la pareja se sobresaltó. Miró hacia mi ventana en el mismo momento en que yo corría la cortina, con una sonrisa maliciosa decorándome la cara. Salí de mi cuarto dejando la puerta abierta de par en par y me asomé por la puerta de la habitación contigua; todo estaba en calma. Abrí del todo la puerta para que el aire acondicionado templara el cuarto y seguí mi camino hacia el baño. El aparato que se encargaba de enfriar la casa trabajaba, silenciosamente y sin mucho efecto, expulsando un aire frío que acabaría llegando a todas las partes del hogar. Yo, que había dormido con la puerta cerrada, noté como un escalofrío me recorría la columna vertebral; la diferencia de temperatura no era muy grande, pero sí la suficiente como para darme dolor de cabeza. El aire frío ya reinaba en parte del pasillo y en todo el piso inferior, donde otro aparato del mismo modelo funcionaba.

Al final del pasillo se encontraba el baño, desgraciadamente con la puerta cerrada. Si me colocaba enfrente de la puerta, las escaleras de madera de haya quedaban a mi derecha. A mi izquierda había otra puerta cerrada a cal y canto que daba al ático, donde me esperaba mi estudio con todos los papeles y futuros proyectos. Para asegurar la vida de los residentes había colocado una reja de madera al comienzo de las escaleras, que me llegaba por la cintura. Por muy absurdo que me pareciera, me hubiera llevado muchos sustos de no haber comprado aquella reja.

Recordando momentos que habrían sido tensos, abrí la puerta del baño. El aire cálido me golpeó la cara. Me tambaleé hacia atrás y tuve que agarrarme a la puerta para no caer. ¿Era posible que hiciera tanto calor? Dejando la puerta del baño abierta y encendiendo la luz me planté delante de un espejo de cuerpo entero. Un niño pequeño de unos doce años me devolvía la mirada, con unos ojos azul oscuro que recordaban al abismo. Su cabello, del mismo color que sus ojos, desordenado y largo por las orejas, desprendía reflejos negros. Parecía cansado y se miraba la redondeada e infantil cara con desprecio. Su boca se movió.

“Odio mi cuerpo.” murmuré, apesadumbrado.

Dándole la espalda al espejo fui hasta la ducha y giré el grifo. Al momento el agua empezó a fluir, saliendo por la ducha bastante fría. Agradecido, me quité el pijama y me metí dentro.

El agua me relajó y refrescó, además de despejarme la cabeza. Mientras me golpeaba la espalda pensé en lo que haríamos durante el día; Ella no iba a querer quedarse en casa, no iba a querer esperar viendo la televisión mientras yo trabajaba. “Es una chica de acción, alegre y animada, llena de vida. En todos los sentidos, es mi contrario.” pensé.

Al salir de la ducha, desnudo y goteando, dejé el pijama, empapado de sudor frío, dentro de una cesta. Siempre dejábamos ahí la ropa manchada o usada; era la cesta, como más tarde decidimos, de la ropa sucia. Pensé en ponerme el albornoz pero rechacé la idea al comprobar que el cuarto de baño todavía estaba unos grados por encima del aire acondicionado. A la izquierda del espejo había un pequeño lavabo. Abrí uno de los cajones y saqué un peine rojo de plástico. Cuando acabé de peinarme volví a mirarme en el espejo.

Cogí una toalla que había dejado encima de un taburete y me sequé el pelo. También me sequé el cuerpo y metí la toalla en la cesta. Empezaba a sentir un poco de frío así que volví a mi habitación.

Por el camino, acostumbrado como estaba, me aseguré de que la habitación contigua permanecía en silencio. Luego entré en mi cuarto. Sobre la mesa reposaba mi ropa, escogida al azar antes del anochecer. Me vestí con rapidez y saqué la sábana bajera y la que cubría mi almohada. Después de eso, cogí las tres sábanas y volví al baño. Las metí en la cesta y esperé, sentado con la espalda sobre la fría baldosa del baño. Me agarré las rodillas con ambos brazos y escondí la cabeza. Sentía un dolor tan intenso; notaba como si me aplastaran las sienes contra una pared…

Esta vez me desperté a causa de un tacto cálido. Al levantar la cabeza vi su mano, pequeña y blanca como la cera, apoyada en mí brazo. Me miraba preocupada y confusa.

“Papá, ¿te encuentras bien?” me preguntó con voz aguda y melodiosa.

Regalo de Reyes

Mikheil y Maia

5 de Enero de 1986

Tbilisi (Georgia, Asia)

Se despertó al ponerse el sol, cubierta por una gran masa de nieve. Su hermano la llevaba duramente a cuestas, además de una pesada mochila que se había colgado a la espalda. A esas horas hacía un frío espeluznante, simplemente insoportable. La nieve caía lentamente, pintando de blanco todo lo que estuviera a su alcance. Ella tiritaba violentamente aun estando contra el cálido cuerpo de su hermano. Este, preocupado por sus temblores, aceleró un poco el paso. Ambos vestían enormes abrigos de plumas además de capas de jerséis y camisas de manga larga. Los labios de la chica, que se mostraban morados a causa del frío, conjuntaban con sus ropas oscuras. Él, por su parte, vestía tonos marrones parecidos a la madera de un roble. Sus cuerpos, cubiertos al completo, contrastaban con el blanco paisaje.

Mikheil estaba desesperado. Llevaba a su hermana pequeña en brazos y eso no le ayudaba a caminar. Con el peso incluido de la mochila, las botas impermeables del chico se hundían debajo de la nieve, llegando a cubrirlo por las rodillas. Si seguían así acabarían congelándose y jamás llegarían al helipuerto.

Nápoles (Italia, Europa)

Extraído de Wikipedia, la enciclopedia libre: Los Reyes Magos (también conocidos como los Magos de Oriente) es el nombre por el que tradicionalmente se denomina a los tres visitantes que, tras el nacimiento del Niño Jesús, habrían acudido desde países extranjeros para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica: oro, incienso y mirra. En algunos países (normalmente hispanohablantes) existe la tradición de representar a los Reyes trayendo los regalos que los niños les han pedido en sus cartas durante la noche anterior a la Epifanía (6 de Enero).

Aquel día, el 5 de Enero, llegaban los muy esperados Reyes Magos. Todos los niños de la ciudad, que habían salido a la calle por la mañana vestidos con gorros, bufandas y abrigos, se cobijaban ahora en sus casas, esperando ansiosamente la hora de irse a dormir. Eran las seis de la tarde pasadas y ya había caído la noche. En consecuencia, las farolas alumbraban toda la ciudad. No hacía mucho frío, pero apenas había gente por la calle.

Miraba por la ventana, impaciente y tenso, esperando ver pasar a aquellos que me dejaban regalos todos los años, además de los que traían todos con los que celebrábamos el día.

Mis padres habían invitado a tíos, abuelos, primos y amigos. Todos ellos habían traído algún regalo, por lo que un montón uniforme de cajas envueltas con lazos dorados se iba formando en una esquina del gran salón-comedor. Todos se sentaban en la gran mesa, que estaba decorada con varios jarrones llenos de tulipanes, rosas, anturium, lilium y gerberas, además de helecho y paniculata. Una enorme orquídea de tonos violeta decoraba la cómoda junto a varias fotos nuestras y algunas de amigos y familiares.

“Marco, ven a sentarte con los demás.” me pidió mi padre.

Pausada y cansadamente me acerqué hacia otra mesa, paralela a la más grande, en la que se sentaban los niños. La mesa de los adultos, a poco pasos de la nuestra, ya estaba llena. Todos, a excepción de mi padre, se habían sentado.

Nuestra mesa era bastante más pequeña ya que había muchos adultos pero pocos niños. Contábamos diez niños contra el triple de adultos, incluyendo a los mayores de 15 años como niños. Sólo un jarrón de rosas blancas y paniculata decoraba la mesa, además de toda la vasija, cubertería y servilletas.

Entre todos aquellos desconocidos se encontraba aquella chica, esa prima lejana mía que iba a cambiarme la vida. Si hubiera sido capaz de ver el futuro habría huido de la casa y volado hasta Francia nada más verla entrar por la puerta.

O igual hubiera corrido hacia ella y la hubiera abrazado como un adulto haría a un montón de oro.

Ella se llama Victoria y ha nacido en esta casa, dos años antes que yo, exactamente en la cama donde yo duermo. A su lado estaba mi hermana pequeña, Alba, que dentro de dos meses y un día cumpliría cinco años. Enfrente de Victoria se sentaban dos chicos idénticos, hijos de unos amigos de mis padres. Al otro lado de Alba se sentaba una chica tan grande que casi no cabía en la silla, llamada Lorena. Su hermano mayor, de diecisiete años, se sentaba con nosotros, a la izquierda de los gemelos. A la derecha de estos se sentaba otra niña, de apenas siete años, que iba al mismo colegio que yo y mi hermana. Un último chico de piel color carbón se sentaba al lado de Lorena.

En el momento en que mire a mi padre a los ojos (aquellos ojos azul marino que compartimos) supe que pretendía que me hiciera amigo de todos esos chicos.

Mi hermano mayor, de dieciséis años, conversaba con Leandro, el hermano mayor de Lorena. Él se sentaba presidiendo la mesa y a mí sólo me quedaba un asiento libre; enfrente de mi hermano, con Lynn, la niña de cinco años, a la izquierda y Jacques, el chico de piel oscura, a la derecha. Iba a ser una velada interesante.

Me acerqué a la silla, la arrastré ruidosamente y me senté. Para mi desgracia nadie pareció darse cuenta de mi llegada. Me encantaba llamar la atención. Mientras tanto, mi padre, que acababa de volver del coche con el bolso que mi madre se había olvidado, subió las escaleras para dejarlo a buen recaudo y volvió a bajar minutos después. No aparté la vista de él hasta que desapareció dentro de la cocina.

Lynn y Jacques conversaban sobre la Primera Guerra Mundial, para mi sorpresa. Lynn, como deja ver su nombre, es hija de padres ingleses. Por esto, aunque ha nacido en Italia, habla fluidamente inglés. Por su parte, Jacques tiene un padre francés y una madre africana, por lo que habla francés, inglés e italiano, ya que él también ha nacido en Italia. Probablemente porque les resultaba más cómodo (los dos lo hacían en su casa, según me había contado mi madre) hablaban en inglés. Me aburría tanto que, en contra del plan que sigo en estas ocasiones, basado en ignorarlos a todos, decidí intervenir. Mi voz sonaba bastante arrogante.

“¿Por qué habláis sobre eso?” les pregunté.

“Ella me ha preguntado.” repuso Jacques, incómodo porque me hubiera metido en medio de su conversación. Me miraba con sus ojos verde esmeralda, heredados de su padre, molesto por mi arrogancia. Ambos parecían muy sorprendidos de que hablara inglés.

“¡Hablas inglés!” se sorprendió Lynn. Estaba más que contenta, casi eufórica. Me miraba con una mezcla de agradecimiento y compasión. Pensaba que era un chico solitario y caprichoso ya que, de todas las veces que nos habíamos visto, esa era la primera que le hablaba. Creía que yo estaba, en una sola palabra, amargado.

“Sí. Nos enseñan en el cole.” le expliqué, fanfarroneándome. Mis padres eran ricos por lo que podían permitirse que fuéramos a un buen colegio. Se me olvidaba que ellos no eran pobres, ni mucho menos que yo. De hecho, como averiguaría más adelante, Jacques tenía una herencia de kilómetros de tierra explotada con litros de petróleo, pertenecientes a su abuelo materno.

Mi madre, junto a mi padre, empezó a sacar los platos de cada uno de los ahí presentes, mientras dos de mis tíos repartían las botellas de vino, agua, naranjada, limonada y Cocacola por las mesas.

Mi padre nos fue colocando a cada uno un plato de humeantes macarrones enfrente y cuando terminó fue a ayudar a mi madre. Me rellené el vaso con agua mineral en cuanto la trajo una de mis tías, hermana de mi padre y madre de Lorena y Leandro.

“Eh, ¿y ellos porque no?” me preguntó Lynn. Había acortado mucho la frase, claro que yo pude entenderla a la perfección. Y Jacques también, aunque, arrogante como era, lo dude.

“¿Quieres decir por qué sus hermanos no parecen entendernos?” inquirió Jacques. Su pelo, negro como su piel y muy rizado, se movió cuando se giró para mirar a mis hermanos. Jacques tenía ocho años, aunque iba a cumplir nueve ese mismo verano.

Por su parte, Lynn me miró directamente a los ojos. Azules como un zafiro, sentí como me atravesaban. Su palidez extrema me hizo estremecer. Siento como si ella fuera superior a mí, y eso consiguió no sólo asustarme, sino que me sentí raro, muy inútil. Su pelo es rubio plateado, casi blanco, y muy liso. Lo llevaba suelto casi hasta los hombros, recogido el flequillo detrás de su oreja izquierda. La chica me recordaba a un muñeco de nieve, con dos enormes piedras azules como ojos. Sus labios, rojos y rellenos, que destacaban mucho en su cara, se movieron coordinados con su voz.

“Quiero decir por qué no hablan inglés.” se explicó Lynn, mostrándose confundida. Todos esperábamos a que nuestros macarrones se enfriaran lo suficiente como para que no nos quemaran la lengua.

“Carlo estudia en otro colegio y Alba es demasiado pequeña.” les dije. Mi hermano mayor, Carlo, es exactamente igual que yo. Los mismos ojos, la misma cara. La única diferencia es que su tono de pelo es mucho más claro, igual que el de mi madre. Mi pelo es castaño oscuro, casi negro, una mezcla del castaño claro de mi madre y el negro azulado de mi padre, heredado por mi hermana. Los dos somos bastante delgados, aunque Carlo es muy fuerte.

“¿Por qué?” me preguntó Lynn.

“¿Por qué, qué?” repuse, molesto por mi propia incomprensión.

“Vosotros, chicos ignorantes, nunca me entendéis. Quiero decir por qué Carlo estudia en otro colegio.” nos explicó Lynn. Jacques estaba ensimismado, sumido en sus propios pensamientos. No creo que estuviera escuchándola. Lynn no pareció darse cuenta de esto.

“Porque quería estudiar en el mismo que su novia. Ella estudio en mi colegio hace diez años. Cuando tenía ocho años se cambió, y mi hermano se cambió con ella. Por eso no habla mucho inglés. Sólo “hola” y “adiós”.” les conté.

“Oh, lo cojo.” dijo Lynn. Cuando vio que Jacques estaba a punto de protestar se corrigió. “Quiero decir, que ahora lo comprendo. Ahora entiendo por qué.”

“Te he entendido.” contestó Jacques en tono grosero. “Iba a preguntaros con quién nos estamos sentando. ¡Ni siquiera sé como os llamáis!” dijo Jacques, un poco confundido. Aunque nos habíamos visto más de una vez, apenas nos habíamos saludado. Contra todo pronóstico había conseguido lo que mi padre deseaba. Empezaba a hacerme amigo de todos esos chicos.

“No hay problema. Bien, escuchar. En orden. ¿Veis a aquel chico de ojos azules?”

“Ese es tu hermano, Carlo, ¿no? Se te parece mucho.” dijo Lynn.

“Sí, él es Carlo. Bien, ¿veis al chico de al lado, el del pelo castaño? Él es el hermano de Lorena, Leandro. Lorena es la chica grande de al lado de mi hermana.”

Lorena se sentaba a la derecha de mi hermana pequeña. Sus ojos son negros como el azabache y su pelo color canela. Su cara, redonda como una pelota, se mostraba alegre. Tenía diez años, dos menos que yo (uno menos por esas fechas, aunque le sacaría dos pasado el 10 de diciembre), y uno más que Jacques. Su hermano Leandro es exactamente igual que ella, sólo que bastante más delgado. Sus ojos son marrón claro, parecidos a su pelo.

“¿Tu hermana es la chica pequeña, entonces? ¿Alba?” preguntó Jacques. Señalaba a una niña de ojos azul cielo y pelo negro como el azabache, casi azul oscuro. Es igual que mi madre, muy delicada, agradable y cariñosa.

“¿Y la otra chica? ¿Cuántos años tiene?” preguntó a su vez Lynn. Ella señalaba a una muchacha de ojos verde hierba, morena y esbelta. Su pelo, de tonos rubios y rojos, se formaba a base de tirabuzones que crecían hasta más allá de sus hombros. Hablaba con Alba tranquilamente, haciéndola reír cada poco tiempo.

“Vale. Sí, la pequeña es Alba y Victoria es la otra chica. Tiene catorce años.” les expliqué.

“¿catorce? Jo, ¡sois un montón de viejos!” dijo Lynn, molesta. “Vale, ¿y los gemelos?”

“Ellos son…”

Maximilian, uno de los gemelos, se sentaba a la izquierda de Lynn. Había estado escuchando toda la conversación y nos tendió la mano.

“Mi nombre es Max y él es Matt. Oh, y tenemos once años.” me interrumpió, sonriendo a Lynn. Como respuesta le dirigí una mirada llena de desprecio que él ignoró.

Los gemelos, de padres alemanes, habían nacido en Italia. Hablaban alemán en su casa e italiano por la calle. Además, los dos iban a un colegio parecido al mío, por lo que también hablaban inglés fluidamente. Ellos son pelirrojos y un poco pálidos. Tienen la cara manchada de pecas y los ojos grises rayando el azul claro. Al igual que Lynn, sentía que sus miradas me atravesaban. Los dos vestían exactamente igual y llevaban el pelo cortado hasta las orejas. Sus nombres completos son Maximilian y Matthias. Más adelante tomarían el mote de “Doble M”.

“¡Vosotros también habláis inglés!” dijo Lynn, sin salir de su asombro.

“Cuando eres alemán y vives en otro país te gusta saber más idiomas. No sólo italiano sino también inglés. Es muy útil.” dijo Matthias.

“Bien, ¿y vosotros como os llamáis? Yo soy Jacques.” nos preguntó a Lynn y a mí.

“Encantada” le contestó Lynn. “.Yo soy Lynn.”

“Y yo Marco.” me presenté.

“Mola.” Dijo Jacques en respuesta. Parecía asombrado de que no tuviera el nombre raro de algún rey o duque.

En ese momento vi que todos nos prestaban atención. Leandro y Carlo ya no mantenían ninguna conversación y Victoria, Alba y Lorena nos miraban extrañadas. Supuse que ninguno entendía lo que estábamos diciendo.

“Creo que no nos entienden.” les dije, viendo que todos se habían dado cuenta de que nuestra conversación ya no era nuestra. Giré la cabeza hacia un lado para señalar a los demás.

“Tendremos que hablar en italiano, pues.” se lastimó Lynn. Toda su alegría se desvaneció, aunque siguió pareciendo agradecida y muy complacida.

“Vamos, no es tan malo. A fin de cuentas, naciste aquí” le dijo Jacques. “.Igual que yo, de hecho.”

“Lean, ¿sabes en que idioma están hablando esos niños?” le preguntó Lorena a su hermano sin disimular. Parecía creer que no entendíamos italiano. Es más tonta de lo que yo pensaba.

Leandro se volvió hacia ella pero no le contestó.

“Están hablando en inglés, ¿no?” dedujo Victoria, indecisa. Me miraba fijamente a los ojos. Otra vez, sentí como si me atravesaran. ¿Qué me está pasando? pensé.

Leandro y Carlo decidieron ignorarnos y reanudaron su antigua conversación. La forma en que nos miraban dejaba muy claro que se creían más listos y superiores a nosotros.

“Marco, ¿has visto cuantos regalos nos han traído?” me dijo Alba, emocionada y hablándome ahora que Victoria no la hacía reír. “¡Y todavía faltan los de papá y mamá!” exclamó. Los regalos de nuestros padres siempre eran los más grandes y los que más nos gustaban.

Victoria sonrió.

“Seguro que son todos para ti.” le dije, sonriendo yo también. Alba era la única persona que me importaba lo suficiente como para ir a su cuarto todas las noches, leerle un cuento y acostarla, exactamente como deberían hacer mis muy atareados padres.

“Bueno, ¡va siendo hora de empezar a comer!” exclamó Lorena, inesperadamente. Parecía avergonzada y a la vez sorprendida de que habláramos italiano. Deduje que nuestros platos ya se habían enfriados lo suficiente.

Costa Suroeste de Montenegro (Europa)

Sobrevolaba un mar de nubes, blancas y esponjosas, que se extendía por todo el valle, cubriendo pueblos y bosques. Todo el paisaje, pintado de blanco por la niebla, le recordaba aquellos campos nevados que ya habían dejado atrás. La respiración regular de su hermana, que había caído rendida tras muchas horas de vuelo, le tranquilizaba y relajaba. No tenían agua ni comida pero sí tres paracaídas y una mochila con un par de camisetas, pantalones y chaquetas, además de dos pares de calcetines y zapatos. Mikheil había pensando en meter también dos abrigos, pero la capacidad de la mochila no se lo permitió. Así pues, debían dirigirse hacia el sur, todo lo lejos que les permitiera la desgastada avioneta y el escaso combustible, hacia una ciudad soleada y de temperaturas altas. Mikheil no tenía ni idea de geografía gracias a su mala educación, pero sí que sabía un poco acerca del clima sureño y manejaba todo tipo de avionetas a la perfección. Con su edad jamás le habrían dejado conducir avión alguno en su país, pero Mikheil quería creer que se lo permitirían allá adonde iba.

Su hermana susurró algo en sueños y cambio de postura. Mikheil creyó oír su nombre, pero no le dio importancia alguna. Maia acostumbraba a soñar con él.

La muchacha descansaba sobre los paracaídas, usando la mochila como almohada. Mikheil había aprendido con el tiempo que no debía apartar la vista del cielo y trató de concentrarse en el mar azul, que ya asomaba de entre las últimas montañas que rodeaban el valle. Aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía evitar girarse de vez en cuando para ver a su hermana pequeña, dormida contra la pared de la avioneta, abrazando su abrigo de plumas. Dentro la temperatura era templada, por lo que Maia usaba su propio abrigo como manta. Se habían ido quitando capas desde que el sol apareció y no lo habían perdido de vista hasta hacía unas horas, cuando oscureció. Los jerséis se acumulaban en una esquina de la avioneta, contra la puerta del baño.

Mikheil estaba impresionado de que hubiera podido robar una avioneta tan avanzada. Dos asientos sin estrenar, tres paracaídas, dos mantas de lana que olían a nuevo y un cuarto de baño. Desgraciadamente, la avioneta no tenía agua potable, ya que el retrete era, básicamente, un agujero que daba al exterior, parecido al de los trenes. Mikheil prefería usarlo cuando volaban sobre agua (un lago, el mar). No quería pensar en las personas que vivían debajo.

Su hermana volvió a cambiar de postura y Mikheil se dio cuenta de que había apartado la vista del cielo. Otra vez. Nervioso y temiéndose lo peor se volvió. Por suerte no había pasado nada. No había pasado más de medio segundo con la vista apartada y la avioneta continuaba sobrevolando aquel inmenso mar de nubes. Pronto llegaría al mar y en cuanto divisara tierra Mikheil tendría que aterrizar. No quería seguir porque apenas les quedaba combustible y no sabía cuan larga era aquella masa de agua, pero no tenía mas remedio. Mikheil sólo sabía que algo lo empujaba a cruzar el mar y aterrizar más allá, en la tierra prometida. No era la primera vez que se dejaba llevar por una corazonada y recordaba perfectamente las consecuencias catastróficas que había tenido aquella primera: No volverían a ver a sus padres.

6 de Enero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Ya pasada la medianoche salió el último invitado por la gran puerta doble. Mis padres, que se habían puesto como meta no acabar borrachos, se tambaleaban mientras trataban de subir las escaleras, Carlo detrás acompañándolos para evitar alguna desgracia. Entretanto, Alba y yo comenzamos a despejar las mesas: todos los platos, vasos y cubiertos al lavavajillas, todas las servilletas de tela fina a la lavadora, todos los restos de comida a la basura y las bebidas sobrantes por el fregadero. Alba me ayudaba servicialmente, aún sabiendo que Carlo me lo había ordenado solamente a mí. Se le cerraban los ojos cada dos por tres y casi no podía tenerse en pie, por lo que tampoco me sirvió de mucho. De todas formas, aprecié su ayuda y le recompensé dándole un beso en la mejilla.

“Muchas gracias por tu ayuda, Alba.” le dije.

Ella me sonrió con ojos somnolientos y se propuso subir las escaleras hasta su cuarto, detrás de mí. De improvisto me la subí a los hombros y ella rió.

Oí como mi hermano cerraba su puerta estrepitosamente mientras acostaba a Alba, que ya se había aseado y puesto el pijama. Esta vez, como todos los días que nos acostábamos muy tarde, me miraba con ojos suplicantes. El sueño la había abandonado temporalmente.

“Marco, ¡porfi!” me pidió. “Uno cortito.”

Yo suspiré. Todas las noches, sin excepción alguna y desde que había cumplido dos años, le leía algún libro. De hecho, ya se los conocía todos al dedillo, pero no le importaba que se los repitiera.

“El más corto que tengamos.” me rendí.

Ella sonrió ampliamente. Se acercó a la estantería y trajo un libro. La portada mostraba a una niña de pelo rubio y ojos azules, que miraba asombrada la cerilla que acababa de encender. El título decía así: “La Vendedora de Fósforos” de Hans Christian Andersen. Era uno de sus favoritos, se lo había leído unas veinte veces. Si aguantaba hasta el final, cosa que no solía pasar, siempre se echaba a llorar. Por suerte, el llanto parecía adormecerla más aún.

Se acomodó en la cama, me tendió el libro y cuando lo cogí se tapó hasta la barbilla. Yo me senté a su lado, destapado y con el libro en el regazo.

“Era la noche de fin de año…” comencé.

Bari (Italia, Europa)

Mikheil vio tierra y agradeció al cielo que no se hubieran quedado sin combustible en mitad del mar. Continuaba guiado por aquella traicionera corazonada, nervioso por lo que pudiera encontrar allá adonde iba, pero feliz de que el mar hubiera terminado. Rezó para que no estuvieran sobrevolando alguna de aquellas pequeñas islas, de apenas diez kilómetros cuadrados.

Maia se despertó de repente, muy asustada y respirando con fuerza. Mikheil se sobresaltó y estuvo a punto de girarse, pero se forzó a no volver a apartar la vista del frente. Su respiración se volvió irregular.

“¡Qué pasa?” exclamó, temiéndose lo peor. Igual los perseguían los dueños de aquella avioneta y les iban a disparar con sus armas, para que el motor explotara y los dos murieran calcinados. Todo por mi maldita corazonada, pensó.

“Ha sido sólo un sueño” susurró Maia, tranquilizándose. Su respiración se volvió regular. “. Tranquilo, Mik. No pasa nada.” dijo al cabo de un rato, viendo que había sorprendido a su hermano.

“Gracias al cielo” murmuró Mikheil, los nervios a flor de piel. “. ¿Has tenido una pesadilla?” le preguntó, tratando de entretenerse con la conversación. Quería olvidar de inmediato aquel odioso momento de incertidumbre.

“Sí. Ha sido terrorífico. ¿Puedo contártela o te distraeré demasiado?” le preguntó Maia. Mikheil podía sentir su mirada en la espalda, aquellos preciosos ojos marrón verdoso mirándolo, a la espera de su respuesta.

“Hazlo, por favor. Necesito algo en lo que pensar, por insignificante que sea.”

Maia se quitó los abrigos de encima y los dejó sobre los paracaídas. Primero entró al cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.

Mikheil miró hacia abajo. Estaba oscuro, pero eso no le impedía ver. Gracias al cielo, sólo había campos.

Miedo a la Muerte

Viktor y Anya

6 de Enero de 1986

San Petersburgo (Rusia, Europa)

Paseaban por aquel mercado todas las semanas en busca de alimentos frescos y buenos. Eran jóvenes, apenas unos niños, pero ya lo sabían todo acerca del lugar: conocían dónde estaba situado cada puesto (el de las mejores verduras, el del pescado más fresco, el de la fruta mejor cosechada…) y acudían siempre que podían. El mercado no estaba muy cerca de su cabaña, pero tampoco estaba realmente lejos. Sólo lo suficiente como para impedir que fueran los días que nevaba demasiado o hacía bastante frío. Ese día en concreto los termómetros marcaban muchos grados bajo cero, aunque el cielo estaba despejado y no corría aire. Dado que se encontraban en la peor época, la más fría de todas, frecuentaban menos el mercado. Por esto, en cuanto un día se presentaba lo suficientemente bueno como para poder pasear con un buen abrigo de plumas de los dos salían de la cabaña y corrían hacia el mercado. Iban rápido, no dejaban de moverse para no congelarse.

Les faltaba un poco de fruta y algunas verduras para terminar la compra, pero se lo tomaron con calma. El sol iba calentando muy lentamente la ciudad durante aquella fría mañana y la temperatura había subido unos grados. No lo suficiente como para que los músculos de los niños no se entumecieran si paraban de andar, pero sí para permitirles el placer de pasear sin prisas. Vestían abrigos de color marrón glace (tan grandes que casi les llegaban hasta los tobillos) y pantalones gruesos a conjunto con sus botas gris claro. Ella llevaba de la mano a su hermano pequeño, de apenas cinco años, preguntándole si tenía frío cada dos por tres. La respuesta del pequeño no variaba; “No más que tú” le contestaba con empatía. Sabía que debían terminar la compra si quería seguir una dieta sana, por lo que tendría que olvidar aquel frío invernal que lo hacía estremecer y pensar en que fruta le apetecía más. Siempre había deseado comer una manzana roja, de esas enormes que siempre salen en los libros de dibujos sobre la letra M. Desgraciadamente, su hermana no le permitía separarse de ella y así no podía ir en busca de nada.

“¡Jo, Anya! ¡Yo también quiero ayudar!”

“Todavía eres muy pequeño, Viktor.”

“¡Mentira!” pataleó él, molesto. Era un niño precioso, de figura esbelta y rostro redondo. Su mirada era curiosa y calculadora además de, en ese mismo momento, suplicante. Sus ojos, de tonos grises y azul claro, conjuntaban con su cabello, blanco como la nieve que cubría las aceras de las calles. Miraba a su hermana sin mucha esperanza.

Ella se tomó su tiempo, turnando miradas cariñosas hacia el niño y preocupadas hacia el abarrotado mercado, pensando en sus posibilidades. Si Viktor aprendía a hacer la compra y podía ayudarla todos los días sería algo fantástico ya que irían mucho más deprisa y podrían llegar antes a la cabaña, cálida y segura. Anya acabó cediendo, aunque no muy convencida.

“Vale, de acuerdo. Si lo que quieres es ayudarme, Viktor, ve y compra alguna fruta. Ya sabes donde está el puesto. Yo te estaré esperando delante de las verduras, ¿vale?” le revolvió el pelo, largo hasta las orejas, y le besó en la mejilla. No parecía muy contenta de tener que dejar al niño solo, pero sabía que él lo prefería así.

Mientras ella caminaba Viktor paró a observarla alejarse. El frío se incrementó pero no le importó. Miraba a una chica de once años de aspecto delicado y ojos negros como el azabache, que hacía apenas unos segundos lo habían mirado con el único amor que Viktor había recibido en todo su corta vida. Cuando ella desapareció entre la muchedumbre Viktor estuvo a punto de echarse a correr detrás suyo y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Aún con todo, empezó a caminar en la dirección contraria mientras se limpiaba las lágrimas, hacia un solitario puesto de frutas que había visto en las afueras del mercado. Sabía que la iba a volver a ver en cuestión de minutos, ya que ella no lo iba a abandonar. No como les habían hecho sus padres cuatro años atrás, cuando él aún era un bebé.

El puesto era muy pequeño y bastante simple, con poca fruta pero muy exótica. Estaba vigilado por una viejecita de facciones cansadas, aunque muy dispuesta a pasar aquella mañana de invierno cuidando de su cosecha. Casi al alcance de la mano izquierda del muchacho, una manzana rojiza del tamaño de un puño adulto sobresalía de entre las demás, mostrándose con todo su esplendor a los clientes. Era de las primeras que veía Viktor y era real, no como las otras, hechas a base de pinturas de colores. Las frutas que había en ese puesto no iban ni con la temporada ni con el lugar. De hecho, Viktor vio lo que creía que era una sandía, del tamaño de un huevo de dinosaurio, tan grande que sólo cabía una en la caja.

Con los ojos relucientes de ilusión Viktor cogió las monedas que su hermana le había dado esa misma mañana y dirigió la mirada hacia la abuelita, casi saltando de alegría. Carraspeó levemente tratando de llamarle la atención a la tendera, pero esta no le oyó. Así que, sin perder los ánimos, levantó todo lo que pudo su brazo izquierdo, agitándolo mientras mantenía las monedas a salvo en la otra mano. Aguardó hasta que la mujer se percató de su existencia y se le acercó, ajustándose las gafas de bordes negros, a conjunto con su vestido rojo y pelo moreno. Viktor estaba casi completamente seguro de que procedía del sur, de algún lugar con altas temperaturas y grandes playas de aguas cálidas. Distinguió detrás de las gafas unos ojos de tonos marrón oscuro, parecidos a los de su abrigo, que lo miraban agotados y viejos. Parecía un poco inquieta por dentro, tal vez asustada. Viktor creyó que temía morir, tan arrugada y delicada se la veía. No acababa de comprender que hay de malo en ello.

Viktor trató de hablar con la abuela, por lo que esta se vio obligada a asomarse por encima de las cajas de frutas.

“Me gustaría comprar esa manzana roja que sobresale” indicó Viktor, cada vez más ilusionado, mientras le tendía las monedas a la tendera y señalaba la fruta que más le había gustado. Luego se acordó de su hermana y añadió: “y también esa sandía de ahí, por favor.”

“Por supuesto, jovencito.” le dijo la abuelita, con un acento español muy marcado. Viktor se enorgulleció de sí mismo ya que había sabido aproximar la procedencia de aquella mujer desconocida. Mientras él pensaba en ella, la tendera se aproximó hacia la fruta y la agarró fuertemente con sus manos arrugadas. Un simple anillo de boda, muy reciente según pudo observar Viktor, las decoraba. La anciana metió la manzana en una bolsa y luego colocó en otra la enorme sandía, mirando a Viktor con desconfianza. Él supo la razón; la sandía era demasiado grande como para que él solo la pudiera llevar. La viejecita se agachó y cogió las monedas que el niño le tendía sin darle a cambio la fruta. Después de comprobar que las monedas bastaban para pagarlo todo agarró las dos bolsas y se las ofreció a Viktor.

“Aquí tienes.” le dijo, esperando a que él la cogiera. Asustando a la abuela, Viktor agarró con fuerza las dos bolsas y se las colgó a la espalda, un poco como hace Papá Noel con su saco de regalos. La anciana le miró asombrada y sin dar crédito a sus ojos. Viktor, un poco incómodo por la mirada que le lanzaba la mujer, decidió despedirse.

“Muchas gracias… y felicidades” hizo una pequeña pausa y señaló el anillo. “. Espero que sean muy felices.” Añadió, sorprendiendo más aún a la tendera.

“Cl-claro, pequeño” tartamudeó esta, sin saber muy bien qué decir. No le había dicho a nadie, por falta de tiempo, que se había casado dos días atrás. Además, estaba segura de que no había visto a ese niño tan extraño en su vida. A fin de cuentas y por muy vieja que fuera, ¿a caso no sería capaz cualquiera de recordar a un niño de cabellos blancos, apenas mayor de seis años, que levantaba una sandía más pesada que él mismo con la facilidad con la que se eleva una pluma?

Viktor buscó a Anya con la mirada, muy orgulloso después del trabajo que había sido capaz de hacer. La vio enseguida, de pie delante del puesto de verduras, terminando de meter en su carro todo lo que había comprado. Se le acercó sigilosamente y, cuando la niña estaba a punto de girarse y empezar a buscarle, le saltó delante y le enseñó las bolsas.

“Mira lo que tengo.” canturreó, mientras abría las bolsas para que su hermana pudiera ver el contenido.

“Anda, ven aquí, pequeñajo.” sonrió Anya, mientras abrazaba con cariño a su hermano pequeño. Con el niño aúpa, agarró las bolsas que este le ofrecía y las metió en el carro, contenta de que Viktor hubiera sido capaz de comprar la fruta. A partir de entonces él podría ayudarla con la compra. A una persona normal igual le habría parecido una estupidez o un suceso sin la más mínima repercusión, pero para ellos, que vivían en una cabaña derruida, pasando frío y sin padres, era un gran avance.

En las afueras de Nápoles (Italia, Europa)

“¡¿Qué vamos a hacer?!” le preguntó Maia a voz en grito, mientras miraba ansiosa al exterior. “¡Mikheil! ¡Nos vamos a estrellar! ¡Caemos en picado y yo NO QUIERO MORIR!” chilló, mientras preparaba a toda prisa los paracaídas.

Ya no les quedaba ni gota de combustible, por lo que la avioneta había comenzado a descender a velocidad vertiginosa. Mikheil, que seguía de piloto, ponía en práctica todo su aprendizaje tratando en vano de hacerla planear. Sabía que sin la potencia que le proporcionaba el motor les sería imposible llegar hasta la próxima ciudad, su destino, y esto lo desesperaba. Al igual que Maia, Mikheil sentía que había dejado muchas cosas sin terminar y no deseaba desaparecer del mundo tan pronto, sin familia ni amigos. Aunque les daba igual ser o no recordados, los dos hermanos soñaban con poder vivir en paz en alguna cuidad tranquila y segura, con temperaturas altas y, si era posible, una preciosa playa desde la que el mar se viera infinito pero bonito. No querían morir por culpa de una estúpida avioneta que tenía el depósito tan pequeño que uno no podía ni cruzar el mar sin acabar vaciándolo.

Mikheil miraba hacia los campos de trigo que se extendían a su alrededor, imaginándose a la muerte (la veía con su vestido negro y largo, la capucha cubriendo sus rasgos calavéricos y cuencas vacías, portando la guadaña que los decapitaría) esperándoles entre los enormes trigales, que iban creciendo a medida que la avioneta perdía altura.

En la costa de Nápoles (Italia, Europa)

Fue la peor noche de toda mi vida y llegó, por muy imposible que me pareciera, a superar aquella en la que unos borrachos se pegaron ocho horas bailando como unos posesos justo debajo de mi ventana mientras cantaban, desafinando como sólo lo haría un borracho, las canciones que se habían puesto a la moda. Además, por si el ruido no resultaba lo suficientemente insoportable, coincidía que era una de esas noches de verano con temperaturas tan altas que sientes como si te frieran vivo y nuestro aparato del aire acondicionado (el del piso de arriba) había dejado de funcionar unas horas antes de acostarnos. Tuve que hacer como si no oyera los gritos que pegaban ese montón de inútiles mientras trataban de vocalizar lo suficiente como para que se entendiera algo de lo que cantaban y abrir la ventana, ya que sino el poco aire que corría no templaría mi cuarto. No pegué ojo en toda la noche y pasé tanto calor que cuando por fin amaneció y dejé de tratar de dormir (los borrachos seguían dando la lata, aunque, como respuesta a la amenaza de un vecino, habían bajado el volumen de sus cantos) me sentía como si estuviera tumbado en una piscina en vez de en mi cama. Por esto, tuve que llamar a mi madre para que me ayudara a deshacer la cama y lavarlo todo y, después de que ella insistiera en que podía hacerlo sola y me mandara ducharme (cosa que hice de buen grado y sin dudar), decidí que ese día dormiría en el colegio (donde sí que había aire acondicionado), por mucho que mis profesores me humillaran delante de los demás. Por suerte, mis padres, mostrándose comprensivos, me permitieron dormir durante todo el día en el piso de abajo, donde sí que funcionaba el aire acondicionado y había estado durmiendo Carlo.

Pero la noche del 5 de enero fue peor si cabe imaginar. No pase frío ya que nuestro aparato también funcionaba de calefacción y el silencio fue casi sepulcral durante toda la noche, sin interrupción alguna. De hecho, dormí como un tronco a causa del cansancio.

No, lo malo no estaba ni en la casa, ni en la temperatura, ni en la ciudad. Estaba dentro de mí, porque ese día tuve la peor pesadilla que jamás hubiera llegado a imaginar. Duró toda la noche, desde que me acosté, después de haberle leído el cuento a Alba y haberme aseado, hasta que me levanté a la mañana siguiente a causa de la luz.

Normalmente no recuerdo lo que sueño. De hecho, esa era la primera vez que lo hacía de verdad, la primera vez que recordaba todo al detalle como si ni siquiera despierto pudiera escapar.

Además nunca, y digo nunca desde que soy consciente de lo que hago, lloro. Ni siquiera lloré cuando, con apenas siete años, me caí al suelo y me abrí la barbilla. Tampoco lo hice a los diez cuando se me dislocó el hombro, algo que duele tanto que sientes ganas de cortarte todo el brazo para que el dolor desaparezca. Pero esa vez, esa mañana después de haber tenido ese endemoniado sueño, lo hice. Lloré tanto que las mejillas se me pusieron rojas como un tomate, al igual que los ojos, y fui capaz de saborear las lágrimas cuando me llegaron a la boca, saladas como el agua de mar.

Y lo que incrementó mi dolor fue que, al contrario de lo que suele pasar, estaba solo. Todas las mañanas mi madre se pasa por cada uno de nuestros cuartos y corre las persianas para dejar que la luz entre, despertándonos. Normalmente esto me enoja, ya que no sólo odio que me despierte la luz, sino que además no aprecio mucho la compañía. Normalmente prefiero estar solo.

Pero lo que antes era normal cambió radicalmente ese día.

Por Siempre Jamás

Arc y To

Septiembre de 2001

Le agarraba la mano con fuerza, inquieto, nervioso e incómodo, todo a la vez.

“Tranquilízate un poco, Arc.” le dijo ella, mientras se acomodaba en la camilla. “Todo va a salir bien, como siempre.” añadió, apretándole la mano.

“Crece muy lento.” se limitó a decir él, justificando sus sentimientos.

“No lo demasiado como para asustarnos.” le contestó ella, calmada y cerrando los ojos. Oyó como él despegaba los labios para protestar y añadió, abriéndolos de nuevo: “Seguro que él está bien, confía en mí.”

Los dos sabían que eso daba punto final a la discusión. Por eso, él la miró a los ojos, verde claro, un poco molesto aunque incapaz de enfadarse.

“Sabes que confío en ti, To.” se rindió, sintiéndose agotado. En ese mismo momento llegó el doctor, llevando la típica bata blanca, y se acercó a la pareja, un poco preocupado. Su cara era fina como la de una mujer, sus ojos grandes y de un color marrón café. Era joven, pero ya asomaban algunas canas de entre su pelo castaño oscuro.

“Siento ser portador de malas noticias.” dijo a modo de saludo. Llevaba una carpeta con un montón de hojas contra el pecho, todas ellas resultados de los análisis y un informe sobre el desarrollo del feto.

“Sobrevivirá.” afirmó ella, sin duda alguna. Parecía tan convencida que hasta el médico se calmó un poco. La madre está en perfectas condiciones, anotó mentalmente. Debía acordarse de escribirlo más tarde en alguno de los papeles.

“Eso espero” dijo, apoyando la mano sobre la barriga, ni la mitad de grande de lo que debería ser, de la madre. “. Lo único que sabemos por ahora es que el feto se está desarrollando bien, sin ninguna anomalía aparente. El único problema incomprensible es la velocidad de crecimiento…” el doctor continuó hablando, pero ninguno de los dos le escuchó.

Había dicho “la velocidad de crecimiento”. Oírlo en la boca de otro les hizo comprender. Supieron por qué crecía tan lento, por qué no se desarrollaba a una velocidad normal. En realidad, por dentro siempre lo habían sabido. Ya lo habían imaginado: exactamente igual que ellos, que se habían quedado estancados. Por su culpa, aquel bebé podía llegar a no nacer, o lo que es peor, a ser un bebé por siempre jamás.

Arc se sintió desdichado y culpable.

6 de Enero de 1986

Costa de Nápoles (Italia, Europa)

Dicen que el ser humano tiene miedo a que lo secuestren y torturen. Dicen que tiene miedo a que maten a su familia, a que le roben o a perder el trabajo. Dicen que le da miedo decir o hacer algo estúpido y que todo el mundo se ría. Dicen que teme que una bomba explote en su ciudad, o que un incendio destruya su casa de campo. Dicen que tiene miedo a perderlo todo, a que su pareja lo deje, a que alguien conocido muera. Dicen que teme, por encima de todo, a la muerte.

Mienten.

El ser humano no teme a ningún suceso ni a ninguna muerte.

El ser humano teme a las consecuencias. Teme a sus sentimientos, a sus emociones.

Al ser humano le dan miedo el dolor y el sufrimiento, la tristeza y la soledad.

Y yo soy un ser humano.

Afueras de Nápoles (Italia, Europa)

No les dio tiempo a bajar. La avioneta se estrelló estrepitosamente contra el suelo, más veloz que un ave rapaz. Mikheil y Maia respiraban forzadamente, él abrazándola con fuerza para proteger su cuerpo del impacto. Sólo tenía seis años y Mikheil no quería que muriera tan joven. Ella podía disfrutar de la vida en esa nueva ciudad.

Gracias al cielo, ninguno de los dos murió. El impacto le rompió el brazo derecho a Mikheil (cayeron contra los asientos de forma lateral, por lo que Maia sólo tenía arañazos y algún que otro corte), pero por lo demás todo fue bien. Su mochila, que protegía la espalda de Maia, no se estropeó. Dado que no había combustible la avioneta no explotó, aunque sí que salieron disparadas las puertas y se rompió el morro al colisionar.

Una vez recuperaron el aire y se dieron cuenta de que no estaban muertos (el brazo de Mikheil dolía demasiado como para estarlo) se aproximaron hacia la apertura en la que antes había estado la puerta del copiloto y salieron. Ninguno de los dos podía creerlo aún.

“Estamos vivos.” murmuró Maia, confundida y un poco inquieta.

“Eso parece.” le contestó Mikheil, ausente y mirando hacia el horizonte. Sentía un dolor punzante en el brazo derecho, desde el codo hasta la muñeca. Supo que se lo había roto, pero no le importó. Estaba esperando a ver salir al diablo del suelo, con su tridente, cuernos y cola. Les obligaría a vivir con él en el infierno por siempre jamás.

Mikheil no pensaba negarse. A fin de cuentas, habían matado a tres hombres. Todas las religiones del mundo incluyen entre sus mandamientos el muy conocido “No matarás”.

Costa de Nápoles (Italia, Europa)

Alba entró en mi cuarto bien entrada la mañana, un poco antes de las once. Yo estaba durmiendo tranquilamente (en apariencia) y ella acababa de levantarse, por lo que aún llevaba puesto el pijama. Nuestros padres dormirían hasta la hora de la comida y se levantarían con tal resaca que acabarían tumbándose en el sofá, para pasar ahí todo el día mientras nosotros abríamos nuestros regalos y jugábamos con ellos.

Era la primera vez que venía Alba a despertarme, ya que normalmente yo me levantaba antes que ella. Le gustaba abrir sus regalos conmigo y siempre esperaba a que yo abriera el primero que encontrara con mi nombre para ir en busca de los suyos.

Ese día, al ver que tardaba mucho en despertarme, se pasó por mi cuarto. Yo, que acababa de limpiarme las lágrimas y todavía estaba asimilando lo que había soñado, ni siquiera la oí cuando abrió la puerta y se sentó en mi silla, esperando a que me despertara.

Cambié de postura para estar más cómodo, pensando en que lo mejor sería dormir un poco más, cuando la vi ahí sentada.

Al principio me llevé un buen susto. Luego recordé lo que había pasado la tarde anterior. Me acordé de que había un montón de regalos esperándonos en el piso de abajo. Esto me tranquilizó.

“Alba, ¿qué haces aquí?” le pregunté, con voz cansada y adormilada. Me froté bien los ojos para asegurarme de que no me quedaba ninguna lágrima delatadora y me quité la manta de encima. Hacía bastante frío, por lo que adiviné que la calefacción no estaba encendida.

“Estaba esperando a que te levantarás para ir a abrir los regalos” me explicó ella, impaciente y muy contenta. Parecía ser portadora de buenas noticias. Deseé que fueran suficiente para hacerme olvidar. “. ¡Los regalos de mamá y papá son preciosos, Marco!” saltó, sin poder aguantar más. “De verás y no lo digo porque los haya abierto. ¡Son los más bonitos, los mejor decorados!” exclamó sonriéndome, sus ojos brillando de alegría.

“Hala, vamos a abrirlos” la animé, saliendo de la cama. Moverme me ayudaría a olvidar con más facilidad. “. No vayan a salirles patas.” añadí, metiéndole miedo.

“¿Qué? ¡Mentiroso, Marco! Eso no puede pasar. Es imposible.” me contestó ella, enfadada porque le hubiera tomado el pelo.

“¡Corre, corre! ¡Que se escapan!” le dije, echando a correr delante de ella. “¡Mira, los tuyos ya se han ido!” le mentí desde las escaleras. Ella corrió detrás de mí.

“Eres un mentiroso, Marco. ¡Los regalos no tienen patas!” me gritó mientras recorría el pasillo a toda prisa. “Oye, ¡espérame!” protestó desde el segundo piso. Cogí uno de los regalos de nuestros padres, en el que ponía con letras formadas por flores: “Alba”, y me lo llevé detrás de la espalda, donde ella no pudiera verlo.

“¡Oye!” se quejó cuando llegó al montón de regalos. Sabía que le estaba tomando el pelo, por lo que enseguida adivinó que había escondido su regalo. Por esto, me miró con ojos calculadores y, unos segundos después, me acusó: “¡TÚ lo tienes contra la espalda!” se acercó a mi espalda y yo me aparté, sonriendo. “¡Hala, Marco! ¡Dámelo!” exigió ella, persiguiéndome por todo el salón mientras yo llevaba el regalo, ya a la vista.

“¡Enanos!” se oyó desde la cocina. Era apenas un murmullo, pero se notaba el deje enfadado. “¡Cerrar el pico de una vez!” nos ordenó la voz.

Paré de golpe y Alba se chocó conmigo, cayendo al suelo de culo.

“Ay.” se quejó en voz baja, casi inaudible. Yo le tendí la mano y me la subí a los hombros, haciéndola reír.

“¿Estáis sordos o qué?” nos riñó Carlo, saliendo enojado de la cocina. Fruncía el ceño y llevaba una taza de leche fría en la mano. Siempre desayunaba eso, sin excepción. Iba todavía en pijama, igual que nosotros.

Alba dejó de reír y me tiró de la oreja, recordando que le había quitado su regalo favorito.

“¡Ah!” grité, tratando de provocar a Carlo. Alba era demasiado pequeña como para hacerme daño, aunque sí que resultaba molesta en algunas ocasiones.

“Si no te callas, enano, tiraré tus regalos por la ventana y te sujetaré para que veas como se los lleva la marea.” me amenazó, sentándose en el sofá.

“Si no me dejas en paz, viejo, quemaré los tuyos y les diré a mamá y a papá que has desayunado en el sofá.” le contesté, copiándole y sonriendo provocadoramente.

Como respuesta Carlo se levantó bufando y se sentó esta vez en una de las sillas, alrededor de la mesa pequeña. “Atrévete.” dijo, simplemente.

Unos segundos después Alba volvió a tirarme de la oreja. “¡Dámelo!” me exigió, abriendo una mano y tirando cada vez más.

“Vale, vale.” me rendí, tendiéndole el regalo. Cuando estaba a punto de agarrarlo lo aparté, enfadándola.

“¡Marco!” me gritó, pegándome un manotazo en la espalda.

“De acuerdo, de acuerdo.” le dije, esta vez sin bromas. La bajé y le di el regalo, sonriendo divertido. Antes de que pudiera abrirlo le hice un gesto con la mano para que se acercara y me agaché. Ella, sabiendo lo que quería, me acercó la oreja y esperó. Hablando muy bajito para que sólo ella pudiera oírme, dije: “Calla, reina elfa, o enfadarás al ogro.” Alba empezó a reírse, pero yo continué: “¿No querrás que se coma todos tus juguetes, verdad que no?” me erguí y le guiñé un ojo, señalando con la cabeza a Carlo. Ella rió más aún.

“¿Qué cuchicheáis por ahí?” gruñó Carlo, curioso. Dejó la taza sobre la mesa y volvió a fruncir el ceño, mirándonos con una mezcla de inquietud y enfado.

“¡Mira lo que has hecho!” le grité a Alba, que cada vez reía con más fuerza. “¡Le has llamado la atención!” Ella se carcajeaba, turnando miradas hacia mí y hacia el enojado Carlo, que estaba decidiendo si aproximarse o no. “¡Ahora el ogro vendrá y se te comerá!” terminé, señalando a Carlo, que en ese momento se levantó y empezó a caminar hacia nosotros muy enfadado y frunciendo el ceño.

“Te vas a enterar, enano” gruñó Carlo y paró de repente, a medio camino entre nosotros y la mesa. Entonces me sonrió maliciosamente y se acercó a los regalos, encontrando y cogiendo el que mis padres me habían dejado. “. Ve despidiéndote de tu único regalo, Marco.” me dijo, tirando el regalo por la ventana con una fuerza descomunal, exactamente como había dicho que haría.

“¡No!” grité, corriendo hacia la ventana. Extendí la mano pero ya era demasiado tarde: llegué a ver como la marea, que ese día era bastante alta, se tiraba encima de la caja repetidas veces. Por suerte había caído en la arena. Pensé en salir a por él y me acerqué a la puerta, pero Carlo lo había pensado antes y se había puesto delante de esta. Le miré con odio y cambié de idea, pensando en lo que sería mejor. Fui corriendo hasta los regalos, cogí el que nuestros padres habían dejado a Carlo y, adelantándome a él, lo tiré también por la ventana. Ya que yo me había acercado más, el regalo cayó más lejos, en el agua. Debía de ser algo muy pesado, porque se hundió con rapidez. En cambio, el mío seguía sobre la arena, mojado por las olas que le caían encima.

“¿¡Qué haces idiota!?” me gritó Carlo, reaccionando antes que yo. Abrió la puerta y echó a correr hacia su regalo, cogiendo por el camino el mío y tirándolo mar adentro, a lo que yo le chillé: “¡Tú eres el idiota, viejo!”

Corrí hacia la puerta y la cerré. Por si acaso, también cerré las ventanas del primer piso y aproveché para poner la calefacción, evitando así que hiciera frío. Carlo, que se había quedado afuera, mojado hasta las rodillas (había tenido que meterse en el agua para coger su regalo) y en pijama, empezó a aporrear la puerta.

“¡Abre de una vez, enano!” gritaba.

Nápoles (Italia, Europa)

Mikheil se había imaginado una ciudad bulliciosa, llena de niños y adultos. La gente pasearía en camiseta corta y shorts, con gafas de sol y sombreros. Todos irían muy morenos a causa del sol y algún que otro extranjero se pasearía quemado y con la marca de las gafas en la cara. Mikheil se había imaginado un sol enorme que calentara el suelo, tanto que el calor sería asfixiante.

Mikheil se llevó un buen chasco cuando entraron en la cuidad y vio a muy poca gente por la calle, todos ellos con abrigos y bufandas. No hacía ni la mitad de frío que en su país, pero tampoco hacía calor. De hecho, Mikheil y Maia tuvieron que volver a ponerse los abrigos (Maia tuvo que ayudar a Mikheil porque le costaba mucho hacerlo sin que le doliera el brazo), asombrados por la temperatura. De todas formas, ya había amanecido y el sol los calentaba desde lo más alto, por lo que los dos hermanos se sintieron como en el cielo.

Mikheil pensaba en lo que debían hacer a partir de ese momento. Su corazonada aún no lo había abandonado y lo empujaba a seguir caminando. No sabía si hacerle caso, por lo que prefirió preguntar a su hermana, que miraba asombrada el interior de una pastelería.

“Maia, ¿crees que deberíamos seguir andando? Tengo una corazonada, pero me da miedo seguirla.” le preguntó, un poco avergonzado. Recordó a sus padres y se entristeció, sintiéndose cada vez más inseguro.

Maia apartó la vista de la tienda y le abrazó con cariño. “Haz caso a tu corazón, Mik. Nunca falla.” le dijo, apartándose para que la viera sonreír.

“Falló la primera vez.” contestó él, mirándola apenado. La cogió aúpa y siguió caminando. Ella le abrazó para darle calor y le acarició el brazo derecho, tratando de no hacer daño.

“Eso no fue un fallo. Fue mala suerte.” murmuró Maia, consiguiendo que a Mikheil se le saltaran las lágrimas.

“No fue mala suerte” le contestó él, llorando. Se limpió las lágrimas y añadió, con voz cansada: “. Fue culpa mía.”

Maia no rechistó, sino que se limitó a dejarlo en paz. Él necesitaba su tiempo para asimilarlo todo.  Así pues, se pasearon por toda la ciudad hasta que empezaron a oler el mar y escucharon las olas, cuando se sonrieron.

“¡Hay playa!” exclamó Maia, contenta. Ya oían las gaviotas y la fría brisa les acariciaba la cara, haciendo bailar el cabello largo y rizado de la niña, forado a base de tirabuzones castaño claro.

“No creo que nos podamos bañar con este frío, Maia.” le dijo Mikheil, pensando en donde podrían dormir. No tenían nada de dinero y para empeorar la situación, no tenían ni idea de si allí se hablaría inglés. Sus padres les habían enseñado desde que eran muy pequeños para que de mayores pudieran viajar y eso les vendría muy bien en el futuro.

“No seas tan aguafiestas, Mik. No pensaba bañarme” le contestó ella, cerrando los ojos para poder disfrutar de la brisa. “. Huele genial.” murmuró.

Caminaron hasta unas casitas que había cerca del mar, situadas dentro de la playa y un poco por encima del suelo, para que, si la marea subía, las paredes no se mojaran ni agrietaran.

Maia estaba impresionada de cuan infinito se veía el mar desde el suelo. La única vez que lo había visto sobrevolaban Montenegro y no le había resultado tan hermoso como lo sentía ahora. De hecho, lo había mirado con odio, pensando que podrían acabar muriendo ahogados si se les acababa el combustible estando todavía sobre el agua.

Mikheil también estaba asombrado. El mar le parecía ahora precioso y el sonido de las olas rompiendo contra la arena le resultaba muy relajante. Se tranquilizó un poco y decidió seguir caminando hasta la playa (desobedeciendo a su corazonada, que lo empujaba a torcer hacia una de las casas). Cuando llegó hasta el final de la playa, a un metro escaso de la arena mojada por las olas, se sentó sobre la mochila, dejando a Maia sobre su regazo.

Costa de Nápoles (Italia, Europa)

Estaba riéndome de Carlo, que ya había empezado a tiritar al otro lado de la puerta, cuando noté una tirantez anormal en la oreja. El dolor se multiplicó y me tuve que poner de puntillas para que no me la arrancara.

Era demasiado fuerte como para ser Alba, por lo que supuse que, como Carlo había dicho, los gritos habían sacado a nuestros cansados padres de la cama. Con resaca y viendo lo que le había hecho a Carlo (que era, en apariencia, inocente), la bronca que mis padres me iban a echar era inevitable.

“Ay.” me quejé, cuando ya no podía aguantar más. ¡Me iba a arrancar la oreja!

“Marco…” empezó mi padre. Su voz sonaba muy enfadada y me miraba sin dar crédito a sus ojos. ¡Cómo si Carlo no se lo mereciera!

“¡Me vas a arrancar la oreja!” protesté, poniendo la mano encima de la suya, tratando de apartarla para que dejara de tirar.

“¡Te estaría bien merecido!” gruñó, sin dejar de tirar. Antes de que pudiera quejarme más, añadió: “¿Se puede saber qué está haciendo Carlo ahí fuera con este frío? ¿Sabes a qué temperatura estamos, Marco?”

“¡Suéltame!” grité, haciendo oídos sordos a sus preguntas. Parecía enfadarse más conforme iba hablando y la tirantez no disminuía.

“¡Abre la puerta ahora mismo y pídele perdón a Carlo!” me ordenó soltándome la oreja. Al fin. “¡Y que sea la última vez que haces esto, Marco!” añadió, mirándome con furia. No parecía haber dormido muy bien.

Yo corrí en dirección contraria, esquivándole cuando intentó volver a cogerme.

“¡Marco!” me llamó a voz en grito.

Me alejé lo suficiente como para no correr peligro alguno y entonces le grité, desde la puerta de la cocina: “¡No pienso hacerlo, se lo merece!”

Un segundo después se oyó un ruido sordo, producido por una llave que alguien había introducido con la intención de abrir la puerta principal. ¿Tenía Carlo sus llaves encima?

“¿A qué vienen todos estos gritos? ¿Y por qué me ha dicho Carlo que lo has echado de la casa, Marco?” preguntó mi madre, entrando con Carlo por la puerta principal. Él llevaba los dos regalos en la mano y parecía muy enfadado. Habría echado a correr hacia mí de inmediato sino lo hubiera estado agarrando mi madre. Supuse que se había despertado antes que nosotros y había salido a hacer alguna cosilla, igual sólo para pasear y despejarse.

Mamá se quitó el abrigo y la bufanda y los dejó en el perchero, tranquilamente y sin prisas. Luego mandó a Carlo y a mi padre a sentarse en el sofá y cogió a Alba en brazos, que se había asustado con tanto chillido y se había quedado quieta al lado de la cómoda, donde yo la había bajado. Mamá también se sentó y, cuando ya estaban todos un poco más calmados, me llamó.

“Marco, ven aquí con los demás y explícame qué ha pasado.” dijo con voz tranquila aunque autoritaria. Yo me quedé quieto como una estatua, con miedo a acercarme lo suficiente como para que Carlo pudiera pegarme.

“Estoy seguro de que ya te lo ha contado.” le dije, sabiendo lo qué me iba a contestar.

“Tu versión y la suya suelen variar mucho.” repuso, como yo había adivinado. Alba se removió en su regazo y ella le permitió sentarse sobre el sofá, a su lado. Tuve una idea innovadora.

“Alba es inocente y pequeña y lo ha visto todo. Que te lo cuente ella.” le contesté, sin intención de acercarme.

“Marco, quiero que me lo cuentes tú.” dijo ella, tratando de convencerme.

Entonces, Alba, que había estado mirando por la ventana, exclamó, muy alarmada: “¡Una niña se está ahogando!”

Cuesta Imaginar

Mac y Done

28 de Agosto de 1982

Skopje (Macedonia, Europa)

Mac iba a cumplir cuatro años y Done tres cuando ocurrió. Él estaba sentado en su sofá, mirando las noticias mientras se tomaba un vaso de vino, con la mayor tranquilidad. Afuera todo parecía estar en calma; ni llovía, ni hacía demasiado frío. Al día siguiente cumplirían años sus nietos (era increíble que los dos hermanos hubieran nacido el mismo día) por lo que había viajado desde su casa, en España, su ciudad natal, hasta Sofía, donde ellos vivían con su hijo. Todavía no había decidido que les iba a regalar, pero pensó que se le ocurriría pronto. Hasta entonces, no se movería.

Él estaba en el salón. La casa era enorme, un regalo suyo que les había hecho a su hijo y su nuera cuando se casaron y decidieron ir a vivir ahí, donde había nacido la mujer, hija de padres irlandeses. Por esto, su pelo le recordaba al fuego que encendían en invierno y sus ojos a un cielo sin nubes, claro y despejado. Done tenía los ojos igual que ella, la cara redonda por la edad y la nariz fina como la de su padre. Además, tenía el pelo color carbón, como él y su hermano mayor. La cara de Mac era un poco más ovalada que la de Done y tenía los mofletes colorados desde que nació, además de toda la cara llena de pecas, igual que su madre y su hermano pequeño. Mac era muy especial en su familia, ya que tenía los ojos de distinto color. Uno era azul claro como los de su madre y el otro verde esmeralda como los de su padre. Eran los dos unos niños preciosos, muy vivos y cariñosos, con una imaginación sin límites. Le daban envidia.

Él, Felipe Alfonso José (Philiph para la prensa internacional) Martínez era un hombre viejo, de setenta y cuatro años, rico como sólo lo podía ser el jefe de una empresa internacional de papel. Por eso, habría podido acabar con el hambre en el mundo si hubiera querido. Y lo habría hecho si en ese mismo momento no hubiera olido el humo y oído gritos de auxilio desde la cocina, donde la pareja y sus dos hijos estaban preparando la comida.

6 de Enero de 1986

Costa de Nápoles (Italia, Europa)

Mikheil no sabía si llorar o reír.

Llorar porque tenía el brazo roto y no podría ir a salvar a su hermana sin morir él también.

Reír por lo estúpido de la situación: sobreviven a tres hombres con dos navajas que miden el doble que ellos, consiguen escapar de su país robando una avioneta de buena calidad, no mueren cuando esta misma colisiona contra el suelo por culpa de la falta de combustible, pero sí que puede llevárselos una ola y ahogarlos. Después de tanto esfuerzo y su hermana pequeña iba a morir ahogada, una de las muertes más lentas y estúpidas.

Y lo peor de todo era que él no podía ir a salvarla. Porque si lo hacía, lo dos morirían.

Mikheil sufría por dentro, viendo a través de un velo de lágrimas con la mirada desenfocada. Esta vez, no sabía que hacer. Si iba a salvarla morirían los dos. Sabía que era imposible que se salvara ella sola, sobretodo en ese día, que la marea era tan alta.

Mikheil dejó de ver el mar como algo de belleza infinita y comprendió el peligro que meterse dentro suponía. Las lágrimas corrían ya por sus mejillas, rojas como sus ojos. Se sentía muy inútil, incapaz de salvar a lo único que le quedaba en ese mundo.

Entonces se decidió.

Se levantó, se limpió las lágrimas de los ojos y echó a correr hacia el mar. Estaba a punto de tirarse al agua, sintiendo punzadas de dolor en el brazo, cuando alguien gritó.

“¡Quieto! ¡No saltes!” le pidió mi padre a voz en grito, mientras los cinco corríamos hacia él. Un chico poco mayor que yo, de ojos marrón oscuro y piel pálida se había echado a correr hacia la niña, por lo que supuse que eran hermanos. Llevaba el pelo largo por las orejas, de tono rubio cenizo y las mejillas rojas, a causa de las lágrimas.

Mikheil oyó algo y se giró. Una familia entera, formada por un hombre, una mujer y tres niños se le acercaba. El hombre le gritaba algo incomprensible en un idioma que Mikheil desconocía. Se paró bruscamente y las rodillas se le doblaron, pero recuperó el equilibrio y no cayó. Se quedó ahí, quieto y con los ojos secos, esperando a que aquellos extraños llegaran hasta donde él estaba. ¿Hablarían inglés?

“¡Eh!” le grité. No parecía comprender nada de lo que mi padre había dicho, pero al menos había parado. Mi padre se quitó el jersey y la camiseta y se tiró al mar a por la pequeña, que había dejado de mover los brazos y se empezaba a hundir. Al chico se le iluminaron los ojos.

“¡Eh!” repetí. Llegué hasta donde él estaba y le toqué el hombro para llamarle la atención. “¿Qué hacéis aquí con este frío?” le dije en italiano. Sabía que no me iba a entender pero aún así probé. Me miró sin comprender y se volvió de nuevo hacia mi padre.

Mikheil no entendía nada, por lo que prefirió centrar la mirada en su hermana pequeña. Aquel hombre de piel morena la sacaba del mar a duras penas. Cuando llegaron a la orilla se acercó corriendo hacia ella y puso la oreja en su pecho. Su corazón latía y respiraba, aunque forzadamente.

“¡Dejadnos en paz!” nos gritó cuando comprobó que su hermana vivía. Ninguno supimos que decía, pero sonaba enfadado y agradecido a la vez. Me sorprendió la facilidad con la que se entendían los sentimientos cuando oías algo en un idioma desconocido.

Probé suerte esta vez con el idioma internacional. Estos chicos parecían procedentes del norte, por lo que dudé que me entendieran.

“¡Está viva!” le dije en inglés, aun sabiendo que él ya lo sabía.

Mikheil agradeció al cielo que al menos uno de nosotros hablara inglés. Me miró con felicidad aunque sin sonreír y se acercó a su hermana. Le murmuró algo en su idioma, sonaba como si la estuviera consolando. Después se giró hacia mí y dijo, sin acento alguno y sin cometer faltas: “Os agradezco mucho que la hayáis salvado.”

Antes no había dicho eso. Y no sólo lo supe porque la frase en inglés era mucho más larga, sino por que además sonaba más calmado y feliz. No gritaba como antes y ya no estaba enfadado.

“¿Qué hacéis aquí?” le pregunté.

Él me miró sin saber muy bien que contestar. Al final, preguntó, sin miedo aparente a la respuesta: “¿Está prohibido?”

“Marco, déjalo ya. La niña se va a congelar si no la subimos a casa y la cambiamos de ropa. Díselo y que nos acompañe.” me pidió mi padre, mirando a la chica con preocupación. Era muy guapa pero apenas tendría la edad de Alba y había empezado a tiritar. Sus labios estaban morados.

“Tenemos que llevarla a casa para que no se congele y cambiarle la ropa. Acompáñanos si quieres.” le ofrecí, explicándole todo lo que había dicho mi padre.

“Yo la llevo.” fue lo único que dijo él y nos miró entre agradecido y desconfiado mientras cogía a la niña. Mi padre había empezado también a tiritar, por lo que corrimos hacia la casa, Mikheil abrazando a su hermana protectoramente contra su cuerpo.

Llegamos y mi madre le pidió la niña. Como yo ya había supuesto, Mikheil se negó. Alba le tiró de los pantalones y le dijo en inglés, para sorpresa de todos los ahí presentes: “La cuidará bien. No temas.”

Mikheil se quedó ensimismado mirando a Alba y la escuchó atentamente mientras hablaba. Al final, aunque con mucha desconfianza, dejó que mi madre se llevara a su hermana.

“¿De dónde venís?” le pregunté, mientras mi padre subía a por ropa de Carlo para prestársela a Mikheil. Él era bastante alto, le faltaba poco para alcanzar a Carlo.

“¿Qué tal está tu brazo?” le preguntó a su vez Alba, tocándole el brazo derecho con delicadeza. Mikheil la miró, asombrado. Hizo una mueca de dolor cuando Alba se lo apretó.

“Bien sino lo tocas.” le contestó él, apartando su mano con una mezcla de miedo y sorpresa.

“¿Qué le pasa en el brazo, Alba?” le pregunté a mi hermana. ¿Por qué parecía saberlo todo, cuando en realidad no debería? Porque costaba imaginar que supiera lo suficiente de medicina como para saber que llevaba el brazo mal con tan sólo tocarlo o mirarlo. De hecho, Mikheil no había dado señal alguna de que le doliera hasta entonces.

“Lo tiene roto.” me informó, observando el brazo de Mikheil.

Él miraba distraído hacia el baño del segundo piso, donde mi madre estaba limpiando a su hermana y cambiándola de ropa, además de curándole todos los rasguños y cortes que tenía. Aunque trataba de concentrarse en la puerta del baño, estaba escuchando toda la conversación y le asustaba todo lo que sabía Alba. Porque, ¿cómo narices lo sabía?

“¿Cómo lo sabes?” inquirí. Ella se encogió de hombros y entonces vimos a mi padre, que bajaba las escaleras con la ropa de Carlo. Este bajaba detrás de él y cuando Mikheil negó con la cabeza y señaló la mochila que llevaba a los hombros suspiró aliviado. Mi padre y él se sentaron en el sofá y Alba se les unió.

“Puedes cambiarte en ese baño de ahí.” le dije.

“Muchas gracias.” me contestó él y se acercó a la puerta de baño. Se metió dentro y la cerró.

Yo me acerqué al sofá y me senté, lejos de Carlo y mi padre. Suerte que era un sofá muy grande.

“¿Alba?” la llamé. Ella se acercó a mí y se sentó en mi regazo. Me pellizco la nariz y yo le sonreí.

“¿Cómo lo has sabido?” le pregunté de nuevo, curioso. Ella volvió a encogerse de hombros.

“Lo sé y punto.” contestó, mirando hacia el baño. Más tarde añadió, volviendo la vista hacia mí, preocupada: “Marco, parecía muy triste.”

“Su hermana ha estado a punto de morir.” le expliqué. Yo también habría estado triste si te hubiera pasado a ti, Alba, pensé. Estuve a punto de decirlo, pero entonces salió el chico y se nos acercó. Vestía un pantalón vaquero hasta los tobillos, un jersey azul marino y unas deportivas negras. Hubiera parecido italiano sino hubiera sido tan pálido. Me sorprendí pensando en Lynn y todo lo que habíamos hablado.

“¡Qué guapo!” exclamó Alba en inglés, mirándole con cariño. Mikheil se sonrojó y se acercó a nosotros, de nuevo la desconfianza guiando sus actos.

Mikheil había pensado en huir, pero luego se había acordado de su corazonada. Sí, gracias a ella su hermana por poco se ahoga, pero ahora todo estaba en su sitio. Aquella familia los había acogido como a dos cachorritos abandonados y Mikheil tenía hambre, mucha hambre. Se preguntó si le darían comida si la pedía.

Al final decidió esperar. Se quedó plantado en medio del salón, mirando a aquella niña pequeña que tanto le había sorprendido. Tendría un año más o menos que su hermana, igual la misma edad. A Mikheil le gustaron sus ojos azul cielo, aunque le recordaron los malos momentos que había pasado en la avioneta. Entonces ella le sonrió.

“¿Cómo te llamas?” le preguntó Alba. Se levantó de mi regazo y se acercó a Mikheil. Él dejó que le cogiera de la mano y lo trajera hasta el sofá, donde se sentó a su lado. Alba estaba entre mi persona y Mikheil, mirándole con cariño mientras hablaba.

“Mikheil.” contestó él.

“Que bonito.” repuso Alba. Mi padre les miraba mientras hablaban, atento a nuestra conversación. Carlo, por su parte, observaba la marea por la ventana, enojado porque no entendía nada de lo que estábamos diciendo.

“¿De dónde sois?” le preguntó mi padre. “Hablas muy bien el inglés, pero no parece ser tu lengua.” añadió, imaginándose la respuesta.

“Venimos de Georgia.” contestó Mikheil. Alba le miró, sin saber muy bien de donde hablaba. Él entendió su mirada y se lo explicó. Parecía haberle cogido cariño: “Está muy lejos de aquí, a un día aproximado de viaje en avioneta si vas por tierra hasta Montenegro.”

Si, Mikheil tenía muy buena memoria. Le había preguntado a Maia dónde estaban tiempo después de llegar al mar y ella había tenido que rebuscar entre todos los papeles que había por el avión para encontrar un mapa. Sabía donde estaba su país y también el recorrido que habían hecho. Era una chica muy lista, increíblemente inteligente.

“¿Habéis venido en avioneta?” le pregunté, asombrado. ¿Y dónde estaba el conductor del aparato? Tenía el extraño presentimiento de que él la había conducido.

“Sí.” se limitó a contestarme. No parecía muy dispuesto a hablar más sobre el tema, así que lo dejamos a parte. Había más cosas que preguntar.

“¿Por qué habéis venido aquí?” le preguntó Alba. Aunque lo hizo, parecía saber la respuesta.

“Es todo lo lejos que nos ha permitido llegar la avioneta. Se ha quedado sin combustible cuando estábamos sobrevolando las afueras de la ciudad.” le explicó él. No me costó atar los cabos.

“Suerte que se quedó sin combustible. Sino habríais volado en pedazos.” comentó Alba. ¿Cómo sabía tanto inglés y tanto sobre aviones? Ni ella misma conocía la respuesta. Las palabras simplemente se formaban solas, ansiosas por salir y dejarse oír.

“Sí. La verdad es que sí.” le contestó Mikheil. De repente se sintió agotado, como si se hubiera quedado él también sin combustible. No había dormido nada en los últimos dos días y lo había pasado muy mal.

En el mismo momento en que todo se calmó llegó el cansancio. A Mikheil se le cerraban los ojos cuando mi madre apareció con su hermana pequeña, vestida con la ropa de Alba. Llevaba unos pantalones vaqueros al igual que su hermano, sólo que le iban un poco cortos. El jersey que mi madre le había puesto le iba perfecto, ya que se lo había comprado a Alba demasiado grande. No llevaba zapatos pero sí dos calcetines rojos de lana, al igual que su jersey.

“Mikheil.” exclamó cuando lo vio y se le tiró encima. Alba rió.

“¿Qué tal está?” me preguntó Mikheil. La pregunta era para mi madre.

“Bien, muy bien.” contestó ella. De nuestra familia sólo Carlo no entendía inglés (bueno, y Alba hasta hacía bien poco) y esto sorprendió mucho a los dos hermanos. La niña abrazaba fuertemente a Mikheil.

“Muchas gracias por todo.” nos dijo él. La niña se apartó al cabo de un rato de encima de su hermano y se sentó al lado de Alba, dejando a Mikheil en un extremo. Mi madre se sentó en un sillón.

“¿Cómo te llamas?” le preguntó mi hermana. “Yo soy Alba.”

“Maia. Encantada de conocerte.” le contestó, tímida pero sonriente. Ella también parecía muy agradecida.

“Yo no sé vosotros, pero me muero de hambre.” comentó mi padre. Mi madre, mi hermana y yo reímos. Mikheil y Maia sonrieron. Parecían muy hambrientos. Además, Mikheil se caía de sueño, pero supuse que preferiría comer primero.

Carlo seguía mirando por la ventana, enfadado porque habláramos inglés. Mi padre se levantó y lo cogió del brazo. “Venga, Carlo, ayúdame a hacer la comida.” le dijo en italiano. Mikheil volvió a mirarlo con desconfianza y Maia con curiosidad.

Él se quitó su mano de encima y gruñó: “¿Por qué yo? Que te ayude el idio-”

“Carlo” le interrumpió mi padre, levantando un dedo como advertencia. “. He dicho que me vas a ayudar tú y por lo tanto me vas a ayudar TÚ” puntualizó, caminando hacia la cocina. Carlo lo siguió de mala gana, mientras me miraba con odio. Yo aproveché para sacarle la lengua.

Entre nosotros dos había mucha rivalidad desde el mismo momento en que se supo que iba a ser un niño. Porque la herencia (y estoy hablando de una herencia muy grande y muy valiosa) iría al que mejor se portara. La herencia iría a aquel que viviera más, el que mejor se cuidara y tomara más precauciones. Porque si uno moría antes que mis padres, la herencia sería para el otro. Y si los dos morían, sería para Alba. Por esto, Carlo y yo no nos teníamos mucho aprecio, aunque en realidad yo no quería la herencia. Si uno la rechazaba, esta pasaría directamente al otro. No se podía aceptar y luego dársela a otra persona, como podía ser Alba. Por esto mismo, yo no quería la herencia y se la habría regalado a Carlo si él no se comportara así conmigo. Porque a él le importaba mucho el dinero, más que su hermano pequeño.

“Marco” me avisó mi madre cuando le saqué la lengua. “. Te recuerdo que aún tenemos una disputa pendiente.”

28 de Agosto de 1982

Skopje (Macedonia, Europa)

Si te dijeran que tu hijo y su mujer han muerto calcinados por culpa de unos macarrones, ¿te lo creerías?

Philiph no se lo podía creer. Le costaba imaginar que unos inocentes y apetitosos macarrones, uno de sus platos favoritos, se habían llevado a su hijo y a su nuera, además de a sus adorables nietos, para siempre jamás. Porque los macarrones habían ardido y la alarma anti-incendios no se había encendido. Era defectuosa y Philiph sentía ganas de cortarle la cabeza a aquel que se la vendió. Por desgracia, no recordaba quien había sido.

Cuando oyó el primer grito no supo muy bien que estaba pasando. Pero entonces olió a macarrón chamuscado y vio el humo que salía de debajo de la puerta de la cocina. Y recordó que las ventanas de la cocina no se podían abrir.

Se echó a correr hacia el lugar y abrió la puerta para llegar a ver a su hijo retorciéndose de dolor, las ropas ardiendo. Su nuera estaba igual y Philiph estaba tan asustado que olvidó a los dos niños, que se abrazaban el uno al otro en una esquina de la cocina, alejados del fuego y de sus padres. Estaban lo suficientemente agachados como para que no les llegara mucho humo y se encontraban bien. No se habían quemado.

Philiph corrió llorando de miedo y preocupación hacia el teléfono más cercano y tecleó el número de los bomberos. Sus dedos se movían nerviosos y torpes y él maldecía, mientras se limpiaba las lágrimas de la cara.

***

Mac cogía a Done de la mano, pequeña y pálida como la suya. Los dos miraban por la ventana mientras el avión despejaba, asombrados y sin dar crédito a sus ojos. Philiph podía permitirse un avión de lujo que los llevara hasta su casa en Madrid.

Pero no podía dejar de pensar en lo ocurrido:

Los bomberos habían llamado a una ambulancia y se habían llevado los cuerpos calcinados al hospital, segundos después de haber apagado el fuego.

Philiph sabía que su hijo y su nuera habían muerto. Lo supo al ver sus cuerpos mientras los enfermeros los metían en la ambulancia, inmóviles y sin vida. Por eso, Philiph trató de consolar a los dos niños (que miraban asustados al vehículo que se llevaba los cuerpos de sus padres) y se los llevó de la mano al avión que le había traído hasta la casa. Sólo podía pensar en los cadáveres, la visión de su hijo retorciéndose de dolor mientras su cuerpo ardía y eso le hizo olvidar que sus nietos necesitarían ropa y juguetes. Se fueron sin coger nada de la casa. Los dos niños estaban tan absortos como su abuelo, tratando de asimilar todo lo que habían visto.

El corazón de Philiph se partió al comprender que no volvería a hablar con su hijo. No lo volvería a ver sonreír, ni oiría sus risas o escucharía las historias que él le contaba sobre sus hijos, los dos niños que, con el paso del tiempo, ayudarían a que su corazón sanara. Eran lo único que le quedaba, ni siquiera consideraba la casa posesión suya.

Philiph se sentó al lado de sus nietos, que no apartaban la vista del exterior. Era la primera vez que montaban en avión.

Mellizos Unidos

Alexia y Nuei

25 de Abril de 1980

Afueras de Delhi (India, Asia)

Se oían a metros de distancia. Chillidos, agudos como la voz de un niño, que hubieran sonado melodiosos de no ser por la agonía que reflejaban. El miedo a la muerte, el hambre. La necesidad. Se estremeció.

El coche viajaba a veinte kilómetros por hora, increíblemente lento. Tenía que ser así. Aguzaba el oído, tratando de situarse; ¿de dónde narices procedían esos gritos? Él era médico y conocía ese sonido. El de una nueva vida. ¿Cómo no había oído a la madre gritar? Sonaba a más de uno. Sí. Pudo confirmarlo unos metros más allá. Dos gritos perfectamente sincronizados, como una única nota, aguda y sin fin. Serían gemelos o mellizos.

Paró el coche enfrente de un vertedero abandonado. La basura y los desechos se acumulaban junto a montones de excrementos y comida podrida. ¿Qué lugar es este para tener a un hijo?, pensó. Apagó el motor para no gastar gasolina y salió del coche. ¿Sería seguro dejarlo abierto o podría robárselo alguien? No creía que en ese lugar tan inhóspito se pudiera vivir. Aún así, cerró el coche.

Las plantas crecían alrededor de los desperdicios, algunas tan altas que le llegaban por la cintura. Los gritos se tornaron más fuertes conforme fue avanzando por entre la basura. En serio, ¿quién vendría aquí a tener un hijo?, se preguntó. No le costó imaginar la respuesta; una madre que no quisiera tener hijos. Una madre que quisiera no volver a verlos. Una madre que no quisiera que sobrevivieran.

Hacia un calor asfixiante y las plantas le raspaban las piernas, además de adherirse a sus pantalones cortos. Aún con todo, siguió caminando entre la basura, guiándose por los gritos. Pobres niños, pensó.

Al final los vio entre una lavadora rota y oxidada y una caja de manzanas podridas. Las moscas zumbaban alrededor de la comida, que ofrecía un aspecto repugnante. Los dos bebés chillaban, muertos de hambre. Tenían el cordón umbilical todavía colgando del ombligo. Umm…, pensó Mike, células madre… Luego se dio cuenta de que estaban unidos. Se acercó y los examinó más de cerca.

Eran siameses. Sí, estaban unidos por un hombro. Mike dudaba que compartieran algún hueso. Les palpó el cuerpo y afirmó su teoría. Sólo compartían carne. Bien; podrán separarlos, pensó.

Insectos de todo tipo se acumulaban a su alrededor, paseándose por encima de los dos bebés. Mike se miró las manos. Manchadas con sangre y líquido amniótico. La placenta estaba al lado de los bebés. Se limpió las manos con una toallita húmeda y se sacó una tijera del bolsillo (la que usaba para cortarse las uñas). Con mucho cuidado cortó los cordones umbilicales. Sacó una bolsita de plástico de su mochila y los guardó ahí.

Examinó a los bebés más a fondo, para asegurarse de que no tuvieran ninguna anomalía. Más tarde sacó una toalla de su mochila (robada del hotel en el que dormía) y los envolvió. Los bebés dejaron de llorar en cuanto los estrechó contra su cuerpo, cálido y seco.

Se encaminó de vuelta al coche. Una vez dentro, encendió el motor y colocó a los recién nacidos en el asiento del copiloto. Abrieron los ojos de sopetón. ¡Pero si acaban de nacer!, pensó Mike. Los miró detenidamente. Eran dos bebés preciosos, de pelo negro como el azabache y ojos, para sorpresa del doctor, violeta azulado. Justo en la mitad de la frente, negra como su pelo, tenían una marca de nacimiento, redonda como una peca. Les apartó la toalla un momento. ¡Son chico y chica!, se sorprendió. ¡Para colmo! ¡Esto es imposible! Los miró, asombrado y con mucha curiosidad. Segundos después llegó el miedo. ¿De dónde han salido y quiénes son sus padres? se preguntó Mike. Los bebés lo observaban desde abajo, su piel color café.

“¿Quiénes sois?” les preguntó, sabiendo que no le contestarían. Ellos clavaron su mirada en el doctor mientras este conducía hacia su hotel, pensativo.

7 de enero de 1986

Casa en la costa de Nápoles (Italia, Europa)

Cuarta puerta a la derecha, al final del pasillo (Segundo piso)

“¿Papá?” susurré, asustado y aburrido.

“¿Sí?” una voz de hombre, grave y familiar, me contestó.

“No sé que hacer.” le confesé.

“Habla conmigo.” ordenó.

“Pero es que sólo eres mi imaginación.” protesté, apesadumbrado.

“¿Y qué?” hizo una breve pausa. Hablaba sin sentimientos, su cara inescrutable. “¿Acaso no hablas en tus sueños?” inquirió. Era una pregunta retórica.

“Una cosa es hablar en los sueños, cuando no estás consciente sino dormido, y otra muy distinta es imaginarte que hablas con tu padre.” le expliqué.

“¿Crees que estoy muerto?” me preguntó sin preocupación alguna.

“La respuesta me tortura.” le contesté, dolido aunque sin dejarlo ver.

“Siento en mi interior que lo sé.” comentó. Hablaba con voz suave y baja, apenas un murmullo, indiferente a todo.

“Claro, porque eres fruto de mi imaginación y yo sé lo que pasó.” Lo sentía en mi interior, igual que él. El dolor me crispó el rostro por unos segundos, pero me recompuse con rapidez. Él seguía inexpresivo, sin vida en sus ojos azul marino.

“¿Quieres contármelo?” me ofreció. No me miraba a los ojos, sino a nuestro alrededor. Giraba la vista a los lados, como si fuera ciego. En ese mismo momento me di cuenta de que estábamos rodeados de luz. Sólo se veía blanco.

“Ya lo sabes.” le dije, centrando mi atención en sus ojos ciegos.

“¿Y qué?” hizo una pausa corta en la que sus ojos se toparon con mi cuerpo inmóvil. Siguió su recorrido con indiferencia. “¿Te hará eso sentir mejor?” inquirió, haciéndose eco de mi propia preocupación.

“¿Hablar conmigo mismo?” la idea no me agradó.

“No estás hablando contigo mismo. Estás hablando conmigo.” me contestó. “Puede que sea fruto de tu imaginación, pero sigo siendo un recuerdo fuerte y, por lo tanto, tengo, en parte, vida propia.” argumentó. Sus ojos volvieron súbitamente a la vida. Me miró con cariño, aunque mostrándose ausente.

“Bien dicho, papá.” hice una pausa. “Te hecho de menos.” admití, aparentemente insensible. Sentí un dolor atroz al pronunciar la última frase.

Entonces el cuerpo de mi padre desapareció y en su lugar vi a Alba, que me miraba apenada desde abajo. Ella no parecía ni ausente ni ciega, tan perfecta y cálida como siempre había sido.

“Yo a ti también, Marco.” dijo, como si fueran la misma persona. La voz ya no era grave, sino que había pasado a un agudo infantil. Estuve a punto de echarme a llorar, pero inesperadamente la imagen volvió a cambiar. Carlo me miraba desde arriba, unos cuantos centímetros más alto que yo, inexpresivo. Él tampoco parecía ciego, aunque daba la sensación de que acababa de despertarse de un buen sueño. Miró a su alrededor con curiosidad.

“Creo que me hiciste un gran favor.” rompió el silencio al cabo de unos cuantos minutos. Los remordimientos me iban matando lentamente, habiéndose acentuado ante la cara apenada de Alba. Le presté toda mi atención, para ver que, por contrario, Carlo parecía estar… en paz. Todo estaba pasando demasiado rápido.

“Lo siento mucho.” susurré, perdiendo la máscara de insensibilidad. Las lágrimas corrieron por mi cara. Se me quebró la voz. Traté de tocarle el pecho, con un terrible presentimiento y mis miedos se cumplieron cuando mi mano atravesó su cuerpo. Carlo no pareció notarlo.

Aparté la mano, aterrado, y me la miré, para ver que una niebla extraña la rodeaba. La sacudí con temor y sin cuidado, pero la niebla no desapareció. Horrorizado, subí la vista para toparme con la cara de mi madre, entre un velo de lágrimas que me nublaba la vista. Con la otra mano me froté los ojos y la observé. Ella también parecía ausente, ciega como mi padre. Me volví a mirar la mano. Ahora estaba negra como si la hubieran quemado, chamuscada. Me dio mucho miedo seguir agitándola por si el polvo se dispersaba, así que decidí limitarme a volver a subir la vista. Me sorprendió no ver nada más que la luz.

Bruscamente se volvió todo negro. Me palpé el cuerpo para comprobar que seguía ahí y entonces miré a mí alrededor, tratando de vislumbrar algo. Una voz infantil de niña me llegó desde lo lejos. La añoranza me llenó el alma de agonía y sentí como las lágrimas volvía a recorrerme la cara. No acababa de entender lo que estaba pasando: sólo sabía que les había causado mucho dolor.

“Marco, te estás muriendo.” me informó la voz, intranquila aunque no muy preocupada. Me levanté a duras penas, girando la cabeza a los lados. ¿De dónde venía aquella voz? “Debes parar el mal de tu alma o acabarás destruyéndote a ti mismo y a todos los que te rodean, justo como nos hiciste.”

Perdí el equilibrio al oír las últimas palabras y caí de rodillas al suelo, negro y sin vida. Sólo podía oír mis sollozos y las lágrimas, que se estrellaban estrepitosamente contra el suelo. Sentía como si me estuvieran manipulando, como si fuera una simple marioneta. Me tumbé en el suelo y traté de asimilar lo que acababa de oír, sintiendo un dolor insoportable.

La escena volvió a cambiar súbitamente. Esta vez, el espacio se dividió en dos. A mí alrededor seguía la oscuridad, aunque a apenas unos pocos metros se veía un interminable espacio de blanco puro. Una mujer joven y esbelta, de aspecto delicado, se acercó al borde donde acababa el blanco, enfrente de mí.

Era muy extraña. Cuando levanté la cara del suelo, agotado y llorando sin parar, su cara se llenó de compasión y me tendió la mano. Sus ojos parecían preocupados, aunque me sonreía. Llevaba ropa griega, esa típica que se les ve a los dioses dibujados en tapices o jarrones: un vestido blanco con bordados de colores a los bordes y unas sandalias romanas que se agarraban alrededor del tobillo casi hasta la rodilla. Llevaba el pelo suelto y largo hasta más allá de los hombros, de color castaño almendra, con una cinta blanca alrededor de la cabeza que le cubría parte de la estrecha frente. Era muy hermosa, con facciones finas y labios llenos. Sus ojos eran azul claro cual cielo despejado. Esperaba a que le cogiera la mano.

Me senté, asombrado por su aspecto, y me limpié la cara de nuevo.

La escena volvió a cambiar, el negro nos invadió y todo se oscureció. Al cabo de unos segundos se encendieron a la vez muchos puntitos que me recordaban a los estrellas del cielo y pude ver nuestro planeta a lo lejos, como si estuviera en una nave espacial mirando desde arriba. La Tierra se veía muy grande, verde, blanca y azul. La luna, un poco más pequeña, se asomaba por uno de los lados del planeta.

“Marco.” dijo la mujer, a modo de saludo. Dirigí mi atención a su persona. Para mi sorpresa, brillaba como si fuera una de las estrellas. Me volvió a tender la mano y entonces me percaté de que seguía en el suelo.

“¿Quién eres?” le pregunté, cogiendo su fina mano. Era pálida como la tiza, casi enfermiza. Su presencia me hacía sentir extrañamente seguro, ajeno a todo dolor. Agradecí su compañía como si fuera un ángel. De hecho, lo parecía, sólo le faltaban las alas.

“Es difícil de creer. He venido aquí a hablar contigo seriamente, Marco.” me explicó, paciente. Ella me prestaba toda su atención. Sentí como me atravesaba con sus ojos azul cielo, sabiendo que analizaba mi alma, intranquila.

“¿Voy a matar a mucha más gente?” pregunté sin pensar. El dolor llegó con la primera palabra y estuve a punto de volver a perder el equilibrio. Por suerte, ella me sujetó a tiempo, con suma delicadeza aunque firmemente. Cuando me recuperé y erguí me acarició la mejilla, cariñosamente. El dolor desapareció al contacto. Me miraba como una madre a un hijo, de repente impaciente.

“Me preocupa más que te mates a ti mismo.” me confesó, preocupada.

Me dejó sin habla, incapaz de pronunciar palabra alguna. Relacioné de inmediato lo que acababa de oír con el aviso de Alba. Recordarla me costaba, como si hubieran pasado siglos desde la última vez que la vi. Con el recuerdo volvieron las punzadas de dolor, aunque esta vez pude contenerme y ni siquiera gesticulé. En apariencia, aquella confesión no me había perturbado en absoluto.

Aún con todo, ella pareció notar mi agonía.

“No sufras.” me pidió, volviendo a acariciarme la mejilla con amor. “Puedes arreglarlo, Marco.” sonaba confusa, nada segura de lo que acababa de decir.

“No sé si mi importa morir ahora.” le confesé, acongojado. “Casi lo prefiero.”

La idea de morir no me asustaba, más bien se me antojaba como el fin de mis sufrimientos. Lo pensé detenidamente, para acabar concluyendo que me encantaba la idea. Ella me miraba ahora con tristeza.

“No pienses eso.” me suplicó. “Debes solucionarlo, Marco.” esta vez era una orden. Su voz se volvió autoritaria, aunque seguía mirándome con cariño. “Nuestro planeta te necesita.” añadió, confundiéndome más aún.

Todo se volvió blanco, deslumbrante y doloroso para mis ojos. La luz me despertó al llenar el cuarto, tan potente que daba la sensación de que las paredes resplandecían.

“El mismo sueño.” mascullé. Tenía los ojos llorosos y notaba la almohada fría y húmeda contra mi piel. Me removí, le di la vuelta y traté de volver a dormir. Cerré los ojos y una lágrima cayó por mi mejilla hasta la almohada, mojándola.

La diosa griega brillaba en medio de una oscuridad interrumpida por puntos blancos, a mi espalda el planeta Tierra tapaba a la Luna. La mujer me miró. Sus ojos azul claro se veían tristes, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Infeliz y preocupada por mi causa.

Ático (Tercer piso)

Mikheil abrió los ojos bruscamente. La luz irrumpía en la enorme sala, buscando con fiereza cualquier rincón oscuro que pudiera invadir. Atravesaba las capas de polvo y suciedad que cubrían los enormes ventanales de la habitación como sino existieran.

Cuando sus ojos se acostumbraron se sentó sobre la manta, áspera al tacto, y se miró el brazo. Aquella masa blanca y uniforme que se lo cubría estaba dura como una piedra, fría como la nieve. No le gustaba ni ver. Eso sí, tenía que admitir que protegía, porque no le había vuelto a doler el brazo desde que se la pusieron. ¿Cómo la habían llamado? Ah, sí, escayola.

Suspiró pesadamente, pensando en todo lo que habían pasado su hermana y él. Por su culpa. ¿Y si no les hubiera abierto la puerta? se preguntaba constantemente. Seguiríamos en casa, congelados por el frío pero en compañía. Con mamá y papá, pensó, apenado. Se sentía mal, cansado como sino hubiera dormido nada.

Su hermana gimió en sueños y volvió la cara hacia la almohada, sacándolo de sus pensamientos. Mikheil la miró detenidamente. La luz no era de su agrado, parecía a punto de despertarse.

Se levantó y se colocó delante de ella para hacerle sombra. Los ventanales cubrían casi al completo las paredes del cuarto, de un color gris desgastado por la luz. Eran tan grandes como las dos camas juntas, algo que no dejaba de impresionarle. Además, estaban increíblemente sucios, tanto que al pasar el dedo por la superficie se le puso negro. Mikheil se sacudió la suciedad en el pantalón del pijama.

No entendía como era posible que pasara tanta luz entre toda esa acumulación de porquería. El suelo estaba exactamente igual, cubierto por capas de pelusillas y polvo.

Estuvo en la misma posición, observando con sus profundos ojos marrón oscuro los ventanales que daban a la calle durante tanto tiempo que los músculos se le deberían haber dormido. Pero Mikheil no sintió ninguna incomodidad, hasta tal punto que se le hizo agradable poder permanecer así, haciéndole sombra a su hermana hasta que fuera lo suficientemente tarde como para que ella sola se despertara.

Tercera puerta a la derecha (Segundo piso)

Alba estaba tumbada en su cama, ya hecha, preguntándose si debería o no ir a despertar a su hermano cuando oyó pasos sobre ella. El sentido común, que siempre había ido a favor de la lógica, insistía en que era imposible que pudiera oír un sonido tan sigiloso como aquél.

Sus sentidos le decían otra cosa. Sabía que procedían del ático, aquel piso que tan siniestro le resultaba. No subían ahí desde que ella se había caído por las escaleras.

Claro que ahora que tenían invitados sin techo, algo que no había pasado nunca, las cosas cambiaban. Sus padres habían limpiado el polvo de los dos colchones extra que tenían guardados en el ático y les habían hecho las camas a Maia y Mikheil, después de repetirle a Alba unas cuantas veces que tenía prohibidísimo subir un solo escalón hacia la gran sala. Le angustiaba no poder ir a verlos, no tener la posibilidad de ir a darles los buenos días antes de que bajaran a desayunar.

Alba pensaba en los dos chicos desde que habían llegado. Dos hermanos georgianos, como les dijeron, que habían escapado en avioneta de su país y se habían estrellado a las afueras de su ciudad. Habían llegado hasta la playa andando y Maia se había acercado demasiado al agua. Una ola gigantesca se la había llevado mar adentro y hubiera muerto si su padre no la hubiera salvado.

Mikheil y Maia les debían la vida, pero eso a Alba no le importaba. Estaba demasiado asustada como para poder llegar siquiera a entender lo que eso significaba. No había podido pegar ojo durante toda la noche, tan preocupada estaba.

La llegada de aquella pareja tan singular la había cambiado y Alba lo notaba. Tenía los sentidos agudizados. Era como si fuera un monstruo con sentidos extrasensoriales: oía más que una persona normal, veía con más detalle, corría mucho más rápido, incluso era capaz de adivinar y hacer ciertas cosas que no debería ser capaz siquiera de imaginar. Como cuando había sabido que el brazo de Mikheil estaba roto, o cuando había empezado a hablar en inglés y sobre aviones, dos cosas que no había hecho jamás. Sí que era cierto que desde que había nacido había sido capaz de “leer la expresión corporal de la gente mejor que los demás” como había dicho su hermano mayor, o, dicho de otra forma, de saber cosas que no debería saber. Pero eso era demasiado. Empezaba a sentirse como si no fuera un ser humano, sino un ser extraño y desconocido que tenía un gran parecido con las personas normales y corrientes.

Algo así como un dios.

Mi Deseo para el Futuro

Niños prodigio


27 de enero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Cuadrado A

El patio de recreo era un hervidero de vida. Los niños corrían de un lado para otro, chillando y riendo sin preocupación. Algunos se sentaban en los bancos de hormigón, otros simplemente en el suelo. Los más mayores se escondían detrás de un gran árbol para fumar y charlar con tranquilidad. A pocos pasos de ellos, dos chicos se intercambiaban los cromos que estaban de moda aquel año, tratando de conseguir el que querían. Cerca de la puerta del edificio una niña de rizos dorados saltaba solitariamente a la comba, cantando en voz baja una cancioncilla tradicional. Paró bruscamente cuando se le enganchó la cuerda con el pie y se tropezó, cayendo de morros contra el suelo. La profesora que vigilaba entonces no se entero y siguió fumando el cigarrillo que llevaba, mientras pensaba en su cita. A su lado jugaban varias niñas de tercero a la rayuela, tirando de vez en cuando una piedrecita pequeña y saltando a la pata coja en distintos cuadrados. En frente de ellas estaba el campo de fútbol, no muy grande, donde jugaban a balonmano los de quinto curso. Cuando la profesora estornudó, cerrando los ojos por la presión, uno de los chicos aprovechó para tirarle el balón al grupito de chicas mayores que pasaban por ahí. El balón se desvió un poco y no llegó a dar a su objetivo, chocando contra un árbol joven que habían plantado ese mismo año. Mientras tanto, un gato callejero se coló por un agujero de la valla y se paseó por delante de tres niños pequeños, que se sorprendieron de verlo ahí. El que tenía la cara más redonda miró asombrado a sus dos compañeras y abrió la boca para hablar.

-¿Hay un gato en este cole? -preguntó. Le acercó la mano lentamente, pero el gato se alejó corriendo y no volvió.

-No, es sólo un gato callejero que se cuela de vez en cuando. -le contestó la chica más mayor. Apenas tenía dos años más que sus amigos.

-¿Y para qué viene?

-Supongo que para buscar comida. Los otros niños siempre le dan.

El chico se calló, sumiéndose en sus pensamientos. Entrecerró los ojos, negros como el ónix, y reflexionó sobre lo que acababan de aclarar.

-¿Os imagináis que los gatos hablaran? Así nos podría decir porque viene.

-No me gustaría que los gatos pudieran hablar. Sería demasiado raro.- contestó la otra chica.

-¿Y qué si es raro? A mí me parecería muy divertido, podrías hablar con ellos cuando te aburrieras. –replicó la primera. Destacaba entre los demás y era muy fácil de identificar.

-¿Y para qué quieres hablar con un gato? Puestos a imaginar, te podría decir cosas muy malas, que te ofendieran o hirieran. –contestó la otra chica, de pelo negro. El chico las oía discutir, prestando mucha atención a todo lo que decían, aunque no entendía ni la mitad.

-Pero los gatos no dicen cosas malas. –las interrumpió.

-¡Claro, porque los gatos no hablan! –exclamó la niña morena.

-Pero mi gato es mi amigo. No me diría cosas malas. –siguió el chico, volviendo a hablar de su gatito. Un fuerte soplo de viento le removió los cabellos, castaño oscuro, que se ordenaban en brillantes rizos. La chica de piel clara les avisó de que un balón se acercaba y se apartó de su recorrido. La pelota voló a unos metros de distancia y tocó suelo en la pared del colegio, cerca de la profesora que vigilaba. Ella no se enteró de nada.

-Igual tu gato se enfada contigo por ser tan pesado. –dijo la segunda chica cuando un niño mayor recogió el balón.

-No, porque es mi amigo.

-Eso ya lo has dicho. –le informó ella, tratando de enseñarle a hablar. –Te repites como el ajo.

-¡Yo no me repito como el ajo!

-Sí que lo haces.

-¡Que no!

-Has dicho cinco veces que tu gato es tu amigo. –le dijo, tratando de hacerle ver el error. El problema residía en que el niño era demasiado pequeño para entender lo que la chica le explicaba.

-¡Es que es mi amigo, por eso lo digo!

-¡Ya lo sé! –gritó la chica, enojada por la incomprensión de su compañero.

-¡Y tú es que eres tonta! ¡Déjame en paz! –le chilló él en respuesta, moviendo las manos hacia los lados.

La otra chica, cansada ya de la discusión que estaban teniendo los dos niños, decidió intervenir.

-No te enfades con ella, Mario. –le pidió. -. Y tú no discutas tanto con él, Alba. ¿No ves que es muy pequeño? –le dijo a su amiga.

Alba decidió hacer caso de lo que Lynn le decía y dio por acabada la discusión. Desgraciadamente, Mario seguía enojado y no quería volver a hablar de nada con Alba.

-¡Dejarme en paz! ¡Las dos sois unas tontas y yo no soy pequeño! –alargó la última frase para remarcarla y se levantó. Se marchó llorando hacia un grupito de niños que jugaban a las canicas cerca de la profesora.

Lynn y Alba se quedaron solas, pero no les importó.

-¿Vamos en busca de Maia? –propuso Alba. En frente suyo se veía una gran valla, detrás de la cual jugaban otros niños.

El colegio estaba ordenado de una forma muy extraña y poco adecuada, separando a los niños en varios grupos desiguales. El más grande (que coincidía con la parte mayor del recreo) estaba formado por los estudiantes de BUP y COU. La otra mitad del recreo estaba dividida en cuatro cuadrados iguales que se separaban por vallas altas, cada uno formado por un profesor y un grupo de niños. Los colegiales que jugaban dentro de estos cuadrados eran de distintos cursos de primaria. Cada cuadrado, en vez de pertenecer a un único ciclo, se llenaba de alumnos de un mismo grupo, es decir, de una misma letra de clase. Todos los niños que iban a la clase A, fueran del curso que fueran, iban al cuadrado A. Los chavales problemáticos o castigados pasaban sus recreos en un pequeño pentágono que había detrás del colegio, donde los profesores les echaban la bronca y los obligaban a contárselo todo a sus padres.

Uno de los niños que jugaban al otro lado se sacó un moco y se lo enseñó a su amigo, que se rió mientras una chica se iba corriendo hacia su profesor. El ambiente era igual en todos los cuadrados; feliz, vacío de toda preocupación. Los niños corrían y se divertían sin más. Los profesores les envidiaban.

Maia hablaba tranquilamente con su hermano, que se había acercado a la valla con una pelota bajo el brazo. Tres semanas habían pasado desde que aterrizaron en un campo y los dos ya hablaban bastante bien el italiano. Entre ellos acostumbraban a usar el georgiano, aunque cambiaban en cuanto se acercaba alguno de sus amigos.

Mikheil iba ya a primero de BUP, por lo que estaba en el recreo más grande. Tenía 14 años y cumpliría los quince en julio, el día 23.

A Maia le había tocado, en un principio, la clase de novatos, 1B de parvulitos. Los cuadrados A y B estaban en contacto, por lo que Maia, Alba y Lynn, que acababa de conocerla, podían hablar sin problemas. Después del primer día, a Maia la subieron de curso a 2A, la clase de Alba. La profesora había considerado que Maia, aunque no hablara italiano, era tan inteligente que lo aprendería pronto, por lo que no era necesario bajarla ningún curso. Con Mikheil no hubo problema; le hicieron un examen para poder entrar al colegio y decidir a que curso iría. El test estaba en inglés, por lo que todo le fue bien. Le habrían subido un curso, pero Mikheil no quiso. Prefería estar con los chicos de su edad, aunque no conocía a ninguno. Sus conocimientos eran realmente limitados, no sabía nada de ciencias ni de historia, pero tenía un coeficiente intelectual muy alto. Tanto que el director se asustó y decidió dejar al niño escoger su clase.

-Maia, se acercan tus amigas. –dijo Mikheil, señalando hacia las dos niñas. Se levantó y le lanzó un beso. –¡Nos vemos! –se despidió.

-¡Hasta luego!

-Hola, Maia. ¿Qué tal le va a tu hermano? –preguntó Lynn.

Las tres se acercaron a un árbol grande que crecía cerca de la valla y se sentaron.

-Muy bien. Hoy le han entregado su primer examen de lengua. ¡Y ha sacado un diez! –exclamó Maia, emocionada.

-¡Enhorabuena! Me alegro mucho por él. –dijo Alba, contenta por sus amigos.

-¿Y tú qué tal? –preguntó Lynn.

-Genial. Hoy hemos hecho un trabajo muy divertido en clase, ¿verdad, Alba?

-Sí, hemos estado dibujando. Era el típico ejercicio de: piensa en lo que más te gustaría que pasara. Tu mayor sueño.

-¿Y qué habéis dibujado?

-Pues Maia se ha dibujado junto a su hermano en una casita muy bonita con vistas al mar. ¡Te ha quedado muy chulo, por cierto!

-¡Gracias! –exclamó Maia. Se rió con sus amigas y luego miró a Lynn. –Sí, y Alba nos ha dibujado a todos juntos detrás de una hermosa cascada, sonriendo y posando como si fuera una foto. –le explicó.

-¿Y por qué has dibujado eso, Alba? ¿Qué significa? –preguntó ella, extrañada. Todos conocían el gran deseo de los dos georgianos.

-¿No lo entiendes, Lynn? He dibujado mi mayor sueño. Que todos volvamos a ser felices y despreocupados niños que hablan mezclando palabras y sólo piensan en jugar. Desearía que no tuviéramos superpoderes o lo que quiera que sean, que no pudiéramos hacer lo que hacemos. Me encantaría que todo volviera a ser como lo era antes de que… -Alba paró bruscamente y se calló, mirando con tristeza a sus dos amigas. Todas sabían como acababa aquella frase.

-Antes de que Mik y yo llegáramos. -terminó Maia, deprimida.

-Sí, antes de eso, pero con vosotros. –aclaró Alba. No quería que Maia se pensara que no la quería. Las dos chicas compartían tantos problemas que ya se trataban como a hermanas. Todo había cambiado desde que Alba descubrió sus poderes, porque los demás también empezaron a notarlo. Mikheil y Maia, Lynn y Jacques. Todos tenía lo mismo: poderes extrasensoriales que no habían tenido hasta después de la llegada de los dos hermanos georgianos. A todos les resultaba confuso y les asustaba lo que estaba pasando. Nadie sabía ni que hacer, ni a quién acudir. Porque, ¿quién les creería, siendo los críos que eran?

Cuadrado B

Dario, Paolo y Luca jugaban a fútbol pasándose la pelota por encima de las chicas. Al final, el balón acabó contra la cabeza de Natalia. Dario, que le había dado sin querer y que además estaba enamorado de ella (o eso decía) se acercó para recoger la pelota y pedirle perdón, pero ella se negó a devolverla y en vez la echó lejos, hacia los pinos del fondo. Dario gruñó por lo bajo, le dio las gracias y echó a correr hacia los árboles. Paolo y Luca se reían. Enzo apareció de detrás de los pinos cuando Dario cogió la pelota y se le tiró encima, a lo que él respondió lanzándole un buen puñetazo. Siguieron la pelea hasta que la bola salió disparada y Dario tuvo que ir a por ella otra vez, bajo la orden de Paolo.

-Marco, ¿juegas o no?

¿Qué podía contestarle? Sí, claro, pero tener cuidado que con la fuerza sobrenatural que tengo de repente puede que explote el balón. No, sabía que ellos jamás me creerían. Ni aunque lo hiciera ante sus caras.

-No me apetece, jugar vosotros. –le contesté al final.

-¿Qué pasa, marica? ¿Te da miedo quedar en ridículo ante mí? –me provocó Luca, pensando que, como de costumbre, funcionaría. Ahora que era tan fuerte y dado que apenas había aprendido a controlarme, no pensaba ponerme a jugar a fútbol. Era demasiado arriesgado.

-Cállate, Luca. No pienso jugar ni aunque me prometas que dejaras de mirarle el culo al de mates. –le solté. Podía no picar, pero seguía enfadándome que me insultara. Me acerqué a las chicas y me senté al lado de Enzo, que hablaba con Natalia sobre Dario. Le estaban poniendo verde.

Todos se rieron por lo que había dicho y Luca se puso rojo como un tomate.

-¡Yo no le miro el culo al de mates! –exclamó.

-Vale, vale. Lo que tu digas.

-¡Eh, chicos! Jugamos, ¿o qué? –saltó Dario, que acababa de volver con la pelota.

-Sí, por supuesto. ¡No me pongo! –dijo Paolo, echando a correr hacia el campo de fútbol.

-¡Último se pone! –gritó desde la portería.

Dario y Luca echaron a correr. Luca era el más rápido de la clase y llegó a su destino mucho antes que Dario. El pobre tuvo que ponerse de portero durante todo el juego, pero no le importó. Era el mejor de todo nuestro curso.

-Marco, ¿por qué no vas a jugar con Dario, Paolo y Luca? –me preguntó Carlota.

-No me apetece. ¿Acaso te molesto? –le dije, sonriendo con picardía. Carlota se rió y me miró con acusación.

-No cuando estás calladito. –contestó. Cristina, Agata y Claudia, que estaban sentadas cerca de ella, se rieron. Yo le volví a sonreír.

-¿Cómo voy a hablar contigo si estoy callado?

-Marco, ¿has hecho los deberes de Sociales? –me preguntó Enzo.

-Sí y los he dejado bien escondidos para que no pudieras encontrarlos.

Enzo frunció el ceño y me miró con una mezcla de comprensión y enojo. Todos los días me cogía la carpeta y se copiaba los deberes que no había hecho, por lo que empecé a esconderlos. Hasta la fecha siempre había sido capaz de encontrarlos. La victoria me supo mejor de lo que creía.

-¿Y por qué lo has hecho? Vamos, déjamelos que no te cuesta nada.

-¿Sabes? Empiezo a pensar que si te hiciera pagar por los deberes cada vez que me los pides me haría multimillonario. ¿Qué tal si empezamos ya? Te los dejo a cambio de un euro.

-¿Qué? Eres carísimo, tío. ¿Qué tal 50 céntimos para empezar?

-Setenta y no bajo más.

-Umm. De acuerdo, trato hecho.

-Genial, ¡tengo setenta céntimos!

-Hey, chicos, ¿os habéis enterado de lo de Alfredo Binda? –dijo Bella, que había dejado de hablar con Claudia para preguntarnos.

-¿Alfredo Binda, el ciclista? –preguntó Natalia.

-Se murió el 1 de enero, ¿no? –dijo Enzo, mirando fijamente a Bella.

-¡Bonita forma de empezar el año! –exclamé. Todas se rieron y Enzo me miró acusatoriamente, apartando la vista de su amor. Tenía entendido que el ciclista era de su agrado.

-Ese ciclista le encantaba a mi madre, decía que era el mejor del mundo. ¡Y además era italiano! –replicó, enfadado como un niño.

- ¿Y qué me decís de la muerte de Donna Reed? –repuso Cristina. –Era la actriz esa estadounidense que sale en tantas películas viejas. –nos explicó.

-Ni idea. –dijo Enzo.

-No tengo el placer. –añadió Agata.

-Pues yo sí que la conozco. Salía en el retrato de Dorian Gray, ¿verdad? –preguntó Natalia.

-Sí, esa misma.

¿Y qué os pasa hoy con las muertes? ¿No habrá caído también el presidente de EEUU? –dije yo, medio en broma.

Cuadrado A

Llevaban hablando un buen rato y ya no se les ocurría que más hacer. Se aburrían tanto que pensaron en hacer algo que, de normal, ni siquiera se les habría pasado por la cabeza.

-¿Qué tal si los probamos? –saltó Lynn, de repente entusiasmada.

-Probar, ¿el qué? –le preguntó Alba, sospechando de su repentina alegría.

-¿Pues qué va a ser? Nuestros poderes, por supuesto.

-¿Tú estás loca o qué?

-Mik dice que no lo hagamos, puede ser peligroso. Se enfadará si le desobedecemos. –les recordó Maia, interrumpiendo su discusión.

-No vamos a hacer nada malo, Maia. Yo sólo digo probar a ver cuánto podemos hacer. No nos va a pasar nada por probar. –las animó Lynn, empleando sus dotes persuasivos.

-Umm, no sé yo…

-Mik se enfadará…

-Vamos, chicas. ¡Será divertido! –exclamó.

Entonces las agarró de las manos y echó a correr hacia la otra punta del recreo. Los niños pasaron durante unas milésimas de segundo a su alrededor, tan rápido que deberían haberse hecho indistinguibles. Llegaron en menos de tres segundos.

Alba y Maia empezaron a reírse. Lynn se las llevó, ésta vez a una velocidad humana, hasta detrás del árbol más grande que había en el colegio. Conectaba con tres cuadrados, el A, el B y el E. Desde la cima se podía ver todo el colegio.

-¿Qué os parece si nos escalamos el árbol? –propuso.

-¿Tú flipas o qué? No podemos subirnos este árbol, Lynn. ¡Es enorme! –exclamó Alba, nerviosa aunque también excitada. Notaba como la adrenalina fluía por sus venas ante la idea de subir al pico de aquél gran árbol.

-Pero no le digáis a Mik que lo hemos hecho, ¿de acuerdo?

-No te preocupes, Maia. Nadie más que nosotras lo sabrá.

Alba miró hacia arriba con cierto temor y tragó. Si hubiera sido una chica normal y corriente no habría sido capaz de ver la punta. Eso le preocupaba, aunque su temeridad infantil se imponía. Al final siempre ganaba el lado irracional.

-Bien, darme las manos. –Alba y Maia agarraron a Lynn cada una por un lado y se miraron con miedo. –A la de una… a la de dos… ¡y a la de tres!

Lynn dobló las rodillas para impulsarse, golpeó con fuerza el suelo con las piernas y saltó. Alba y Maia le copiaron, llegando pues las tres hasta la mitad del árbol. En ese momento se soltaron las manos y se agarraron con fiereza a la corteza. Parte se desprendió y cayó al suelo, produciendo un ruido sordo y suave. Lynn apoyó los pies contra una rama y se volvió a impulsar. Alba escaló por el tronco como si fuera un pantera en busca de su presa. Clavaba las uñas en la corteza y se impulsaba. Maia prefirió ir saltando por las ramas como si fuera un mono, riendo a carcajada limpia. Las tres eran ágiles y rápidas, por lo que no tuvieron ningún problema durante la ascensión.

Lynn fue la primera en alcanzar el pico del árbol. Habían ido riendo y hablando, pero al llegar arriba Lynn se calló. Las otras dos, extrañadas, aceleraron más aún el paso. Cuando al fin llegaron junto a Lynn comprendieron la razón de su repentino silencio.

El paisaje que se veía desde ahí era simplemente conmovedor. Tres chicas tan inteligentes como ellas eran capaces de apreciarlo.

Su vista de águila llegaba hasta más allá del terreno del colegio, pero eso eran sólo campos vacíos. Los cinco cuadrados que formaban el recreo tampoco les parecían importantes. Lo bonito de verdad, tan sobrecogedor que les había dejado sin aliento, eran las vistas del horizonte. Una gran línea amarillenta que se unía con un cielo invernal, de un azul blanquecino a causa de la estación. Apenas se paseaban pájaros por entre las nubes, esponjosas y abundantes. El sol se ocultaba detrás de una, por lo que no les cegó. A esas horas de la mañana aún era posible ver la luna, casi completamente llena, que se mostraba con todo su esplendor de tonos plateados. Acompañando al paisaje cantaban las aves sus dulces melodías, que sumían a todo el que les oyera en un estado de calma total.

La tranquilidad era tal en el pico de aquel árbol que a las tres niñas se les pasó el tiempo volando, de tal forma que empezó a sonar el timbre y ellas todavía seguían ahí. Sin saber como bajar.

Cuadrado E

El cuadrado de los mayores era enorme.

Lo era tanto, que al principio Mikheil había llegado a creer que medía más que el edificio en sí mismo. Más tarde se dio cuenta de que el colegio era más o menos parecido, sólo que estaba repartido de distinta forma. El lugar estaba a las afueras de la ciudad, por lo que era mucho más grande de lo normal.

A él, que ya iba a primero de BUP, le había tocado el cuadrado E. Sabía que el recreo estaba mal repartido, porque los alumnos de BUP y COU eran muchos menos que los de primaria y parvulitos, pero también sabía que él no podía hacer nada para cambiarlo. De todas formas, el hecho no le incomodaba.

-¿Así que te llamas Mikheil? –le preguntó una de las chicas de su clase. Mikheil recordó que la había visto antes y que se llamaba Gisela. Tenía acento francés, aunque no se le notaba mucho. De hecho, Mikheil no lo habría notado de no haber tenido un oído tan fino.

-Sí. Tú eres Gisela, ¿verdad?

Sí, pero se pronuncia Jisela. Mis padres son mitad españoles. –le explicó.

-De acuerdo, Gisela. –repitió Mikheil, cambiando la pronunciación.

-¿Juegas a fútbol? –le preguntó ella, tratando que entablar conversación. Señaló hacia el balón que llegaba bajo el brazo.

-Sí, me están enseñando. –dijo él.

-¿Y qué tal se te da?

-No sé. ¿Bien?

-¡Gisela! ¡Ven, mira! –gritó otra de las chicas de primero desde el fondo del patio. Había una larga fila de árboles que rodeaban todo el recreo detrás de ella.

-¿Con quién estás? –le preguntó cuando llegó, mirando hacia Mikheil. Él leyó en su cara “me suena de algo”.

-Con el nuevo, Mikheil. –le contestó Gisela.

-¡Ah, vale! Tú vas a mi clase, ¿verdad?

-Sí…

-¿Y vas siempre solo? –le preguntó la chica.

-Pero qué dices, Sheila. Va con el grupito de Gio. –le contestó Gisela.

-¿Ah sí? ¿Vas con Gio?

-¿Borlo? –Mikheil había conocido en su primer día a un chico al que le decían el “gran G”. Se quedó con su apellido porque así le llamaban los demás chicos.

-Sí, se llama Giovanni. Gio para nosotras. –dijo Gisela, sonriendo con amabilidad.

-¿Y por qué no estás con ellos ahora?

-Pero mira que eres cotilla, Sheila. –le riñó Gisela.

-Había venido aquí a ver a mi hermana. –contestó Mikheil.

-¿Tienes una hermana pequeña? –preguntó Sheila.

-Sí. Va a parvulitos, así que está en uno de los cuadrados. En el A. –señaló la valla que tenían detrás.

-¿Va a parvulitos? Ah, ¡qué mona! ¿Y cuántos años tiene? –preguntó Gisela, de repente muy interesada.

-Cuatro…

Cuadrado A

-¿Se lo decimos o no? –preguntó Maia, inquieta y nerviosa.

-No hemos hecho nada malo, ¿vale? Eso que quede claro. –repitió Lynn, tan ansiosa como sus dos amigas.

-¿Qué hacemos ahora? –exclamó Alba, asustada e incómoda.

Se asomaban las tres desde lo alto del árbol hacia el cuadrado de los mayores. El árbol era enorme y estaba lleno de hojas, aunque la mitad se había caído cuando las chicas subieron. Habían querido probar sus poderes, para saber si tenían algún máximo, y no se les había ocurrido nada mejor que hacer que subirse al árbol más grande de todo el recreo. Mediría unos quince metros de alto y medio de ancho. Por suerte, ninguna tenía vértigo y no les importó estar ahí subidas hasta que sonó el timbre. Porque ahora que habían subido, ¿cómo narices iban a bajar? Les daba mucho miedo tirarse y la corteza del árbol era demasiado resbaladiza como para bajar sin ayuda.

La conclusión a la que habían llegado era muy simple: Estaban metidas en un buen lío.

Cuadrado B

Cuando sonó el timbre (una melodía monótona que apenas tenía dos notas distintas) todos nos levantamos y echamos a andar hacia la puerta del colegio. Había que pasar al cuadrado A para poder entrar.

Todo transcurría como de costumbre hasta que, estando a unos pocos metros de la entrada, oí tres voces suaves y agudas, como las de tres niñas pequeñas, que me llamaban. Me di la vuelta en busca de mi hermana y sus dos amigas, pero no las vi por ninguna parte.

-Marco, estamos en el árbol, ¡ayúdanos, por favor! –oí decir a mi hermana. Alba parecía avergonzada a la vez que muy nerviosa. Como si la hubiera pillado haciendo algo que no debía.

-Oye, chicos. Ir yendo que ahora os pillo, ¿vale? –les dije a mis amigos.

-Sí, claro.

Me alejé un poco de ellos para que no me oyeran.

-Alba, ¿dónde estáis? –susurré.

-En el árbol del fondo, ese que mide más que el colegio. –me contestó ella.

Miré hacia el fondo del patio y ahí estaba, un gran árbol que tres niñas normales no habrían sido capaces de escalar ni en cien años. Eché a correr hacia él y, unas milésimas de segundo antes de llegar, me impulsé con el pie y salté. Llegué bastante alto, me agarré con fuerza al tronco y empecé a escalar por las ramas. Conforme iba ascendiendo los alumnos que entraban a clase se iban haciendo cada vez más pequeños. En ningún momento dejé de verlos con total claridad, sin falta alguna de detalles.

Llegué a la cima rápidamente y miré a las tres con falso enfado. Era completamente incapaz de enfadarme con mi hermana preferida y nuestras dos buenas amigas.

-¿Se puede saber qué narices estáis haciendo aquí? –exclamé.

-Perdón. –dijeron las tres a la vez.

-Marco… ¿te has fijado en lo bonito que se ve todo desde aquí? –me preguntó Alba, abarcando con su brazo todo el paisaje.

Entonces me di cuenta. Era un paisaje abrumador, pero no tenía tiempo para quedarme ensimismado.

-Alba, Lynn, Maia. ¡Llegamos tarde!

-¡Sí, sí! Lo sabemos. Pero nos da miedo bajar. –contestó Maia, avergonzada.

-Que no te de vergüenza eso, Maia. A mí también me da miedo, pero no nos queda más remedio. ¡Venga, Alba y Lynn cogerme de la mano y no os soltéis por nada del mundo! Tú, Maia, súbete a mi espalda y agárrate súper fuerte, ¿entendido?

-¡Sí! –contestaron las tres.

Miré hacia abajo con la adrenalina corriendo por mis venas. Me apetecía probar estos poderes sobrenaturales que me habían aparecido, pero no me hacía mucha gracia tener que hacerlo a costa de mi hermana y sus amigas. ¿Y si no era tan fuerte como creía? ¿Y si nos caíamos desde ahí arriba, nada menos que 15 metros, contra el suelo de hormigón? ¿Qué sería entonces de nosotros? Muertos, seguro. Acabaríamos muertos.

Pero no me quedaba otro remedio y además, si había sido capaz de subir, tenía que serlo de bajar. Así que hice de tripas corazón y, rezando para que todo fuera bien, me empujé con el pie hacia el vacío.

El suelo se acercaba a nosotros con gran rapidez y me temí que cayéramos mal. Luego me di cuenta de que, a pesar de que nuestros cabellos se pusieran en punta a causa de la velocidad, yo veía perfectamente bien el suelo y me parecía que caímos demasiado lento. No me hizo falta más que apoyar con suavidad los pies como si simplemente hubiera dado un paso. Lynn y Alba me copiaron sabiamente. Maia abrió los ojos en cuanto notó que su pelo caía de nuevo y se removió. La bajé con cuidado.

-Muchas gracias por bajarnos, Marco. –dijo Maia, mirándome con cariño. Yo le sonreí en respuesta.

-Anda, daos prisa, ¡tirar para clase que llegáis tarde! ¡Y no volváis nunca más a subiros a un árbol! ¿entendido?

-Sí. –contestaron las tres a la vez.

-Nos vemos, Marco. –se despidió Alba, dándome un beso en la mejilla.

-Hasta luego.

Alba miró a Maia como para pedirle permiso y luego, al ver que ella no se negaba, le cogió de la mano. Las dos se despidieron de Lynn con un gran beso y se marcharon hacia otro edificio, donde estaban los que iban a parvulitos. Lynn y yo fuimos caminando en silencio hasta que llegamos a su clase. Los pasillos estaban casi completamente desiertos, lo que me llevó a pensar que ya llegaba tarde. No me importó mucho.

Llegamos a su clase, 1º de primaria, y Lynn se despidió de mí.

-Muchas gracias por habernos ayudado, Marco. No sé cómo abríamos bajado de ahí de no ser por ti. –me confesó con sinceridad.

-Estoy seguro de que habríais acabado bajando. Y sin un solo rasguño. –la animé, sonriendo. Ella se rió.

-Seguro.

Pillados “In fraganti”

Victoria

9 de febrero de 1986

Nápoles (Italia, Europa)

Primera casa a la izquierda, cerca de los acantilados.

Se despertó, acalorada y muy roja, dando un brusco fin a su sueño. Le entraron ganas de llorar. Se sentía desesperada, extrañamente complacida y, sobre todo, muy asustada. Pensó en preguntárselo a su padre; él era un psicólogo, sabría como ayudarla. Se planteó comentarlo durante la comida.

Salió de la cama, sintiéndose mareada, y caminó hacia delante, pensando en el baño. Se dio cuenta, nada más salir de su cuarto, de que sus padres ya se habían encargado de decorar toda la casa: la galería que estaba recorriendo tenía cuadros colgados por todas partes, de todos los tamaños. Eran retratos de sus antepasados, paisajes pintados por algún pariente lejano, obras famosísimas que ni siquiera tenían precio… Cada pocos metros habían colocado macetas de tamaño medio, con árboles jóvenes que extendían sus hojas hacia las ventanas.

Victoria se fijó en que había dos puertas a su derecha, una nada más salir de su cuarto (creía recordar que llevaba al ático) y la otra unos cuantos metros más allá, que estaba considerablemente más adornada que la primera. Además, ésta puerta estaba entreabierta; al asomarse, Victoria pudo ver a su madre, que dormía plácidamente abrazando una de las grandes almohadas que habían comprado antes de venir. No había ni rastro de su padre.

Siguió caminando hasta el final de la galería, donde una enorme puerta transparente daba al jardín. Sintió como si todo el ánimo le hubiera abandonado. ¿Cómo era posible que hubiera acabado en el enorme jardín? En realidad, tenía que bajar unas cuantas escaleras para llegar hasta ahí, pero eso no era lo que la mosqueaba. No recordaba que aquella galería acabara así, lo que la hacía sentirse como una completa inútil. ¿Qué había sido de su buena memoria? No le quedaba más remedio que volver hacia atrás, o bien bajar las escaleras.

El cielo estaba despejado y hacía un día bastante bueno, por lo que Victoria se tragó su vergüenza y salió al aire libre. El aire venía más frío de lo esperado. Bajó las escaleras tan rápido como se lo permitieron sus calcetines a prueba de suelos resbaladizos y echó a correr pegada a la pared, hasta que llegó a otra gran puerta transparente. Entonces vio a su padre, tumbado en el sofá con su libro favorito (cuyas tapas estaban ya tan desgastadas que se colgaban de unos pocos hilos) sobre el regazo. Llevaba unas gafas de montura negra y redondeada que conjuntaban con su aspecto; él era calvo, más bien de estatura baja y muy fuerte. Las gafas lo hacían parecer un intelectual.

Victoria cruzó el salón tratando de hacer el mínimo ruido posible. Iba con la cabeza agachada, mirando al suelo; todavía estaba colorada y no había tenido oportunidad de asearse. Por suerte, sólo había cuatro puertas que contactaban con el salón; la primera, por la que acababa de salir; la principal, que estaba echa con madera resistente y oscura, y se encontraba al otro lado del salón (daba a la parte delantera del jardín y, por lo tanto, a la playa); otra más pequeña, con un rectángulo a mitad echo con un coloide que parecía cristal, que daba (según creía Victoria) a la cocina; y la última de todas, la puerta que más deseaba ver: era opaca, de madera color crema a juego con la pared roja, y daba, con toda seguridad, al ansiado baño.

Primera casa a la derecha del paseo.

-Mikheil, despierta. Tengo que contarte algo. –susurré. Maia estaba profundamente dormida contra el pecho de su hermano mayor, que roncaba débilmente. Él murmuró algo incomprensible y giró la cara, sin apartarse del todo de la chica. Me acerqué un poco más, hasta que mis labios rozaron su oreja. -¡Despierta!

-¿Eh? –por fin, abrió los ojos de golpe, mirándome con sorpresa. – ¿Qué pasa, qué pasa? –exclamó.

-¡Shhh! No hables tan alto, que vas a despertar a Maia. Ven, anda, levántate.

-¿Pero qué pasa? –preguntó, precavido. Todavía no se había despertado del todo; luchaba por volver a abrir los ojos después de cada parpadeo. Sus pupilas se habían encogido a causa de la luz, aunque no tardaron en recuperar su forma original.

-Tranquilo, no pasa nada. Sólo quería enseñarte algo. Vamos, ¡levanta!

-Vale, vale. –salió de la cama con cuidado de no despertar a su hermana y me miró, pensativo. -¿Qué me vas a enseñar? –preguntó.

-Ya lo verás. Venga, vámonos antes de que se despierten las pequeñas.

Los dos bajamos sigilosamente las escaleras del ático, cerrando la puerta con delicadeza. Me acerqué al cuarto de Alba mientras Mikheil comprobaba que mis padres no se habían levantado. Alba respiraba profundamente, con los ojos cerrados y abrazando cariñosamente a uno de sus peluches. Recordé que Carlo se había ido a pasar el fin de semana con unos amigos; uno menos por él que preocuparse. No quería que nadie nos viera salir.

-¿Todos dormidos? –dije, únicamente moviendo los labios. Mikheil, que estaba ahora en la cocina, no debería haber sido capaz de oírme. Dudaba, de hecho, que un humano normal y corriente lo hubiera hecho aunque tuviera el oído pegado a mis labios.

Nosotros no éramos normales. Por esto, podíamos oír el roce que los labios producían al moverse y, por lo tanto, podíamos leer los labios. Esto último nos había constado unas cuantas semanas, más de lo esperado. Teníamos que concentrarnos mucho, al principio, en oír únicamente el roce… los demás sonidos nos distraían. A finales de mes, Mikheil y yo fuimos capaces de comunicarnos de una punta del colegio hasta la otra. Fue un gran logro por nuestra parte.

-Sí. ¿Comida? –oí responder a Mikheil. A pesar de todo, seguía siendo difícil concentrarse en un sonido tan débil, por lo que procurábamos ser breves y concisos. Alba, Maia y Lynn no sabían nada de todo esto.

-Desayuno. –contesté. No tardaríamos más de tres minutos en llegar a nuestro destino, mas tenía pensado quedarnos hasta mediodía.

Me acerqué al escritorio de mis padres con sigilo. Nada más encontrar un bolígrafo y un trozo de papel baje hasta el salón y les escribí una nota:

Mikheil y yo hemos ido a dar un paseo. Nos apetecía tomar el aire y además Mikheil quería comprar no-sé-qué cosa en la papelería. Volveremos para comer, no os preocupéis.

Marco

La parte de “nos apetecía tomar el aire” sonaba demasiado sospechosa teniendo en cuenta el frío que hacía, pero no me preocupaba. Alba y Maia nos preguntarían que habíamos hecho, así que tendríamos que pasarnos por la tienda antes de volver. No era ningún problema.

Dejé la carta sobre la mesa y levanté la cara. Mikheil estaba ya enfrente de mí, poniendo caras raras. Había venido todo lo sigilosamente que había podido, pero no le había servido de nada. Le había oído perfectamente.

-Buen intento. –le animé, riendo en silencio. Él también se rió. Todos nosotros estábamos igual; tratando de asustarnos los unos a los otros, tratando de pillarnos desprevenidos. Por ahora, no le había pasado a ninguno.

-¿A dónde vamos? –preguntó mientras salíamos por la puerta del jardín. No había ni un alma un kilómetro a la redonda.

-Sorpresa, sorpresa. –canturreé, preparándome para la carrera.

El día había salido increíblemente bueno, teniendo en cuenta que eran principios de febrero. Apenas hacía viento y el sol pegaba más fuerte de lo esperado.

-Sígueme si puedes. –le reté, dando el primer paso.

Empezamos a correr tan rápido que nos hicimos invisibles para cualquier ojo humano. El viento nos golpeaba con tanta fiereza que, en parte, me taponó los oídos. Seguía oyendo todo, pero tenía que concentrarme. El frío se notaba mucho más cuando el aire rozaba contigo constantemente. De haber podido, nuestras manos se habrían quedado insensibles. Me las metí al bolsillo y, unos metros más atrás, vi como Mikheil hacía lo mismo. Iba ganando velocidad más deprisa de lo que yo creía que podría… Para evitar que me adelantara, aceleré todo lo que pude. A nuestro paso, la arena de la playa apenas se movía. Corríamos tan rápido que casi no rozábamos el suelo; parecía que volábamos. De hecho, sentíamos como si voláramos.

Fue tan repentino como inesperado. De repente, mis ojos se desviaron del camino y fueron a fijarse unos metros adelante, exactamente en la cara asustada de una chica que me resultaba familiar. Nos miraba desde la ventana del segundo piso de la que probablemente sería su casa. Además de asustada, me extrañó que la chica pareciera… reconocernos. Nos miraba con una mezcla de sorpresa y, lo más raro de todo, alivio.

Paré tan súbitamente que, al contrario de lo que los reflejos nuevos de Mikheil prometían, acabamos chocando. Para una persona normal y corriente, acabábamos de aparecer de la nada.

La arena estaba fría como el aire, aunque la notaba suave bajo la cara.

-¡Lo siento! –exclamó Mikheil. Se levantó con cuidado de no pisarme y se apartó un poco para que yo pudiera hacer lo mismo.

-No pasa nada, tranquilo. Estoy bien. –contesté. Aun siendo humano no me habría pasado nada. La arena no estaba dura ni árida.

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué has parado? –preguntó Mikheil.

Como respuesta, miré de nuevo hacia la ventana de aquella enorme casa. La chica seguía mirándonos, aunque ahora parecía avergonzada y se había sonrojado. Me miraba de una forma extraña…

-¡¿Esa no es Victoria?! –exclamé. ¡Dios! Sí, no había lugar a dudas. Aquella muchacha era mi prima Victoria. Y lo había visto todo… debería haber tenido en cuenta los habitantes de las casas que rodeaban la playa… ¿y si nos había visto algún otro?

No, eso no era posible. De haber sido así, habrían salido inmediatamente de su casa para asegurarse de que no estaban soñando y para entonces nosotros ya nos habríamos esfumado.

-¿Quién es Victoria? –preguntó Mikheil, de nuevo precavido. Miraba a la chica con un extraño deje salvaje en los ojos.

-Es una prima mía. No sabía que vivía aquí… -murmuré, pensativo.

De pronto, Mikheil echó a correr hacia la casa (esta vez a velocidad humana) y llamó al timbre.

-¡¿Pero qué haces?!

Me acerqué a él, preocupado por lo que podría pasar. ¿Y si Victoria llamaba a la policía o a algún médico, pensando que estábamos enfermos? ¿O sí, peor aún, pensaba que se había vuelto loca? O que nosotros estábamos locos, o que habíamos tomado asteroides o drogas…

Se oyó una voz al otro lado de la puerta, lo cual me sacó de mis pensamientos. Sonaba como su padre. Según me había dicho mi madre, él era un informático que había creado más de la mitad de los programas que todo el mundo usaba para su ordenador, además de varios antivirus. Su mujer era una arquitecta, decoradora de interiores renombrada, conocida por todo el continente…

La puerta se abrió de repente, interrumpiendo de nuevo mis cavilaciones.

-¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? –dijo una voz áspera y grave. Un hombre salió a nuestro encuentro, tan joven que no debía de ser mucho mayor que Mikheil. Se parecía bastante al padre de Victoria, por lo que supuse que sería su hermano mayor.

-Hola, soy Marco Mancini y este es mi amigo Mikheil Arveladze. Conozco a Victoria, es mi prima. ¿Puede salir? –pregunté, tomando cartas en el asunto. ¿Querría Victoria salir a hablar con nosotros o estaría demasiado conmocionada? Mira que llamar al timbre, a quién se le ocurriría…

-¿Mancini? ¿Eres el hijo menor de Massimo? Yo soy Claudio Rizzo, el hermano mayor de Victoria. Supongo que eso me convierte en tu primo. Encantado de conocerte.

-Un placer. Sí, soy su hijo. Entonces, ¿podrías pedirle que saliera?

Se lo pensó un poco antes de contestar, aunque al final movió la cabeza afirmativamente y se marchó escaleras arriba. Aproveché el momento para hablar con Mikheil.

-¡¿A quién se le ocurriría llamar al timbre?! ¡Si nos acaba de ver! –exclamé, todo lo bajo que pude. La puerta seguía abierta y Claudio volvería con su hermana de un momento a otro.

-Lo siento, no sabía que más hacer. –contestó él, avergonzado.

Un piso más arriba, Victoria y su hermano cuchicheaban. Ella no sabía muy bien qué hacer; ¿Debía salir y olvidarse de todo lo que había visto, o esperar a que se lo explicaran? ¿O acaso sería mejor para todos que ella se quedara ahí arriba, no los viera hasta dentro de mucho tiempo y no hablara con ellos sobre el tema? ¿Debía hacer como si no hubiera visto nada, bajar e ir a dar un paseo con los dos?

Por supuesto, no podía plantearle ninguna de sus dudas a Claudio, ya que pensaría que se había vuelto loca. Se limitaban a discutir los modales de la propia Victoria.

-Vamos, Vicky, seguro que han venido de propio. –decía Claudio. –¿Dónde están tus modales? Al menos vete a dar una vuelta con ellos. Así te despejarás un poco.

-Ya, a dar una vuelta. ¿A las ocho de la mañana? Es muy pronto, Claudio. Estoy despierta de milagro. Además… -Victoria iba a añadir que era tremendamente improbable que Marco y su amigo hubieran venido de propio a buscarla, pero no se atrevió a decirlo porque no sabía exactamente por qué habían salido ni adónde se dirigían, así que… –hace frío. –se quejó, rezando para que la excusa sirviera.

-Abrígate un poco y punto. Vamos, ¡baja!

Claudio siempre encontraba soluciones rápidas y simples para cuales fueran los problemas de Victoria. Él empezó a tirar de ella hacia el pasillo, por lo que no le quedó más remedio que dejarse llevar.

-Bueno, y ahora, ¡¿Se puede saber qué hacemos?! ¡Victoria nos ha visto corriendo y, aún dándose el increíble caso de que no se lo haya contado a su hermano, exigirá una explicación! ¿Qué es, si se puede saber, lo que le vamos a decir?

-Oye, no lo pagues conmigo, ¿vale? Es culpa de los dos no habernos asegurado de que no había nadie mirando mientras cruzábamos. Además, ¡si no te hubieras quedado parado como un pasmarote en medio de la nada no nos encontraríamos ahora ante esta problemática situación! –exclamó Mikheil en respuesta a mis preguntas.

-¿Estás diciendo que es culpa mía?

-¡En gran parte sí!

Iba a responder una sarta incoherencias en aquel momento, pero recapacité antes y me di cuenta que pelear no nos ayudaría a arreglar el problema. Así que cerré los ojos y los puños fuertemente, deje la mente en blanco y traté de concentrarme. ¿Qué habría hecho Carlo en este momento? ¿Cómo lo habría solucionado?

-Victoria… no te servirá de nada resistirte. –decía Claudio mientras tiraba de ella para que recorriera el largo pasillo.

Victoria negaba con la cabeza y se agarraba con las manos al marco de la puerta, tratando de que Claudio la soltara. Al final, lo hizo.

La fulminó con la mirada unos cuantos segundos, antes de volver a hablar. -¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es que acaso les tienes alergia?

Victoria paró de negar con la cabeza y optó por quedarse callada. Ante la silenciosa respuesta de su hermana, Claudio decidió seguir conversando antes de volver a tirar de ella. Esperaría a que estuviera despista… y entonces…

-Vamos, ¡Vicky! ¿Por qué no quieres salir? Es temprano, lo sé, pero ¿y eso qué más da? Estás vestida y lista. Así que venga, ¡andando!

Victoria permaneció en su sitio con el rostro inexpresivo. Miraba a Claudio con una mezcla de enfado y compasión. Él no comprendía su comportamiento, porque no había visto lo que ella. No sabía lo que ella.

-¿Es por ellos? ¿Te caen mal o algo? Vamos, Victoria, piénsalo. Lo mejor que podrías hacer ahora es ir con el pequeño Mancini y su amiguito. Papá dice que viven cerca de aquí y te podrían enseñar la ciudad.

-¡Yo ya conozco esta ciudad y no necesito a ningún guía! –replicó Victoria.

-No seas mentirosa, -Claudio sonreía de oreja a oreja, sabiendo que ya había ganado la pelea. Ella le volvía a hablar, así que… – lo único que sabes de Nápoles es su nombre, y porque te lo acabo de decir. –se rió de su propio chiste mientras Victoria lo fulminaba con la mirada. -Vicky, escúchame, por favor. –ahora la miraba con los ojos brillantes de falsa emoción. –Es una ciudad preciosa y seguro que Mancini se la conoce de cabo a rabo. Te encantará.

-Oye, ¿crees que les pasa algo? –le pregunté a Mikheil, mientras los dos nos asomábamos por la puerta. No queríamos oír lo que decían porque nos parecía que era de muy mala educación, así que nos comunicábamos mediante nuestro truquito de leer los labios, para mantenernos concentrados en un único sonido.

-¿No estarán llamando a la policía? –Mikheil estaba a punto de desconcentrarse para poder oír lo que decían.

-No, nadie les creerían. Suena demasiado irreal, ya sabes: “¡Señor policía, señor policía! ¡Acabo de ver a dos niños que corrían tan rápido como un cohete! ¡Ni siquiera han dejado huellas en la arena!” –hice una penosa imitación de la voz del hermano de Victoria, que consiguió que Mikheil se riera.

-Vale, ¡vale! Ya salgo. –dijo Victoria, dándose por vencida. Además, pensaba que lo mejor sería hablarlo y sabía que contra Claudio perdería seguro.

Claudio la dejó pasar con una sonrisita de suficiencia y caminó tras ella hasta la puerta. Los dos chicos estaban callados y no se habían movido de su sitio.

Victoria parecía valiente, orgullosa de sí misma, cuando llegó a la puerta. Nos sonreía con timidez.

-¿Queríais algo? –preguntó.

-Bueno… me preguntaba si… -no sabía muy bien qué decir, así que improvisé como pude. Recordaba que Victoria se llevaba bastante bien con mi hermana. – bueno, mis padres me contaron ayer que os acabáis de mudar… -eso era cierto, recordaba a mi madre mencionándolo durante la cena. ¿Cómo había podido olvidarlo? -¿te gustaría venir a mi casa? Alba se pondrá muy contenta al verte y luego podríamos salir a dar un paseo, ya sabes, para ver la ciudad y todo eso… -se me caía la cara de vergüenza.

Mikheil movió los labios increíblemente rápido, tanto que pareció que sólo se estaba mordiendo un labio. -¿Plan B?

Asentí con la cabeza sin que se notara.

-Umm. ¿Ahora? –preguntó Victoria. No se había dado cuenta de la pequeña conversación que Mikheil y yo estábamos manteniendo.

-¿Improvisando? –volvió a preguntar Mikheil.

-¿Tú qué crees? –contesté, un tanto enojado.

-Yo… Pensaba más bien en que te pasaras al mediodía, podrías venir a comer y quedarte a pasar la tarde…

Habría sido un buen ofrecimiento si nos conociéramos un poco más. De hecho, de no ser por la cena de Reyes, apenas recordaría su aspecto. ¿Por qué nadie me había avisado de que se mudaba a nuestra ciudad un poco antes? Durante la cena de ayer no había parado de pensar en lo que haría hoy con Mikheil.

-Por supuesto, me encantaría. –contestó Victoria, sonriendo alegremente. – ¿Nos vemos a la una, entonces?

-De acuerdo. Adiós.

-Hasta luego. –se despidió Mikheil. Antes de cerrar la puerta, Victoria nos mandó una mirada muy significativa, que echó por la borda toda mi esperanza de que no hubiera visto nada.

-Bueno, ¿seguimos hasta donde me estabas llevando, esta vez a paso humano? –preguntó Mikheil.

-¿Para qué? No creo que viva ningún conocido mío cerca de donde vamos. Además, de aquí hasta ahí no hay más casas. –contesté malhumorado.

Primera casa a la derecha del paseo.

Dos niñas pequeñas charlaban mientras subían las escaleras hacia el primer piso, una de ellas con una notita en la mano. De vez en cuando la señalaban y se la acercaban para leer mejor, mientras iban comentando lo que habían leído.

-¿Adónde crees que habrán ido? –preguntó la más mayor, leyendo “Nos apetecía tomar el aire”.

-A la papelería seguro que no. Mikheil tiene todo lo que necesita y, si hubiera querido algo, me lo habría dicho… -susurró Maia, preocupada por los dos chicos. Estaba a punto de echarse a llorar; ¿y si les pasaba algo malo?

-No te preocupes por ellos, Maia. Estarán bien. –la tranquilizó Alba, sonriendo para darle seguridad.

Ella suspiró pesadamente, con los ojos húmedos. Era la primera vez que se separaban sin que él le hubiera avisado…Maia se sentía desdichada, sin saber qué pensar; ¿Mikheil se había olvidado de ella, o no le había dicho nada por no despertarla? ¿O acaso no había podido decírselo? ¿Y si habían secuestrado?

-No pongas esa cara de desesperación. Ya verás como estarán de vuelta a mediodía. –la animó Alba.

Las dos entraron en el estudio y cerraron la puerta, tratando de no hacer mucho ruido. Sus padres, que trabajan como doctora y arquitecto, tenían trabajo aquel día, por lo que estaban las dos solas. Su madre también les había escrito una nota, colocada debajo de la Marco:

Maia, Alba:

Hoy tendréis que quedaros solas en casa hasta que vuelvan Marco y Mikheil. Por favor, no abráis la puerta a nadie y no salgáis. Esperar a que Marco y Mikheil vuelvan.

Con amor,

Mamá y Papá

PD; Alba, hazme el favor de enviar a Marco directo a su cuarto en cuanto llegue; dile de mi parte que va a estar castigado toda la semana sin salir por haberos dejado solas, aun sabiendo que Carlo no iba a estar en casa hasta mañana. Me supongo que Marco ha arrastrado a Mikheil, como suele hacer; sino, comunícale lo mismo a este último. Espero que ambos se disculpen por lo que os han hecho nada más llegar.

Maia se asomó por la ventana y contempló el majestuoso mar, cavilando. Se preguntaba dónde estarían los dos chicos, qué les habría pasado, por qué se habrían ido…

-¿Es esa de ahí Victoria? –preguntó Alba, sorprendida y desconcertada.

Maia despertó cuando Alba la interrumpió y siguió la mirada de la niña hasta más allá del paseo que la había traído hasta ahí. -¿Qué hace ella aquí?

-¿De qué la conoces? –preguntó Maia, mirando a la chica con curiosidad y perspicacia. Paseaba por la orilla del mar con los zapatos en la mano y la mirada perdida.

-Ella es… una prima mía. –contestó Alba, observando a Victoria. Sin saber por qué, cogió la cámara de Marco y le hizo varias fotos. Sentía que debía hacerlo…

-¿Por qué le haces fotos? –preguntó Maia, apartando la vista de Victoria.

Y entonces, para cuando volvió a mirar, ella ya había desaparecido.

-¿¡A dónde ha ido?!

Alba miraba hacia el mar con tristeza, sumida en sus pensamientos. No contestó a Maia.

-¡Alba! ¿A dónde ha ido Victoria? ¿Es que tu prima también es… una de los NP?

Maia se sintió nerviosa y aliviada a la vez; ¡había más niños igual que ella por el Mundo! Alba, en cambio, se había echado a llorar. Dos gruesas lágrimas, saladas como el propio mar, recorrieron sus mejillas. Se giró hacia Maia lentamente, sin preocuparse por las lágrimas que estaba derramando.

-Alba, ¿qué pasa? –preguntó Maia, asustada. Era la primera vez que la veía llorando.

-Ella…ella… -no encontraba las palabras para explicárselo a Maia. ¿Debía decírselo? ¿Debía contarle lo que acababa de ver, lo que le había llenado la mente en el mismo momento en el que vio a Victoria desaparecer?

Maia esperaba su respuesta, impaciente pero aparentemente tranquila.

-Yo… Creo que sí. Debe de ser una de los NP. –contestó Alba, mintiendo a medias mientras se limpiaba la cara. Se sentía tan triste que supo que le faltarían lágrimas para hacérselo ver a Maia…

-Otro Niño Prodigio… -Maia volvió la mirada hacia el mar, mas no había ninguna chica jugando por ahí. –Oye, Alba, ¿te encuentras bien?

Se había vuelto a echar a llorar. Esta vez se tapaba la cara y ahogaba los gemidos, tratando de ocultar su dolor. Maia no sabía que hacer.

-Sí, sí. Es solo que… que… me da pena que haya más niños como nosotros.

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