Mi propia realidad

Índice

  1. Los Sombras
  2. Tratando de explicar el Mundo
  3. Cuidado con los lindos conejitos
  4. El Yo de mis pesadillas
  5.  

    Los Sombras

Mundo Real

 

-¿Qué están echando? –preguntó, dejándose caer sobre el mullido sofá color café.

Llevaba un gran bol azul plástico en las manos, finas y delicadas, lleno a rebosar de palomitas saladas. Lo apoyó en sus rodillas y descansó los brazos contra el respaldo. Julia, una chica de pelo castaño claro y ojos almendra, se le acercó, cogió un buen puñado, le chocó la mano y se sentó a su lado. Nerea se agarró también varias palomitas y se las llevó lentamente a la boca. Miró a Nishu, inquisitiva, a la espera de su respuesta. La chica se encogió de hombros.

-Nada interesante. –contestó.

Llevaba el pelo recogido en dos lindas coletas, una a cada lado, tan bajas que los mechones negro onyx caían sobre sus destapados hombros hasta llegar casi a cubrirlos. Su piel oscura destacaba contra el vestido azul que llevaba, liso y sin tirantes.

Iba haciendo zapping sin control. Pasaba los canales a semejante velocidad que Nerea dudó seriamente que pudiera ver qué echaban en cada uno. Pero no habló, ni interrumpió el trabajo de su amiga; se limitó a quedarse sentada, comiendo palomitas y charlando con Julia. Pensó, alguna vez tendrá que parar.

Entonces la pantalla se quedó en blanco y Nishu dejó de pasar canales. Un segundo después las imágenes volvieron y la chica ahogó una exclamación; ambas Nerea como Julia centraron su atención hacia la pantalla, sorprendidas.

-¡¿Qué pasa?!

-¡Ah! –gritó Nishu, emocionada.

-¡Es James Opposi! –añadió Julia.

-¿James Opposi?

Nishu corrió hasta el sofá y se sentó en un borde, junto a Nerea. Ésta le ofreció palomitas, pero Nishu las rechazó. Estaban tanto Julia como ella inmersas en la televisión; una simple entrevista al chico famoso de moda, y ya se ponían así.

Nerea suspiró. Ella iba mucho más allá de la moda. Nunca le había preocupado qué joven era el más famoso, ni qué mujer tenía el peinado más guay, ni cuál había sido la mejor película del año… No, Nerea ya estaba lo suficientemente preocupada por sus notas en el colegio, como para pensar en la ropa que llevaba la Britney Spairs. O Speirs. O como quiera que se llame.

Ella era guapa, pecosa y muy blanca, casi tanto como la tiza. Sus ojos eran enormes y brillantes, una preciosa mezcla de color almendra y miel. Su pelo estaba formado a base de tirabuzones y rizos sueltos, del color de la madera, claros y finos.

Ese mismo día llevaba una camiseta sencilla, de manga corta, y unos pantalones bañador, cortos hasta las rodillas y negros. No muy original, todo había que decirlo, pero sí un conjunto cómodo y barato. Justo lo que Nerea necesitaba para sentirse bien.

-Con que así se llama… -comentó, desinteresada.

-¿Cómo que “con que así se llama”? –exclamó Nishu, indignada. -No fastidies que no sabías cómo se llama ésta preciosidad…

Nerea hizo una mueca de asco, llevándose dos dedos a la garganta como si fuera a vomitar. Julia la miró, negando con la cabeza.

-¡No tienes remedio! Eres la persona más inculta que jamás he conocido…

Nerea rió. Era cierto, no reconocía ni a la mitad de los famosos que se veían por la tele, con que menos aún sabía sus nombres. Ella estaba más interesada en otras cosas; creía que, si no los conocía, era porque no le llamaban demasiado la atención y, si no lo hacían, entonces no le interesaban.

-Pues que sepas que ya le había visto antes. He oído mucho hablar de él por las noticias y tal. Lo único que no… no… -Nerea dudó. -no me gusta mucho.

Este último comentario dejó a las dos fans anonadadas. Nishu fue la primera en recuperarse.

-¿Cómo puede no gustarte? Está cañón, es guapísimo, muy atractivo, dulce, cariñoso… simplemente perfecto.

-Bueno, Nishu, tampoco hace falta exagerar. –añadió Julia. –En mi opinión, simplemente es guapo y está bueno. ¿Acaso hay algo más importante? –preguntó, sonriendo irónicamente.

-Pues a mí me parece un completo idiota. Es el tío más creído que jamás se ha visto en la tele. ¡Mira, míralo ahora! –señaló al chico, quién movió la cabeza con delicadeza para colocarse bien el flequillo ondulado, sonriendo con autosuficiencia.

Bajó el brazo con el que le había señalado y observó a sus dos mejores amigas, mientras éstas pensaban en qué contestar.

-Es guapo, sí, lo admito, y está muy bueno. Pero eso no quiere decir que sea ni inteligente, ni… ni… ni que tenga belleza interior. –dijo Nerea, sonriendo.

Las tres rieron a carcajada limpia. Lo cierto es que, en aquellos años, lo que menos importaba tanto en la televisión como para las chicas de su edad, era la belleza interior. Todo el mundo lo sabía.

Nerea lanzó un suspiro pesado pero apenas perceptible. Pensó en todos los chicos del mundo, deseando que alguno fuera realmente perfecto, desde su punto de vista, claro. Un chico guapo, que estuviera bueno, que fuera simpático y muy inteligente, de ojos bonitos, piel bien cuidada y cabello al viento… Empezó a soñar con su hombre perfecto, sumiéndose tanto en sus pensamientos que la ensordecieron hasta el punto de que no pudo oír las respuestas de aquél famoso egocéntrico que estaban entrevistando por la tele.

En estas circunstancias, nadie hubiera podido imaginar, y menos aún Nerea, que, apenas unos días después, ya se habría enamorado perdidamente de él.

Sólo que entonces no sería exactamente él.

 

Mundo Inverso

 

-¡OPPOSI! –gritó, acercándose a él con lentitud.

Los dos chocaron sus manos en el aire y se sonrieron.

-¿Qué tal? –preguntó James, separando a Jake de él para poder observarle.

-Perfectamente, tío, qué quieres que te diga.

James sonrió, complacido.

-¿No ha sido nada, entonces?

-No tío, no. Sólo un susto, como dijo mi madre. Pero un susto gordo, la verdad. –Jake suspiró, aliviado. –Bueno, pero dejémonos de malas noticias. –su expresión cambió, y su boca triste se ensanchó para formar una sonrisa más que eufórica. -¿A que no lo adivinas?

James volvió a sonreír. Sus ojos miel brillaron con anticipación, emocionados. Movió la cabeza con suavidad, dejando que su flequillo, ondulado y castaño oscuro, se colocara por sí solo.

-¿Ha dicho que sí?

-¡Sí tío, sí! ¡Ha dicho que sí! –saltó Jake, no cabiendo en sí de gozo.

James le palmeó el hombro, riendo.

-Enhorabuena, tío, enhorabuena. Espero que os dure mucho.

-¡Mira! –gritó Jake, señalando a una hermosa chica que acababa de entrar en la clase. -¡Ahí viene! ¿Qué tal estoy?

James rió.

-Perfecto.

-¡Hola!

Sam caminó hasta los dos chicos. Se apoyó contra el pecho de Jake, que desde el día anterior se había convertido en su nuevo novio, y dejó que éste la rodeara con sus brazos. James le revolvió el pelo, cariñosamente.

-¡Eh! ¡Que no soy una cría! Además, me deshaces el peinado… -se quejó ella.

Ambos chicos rieron. Sam se colocó bien los mechones en punta de cabello negro azabache que se le habían salido y los sujetó con una pinza florecida. Lo llevaba largo hasta los hombros, el flequillo recogido para destapar su hermosa cara, blanca y pecosa, fina y redondeada como la de una niña pequeña.

Jake y ella se miraron. Él le agarró la barbilla con dulzura y James apartó la cara, tratando de darles una mínima intimidad. Y para que no le recordaran que él aún no había tenido ni su primer beso, también.

En ese mismo momento, un sonoro portazo hizo que los tres centraran su atención en la entrada.

-Oh, no. –suspiró James, mirando hacia la puerta con odio. –Ahí llegan.

Tres chicas entraron a la clase, atrayendo la atención de todos los demás alumnos hacia ellas. Sus miradas se fijaban en cada uno de los que se hallaban en la sala, observándolos con desprecio. Los miraban a todos por encima del hombro, con un aire de suficiencia que llenaba toda la estancia.

-Cómo la odio… -murmuró James, mirando a una de las chicas en particular con el más ciego de todos los desprecios. –es tan… tan…  -faltaban palabras para describirla. -tan ella.

Sam afirmó con la cabeza, dándole la razón al joven. Aunque no lo comentó, Jake también estaba de acuerdo. Todos odiaban a las tres muchachas.

La chica giró la vista como un ave rapaz que acaba de divisar a su presa. Su mirada de ojos castaños se fijó en James. Eran unos ojos enormes y preciosos, de un marrón almendrado que le conjuntaba a la perfección con sus largos rizos castaños. Una mirada tan bella… y que, sin embargo, transmitía la más pura de todas las aversiones, directa a él.

Su nombre era Nerea. La segunda al mando en la pandillita de las chicas más populares del colegio, con su mejor amiga, Julia, tras ella. Ambas iban lamiéndole el culo a una chica nueva, la más conocida de todo el colegio: Natalia.

James la contempló mientras ella avanzaba hacia él, separándose de su grupo, hasta que la tuvo al alcance de la mano, cuando apartó la vista. La odiaba, sabía que era estúpida, una mimada, el perrito faldero de Natalia. Pero, por otro lado (para ser más exactos, el lado masculino que se encargaba de decidir qué chicas le atraían y cuales no), la veía como una joven guapa y atractiva.

-Así que hablando de mí.

James salió de sus pensamientos en cuanto escuchó su voz, impregnada de un fuerte egocentrismo. Volvió la vista hacia sus hermosos ojos, con asco.

-No te creas tan importante, Nerea. No hablábamos de ti.

-Sí, seguro. –contestó ella, sarcásticamente. –¿Así que finalmente te has enamorado de mí, James Opposi?

-Anda y que te den. –respondió Jake, que, al igual que Sam, la miraba con desprecio, ambos esperando ansiosos a que se marchara.

-Piérdete, Nerea. Y que sepas que ni en tus mejores sueños me enamoraría de ti.

La chica se marchó, indignada aunque aparentemente insensible, y se sentó junto a su grupito, seguramente para empezar a ponerles verdes a los tres.

James no podía dejar de pensar en lo mucho que la odiaba. No se veía enamorándose de ella ni aunque le obligaran. Ni siquiera si fueran los dos únicos humanos que quedaran sobre la faz de la Tierra.

Bueno, eso era lo que él creía. Nadie podía saberlo todavía, pero, unos cuantos días después, la situación cambiaría: estaría deseando con todas sus fuerzas besar sus labios y tenerla entre sus brazos.

Claro que, entonces, no sería exactamente ella.

 

Tratando de explicar el Mundo

 

Mundo Inverso


James juntó los dientes con fuerza para evitar volver a bostezar, consiguiendo que los ojos se le humedecieran. Enojado, se los frotó rápidamente con una manga y volvió su atención a la pizarra. La profesora ya le había amenazado antes, prometiendo que se quedaría castigado por la tarde si no empezaba a mostrar al menos un poquito más de interés, y ahora le fulminaba con la mirada desde la puerta. James puso los ojos en blanco y le devolvió la mirada con la misma intensidad, tratando de parecer tan interesado como era humanamente posible. Lo último que le faltaba ya era tener que pasar dos horas extra en aquel endemoniado edificio.
-Bien, hoy vamos a dar algo que todos deberíais saberos ya al dedillo –comenzó la mujer, caminando por entre las mesas con sus largos rizos rubios saltando a cada paso. -, pero como ya nos conocemos –añadió en cuanto llegó a la mesa de James, dándole una palmadita en la cabeza como si de un perro se tratara. –he pensado que lo mejor sería repasarlo un poco.

James se mordió la lengua para evitar decir algo que acabaría en su castigo y, en vez, empezó a hacer una lista mental de todos los insultos que se podían usar para describir a aquella bruja. Podía notar cómo toda la clase se reía silenciosamente de él, después de aquel numerito, pero no podía verlos. Hexe había sido muy cuidadosa a la hora de asignar los sitios en clase; James estaba en la primera fila, tercera columna, con su mesa un poco más hacia delante que las demás (no demasiado, tan sólo lo justo para que tocara la de la profesora); así ella podía tenerle bien vigilado durante los interminables cuarenta y cinco minutos que duraba su aburrida clase.

James gruñó con ira y desesperación cuando oyó las risas de sus compañeros, como si realmente fuera un animal, pero no tuvo efecto alguno. Hexe actuó como si no hubiera oído nada y siguió caminando hasta que llegó a la pizarra.

-Voy a intentar, otra vez, explicaros las reglas que rigen los dos mundos. –exclamó sonriendo, mientras volvía su atención a la clase. –Y tenéis que copiar todo lo que diga, como siempre. –añadió, su sonrisa ensanchándose más aún.

Hubo bastante gruñidos de protesta en respuesta pero en general los estudiantes se resignaron y empezaron a sacar hojas o cuadernos para continuar sus apuntes. La clase se llenó entonces con el sonido del papel y los bolígrafos mientras los alumnos se preparaban para la lección.

James se dio el lujo de sacarle la lengua a Hexe (que entonces le daba la espalda mientras escribía en la pizarra “Las reglas y leyes de ambos mundos”) y giró la cabeza para observar a sus compañeros.

Jake le sonreía desde el fondo, a la derecha del todo, mientras se estiraba en su silla y ponía los pies encima de la mesa, apoyando su cuaderno contra sus rodillas. James no pudo evitar sacarle el dedo corazón mientras le miraba con envidia. Hexe le tenía tanto enchufe a Jake que éste podía hacer lo que quisiera en su clase sin consecuencia alguna; pasara lo que pasara, la muy bruja jamás le echaba la bronca, menos aún le castigaba. James le tenía tanta envidia a su mejor amigo que optó por dejar de mirarle, antes de que las ganas de ir hasta su sitio para estrangularle se hicieran insoportables.

Al lado izquierdo de Jake se sentaba Samantha, la chica con la que había empezado a salir hacia apenas una semana, a pesar de que los dos llevaban enamorados el uno del otro desde tiempos inmemorables. Esto último era algo que siempre le arrancaba una sonrisita a James; él había sabido desde el principio que se querían y por eso mismo había sido él quién, prácticamente, los había unido en la cursi pareja que eran ahora. Sam era su única mejor amiga.

James estaba perdido en sus pensamientos (recordando los buenos tiempos de su lejana infancia) cuando notó de repente un dolor punzante en la cabeza que le despertó inmediatamente de su ensimismamiento. Se giró bruscamente, volviendo la atención a la pizarra, para darse de morros contra un rollo de papeles (el arma que habían usado para golpearle, sin duda alguna) que Hexe sostenía enfrente de él.

-Y ahora que por fin tenemos la atención del señor Opposi –dijo Hexe con sorna, consiguiendo que James se sonrojara por la vergüenza y que, como consecuencia, toda la clase estallara en un ola de carcajadas.-, voy a recitar las leyes de los inversos (las más esenciales, obviamente), seguidas por las reglas que comparten los dos mundos. Dado que las leyes del Mundo real, y el resto de las nuestras que no voy a nombrar, son muchas y muy complejas, esas os las entregaré en un cuadernillo aparte que tendréis que estudiar –dirigió una mirada amenazadora a toda la clase, retándoles a protestar. -, y para el que tendréis un precioso examen la semana que viene.

Nadie dijo absolutamente nada. Llevaban ya casi dos cursos enteros con aquella estricta profesora, por lo que sabían que protestar no haría más que adelantar la fecha del desastre. Ni siquiera James se atrevió a hablar, dirigiendo toda su atención a su cuaderno en vez.

-Todos sabéis que vuestro deber como habitantes del mundo inverso es ayudar a que todo funcione. Nadie os está pidiendo que hagáis de nuestro mundo un lugar mejor –dijo con sarcasmo. -, sino que lo mantengáis como está ahora mismo. Que no causéis ningún problema, resumiendo. Y para eso mismo están nuestras leyes.

-Las que voy a nombrar ahora son las más importantes de todas. –esperó brevemente hasta que todos los alumnos tenían sus utensilios de copiar preparados y entonces continuó.–Son apenas cinco breves leyes, pero sin duda unas que jamás debéis olvidar –remarcó la palabra para darle una infinita importancia. –. Pero antes de nombrarlas, dejarme explicaros el por qué de estas leyes.

Todos los alumnos asintieron con la cabeza y esperaron a que continuara hablando. Hexe sonrió al verlos tan animados, pero no pasó mucho tiempo hasta que su expresión se volvió seria. Aquel tema del que tenía que hablarles requería toda su atención.

-Como ya sabéis, nosotros somos considerados los sombras. ¿Qué significa esto? –preguntó, aunque no esperaba que nadie le contestara. –Significa que somos como una sombra; dependemos completamente de la persona a la que estamos reflejando, de nuestro gemelo real, por así decirlo. Así que si ellos pasan de un mundo a otro, nosotros también lo hacemos; de esa manera, conseguimos que ni la sombra ni el real estén jamás juntos en el mismo mundo –breve pausa. –. Pero, a la vez, sellamos nuestro destino; porque si el real muere, igual lo hacemos nosotros.

En aquel momento, el ambiente cambió tanto que parecía que la clase se había convertido en un funeral. Todos sabían que aquel era su destino, pero seguía siendo muy doloroso que se lo repitieran. Podían morir en cualquier momento; con tal de que su real tuviera un pequeño descuido al volante o pillara una enfermedad más bien dura… en un segundo su sombra pasaría de estar tan tranquila y feliz a ser un completo fiambre. Sin haber hecho absolutamente nada, tan sólo porque al real así le había pasado.

-Las cinco leyes son muy sencillas y, por lo tanto, fáciles de recordar –siguió Hexe, rompiendo el incómodo silencio. –. Primero de todo, y la que resume todas las demás: nadie fuera de tu mundo debe conocer la existencia del mismo –dictó la mujer, leyendo directamente desde El libro de las leyes, escrito por la mismísima Presidenta. –. A raíz de esta salen todas las demás; la segunda, no hables, toques, mires o interactúes con ningún ser o cosa real –Hexe levantó la cabeza repentinamente del libro para darle énfasis a lo que iba a decir. -. Sin excepciones. –recorrió con la mirada toda la clase antes de devolver la atención al tomo. –Tercera; debes informar inmediatamente si encuentras a un ser real y, de ser posible, entregárselo a la Presidenta o conducirlo, sin contacto alguno, hasta ésta. –de nuevo una breve pausa. –Cuarta: mata al ser real si recibes la orden –un escalofrío recorrió la espalda de prácticamente cada uno de los estudiantes. -. No serás condenado. –una última pausa. – Y la quinta y última: estás obligado, por lealtad a tu mundo, a ayudar en la búsqueda de seres u objetos reales en caso necesario, de nuevo sin excepciones. –terminó, cerrando el libro con sutileza.

Todos los alumnos dieron un suspiro de alivio y dejaron los bolígrafos, aprovechando el descanso para frotarse las manos y repasar lo que ya habían copiado. Una vez estaban todos preparados de nuevo, Hexe continuó con su lección.

-Bueno, ahora voy a comenzar con las reglas que rigen ambos mundos. Son también muy fáciles de entender, así que no espero ninguna pregunta después. –dijo esto último de manera que sonaba más como una amenaza que como una petición.

En respuesta, varios alumnos se encogieron en su sitio. James se limitó a poner los ojos en blanco.

-La primera de todas, que no por ello la más importante –comenzó a dictar la profesora, mientras escribía en la pizarra todo lo que iba diciendo. -, dice que los objetos del mundo inverso que se encuentran en el mundo real –miró a la clase con una expresión que dejaba muy claro que aquello era tan improbable que se consideraba completamente imposible. –vuelven al mundo inverso con un ser del mundo real. –hizo una pequeña pausa en la que tan sólo se oía el deslizar de los bolis contra el papel.

-La segunda regla, que es prácticamente el opuesto de la primera, dice que un objeto real sale del mundo inverso únicamente a manos de un ser real. –repitió la pausa anterior para darle tiempo a los alumnos a copiarlo todo.

-Y la tercera y última regla –su voz se volvió repentinamente seria, y fulminó con la mirada a cada uno de los jóvenes. -, dice que los objetos inversos no salen del mundo inverso ni con un sombra ni con un real. Haceros a la idea ya de una vez por todas –soltó de repente con ira contenida. –de que este mundo no es nada más que una cárcel. –hizo una pausa en la que aprovechó para observar las reacciones de sus estudiantes, la mayoría de los cuales había empezado a sudar con nerviosismo.

James se limitaba a fruncir el ceño y juntar los dientes. Ya sabía que vivían en una celda, no necesitaba que nadie se lo recordara.

-No hay manera alguna de que nada, ni nadie, inverso pueda entrar en contacto con el mundo real. Y así es como debe ser. El mundo real jamás debe saber de nuestra existencia –volvió a hacer un pausa que se extendió hasta formar un tenso e incómodo silencio mientras la profesora recogía sus cosas y caminaba hacia la puerta de la clase. –o ambos mundos entrarían en semejante guerra que nada ni nadie estaría nunca más a salvo.

La campana sonó y, con una sonrisa malvada, Hexe abandonó la silenciosa clase.

 

Mundo real.

Nerea se acercó lentamente al enorme sofá de cuero que tenía delante de ella, frunciendo ligeramente el ceño. Estaba explorando la casa recién comprada de su tía abuela, sola y tranquila, en gran parte aburrida hasta que había encontrado aquel peculiar mueble. De alguna manera, se le antojaba extraño, como si el brillo del cuero fuera antinatural o las arrugas de la superficie formaran dibujos con significado. Le daba la sensación, por muy estúpido que sonara, de que aquella cosa no era de su mundo.

Se acercó con precaución, no muy segura de que pasaría si lo tocaba. Sin embargo, quería hacerlo, con tantas ganas que la curiosidad acabó por vencer a su estúpido miedo. Extendió el dedo índice hacia el sofá, con cuidado, muy lentamente, como si temiera que un movimiento brusco fuera a espantar al mueble…

Un poco más cerca… sólo un poco más… ¡Ya está!

En el momento en que su piel rozó el cuero negro toda la habitación se sumió en la más densa oscuridad, dejando a Nerea tiesa como una piedra, y, en menos de un instante, sin darle siquiera tiempo para gritar pidiendo ayuda, el suelo se desvaneció bajo sus pies.

Lo último que sintió antes de desmayarse fue como su cuerpo caía hacia la nada.

 

Cuidado con los lindos conejitos


Nerea sabía que eso no era normal. Que no debería haber pasado.

Y aún así, ahí estaba. Tumbada contra el suelo frío y embarrado, cubierto por capas de hojas verdes. Levantó la cabeza, confusa, y miró hacia el cielo. Trozos irregulares de azul claro, salpicado por un blanco espumoso, asomaban entre cientos de ramas entrelazadas, cada una compitiendo por llegar a lo más alto. Árboles de metros de largo la rodeaban, con sus ramas cubiertas al completo por hojas desde el dorado hasta el marrón oscuro, pasando por el más claro de los ámbares hasta el más negro de los ocres. El bosque se encontraba en plena época de cambios, en un otoño bien entrado.

Un escalofrío la recorrió. Estaba todo al revés… Como si el mundo se hubiera puesto cabeza abajo. Se levantó lentamente, hasta quedar sentada. Tenía todo el cuerpo dolorido, lo suficiente como para no sentirse capaz de ponerse en pie. La caída había sido larga, y el golpe bastante fuerte. Se preguntó si estaba delirando a causa de aquello.

Las hojas color fuego llenaban los árboles sin, al parecer, tener la más mínima intención de alcanzar a sus hermanas, de verde lima hasta verde oscuro, que esperaban ansiosas su llegada, observándolas desde el suelo. La corteza de los árboles era también distinta, suave al tacto pero fuerte y dura como una piedra. Los troncos eran delgados pero impenetrables.

La zona hubiera parecido deshabitada a los ojos de un desconocido, mas el bosque pareció reconocerla y segundos después de que cayera ya había empezado todo a ponerse en movimiento. Pájaros salieron del suelo, disparados y veloces como un cohete, y se colgaron de las ramas como murciélagos ávidos de sangre. La miraron con ojos penetrantes y fríos, calculadores y, en cierto modo, demoníacos. Nerea los observó, con sus plumas, algunas de colores vivos y otras de unos menos vistosos, crema o beige.  Sus cuerpos eran pequeños y redondos, de un aspecto tan inofensivo que, de no ser por lo asustada que estaba, a Nerea le habría parecido muy irónico.

De repente lo supo. Iban a por ella. ¿Por qué? Ni idea. ¡Pero si acababa de caer! ¿Y por qué narices habían salido del suelo? ¡¿Pero qué clase de pájaros eran aquellos?!

Sabía que cerrar los ojos para no ver llegar a los mortíferos pájaros sería el acto más cobarde que jamás haría. Y el último, también.

Por eso los mantuvo bien abiertos, casi sin pestañear. Puso su mente a trabajar a toda velocidad; casi podía sentir el humo saliendo por sus orejas.

Pensó en las hojas verdes sobre las que había caído y en las anaranjadas que colgaban de las ramas. Recordó a los pájaros saliendo a toda velocidad del suelo, como si hubieran estado escondiéndose de ella, esperando el momento oportuno para salir y atacarla. Algo que era increíblemente inteligente, se dijo, para tratarse de unos pájaros así…

El ruido de una ramita rota la sobresaltó. Se puso rápidamente en pie, provocando un hormigueo en ambas piernas que vino acompañado por punzadas de dolor. Hizo una mueca.

Las aves apenas se inmutaron. Giraron sus cabezas, coordinadas como un reloj, lenta y siniestramente, hacia unos matorrales bajos. Su expresión, se dijo Nerea, que debería ser imposible de leer, reflejaba una absoluta indiferencia, como si supieran que, fuera lo que fuera lo que acababa de llegar, no podía vencerlas. Un escalofrío de terror recorrió entera la espalda de la chica, quien controló el impulso de empezar a gritar. «Es un sueño», pensó. «Sólo puede ser un sueño…» Pellizcarse era estúpido e inoportuno, teniendo en cuenta lo magullada que estaba –suficientemente dolorida ya-, pero aún así lo hizo.

Y, como no, el efecto fue nulo. Le entraron ganas de llorar, pero se contuvo.

Aquel extraño animal –o lo que quiera que fuera- pareció encogerse ante la mirada fija de los pájaros. Aún así, asomó una pata, delgada y cubierta de pelo gris claro, de entre las ramitas del matorral.

El corazón le dio un vuelco a la pobre chica. Un lobo, de ojos ambarinos y un pelaje suave y corto, apareció de entre las hojas. Era lo más hermoso que había visto Nerea desde que pisó aquel bosque, y habría llegado a resultar majestuoso de no ser por sus orejas gachas. Llevaba la cola entre las piernas, lo que indicaba que estaba casi tan asustado como ella.

De algún modo, Nerea se sintió decepcionada. Había esperado, nada más verlo, que hubiera saltado contra aquellos odiosos bichos alados y que los hubiera despedazado con sus dientes en punta. Aunque claro, seguramente le habría hecho lo mismo a ella después… En vez de eso, el lobo se le acercó y, como un perro asustadizo y obediente, se colocó detrás de ella, dejándola entre él y las aves.

Nerea suspiró y se giró para fulminar al lobo con la mirada. Este agachó la cabeza aún más, como si estuviera avergonzado. La chica se preguntó si no había ido a parar en algún extraño universo donde los pájaros comían lobos. El pensamiento consiguió sacarle una sonrisa, fugaz y diminuta, pero que aún así consiguió animarla. Sentirse en compañía, aunque fuera de un chucho llorica, era mil veces mejor que estar sola.

El miedo desapareció y estuvo segura, por el cambio palpable en el ambiente, de que hasta los pájaros lo notaron. Dirigieron la vista de nuevo hacia Nerea, sintiendo lo mismo que ella; la adrenalina había empezado a extenderse ya por todo su cuerpo. Ahora, el depredador era ella, y sus presas, los bonitos pajaritos.

«Se van a enterar esos pajarracos de quién soy yo.», pensó, y su sonrisa se ensanchó, formando aquel lindo hoyuelo que tenía en la mejilla derecha. El lobo levantó la cabeza y empezó a agitar la cola, sintiendo también su emoción. La lengua le cayó de la boca, babeante, dando la impresión de que sonreía.

-¿Qué, ya te has animado? –dijo ella, dirigiéndose al lobo gris. –Vamos a enseñarles a esos polluelitos de lo que estamos hechos. –susurró.

Por el rabillo del ojo alcanzó a ver como una de las aves, de plumaje rojo sangre y naranja albaricoque, alzaba el vuelo. Nerea se giró lo justo para ver como el pájaro llegaba, a una velocidad increíble, hasta la primera rama de las muchas que se entretejían para formar aquel tejado natural que impedía ver el cielo. Luego sacó las garras, afiladas y de un dorado brillante, y, impulsada por la fuerza de la gravedad, cayó en picado hacia donde se encontraban la chica y el lobo.

 

 

Había sido un día largo, cálido y húmedo hasta hacer el aire muy pesado. El cielo estaba despejado a excepción de alguna que otra nube esponjosa, pero ni eso conseguía subirles la moral. El sol pegaba fuerte por la tarde, casi más que al mediodía, y eso no beneficiaba a nadie. Sólo unos pocos afortunados habían podido quedarse en su casa, con el aire acondicionado en negativo y la televisión a toda potencia. Ni qué decir tenía los celos que despertaban.

James no era uno de esos. Había pasado toda la mañana en el colegio, obligado a estudiar y trabajar mientras sudaba como un pollo, y gran parte de la tarde en el campo de trigo, levantando paja y recogiendo granos mientras se tostaba al sol. No es que hubiera sido exactamente su mejor día.

Todo esto, junto al hecho de que acababan de entregarle su quinto examen suspenso –con un triste dos, se recordó-, ayudó a que su humor se viniera abajo. Estaba mucho más irritante y borde de lo normal –algo que les había parecido imposible a Jake y Sam, sus mejores amigos-, además de exhausto, mojado por el sudor y dolorido después de un interminable día de duro trabajo.

-Identificación. –le ordenó el guardia con voz grave y aburrida.

Aquel hombre, aun estando sentado, le sacaba al chico casi dos cabezas. Era enorme e intimidante, cuadrado como un armario y con la piel más oscura de toda la cuidad. Sus ojos, pequeños y negros como el carbón, le observaban con impaciencia.

James se remangó, dejando al descubierto su hombro izquierdo. La piel era suave y oscura después de su larga y continua exposición al sol.

Le enseñó al guardia su extraño tatuaje: era un círculo partido por la mitad por líneas serpenteantes que acababan rodeando un punto negro en el centro, dividiendo la figura en la parte superior, naranjada y rodeada por triángulos alargados –que le recordaban a llamaradas de fuego-, y la inferior, más tirando al negro y muy lisa. Una luna y un sol, situados abajo a la derecha y arriba a la izquierda respectivamente, en diagonal, decoraban la piel de alrededor, poco separados del círculo central. Era una marca típica, ya que todos la tenían, pero no por ello normal.

El guardia asintió y James devolvió la manga a su lugar. Luego aguardó hasta que el gran portón, viejo y desgastado, se abrió, dando paso a un gran campo abierto de hierba y flores primaverales. James salió y esperó de pie hasta que la puerta se volvió a cerrar. Entonces sonrió, vaga y siniestramente. Otro día más que ya tocaba fin.

O, al menos, eso creía él.

 

 

Toda aquella valentía que antes había llenado a Nerea despareció tan rápido como había llegado, trayendo de vuelta aquel odioso sentimiento, tan inútil e inoportuno, que se hacía llamar miedo.

Por eso ambos, tanto Nerea como su nuevo compañero lobuno, salieron pitando en cuanto el pájaro se estrelló contra el suelo embarrado a pocos centímetros de ellos. Las demás aves no se limitaban a observar desde sus escondites, como comprobó Nerea, sino que habían empezado a ascender, todas a la vez, hasta los picos de sus árboles, y a caer en picado hacia ellos como si fueran una lluvia de meteoritos.

Nerea empezaba a sentir simpatía por los pobres soldados que habían sido bombardeados en todas aquellas estúpidas guerras que habían tenido lugar a lo largo de la historia. Ella misma se sentía en aquel mismo momento como si se le estuviera cayendo el cielo encima, cortado en cachos redondos y pequeños con forma de inofensivos pajaritos.

 

El lobo gris gruñó cuando ella paró de correr y se apoyó contra un árbol para no perder el equilibrio. Sentía las piernas como si fueran gelatina, sudaba y jadeaba. Gotitas de sudor, cálidas y pegajosas cayeron de la punta de sus cabellos cuando bajó la cabeza, incapaz de seguir sosteniéndose. El animal volvió a gruñir y se acercó a ella hasta que notó su respiración, caliente y húmeda, contra sus rodillas. Él también caminaba con la cabeza gacha.

Empezaba a pensar que habían perdido a los pájaros cuando notó como el lobo se tensaba contra su pierna. Entonces le mordió el pantalón y empezó a tirar de ella como si fuera un saco de patatas. A la chica no le quedó más remedio que olvidar los calambres y el flato y seguir corriendo. Sabía que, si el lobo se inquietaba, era porque estaban cerca. Muy cerca.

 

 

James caminaba solo calle abajo, esperando a ver su cabaña alzándose tras la colina, cubierta de plantas enredaderas de hojas en llamas y la gran chimenea de ladrillo rojo. Cualquier otro día, mucho más frío, Jake y Sam le habrían acompañado hasta la casa y se habrían quedado un buen rato hablando con él, sentados sobre la cama o en el desgastado sofá. Pero aquel día les había tocado el turno de noche en el campo, por lo que apenas se habían visto desde la salida del instituto.

Y, por supuesto y por desgracia, no ver a sus amigos empeoraba más aún su humor.

 

 

Hacerse a la idea de que uno va a morir cuesta lo suyo. Nerea iba pensando en todas las cosas que le hubiera gustado hacer antes de estirar la pata, mientras corría tras el lobo. Los árboles y arbustos de hojas naranjas pasaban veloces a sus lados. Con cada paso levantaban algunas de las hojas verdes del suelo, que se elevaban uno o dos metros, para luego caer muy lentamente, acunadas por la suave brisa.

Nerea repasaba su lista mental de cosas-que-me-hubiera-gustado-hacer-antes-de-palmarla. Se estaba quedando ya sin ideas cuando el lobo empezó a ralentizar su ritmo desenfrenado, hasta que se paró del todo. Estaban al borde del bosque –Nerea lo sabía porque ahí la luz era más fuerte-, donde los grandes árboles tocaban fin y se extendía una inmensa pradera, toda ella cubierta de alta hierba color paja, que parecía no acabar nunca.

El lobo parecía indeciso. Alternaba miradas asustadas hacia el centro del bosque, desde donde se oía el chirriante piar de aquellos extraños pájaros que con tanto ahínco los perseguían, y hacia la pradera, cuyos peligros Nerea desconocía. Al final, se resignó y, con las orejas gachas y la cola entre las patas, clavó las uñas en el árbol más cercano y así lo escaló en un abrir y cerrar de ojos.

La chica gritó y le llamó, suplicante, incluso intentó en vano subir el árbol, cuya corteza lisa y resbaladiza no hacía más que impedirle el avance. Pronto se dio por vencida y se dejó caer, a apenas dos metros del suelo, contra el suave colchón de hojas. Tenía las mejillas sucias y húmedas por las lágrimas y el sudor.

Durante un largo rato se limitó a observar al gran animal, inexpresiva, mientras este subía hasta la punta del árbol y saltaba hasta el más cercano. Así avanzó, de copa en copa, hasta que se perdió de vista, entre la densa maleza.

Nerea se levantó, con la boca abierta por la sorpresa. Empezaba a pensar que aquello no podía ser más que un sueño. ¿Porque, dónde si no era en un sueño, podían los lobos trepar y saltar árboles? ¿Y dónde sino podían los pájaros salir del suelo, como si vivieran bajo tierra, y tener aquellos ojos tan demoníacos? ¿O dónde sino podían los árboles tener hojas fuego en sus ramas y estar el suelo cubierto de aquel vivo verde? ¿Dónde, sino en un sueño?

Pero Nerea no se sentía como si estuviera en un sueño. No, ni en las peores de sus pesadillas se había sentido tan exhausta y dolorida como lo estaba en ese momento. Y aún así, seguía corriendo, a través de los árboles y cruzando el borde del bosque hacia las altas hierbas, porque los pájaros estaban cada vez más cerca.

 

Sus pasos eran lentos e irregulares. Cada poco rato tenía que parar para recuperar el aliento o se tropezaba con alguna piedra y caía de bruces contra el suelo. Cuatro veces tuvo que volver a levantarse, a pesar de que las piernas le temblaban como gelatina. Tenía ambas manos cubiertas de mugre, sudor y sangre, llenas de rasguños y cortes. En parecidas condiciones estaban sus rodillas, descubiertas tras el pantalón roto, y su cara, redonda como la de un niño.

En una de estas caídas fue cuando cambió todo. Acababa de sentarse, a duras penas, cuando vio, por el rabillo del ojo izquierdo, como algo pequeño sacudía las hierbas de su alrededor, abriéndose paso hasta la chica. De entre las hojas salió un animalito, blanco como la nieve y peludito, tanto que a Nerea le dieron ganas de acariciarlo. Tenía los ojos grandes y rosados, en una cara redonda y pequeña con dos grandes orejas, largas y puntiagudas. El hocico del conejito se contrajo cuando empezó a olisquearla, y sus cortas patitas se movieron con rapidez hacia sus chancletas.

Estaba a punto de cogerlo, tratando de estrecharlo entre sus doloridos brazos en un arrebato de cariño, cuando notó una punzada de dolor en el pie izquierdo. Bajó la mirada, haciendo una mueca, para ver como el animal, que antes le había parecido mono e inofensivo, le mordía los dedos, como si tratara de comérselos. Un hilillo de sangre empezó a brotar allí donde el conejo había hincado sus dientecitos.

Y entonces ocurrió lo peor desde que Nerea había caído en aquel horrible mundo; montones de conejos, todos igual de blanquitos y suaves que el primero, empezaron a salir de entre las hierbas, como si su mera presencia los atrajera. Y todos a la vez se le tiraron encima, con sus minúsculas boquitas bien abiertas.

Nerea gritó, pero no ocurrió nada. Tenía la garganta seca de tanto chillar. Se había quedado sin habla, gusto cuando más lo necesitaba.

Así que rodó varios metros, aplastando las hierbas de su alrededor y a algún que otro conejo, huyendo de los demás. Se levantó y siguió corriendo como llevaba toda la tarde haciendo, casi automáticamente.

Corrió y corrió, y cuando se tropezaba no hacía más que levantarse a toda prisa y seguir corriendo. De vez en cuando notaba una punzada aquí y allá, y veía como algún que otro conejito había clavado sus dientes en su cuerpo. Incluso hubo alguno que enganchó sus patitas entre su ropa y la escaló para morderle el cuello o la cabeza. Cada poco tiempo, Nerea se sacudía entera, tirando a los animalitos que la atacaban. Pero siempre había otros esperando para reemplazar a los caídos.

 

Así pasaron los segundos, los minutos, las horas… o al menos eso le pareció a Nerea. La carrera de un punto de la pradera hasta el otro se le hizo eterna.

Pero, como todo, llegó un momento en que la pradera tocó fin. Las altas hierbas fueron encogiendo, muy poco a poco, hasta que apenas le acariciaban los tobillos. Igual de despacio se fueron dispersando los conejos, hasta que ya no quedó ninguno, excepto un último rezagado que se había agarrado a su chaqueta con uñas y dientes. Nerea la sacudió hasta que el animalito cayó y echó a correr tras sus compañeros, volviendo a las altas hierbas que los escondían de los descuidados viajeros.

 

Un rato después, cuando ya se había asegurado de que todo el peligro había pasado, Nerea paró de golpe y estuvo a punto de tirarse, cuan larga era, sobre el suelo. En vez, apoyó las manos sobre las sucias rodillas y descansó así, hasta que su respiración recuperó su ritmo regular. Entonces levantó la cabeza y observó lo que la rodeaba.

La pradera era increíblemente extensa, tanto que apenas se veían retazos del gran bosque, oscuro y aterrador, que comenzaba en la línea del horizonte. Nerea decidió que aquello sería su norte. Así que se dio la vuelta para contemplar su sur.

Había un pequeño claro con hierba corta –en cuyo centro se encontraba Nerea- que rodeaba una cabaña de piedra rojiza, con una gran chimenea sin humo y una hermosa puerta de madera oscura. La casa entera se hallaba cubierta de una espesa capa de aquellas plantas trepadoras cuyas hojas eran, por supuesto, de tonos naranjados, que, al contrario que en el bosque, no se encontraban nada fuera de lugar. Al contrario, decoraban alegremente el hogar campestre, del cual salía un estrecho caminito de piedras blancas que serpenteaba hasta más allá de la vista. Por detrás de la cabaña había una pequeña colina, apenas cubierta por la hierba, que impedía a Nerea ver el final de aquel caminito de cuento.

 

Dar un paso después del anterior se hace muy pesado cuando uno lleva horas enteras corriendo sin parar, asustado por la posibilidad de que el próximo paso que dé será el último.

Para Nerea, no quedaba ninguna otra opción. Así que anduvo, arrastrando su cuerpo como le era posible, hasta que llegó a aquella cabaña, que parecía sacada de un cuento de hadas (lo cual resultaba realmente irónico, pensó Nerea, siendo que estaba rodeada de un bosque y un prado que parecían la representación del mismo infierno). Su avance había sido lento, como el de una tortuga, pero aún así consiguió llegar antes de que cayera el sol.

La puerta se abrió con tan sólo un leve empujoncito, que aún así despertó varias punzadas de dolor a lo largo de todo su cuerpo.

El interior de la cabaña era a su modo acogedor. Hacía un calor insoportable y el aire era tan pesado y húmedo que la chica apenas podía respirar, pero aún así era mucho mejor que estar al aire libre, desprotegida de todos los horripilantes monstruos que habitaban aquel lugar.

Los muebles, sencillos y viejos, parecían en desuso por la capa de polvo que los cubría. Apenas había allí indicios de vida alguna, excluyendo la de cucarachas y bichos semejantes.

Nerea inspeccionó a fondo la casa. La sala en la que se encontraba, que resultó ser la más grande, tenía a un lado una tele, pegada a la pared, con un sofá y una mesita baja enfrente. Al otro lado había una cocina modesta, con únicamente lo justo y necesario; había una pequeña mesita con dos sillas desgastadas, una encimera, sucia por los restos podridos de comida y líquidos que se habían solidificado, y una nevera que apenas medía dos metros, casi vacía. Nerea pensó en comer algo, pero enseguida rechazó la idea. Para ser exactos, en cuanto vio una gran cosa negra corretear entre los envases.

Así que continuó su inspección. Entró en dos cuartos más, que resultaron ser el baño (con una ducha, un váter y un lavabo, que tenía un espejo cuadrado, con una gran raja en la mitad, encima suyo) y el dormitorio (con una cama individual, cuyas sábanas estaban arrugadas y desperdigadas por el suelo, un armario de madera clara lleno de ropa desdoblada, y una mesita de noche con una lámpara rota, cuya luz parpadeaba amarillenta).

Ver la cama y no tirarse en ella fue el esfuerzo más grande que tuvo que hacer Nerea aquella tarde. En vez, volvió al salón-cocina y se dispuso a esperar, educadamente sentada en el sofá, a que el habitante de aquella cabaña –si es que tenía alguno- volviera. Se quedó dormida, vencida por el cansancio, pocos minutos después.

 

 

James seguía un modesto caminito de piedras, que alternaban tonos grisáceos –desde el más claro hasta el más oscuro- con blancos salpicados o moteados. Las hierbas y alguna que otra flor rodeaban el camino, llegando a cubrir el amplio prado que separaba su cabaña del resto de la ciudad. El llano acababa en un bosque de árboles altos y matorrales densos, que apenas dejaban pasar la luz. Era difícil entrar ahí y salir de una pieza –literalmente, pensó James-, pero aún así él pasaba dentro y, poco a poco, iba creando su propio sendero hasta el corazón del bosque. Era un caminito por el que pasaba todas las mañanas, pisando la tierra para hacerla compacta –evitando así que las plantas volvieran a crecer- y arrancando las malas hierbas que crecían a sus alrededores.

Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón –siempre el izquierdo, junto al móvil- y abrió la puerta. Había dejado las ventanas abiertas de par en par para que no se concentrara el calor, pero aún así una ola de aire intenso y ardiente le dio la bienvenida, quemándole la cara y la garganta.

-¡Dios! –gritó a las paredes rojo fuego.- ¡Pero qué calor hace!

Empezó a andar hacia el sofá, pensando en tirarse y  quedarse ahí tumbado, aún sabiendo que lo que más necesitaba en esos momentos era una buena ducha. Dio un paso y… acabó de morros contra el suelo, cayendo cuan largo era contra el sucio parqué.

Un pequeño lobo gris se había quedado dormido justo delante de su puerta, sólo que dentro de la cabaña. James le fulminó con la mirada, a la vez extrañado y enfadado. Era bonito, con el pelaje gris ceniza y el hocico blanco como la nieve. Sus ojos, enormes y muy redondos, brillaban amarillentos bajo la penumbra del crepúsculo.

Parecía ser que la cerradura de su casa había acabado de romperse.

Se levantó, gruñendo y refunfuñando, y se acercó hasta el interruptor de la pared.

Cuando James dio la luz casi se le para el corazón.

 

El Yo de mis pesadillas

 

Sam notó cómo se le ponían los pelos de punta, tan bruscamente que se asustó. Cada uno de sus cabellos se estiraron cuan largos eran en direcciones completamente opuestas. Apenas duró una milésima de segundo, pero la alta sensibilidad de su piel, sumada con su aguzado oído y su máxima concentración en cualquier cosa que le distrajera del trabajo, ayudó a que Sam se percatara de aquel minúsculo cambio. Y le era bastante familiar.

-Jake, ¿lo has notado? –preguntó, rompiendo un silencio tenso que habría durado hasta bien entrada la noche.

El chico ni siquiera la miró. Siguió con su tarea como si de un robot se tratara. Sus fuertes manos volaban del cesto a los trigales, apartando las hojas amarillentas una a una, hasta que avistaba la espiga. Entonces partía la fruta y le quitaba los granos uno a uno, procurando con máximo cuidado que ninguno cayera sobre el húmedo suelo. Si se daba el caso, se agachaba con lentitud, sujetando con una mano la cesta para no derramar nada más, y rebuscaba entre la tierra y las lombrices, hasta que encontraba el grano y lo tiraba suavemente por encima de su hombro, metiéndolo en la cesta. Cuando acababa con la primera espiga seguía con la siguiente y así sucesivamente. Pero había un gran detalle que dejaba bien claro si el chico le escuchaba o si estaba perdido entre las nubes; sólo arrancaba los granos uno a uno –algo completamente innecesario- cuando estaba realmente cabreado, porque sabía que dificultaba el trabajo de los que preparaban el cereal.

-Claro que lo he notado. –dijo finalmente, cuando se tuvo que agachar por séptima vez.

Sam le miró apenada, sabiendo que el joven sentía casi tanta envidia por sus dos amigos como ella. Obviamente, era mucho mejor estar jugueteando con los cacharros de Lokus que trabajando en el campo, pero ni estaban locos, ni habían terminado ya su jornada, así que no se podían quejar.

-Jake… -empezó Sam, agachándose para estar a su altura y ayudándole a buscar el grano perdido. –Ya sabes que cuanta más prisa nos demos, antes terminaremos y antes podremos ir a casa de James a estudiar…

-Sammy. –Jake levantó la cara, mostrando su desagrado. –Es pasada la medianoche. James debería estar durmiendo ya pero inexplicablemente el muy… -Sam le mandó una mirada muy significativa que le intimidó y obligó a cambiar lo que iba a decir. –sinvergüenza está tonteando con Lokus, quien, por cierto, debería estar trabajando -o ambos estudiando, me da igual- mientras nosotros estamos aquí desgastándonos las manos y fastidiándonos la espalda, todo por las puñeteras “horas de servicio a la comunidad”. ¿Te parece a ti normal?

 

***

Lokus corría libremente entre los trigales, huyendo calmadamente de una de las personas a las que más pavor les tenía de ambos mundos. Esquivaba el trigo como mínimamente podía, chocando más de una vez con algún que otro desprevenido joven, que nada más ver su cara de obstinada evasión, volvía al trabajo y se convencía de que no había pasado absolutamente nada.

La segunda vez que esta misma persona era arrollada, muy seguida por la tercera, era cuando ya se empezaba a preguntar cosas; cosas como qué narices está pasando, o qué narices hacen estos críos, o de qué narices huyen, o, siendo la más famosa y utilizada, por qué narices les dejan los vigilantes ir corriendo por ahí. En teoría, su trabajo no era únicamente inspeccionar a las personas que entraban y salían del campo, sino también controlar a las que ya estaban dentro, supuestamente trabajando. Que un loco fuera corriendo entre los trigales era comprensible –todos conocían a Lokus- pero que dos jóvenes consideradamente educados y trabajadores fueran detrás… ya tocaba lo raro. Y las cosas extrañas no eran bien recibidas por el Gobierno.

James lo sabía, y eso no hacía más que sumarse a su inicial desesperación. Decir que nunca hubiera imaginado la reacción de Lokus en cuanto vio a Nerea sería mentir, pero sí que fue muy inesperado. Algo típico de Lokus, sin embargo. James todavía no entendía cómo podía seguir extrañándole. Pero en ese mismo momento nada de eso importaba; necesitaba pillar a Lokus antes de que la cosa fuera a más; si atraía demasiada atención hacia él, también lo haría hacia James y, a lo peor, hacia Nerea. La real, pensó James, maldita sea. Por no incluir que la “puerta” se había quedado prácticamente abierta (aunque, gracias a la consideración de Nerea, no de par en par) y las herramientas, incluidas el traidor, al lado, apoyadas contra el muro. Un escalofrío recorrió entera la espalda del muchacho; si Lokus no se paraba, la cosa podría acabar mal. Muy mal.

Pensó en gritarle que se dejara de tonterías, que no era lo que él creía y que todo iba a salir bien; pero se fijó en las miradas curiosas de los trabajadores que les rodeaban y lo olvidó. A fin de cuentas, para algo habían creado las nuevas tecnologías; un móvil era la escapada perfecta para estas situaciones. Tecleó su número con agilidad.

La respuesta fue inmediata; un proyectil se apareció ante James, rasgando parcialmente el cielo hasta que terminó cayendo a sus pies. Era negro como el azabache y opaco como una piedra; a pesar de su aspecto, apenas pesaba cien gramos. James paró de súbito y se agachó para recoger el móvil de su amigo. Lo tenía a milímetros de la punta de sus dedos cuando…

Alguien detrás de él tenía ganas de una buena pelea. En menos de un instante, James pasó de estar de pie, aunque agachado, a estar arrodillado en el suelo y de pecho para arriba (desafortunadamente incluyendo tanto su cara como su pelo) dentro de la tierra húmeda. No, de hecho, eso no era suficientemente preciso; dentro del asqueroso y mohoso barro, frío y maloliente. Su postura era bastante patética, tanto que oyó risas por todos los lados -aún siendo que, mientras se trabajaba en el campo, la gente nunca reía. Ahora se había convertido en el hazmerreír del lugar. No sé quién ha sido, pensó James mientras cerraba las manos en duros puños, que aplastaron el barro entre sus dedos, pero va a morir.

Trató de levantarse, pero no pudo. Aquel graciosillo debía haberse caído encima de él, porque notaba su respiración acelerada en la oreja. Le hacía cosquillas, lo cual era bastante desagradable.

-¡QUITA DE ENCIMA MÍO, AHORA! –gritó, olvidando que no debía llamar la atención.

-Encima de mí. –contestó la voz de aquel que se le había tirado. –Se dice encima de mí, y ahora voy. –escupió un poco de barro y se levantó.

James apenas podía ver entre las capas de tierra, pero no le hacía falta. Reconocería esa voz en cualquier parte; incluso en el fin del mundo.

 

***

Lokus contempló el desastre que había causado y sonrió. Volvió la cabeza y siguió andando en dirección contraria.

 

***

-Ese maldito Lokus… -refunfuñaba James, limpiándose la camiseta blanca a duras penas. –Cuando lo pille, ¡¡LO VOY A MATAR!! –acabó gritando, rindiéndose al ver que su ropa ya no tenía arreglo.

Nerea lo contemplaba mientras se frotaba el cuerpo entero y deseó haber traído pañuelos. A James no le habrían venido nada mal. Se miró los bolsillos, por si se daba la casualidad, pero estaban completamente vacíos. A excepción de una cosa.

-James, ¿quién es ese tal Lokus? –le preguntó inocentemente, guardándose las llaves disimuladamente de vuelta al bolsillo. -¿y por qué huye de nosotros? –al ver que James no contestaba, lo pensó un poco, recordando la reacción que había tenido él la primera vez que se vieron; no había sido muy distinta a la de aquel chaval. –Ah. Ha sido por mí, ¿verdad?

Nerea no entendía muy bien por qué, pero ese sentimiento la entristecía sorprendentemente mucho. Al fin y al cabo, no tenía ni idea ni de dónde estaba, ni de quiénes eran ellos, ni de qué exactamente estaba pasando. Empezar una vida en un lugar desconocido sin amigos siempre es incómodo, pero empezar con gente que te odia o teme es mucho peor.

James se levantó con las manos en el pelo y, evitando su mirada, se lo sacudió. Nerea lanzó una exclamación y se apartó del camino de las gotas como pudo.

-¡¿Pero qué haces?! ¡Estás lleno de barro, ¿sabes?! –le dijo ella una vez hubo parado de sacudirse. –Pareces un perro cuando haces eso. –añadió, empezando a reírse.

James era consciente de que le había insultado, pero ver cómo aquella expresión triste se rompía con su sonrisa le hizo sentir mucho mejor.

-¡Ja, ja, JA! –dijo con sarcasmo, dejando de sonreír. -¡Qué graciosa! ¡Ha sido culpa tuya, ¿sabes?! –repuso, bajando la voz al ver que la gente se les acercaba con disimulo. –¡Te está bien merecido! –y se volvió a sacudir, esta vez asegurándose de que manchaba a Nerea.

Ambos rieron y juguetearon un poco más con el barro, hasta que la gente empezó a aburrirse y se dispersó, volviendo a su labor con el trigo. Entonces James se puso serio y agarró a Nerea por el hombro.

-Por cierto –le susurró al oído, tirándole de la oreja con expresión enfurecida. – ¿no te había dicho yo que te quedaras a esperarme junto a la pared?

Nerea le cogió por las muñecas con una mano, para que no pudiera seguir estirando, y aplastó el poco barro que le quedaba en la otra mano contra su mejilla. James se sonrojó bajo la tierra, gruñó y se soltó de un tirón, volviendo la cabeza. Parecía realmente incómodo.

A Nerea no le extrañó. Ya había notado que, desde que se conocieron, tanto si hablaban como si no, un ambiente de tensión e incomodidad les rodeaba. Se llevó las manos, sucias por el barro y frías por la húmedad, al bolsillo y notó la forma de las llaves contra los vaqueros. Recordó repentinamente dónde estaba y cómo había llegado ahí. Por todo lo que había pasado.

Empezó a temblar.

 

***

 

Chispitas salían de la máquina y volaban divertidas por unos instantes, justo antes de que el viento las empujara de vuelta a la pared, donde se fundían contra la paja y el oro. El traidor estaba haciendo un trabajo fantástico, con diferencia el mejor de todos los intentos; el oro era completamente imperceptible, probablemente hasta bajo un microscopio. Lokus se sentía loco de orgullo, lo cual no dejaba de ser una gran ironía.

Cuando finalmente terminó, la puerta parecía haberse escondido en lo más profundo de la pared, huyendo de los malvados guardias que supervisaban el campo. El orgullo de Lokus cambió de inmediato, convirtiéndose en una intensa envidia. Ojalá pudiera él esconderse así del mundo. Encontrar un lugar secreto, en lo más profundo del espacio, donde nadie le buscaría jamás.

Como cada vez que aquello ocurría, salir de su mente resultó duro y trabajoso, pero Lokus sabía que debía hacerlo. Sus amigos le necesitaban.

Cogió el aparato y lo metió en la bolsa, que se colgó a los hombros.

Echó a andar hacia las dos siluetas que se le acercaban desde el horizonte.

Eran mucho más grandes que James y Nerea.

 

-Tú otra vez, ¿eh? –dijo uno de los hombres. -Hemos visto como correteabas por ahí. Molestas a la gente, ¿sabes?

Su voz le recordaba a los truenos de una horrible tormenta. Grave pero afilada.

Sintió un dolor punzante en la cara, seguido del húmedo calor de la sangre y cayó al suelo. El líquido le llegó a la boca; sabía mal.

-¿Es que no puedes dejar de causar problemas? –gruñó el otro, dándole una patada en la tripa. -¡Estúpido majareta! –le gritó, golpeando otra vez, el doble de fuerte.

Lokus no respondió. Las patadas le hicieron vomitar, aunque fue lo suficientemente sensato como para apartarse para no manchar los delicados zapatos del guardia.

El suelo se tiñó de un verde enfermizo. La vista era muy desagradable, y el olor peor aún. El guardia hizo una mueca de asco y le indicó a su amigo que se acercara a Lokus. Él le registró los bolsillos, agarró la cartera y cogió gran parte de los papeles que había dentro. Luego devolvió el resto a su sitio y le tiró la cartera a la cara.

Los dos echaron a andar como si nada, repartiéndose los billetes y riendo a carcajadas.

 

Ni era la primera vez que pasaba, ni iba a ser la última. Lokus lo sabía, lo cual era bastante bueno, ya que había empezado a aprender cosas. Por ejemplo, a esconder su mochila entre el barro para que los guardias no la vieran y no se la confiscaran. O a dejar un buen puñado de aquellos papelitos coloreados que tanto les gustaban dentro de la cartera. James y los otros le habían dicho varias veces ya que eran importantes y que el tener un montón no significaba que pudiera ir por ahí dejando que le mangonearan, pero a Lokus no le importaba. Y lo sabían.

Volvía a ver dos figuras en el horizonte, esta vez más ágiles y disimuladas.

Eran James y Nerea.

 

***

 

Habían vuelto otra vez a lo mismo, y Nerea se estaba empezando a hartar. A nadie le gusta que lo arrastren de aquí para allá, pero menos aún cuando llevas corriendo todo el santo día y el suelo se hunde casi medio metro bajo tus pies. Nerea trataba de olvidar el dolor que sentía en el cuerpo entero (aunque particularmente en las piernas) observando a James, pero no era muy eficaz; sus cambios era simples y comprensibles. Había pasado de incomodidad a seriedad a preocupación.

Entonces dos figuras aparecieron en el horizonte, y un miedo extraño tensó el cuerpo del muchacho. Era una mezcla rara de fiel respeto, ciego odio y oscuros recuerdos. Nerea se estremeció. ¿Quiénes eran aquellos hombres?

-Mierda –dijo James, frustrado. Los guardias estaban a apenas veinte metros de ellos, pero sabía perfectamente que ya los habían visto. No había manera humana de escapar.

Nerea le miró, preguntándose qué pasaría cuando se encontraran con los dos hombres. Por la cara que ponía James, sospechaba que nada bueno.

-¡MIERDA! –repitió él, esta vez más alto. ¿Y qué más daba si le oían? Todo había acabado ya. Esos dos se les acercarían, les meterían la paliza de su vida y pedirían una identificación. Una que todos tenían, o al menos deberían tener. Una que a Nerea no se le había dado.

Porque ella era una real.

-James, ¿qué pasa? –preguntó Nerea, asustada por su expresión. El joven parecía al borde de un infarto. -¿Quiénes son esos hombres?

James no se molestó en contestar; los guardias estaban ya tan cerca que podía oírlos hasta respirar. Veía sus sonrisas viciosas y sus ojos malvados; notaba en el ambiente su sed de sangre.

Tenía que pensar en algo, y rápido, pero no se le ocurría nada. Su mente estaba en blanco, como cada vez que la necesitaba; oportuna a más no poder. De cualquier manera no importaba; se le daba fatal hacer planes, con que no habría podido darle uso. Si todavía vivieran en cavernas y la supervivencia dependiera de las decisiones tomadas, James estaba seguro de que llevaría ya varios años muerto. Aún con todo, trató de concentrarse y, basándose en el método que había aprendido de Lokus, empezó a dividir su plan; sin duda alguna, la mayor prioridad era evitar que los guardias vieran el hombro izquierdo de la real. Pero, ¿cómo distraerles para que olvidaran pedir la identificación?

Los guardias llegaban y James aún no sabía qué narices iba a hacer. Después de todo el trabajo y cuidado que habían tenido para que nadie notara cómo entraban en el campo… y entonces iba Lokus y se echaba a correr, haciendo que James fuera detrás, con la real siguiéndole, molestando y llamando la atención. Tanta discreción para nada.

Ya no servía cocerse la cabeza; los dos hombres les habían alcanzado ya y pararon, hombro con hombro, frente a los dos jóvenes. Sonreían con ira mal disimulada.

-Bueno, bueno. –empezó Cuervo, sus ojos oscuros cual ónix. Nadie conocía su nombre verdadero, pero tampoco importaba. –Y vosotros dos, ¿quiénes sois? –preguntó, divertido. Su mirada era fulminante y sus mandíbulas duras; el verlo bastaba para asustar hasta al más valiente.

James no era, definitivamente, ni siquiera el más valiente, por lo que no pudo evitar sentirse despavorido. Tenía muy malos recuerdos con aquel hombre, y sabía que él los conocía todos; aún no tenía su plan formado y ya jugaban con desventaja.

Todo su cuerpo estaba como dormido, impidiéndole hacer cualquier otra acción que no fuera estar quieto, mirando a los hombres con terror. Sudor frío le corría por la espalda con lentitud, debido a la carrera anterior, produciéndole escalofríos que sobrepasaban con creces lo desagradable. La cabeza le dolía de cansancio y agobio. Tendría los pelos de la nuca en punta si no fuera porque el barro, ya convertido en tierra seca, se los pegaba contra la piel.

Las manos le temblaban, como sacudidas por corrientes eléctricas, por el miedo.

En cuanto se dio cuenta se las metió en los bolsillos y trató de calmarse. Lo último que quería era demostrarle al Cuervo lo asustado que estaba. Además, aquello no haría más que levantar sospechas, y por lo tanto estropear cualquier posibilidad que tuvieran de salir de aquello. ¿Pero, es que acaso tenían alguna?

A su lado, mientras James cavilaba, perdido en su mente, Nerea le observaba, tratando de distraerse para no mirar a los dos enormes hombres (todo el mundo sabe que a las bestias no hay que mirarlas a los ojos, a no ser que uno pretenda morir). Podía notar cómo todo aquello estaba afectando a James, y no era exactamente tranquilizador; el muchacho estaba más tenso que las cuerdas de una guitarra y acababa de esconder sus manos temblorosas, avergonzado.

Nerea metió su mano en el bolsillo del chico y le agarró la suya con firmeza. James saltó del susto, notando como la adrenalina corría por su sangre, extendiéndose por todo su cuerpo. Le había pillado por sorpresa, algo que James odiaba, pero aún así no hizo nada en contra. No se giró para mirarla ni le dijo nada. Ni siquiera apartó la mano, a pesar de que era muy consciente de quién se la estaba cogiendo. En cualquier otra ocasión habría empezado a despotricar, pero entonces era diferente. Las manos de ella eran ahora ásperas por la tierra seca, pero también cálidas y fuertes. James se avergonzaba por pensarlo, pero aquello le hacía sentirse muchísimo mejor.

-James Opposi y Nerea Novo. –contestó, antes de que el Cuervo se enfadara por su silencio. Habría movido la mano, inconscientemente, hacia el hombro, pensando en correrse la manga para enseñar el tatuaje, pero el agarre de Nerea se lo impidió. Cada vez agradecía más aquella súbita muestra de amistad.

Cuervo les fulminó con la mirada, sin notar que estaban cogidos de la mano.

Nerea no podía evitar sentir a la vez miedo y admiración hacia aquel hombre; era realmente intimidante, en todos los aspectos posibles. De alta estatura y cuerpo bien trabajado, además del típico uniforme de guardia. El pelo tan corto que parecía calvo y la piel tan clara que reflejaba la luz de la luna.

 

***

Todavía faltaban varias horas hasta el amanecer.

Lokus observaba desde las sombras. El campo estaba tan pobremente iluminado que, aparte de pequeños charcos amarillentos esparcidos al azar, todo se veía completamente negro. Lokus se habría acercado a ver cómo se las apañaba su amigo, pero eso no habría sido favorecedor para ninguno de los dos; a fin de cuentas, los guardias ya odiaban a Lokus. Su presencia tan sólo empeoraría una situación que ya era de por sí complicada.

Una persona normal se sentiría, probablemente, tan culpable como para empezar a arrepentirse y cavilar sobre maneras de solucionar lo que había hecho, pero Lokus no era una persona normal. Sabía que había cometido un craso error, sin embargo; aquella chica no era, definitivamente, la que él conocía, porque si no hacía ya mucho que James se habría soltado.

Lo cual significaba que, por fin, sus sueños se habían hecho realidad.

Iba a conocer a un real.

Bueno, eso si los guardias no les descubrían, porque si lo hacían no habría ni real ni nada. Se la llevarían a la casa de Ella y no se volvería a oír más hablar de ella. Lokus conocía muy bien el procedimiento, igual que cualquier otra persona en su mundo; supuestamente (ya que nunca había pasado, no había habido oportunidad de comprobarlo) la primera persona que viera a la real se la entregaría de inmediato a los guardias, quienes a su vez se la traerían corriendo a la Presidenta  para que ella pudiera, amable y simpáticamente, enviarla de vuelta a su mundo desde el único “portal” que existe entre ambos mundos. De esta manera, nada más hubiera pisado la real su mundo, su inversa volvería de inmediato al suyo, y así se devolvería el equilibrio al universo. Fin de la historia.

No, no decía por ninguna parte que Lokus pudiera conocerla (al menos antes de que se la llevaran) con que este mismo estaba completamente en contra de semejante procedimiento. Prefería arriesgarse a ser detenido (y por lo tanto de nuevo apaleado) por los guardias antes que perder la magnífica oportunidad que se le acababa de presentar. Dicen que estas cosas te pasan tan sólo una vez en la vida, y Lokus no pensaba desaprovecharla.

 

***

James era plenamente consciente de que estaban llegando a aquel punto; el momento en el que los guardias se cansarían de sus evasiones, se cabrearían y les ordenarían que se identificaran. Entonces descubrirían que la chica era una real, le matarían a palos y se la llevarían a ella. No volvería a verla jamás, y no sólo eso, sino que en breves la Nerea que él conocía de toda la vida volvería.

James no quería que aquello pasara. Deseaba con tanta fuerza que la chica se quedara a su lado, cogiendo su mano y apoyando su hombro contra el suyo, que casi le asustaba. Una sensación, extraña pero familiar, estaba creciendo dentro de él; una que le decía que ellos eran como dos imanes opuestos que, después de haber pasado toda la vida separados, una vez reencontrados se atraen, con una fuerza inhumana, para poder finalmente unirse como uno solo.

-Nombres preciosos, pero sabéis perfectamente que no nos bastan. –repuso el otro hombre, con su voz atronadora, por la que le había sido otorgado el obvio nombre de Tormenta.

James sabía lo que iba a seguir, y no quería oírlo. “Identificación”. Una simple, aunque larga palabra, que parecía tan inofensiva, aparentemente, pero que podía cambiar vidas completa y enteramente. ¿Cómo podía una palabra, un sencillo conjunto de letras inventadas, hacerle sentir tan impotente? El poder de la lengua es aterrador.

Quería hacer algo, pero sabía que ya era demasiado tarde.

-Identificación. –dijo una voz grave y singular.

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